26.4.09

Uno, el bueno, es de James G. Ballard

Creo en la intimidad de los relojes.
En el prevención del dolor.
En la ebriedad de los abrazos.
En la verdad inaplazable y en la belleza de las mentiras.
En el swing de Benny Carter.
En el tacto de la arena.
En el blanco de una hoja antes del poema.
En el efecto curativo del amor.
En las jam sessions.
En las comidas compartidas con los amigos.
En las visitas inesperadas.
En mi disco duro.
En la obsesión.
En algunas legendarias series de 1.500.
En las manos de Bill Evans.
En los ojos de Bette Davis.
En la luz de los flexos.
En los ojos de Bette Davis.
En la luna en la calle Bourbon.
En los patios de recreo en las escuelas.
En los domingos cuando llueve al borde de una novela de intriga.
En la cruzada contra todos los tercos del mundo.
En los sonetos de Góngora.
En Tennessee Williams.
En el libre albedrío.
En mí en alguna breve y fortuita ocasión.
En los rascacielos de Manhattan.
En el bourbon amable de las noches.
En Kingpin.
En la lluvia ofrecida como un regalo.
En las palabras de los niños.
En el verbo promiscuo del sexo.
En la longevidad de la luz.
En los cajones.
En la educación y en las aulas.
En el progreso.
En la historia del Minotauro contada por Borges.
En los sueños y en lo que traemos luego cuando despertamos.
En los hoteles a pie de playa.
En mi abuela Luisa.
En los ojos azules de Paul Newman.
En las road movies.
En los riffs de los setenta.
En el choco de Punta Umbría.
En en la RKO.
En el olor de los libros.
En la soledad presentida en las calles.
En la letra de Your song.
En los músicos de jazz que te hablan al oído.
En George Bailey.
En las minutos que preceden al sueño.
En la alta definición.
En cebras que cruzan las nubes.
En la luz del flexo.
En el poder liberador de las metáforas.
En la independencia moral del hombre frente a la religión.
En la inspiración.
En la pereza infinita de algunas tardes de verano.
En la Rosa de los Vientos.
En el trabajo terco que sirve a los demás.
En Machado en Baza.
En las canciones de amor.
En los versos de Walt Whitman.
En la bodega de mi amigo Jesús.
En los cuentos de Saki.
En los podcasts.
En el cine negro.
En los cuentos breves.
En las calles de mi infancia.
En los viajes de fin de curso cuando tienes doce años.
En el poeta en Nueva York.
En el arrepentimiento.
En la certeza de que un mundo mejor siempre es posible, aunque sea mentira.
En la luna en la calle Bourbon.
En los cuerpos cuando jadean.
En las noches infinitas con un buen libro.
En el agua en un aljibe.
En las lágrimas.
En mi agenda de contactos en el hotmail.
En un café negro (o fueron cinco) compartido (hace años) con Antonio Sánchez.
En el Chelsea Hotel.
En los amores imposibles que terminan en tragedia.
En la dulce pereza de las siesta.
En la mansedumbre.En el desaliño que precede al orden.
En la imperfección.
En el león de la Metro.
En el desaliño.
En lo turbio.
En las nubes arriba en el cielo.
En la oscuridad de una sala de cine.
En la prosa de Fernando Savater.
En las estrellas del porno muertas.
En los endecasílabos.
En los niños.
En los árboles que tutelan un corazón.
En el desprecintado de un buen disco recién comprado.
En la bondad de la gente a pesar de que sea escasa y dure poco.
En la imaginación.
En lo retorcido.
En los diálogos de Woody Allen.
En el desorden razonable.
En la lujuria.
En las tetas de Roberta Pedon.
En los paseos marítimos.
En las barras de los bares.
En la fragilidad.
En la tortilla de Santos.
En los dedos de Michel Petrucciani.
En los escaparates reventones de libros.
En las ninfas de los ríos.
En las brújulas del alma.
En John Ford en Monument Valley.
En el vértigo que precede al numen.
En el instinto.
En Peter Parker en blanco y negro.
En la firmeza.
En los amigos que no vuelven.
En la duda.
En los prodigios del azar.
En el azar mismo.
En las estaciones de tren.
En la justicia.
En Dolores cantada por Hilario Camacho en un patio salesiano.
