12/11/09

La realidad y el deseo

Sigo pensando que es la ficción la que imita a la realidad, pero José Luis Borau contó una vez que los lujosos interiores que se ven en las películas de Hollywood no existían en verdad . Que los vistos miles de veces en las películas de Douglas Sirk o de Billy Wilder eran invención pura. Creación de un ser superior que dictaba la moda que luego ocupaba las casas señoriales y los suntuosos apartamentos de las grandes avenidas. Una vez cruzada la travesía de la ficción, los interioristas veían la luz de lo real, las casas de Sunset Boulevard, los caros apartamentos que rodean Central Park o que se elevan en las calles más distinguidas de Broadway. Y veían con disimulado asombro que todo aquel desparrame estético había sido ideado por ellos. Para las películas. Para la mentira que ametrallan los fotogramas en una sala oscura y mágica.
El cine precede a la vida en muchas ocasiones. El talento creativo (o el ingenio) mira a la ficción, la observa en plan entomológico, como rebañando píxels, y luego cae en la cuenta de la existencia tímida y tal vez un poco pacata y triste de la precaria y siempre desmontable realidad. O es al revés y el autor se basta con esa observación de lo que le rodea (decimonónicamente) para garabatear el esqueleto de su historia. La literatura, transportable luego al lenguaje visual o reposada en letra o en discurso oral, es la que mueve el sol y las estrellas, a pesar de Dante y muy a pesar de la Conferencia Episcopal, que pondrá ese motor invisible en Dios o en la salvación eterna del alma. La letra, ah la letra. Y si está herida de honda inteligencia y de pálpito sensible, mejor. Esa letra, cabalgada de genio, es la que hace esta vida sobrellevable. Sigo pensando que si no fuesen por todos esos frívolos subidones de ficción, la vida sencillamente no sería soportable.

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