25.10.09

Saki bajo la lluvia

Best Books, The Atlantic Monthly, Jillian Tamaki

En invierno, embutido en un buen abrigo, suelo no olvidar echar algún libro de bolsillo junto a la funda de las gafas de sol o el movil. La certidumbre de ese libro, su presencia escondida, me hace confiar más alegremente en no aburrirme, en no dejar al gobierno del tedio los ratos en blanco que suelen ocuparnos en el trecho del día. Para cuando va uno más liviano de ropa he encontrado una solución feliz: uno de esos bolsos con varios departamentos que se cuelgan al hombro. He probado ya un par de modelos, que descansan en un cajón. El tercero es formidable. A su cobijo han estado Lovecraft, Neruda, Millás, Poe, Séneca, Lorca, Muñoz Molina o Savater desde que lo compré a principios de verano. Todos estos autores en estupendas ediciones transportable. Ahora llevo relatos de Saki, que es un escritor muy británico, que escribe de forma deliciosa lo más puramente británico y que me recomendó un amigo, ya ven, cuando hice el Servicio Militar en San Fernando, en Cádiz. Recuerdo haber leído a Saki bajo la lluvia, en una parada de autobús cerca del Ramón de Carranza. Era domingo y volvía al cuartel. Ahora las esperas las alivio con música. Entonces el entretenimiento, el mimo con que trataba esos ratos en blanco se lo encomendaba a la literatura. A falta de libro nunca me faltaba el periódico del día.
He leído en sitios exóticos. En metro no lo he hecho jamás. He disfrutado viendo en cine cómo la gente se aislaba de la gente (no sé yo si eso es recomendable del todo, pero en ocasiones sí sé que es totalmente necesario) leyendo en el metro. Hace poco estuve en Madrid y pude admirir esa circunstancia en directo. Había una japonesa leyendo un libro en japonés y una adolescente leyendo a Harry Potter. Ignoro qué parte de la pantagruélica aventura. Vi a un señor muy mayor que leía La razón. Quizá por ser muy mayor. Ver a un chico joven, afectadamente pulcro, peinado con raya imperial y levantando la cabeza a cada instante, como buscando a alguien, me hizo pensar en K., que suele hacer eso en las cafeterías, cuando hojea la prensa y dedica más tiempo a la concurrencia que a las noticias.
He leído en la sala de espera del médico el final de una aburrida novela de Murakami y también en esa misma sala he empezado un adictivo texto de Auster. En el autobús, en Córdoba, para fomentar la afición a la lectura, el Ayuntamiento dispuso colocar en los cristales poemas. En los transportes urbanos se recomienda siempre leer poesía porque es fácilmente interrumpible y te hace también sentirte transportado, pero sin levantarte del asiento, eso en el caso de que vayas sentado, cosa que no sucede en todos los casos.
He leído an Borges e casi cualquier sitio que el buen lector pueda imaginar. Hay lugares de Córdoba que me hacen pensar en el poema del ajedrez o en la historia de Funés el memorioso o en Emma Zunz o en Asterión. ("¿Lo creerás, Ariadna? El Minotauro apenas se defendió"). De hecho al pasar nuevamente por ellos regreso a esos personajes o recreo alguna línea de algún poema y el impulso natural es declamarla, airearla, convertir esa circunstancia estrictamente íntima (un libro, un sitio) en un acontecimiento público. Nunca tuve pudor ni me afectó la vergüenza de llamar la atención por la calle. En eso, en ese arrebato de lujuria libresca, menos todavía.
Como he terminado de leer a Saki, me levanto justo ahora, miro en las estanterías y coloco en mi mochililla un libro para mañana. ¿Memoria y deseo, la poesía de Vázquez Montalbán?

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8 comentarios:

Anónimo dijo...