En la espuma de la cerveza.
En los amigos, en los que no están y en los que me buscan.
En la risa.
En el llanto.
En el bookcrossing, que he practicado poquísimo.
En la noche casi por encima de todo.
En el alto y luminoso idioma inglés de Shakespeare.
En Leonard Cohen adaptando a Lorca.
En Russ Meyer y en Kitten Natividad.
En el nudismo.
En las bibliotecas
En las rubias de Hitchcock.
En cuatro o cinco buenas películas españolas.
En la estatua del jardín botánico.
En los paraguas.
En los bancos de los parques.
En la espuma de la cerveza.
En el olor del whisky.
En las novelas gordas.
En el blues cuando se comparte bien ebrio.
En las revistas de informática.
En la flaqueza.
En la honradez.
En la épica.
En rapidshare.
En mediafire.
En el saxo catedralicio de Coleman Hawkins.
En las tribulaciones de Nabokov al inventar a Lolita.
En Gil de Biedma en las Filipinas.
En mi mujer y en mis hijos.
En el coro operístico de la rapsodia bohemia.
En mi ipod cuando va pletórico de blues.
En los muertos de Allan Poe.
En las bestias míticas de Lovecraft.
En la panza barroca de Lezama Lima.
En una Voll-Damn bien fría servida en un buen vaso.
En las calles del barrio de la Villa en Priego de Córdoba.
En la vuelta a casa por el judería en los ochenta.
En las vueltas del aire.
En la nieve limpia que cubre los coches en mi calle.
En la ciencia por encima de los salmos.
En el bendito gozo de abrazar otro cuerpo.
En el ajedrez.
En las calles de Londres, donde nunca he estado.
En las piscinas del verano.
En la melancolía.
En Peter Pan.
En Campanita.
En Billy Wilder.
En las ecuaciones de segundo grado.
En el rumor del invierno en la ventana.
En los sultanes del swing.
En la turbiedad moral de Humbert Humbert.
En el vals para Debbie.
En Billie Holiday.
En el insomnio de la sangre.
En la belleza de las heridas.
En James Cagney en la cima del mundo.
En la obediencia de los días.
En lo mágico cotidiano.
En el novicio temblor de sentirse amado.
En los excesos.
En el asombro.
En la modestia.
En los países que no salen en los mapas.
En los tigres.
En los laberintos y en los espejos.
En los astronautas.
En el vértigo.
En los abismos.
En la profanación de los altares.
En las catedrales.
En el diario minucioso del alma.
En lo inasible.
En la disidencia.
En la reflexión.
En esa leve comezón que anuncia el júbilo.
En la felicidad sencilla de un solo de trompeta.
En el pudor.
En todas las vidas improbables que no tengo.
En Thunder road tocado en directo.
En el río de Heráclito.
En los himnos sin letra.
En las resacas portentosas del goloso ayer.
En los poetas que escriben en servilletas de un bar.
En la ternura.
En las posadas a mitad de la noche.
En los regalos.
En los sábados por la noche.
En la poesía mística.
En el realismo sucio.
En las alucinaciones.
En el vuelo de la carne alegre.
En el ala festejando el azul.
En el frío.
En las rosas.
En las lagartijas en los muros.
En los trampolínes.
En las turbaciones.
En los preliminares.
En el oleaje.
En los jadeos.
En las distancias.
En los domingos vibrando en un kiosko.
En las fugas.
En el despilfarro.
En la pureza.
En la impureza.
En las imprecisiones.
En los jinetes, vastos y nocturnos.
En las palabras que arden en los diccionarios.
En los nombres.
En los goles de Zidane.
En la gloria de saberse póstumo.
En los íntimos avatares de la felicidad.
En la manga del tahúr.
En la blonda de la novia.
En las libaciones de la razón.
En las alucinaciones.
En los vampiros que pueblan mi adolescencia lectora.
En los próximos cinco minutos.
En la épica de los perdedores.
En remotos pájaros improvisados.
En las tramas de Hitchcock.
En los 39 escalones.
En los fuegos artificiales.
En el néctar libado a conciencia.
En Summertime.
En el confort de los trenes.
En los patios de Córdoba.
En Kafka.
En la soledad casi por encima de todas las cosas.
En las biografías de los héroes.
En la ciencia ficción.
En el Renacimiento.
