14.8.09

El dolor carece de metafísica


Para lo que no se está preparado es para el dolor: el extremo te aturde, te avisa de la distancia que existe entre el la vida y lo que la acosa, y esa distancia es infinitesimal: el dolor es un festejo del mal y un tara inútil con la que certificamos nuestra naturaleza falible, ínfima, imperfecta, y tal vez sea mejor que nos gobierne toda esa fragilidad física porque el dolor carece de metafísica. Es un trallazo, una bomba de relojería alojada en los bucles del alma o en las blondas abismales del puñetero ADN.
En la forma en la que uno afronta el dolor se muestra mucho de lo que somos. El dolor es un paisaje que el cuerpo inventa para desheredarnos del entusiasmo razonable de vivir. El dolor, contrariamente a lo que pueda pensarse, a pesar de tener vínculos científicamente probados, no tiene nada que ver con la muerte. Se puede morir uno dulce y mansamente sin que una sola brizna de dolor se acuertele en el cuerpo saliente. Y nos educan para temer a la muerte, pero no hay una pedagogía del dolor.
Las religiones incluso lo avalan como tratamiento contra los excesos mundanos. Ya sabemos que la fe es un potente afrodisíaco mental, una pastilla de gozo puro que espanta la bestia políglota que nos revienta por dentro. Hoy pensé en todo esto mientras que el dolor se hospedaba , soberbio, una pizca cabrón, en mi riñón y me contaba historias antiguas, transmitidas cromosómicamente, desde la fiebre primera de los tiempos hasta esta madrugada infame, inútil, qué quieren que les cuente, en la que he sido huésped incómodo de las Urgencias de un Hospital y en donde he comprobado, una vez que el dolor remitió por obra de la bendita química ,que estamos preparados para atrinchernos contra el dolor, pero no para salir de la tierra sucia de sudor y barro y hocicarnos contra él, enseñándole quién es el que manda en casa. El otro dolor, el moral, ése está más al día, nos invade con más frecuencia, se instala sin estruendo en el chasis, en el alma, en ese desprevenido refugio en el que somos limpios y nobles y razonablemente buenos. Y ahí estoy, extenuado, asustado, confiado en que el dolor se aburra y huya como sepa sin que el rencor o el peso de la costumbre le fuerce el regreso y me vuelva a desocupar de mis vicios, tirándome de cabeza, en mitad de la noche, por esas carreteras de la Junta de Andalucía, buscando analgésicos. Básicamente analgésicos.

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3 comentarios:

luisma dijo...

Piedras, imagino. Yo he vivido el dolor como todo el mundo. Lo peor es el dolor de los tuyos
... el dolor "moral"!!!!!!......ay, ese dolor tambien hiere. A mejorarse!!

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

El dolor moral es otro; pero siempre es mejor que el dolor lo padezca uno antes de que los uno quiere. En eso no cabe distinción ni argumentación posible. El dolor del alma hiere, claro. A diario, a cada titular de prensa, a cada destrozo de la justicia, a cada pequeña hendidura en el traje de la buena educación. Saludos y gracias por escribir de nuevo, Luisma

Isabel Huete dijo...

Ánimo, amigo, y sobre todo piensa que el dolor que no enturbia el alma se puede quitar aunque sea a base de química. Bendita química... :)
Cuídate y no le dejes que te venza.
Besotes calmantes.