¿It de Stephen King te cabe, Emilio? No todo cabe en una "mochililla", je, je. Yo sabía todo eso pero lo cuentas muy bien. Los que no te conozcan van a entenderlo que es lo que cuenta. Qué bien escribes, jodío. XXX

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

No cabe. Lo leí y dudo que vuelva a hcerlo. Lo de jodío me cuadra más unos días que otros. Qué bien leo, ¿jodía?

Isabel Huete dijo...

Tengo la desgracia de no poder leer en ningún lugar que se mueva (tren, metro, choche, avión) porque me mareo. Pero me distraigo haciendo como tu amigo K.: "holisqueo" al personal, o lo escucho, que también es una forma de aprender de la vida.
Mi puesto de lectura está en mi sofá.
Besotes.

Pedro dijo...

Cuando estudiaba magisterio en Córdoba solía leer en el autobús de la línea 9, que llamaban circular. Me imagino que era porque daba más vueltas que un trompo y mi viaje, desde Puerta Nueva al Sector Sur, duraba media hora. Recuerdo haber leido allí "El tragaluz". Entonces los autobuses llevaban una ventanita de corredera en la parte superior del cristal que me hacía identificar facilmente la obra. El agobiante ambiente del transporte urbano y tú allí abajo intentando leer ayudaba.
Ya no leo nunca en público. La verdad es que ya no viajo casi nunca en transporte público. Todo eso que me pierdo, que de las charlas ajenas se aprende mucho. A veces cosas buenas, otras menos buenas.
Saludos

fondo negro dijo...

También a mí me ha gustado llevar un libro de bolsillo como buena compañía para cualquier viaje, largo o corto, pero ultimamente lo acompaño de una libreta donde hacer apuntes de lectores de metro y trenes, como hize en mi último viaje, en Berlín y de los que publiqué unos pocos en mi blog.Un abrazo de un viejo compañero de esa mili cañailla que mencionas.
Manolo Morgado

Anónimo dijo...

Será que no nos guste a ninguno perder el tiempo y leyendo no se pierde nunca. Es como entrar en otro mundo aunque estemos en este. Os entiendo y lo comparto. Seremos una especie de cofradía del libro volante o algo así. Ha quedado mal expresado. Se me da bien leer pero no se me da nada bien escribir cosas. Os leo a vosotros. Tu página, Isabel, me gusta mucho. Lola Doblas.

Conrado Castilla dijo...

Antes, hace mucho tiempo cuando estudiaba en Córdoba solia irme a veces, cuando el tiempo acompañaba, a leer a los jardines de la Agricultura, sentado a la sombra de algún árbol de los muchos que hay allí. Ahora donde vivo, como tu sabes, no hay muchos sitios donde ir sin que haya demasiado ruido, por lo que el poco tiempo que desgraciadamente dedico a la lectura transcurre en mi casa, en mi sofá. Este verano, por fin pude volver a mis lecturas debajo de un árbol, algo que ahora echo de menos, pero que cuando traspasemos el largo invierno y la volatil primavera, volveré a recuperar. He pinchado en el enlace de Saki y espero poder dedicarle un rato. Saludos.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

A mi, por el contrario, me encanta leer donde pille. Son maneras de vivir, como dec´´ia Leño. Y ahora no puede poner tildes, en fin. Qu´´e le vamos a hacer.

Pedro, bonita historia, que luego me contaste en persona. Gracias por entrar en mi p´´agina. (Otra vez la tilde de los c.)

Manolo, hombre, claro que me acuerdo de ti. Fumabas Celtas, creo. Yo no soy muy de flamenco ni de toros, pero recuerdo tu entusiasmo. El entusiasmo escasea y el tuyo era fuerte. Todav´´ia, y tantos años hace, me acuerdo. Me ha gustado mucho verte por aqu´´i. A tu p´´agina hab´´ia yo entrado pero no sab´´ia que era tuya. Abrazos.

La cofrad´´ia del libro volante. Buen t´´itulo, Lola. Me lo pido. Abrazos.

Ya mismo llegar´´a H´´ercules, Conrado. El ´´arbol magn´´ifico. H´´ercules (jod´´ias tildes de los c.)