28.10.09

Cánticos de taberna

"En alguna parte leí que un apretado tejido de infortunios labra la historia de los hombres". Se me quedó la frase en el fondo más irrenunciable de la memoria y ahí ha estado durante años y sin embargo no el autor. Recuerdo las veces, a modo de pedantería de taberna, bien alegre de cerveza, suelto el verbo y el ánimo, en que soltaba la frase de marras; recuerdo el ensayo, la rutina fonética, la envarada traída de las palabras como un pase de modelos de alta costura lingüística o como una exhibición de tronío erudito; recuerdo el elogio efusivo de los amigos, las risas que confirmaban la excepcional pertinencia de la cita. En ocasiones se teatraliza con lo hablado y luego el ritual adquiere plaza, se asienta en la costumbre y las palabras dejan de tenerun sentido tangible para convertirse en una especie de furioso latiguillo. Eliot lo dice mejor: "Tuvimos la experiencia pero perdimos el significado".
Viene todo esto a cuento de que Google, ese monstruo despejador de incógnitas, ese oráculo imbatible, resolvió la ecuación y dio un nombre a la cita: Adolfo Bioy Casares, La sierva ajena.. Anoche un correo de un buen amigo me refirió lo del apretado tejido de infortunios y que la trama ya tenía un nombre al que confiar el hallazgo. De lo que este amigo no hablaba en su correo, que se dedicaba básicamente a asuntos más pedestres (banda ancha, contratación de un espacio web...) era de los formidables ratos compartidos con el amigo Bioy a pie de barra, en el momento sublime en el que la lengua aletea dentro de la boca, toma altura, cae, se despeña, se levanta y regresa al aire lírico del lenguaje. Esa jácara nocturna de amigotes arracimados alrededor de una mesa, en un fondo de bar o en la intimidad de la casa de alguno, en cerrada vocación filológica, dando rienda suelta a las sencillas ganas de hablar. O no son tan sencillas. Sí que echo en falta al señor Bioy Casares, toda esa magia de prestidigitador impostado, que vacila por gusto, que está cómodo entre iguales y espera a ver quién suelta la parida más descacharrante. Aunque fuésemos todos unos auténticos cabestros y fuera de esa lindeza literaria ocupáramos la cháchara en lo habitual en estos casos, las proezas galantes, los goles del domingo y la áspera cantinela del trabajo cada lunes por la mañana. Seguimos, a pesar de los años, cayendo en las mismos vicios. Hace que no los practicamos. K. me contó que buscará un hueco en su agenda. A Juan le acabo de decir que voy a colgar este post y se pase y le eche un vistazo. Sé que, no gustándole, le hará ponerse sentimental.

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2 comentarios:

Isabel Huete dijo...

Hace algunos años acudía cada viernes a una comida-tertulia en el Café Gijón en Madrid. Había de todo: pintores, novelistas, músicos, poetas y, sobre todo, pintones y pintonas a quienes les molaba montón proclamar a los cuatro vientos que asistían a una tertulia literaria todas las semanas aunque no hubiesen leído un libro en su vida.
Pero en realidad era difícil hablar de literatura porque había demasiadas discrepancias "intelectuales" (es un decir), así que acabábamos hablando de las chorradas más inimaginables. Pero como después de buen comer y mejor beber a una le daba lo mismo que le daba igual, pues las risas compensaban la puesta en evidencia de la estupidez humana por parte de la mayoría.
Dejé de asistir cuando la risa se me congeló en un rictus de aburrimiento.
Con los amigos-amigos quizá sea distinto, así que si os volvéis a reunir espero que disfrutéis a lo grande.
Besazos.

Anónimo dijo...

Sentimental, por supuesto. Y además contento de volver a leerte después de no haber entrado hace ya...
Buenos tiempos, vive Dios.
Juan
(ah: lo de contentos de birra me ha gustado muchísimo, jeje)