17.11.09

La señora Danvers, Jimi Hendrix y una asiática preñada


“Last night I dreamt I went to Manderley again”





Cuando Alfred Hitchcock ideó Rebeca, David O. Selznick, el Rey Midas de Hollywood, tenía una ciudad ardiendo en su cabeza. Tenía Atlanta quemada y Clark Gable yendo y viniendo a caballo por entre las cenizas de su matrimonio. Lo que el viento se llevó, rodada al tiempo que Rebeca, hizo que Hitchcock hiciese y deshiciese a antojo y convirtiese la historia de la segunda señora de Winter, más que la primera, ahogada, furiosamente revivida por el ama de llaves Danvers, en un relato personal, conducido bajo la gótica y brumosa atmósfera del cine inglés del maestro. Recuerdo haber visto Rebeca en una sesión matinal de la Escuela de Magisterio de Córdoba. Recuerdo también el estado de shock después del pase. La cara de la señora Danvers me persiguió durante días. La veía en los libros de Pedagogía y en la cola del supermercado. Me la encontraba en la panadería de mi calle, a mi vera, guardando escrupulosa cola. Con los años, por encima de la estupenda historia de Daphne du Marier y del pulso formidable de Hitchcock, Rebeca sigue siendo la señora Danvers, su rostro sacado del centro mismo del infierno y traído a la tierra para envenener mis sueños.


Si era o no lesbiana la estricta y retorcida ama de llaves de Manderley me importaba escasamente. Me bastaba el gesto incendiario, el rictus principiando el mal, todo el odio y todo el amor que es posible encerrar en el alma de una persona y que la conduce al desvarío, al desmán puro.

-Guardo su ropa interior aquí, la hicieron para ella las monjas del convento de Santa Clara. Yo la espera siempre, por tarde que fuese. A veces, ella y el señor llegaban de madrugada. Al desvestirse me hablaba de la fiesta a la que había asistido. Conocía a personas importantes y todo el mundo la quería. Al terminar el baño iba al dormitorio y se dirigía al tocador. ¿Ha tocado el cepillo, verdad? Así está mejor, tal y como ella lo dejaba. Vamos Deni, el cabello, me decía. Y entonces yo le cepillaba el pelo durante 20 minutos. Y luego decía, buenas noches Deni y se metía en la cama. Yo misma bordé para ella esta bolsa y está siempre aquí. ¿Ha visto algo más delicado? Mire como se ve mi mano. Nadie pensaría que hace tanto tiempo que se fue. A veces, cuando voy por el pasillo, creo que la estoy oyendo tras de mi, con sus suaves pasos, no podía confundirlos. No sólo aquí dentro, sino en toda la casa. Casi los oigo ahora. ¿Cree que los muertos nos observan?

-No, no lo creo-

-Me pregunto, si no vuelve aquí, a Manderline, y los contempla a ustedes juntos. ¿Está cansada? ¿Por qué no se queda un rato y descansa? Escuche el mar. Es tranquilizante. Escúchelo. Escúchelo. Escuche el mar.




Diabólica hasta el desmayo, la señora Danvers (una magnífica Judith Anderson) gana la partida a todos sus compañeros de reparto, incluyendo un poco excedido todavía Laurence Olivier y una excelente Joan Fontaine. Quemada como más tarde Norman Bates, sacrificada por amor, entregada al fuego balsámico, la señora Danvers ocupó durante algunos meses la pared de la salita de mi primer piso de soltero en 1.991. Soltero cafre, si me permiten, moderadamente sentimental con mis cosas, amancebado justo a tiempo, pletórico, razonablemente perverso en sus vicios y consciente de la escasa duración de los placeres incluso (ay) cuando éstos se suceden sin descanso, atropellando la serena visión de su efecto, conduciendo al paciente de su alocada fiebre a un casi continuo estado de ebriedad estética. Así amé yo Rebeca. Así permití que su influjo soliviantase la limpia pared de esa casa. No tengo muy claro de dónde salió la fotografía de marras (la de Judith Anderson y Joan Fontaine desgarradas que aparece justo debajo de los títulos de crédito que ilustran este enfermizo post). Sin embargo sí que alcanzo a recordar un póster de un frenético Jimi Hendrix a su lado (Monterrey, Woodstock, en fin) y otro de una asiática embarazada, el pelo muy oscuro y peinado con saña hacia atrás, presumiendo de barriga. de tetas como bombonas de butano y de pezones negros y duros como carbón del Bierzo. Esas fotografías escoltaron mi ingreso en la vida laboral y asistieron con silenciado asombro al desfile de compañeros de farra que dejaban el pudor y el tedio en la puerta y comprendían que el amor y la belleza y la inteligencia estaban en el fondo de una botella de Jim Bean o de una larguísima conversación a muchas bandas sobre el carpe diem y todos sus hijos bastardos. Eran mis veinte y muy pocos años, así que todo se puede excusar. Desaparecieron, supongo. Fueron sustituidas por otras. Al dejar la coqueta casa de alquiler(Plaza de los Caballos, Priego de Córdoba) me prometí llenar las paredes de iconos en cualquier piso al fuese. Lo cumplí a medias. Ninguna fotografía como la de la señora Danvers. Ningún recuerdo tan imborrable.





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6 comentarios:

Ex-compi dijo...

Qué gran película, cuando la vi, de pequeña, el diálogo que has relatado, lo recuerdo perfectamente, me puso los pelos de punta..., el ver aquella mujer con el cepillo en la mano hablando de su ama, me dió un escalofrío por el cuerpo, pocas peliculas han provocado esa sensación.

Antonia Romero dijo...

Rebeca, Manderley y su atmósfera en blanco y negro marcaron incluso mi manera de escribir. Adoro esta película. Muy buena tu entrada.

Un saludo

Antonia

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Es una escena magistral. La señora Danvers ocupa toda la pantalla. Entera. La sensación de la que hablas la entiendo perfectamente. Hitchcock es un maestro.

Es posible eso que cuentas. No lo dudo. La señora Danvers debajo de las letras. Bonito.

Anónimo dijo...

OBRA MAESTRA. No es en opinion de los criticos, que no saben nada, la mejor de su obra, pero no pienso yo así. Es genial, es perturbadora. Lo de la señora Danvers merece esl post. Sólo eso. Estupenda reseña. Rafa

Jorge Canalejas dijo...

Genial película. La mejor, junto con Vértigo. Hay quien no opina como yo, pero sobre gustos... El personaje de la criada es fantástico. Es lógico que te atormentara. Es terrorífico. Ahora no saben hacer películas así. Un saludo.

Alex dijo...

Sin duda la película es suya, de la señora Danvers. Pero no olvides a Addison de Witt. Malévolo y encantador. Fuiste escoltado convenientemente en tu trance, Emilio. Lo que llegó después tenía referencias inmejorables.