En la cubierta del Potémkin.
En la anuencia del cuerpo.
En Grecia.
En los Viernes a las dos de la tarde.
En los palacios abandonados.
En el orden secreto de las cosas.
En el invisible andamiaje de las horas.
En la fuga y en el regreso.
En los discos prestados.
En caballos desbocados en un sueño.
En las sílabas del tiempo.
En la cordura.
En las tascas profundas de las que es casi imposible escapar.
En el cansancio.
En la mécanica celeste.
En las fuentes en el campo.
En la obscenidad.
En lo frívolo.
En la sangre.
En el cine de espías.
En los sábados en Córdoba con Rafael Roldán.
En las novelas de viajes en el tiempo.
En Yesterday.
En la voz de Freddie Mercury.
En las trincheras contra el fanatismo.
En los superhéroes de la Marvel.
En el escenario de un teatro.
En los asedios galantes.
En el pub Tempo y en sus cuadros de vaginas voladoras.
En la pompa y en la circunstancia.
En el pólen.
En el mar de noche.
En todas las barras de los bares.
En todas las migajas de pan en los caminos.
En todos los cuentos que se improvisan.
En todos los que creen con fervor en algo.
En las maletas.
En Henry Mancini.
En los apretones de mano.
En los prólogos brevísimos.
En mi colección de discos.
En mis películas.
En mis libros.
En el café que tomo en el trabajo a mitad de la jornada.
En los tejados.
En un hotel de Úbeda (hace poquitos años).
En un hostal de Sevilla (hace más).
En mis alumnos.
En las gacelas en un cuadro.
En las resacas.
En El Circo del Sol.
En la voz de German Coppini en sus buenos viejos tiempos.
En el jamón cortado como Dios manda.
En el discreto oficio de irse uno viviendo.
En Humphrey y en Sam.
En la cara perfecta de Ingrid Bergman.
En los secretos.
En Robert Siodmak.
En Annabel Lee.
En algunos palimpsestos.
En la caligrafía del deseo.
En el ayer.En el mañana.
En los misterios.En la fragilidad.
En Stan Getz filtrando bossa nova.
En Jimmi Hendrix tocando Purple haze.
En el cinemascope.
En Sunset Boulevard.
En la poesía como un arma cargada de belleza.
En el sur.
En el norte.
En la lluvia que cae en un patio de Cartago.
En los vicios.
En Oliver Twist.
En las enciclopedias.
En Katherine Hepburn y en Spencer Tracy.
En los cromos del Atleti.
En las gambas de Huelva.
En las sesiones doble.
En Nueva York y en Tokio.
En el corazón tan blando.
En el alambique formidable de los sueños.
En la pólvora.
En el fuego.
En Christopher Walken vestido de militar en Pulp Fiction.
En la ceniza.
En el punteo de Sultans of Swing en el Alchemy.
En la velocidad de las nubes.
En el festín de los ojos.
En los malabarismos de Burt Lancaster.
En la zozobra.
En la penumbra.
En Cary Grant haciendo comedia.
En la cara de mi mujer cuando me mira.
En las walkirias.
En los gnomos.
En Coppola sobre el Mékong.
En Jack Bauer.
En Charlie y su fábrica de chocolate.
En John Coltrane en el Village Vanguard.
En las volutas barrocas de Bach.
En un tren de algodón que anoche descarriló en mis sueños.
En la noche en las afueras.
En el libro que ahora estoy leyendo.
En el día de mañana.
En la bendita ilusión de que mañana será mejor día que hoy.
En mis padres.
En la debilidad.
En las mujeres fatales de los cincuenta.
En esta noche junto a mi amada.
En la farándula.
En el uso que Scorsese hace de los Rolling Stones en sus films.
En los libros que leen mis hijos cada noche.
En la lucidez.
En el principito.
En el cine por encima de casi todas las cosas.
En el azul.
En mi calvicie.
En la posibilidad de que alguien descubra cómo curar el cáncer.
En la felicidad de los míos.
En los espetos en los chiringuitos de Fuengirola.
En los pestiños.
En la inteligencia.
En las alfombras.
En la coda de Layla.
En las librerías de viejo.
En un Chesterfield de cuando en cuando.
En los grandes almacenes.
En las imprudencias.
En las algas.
En las paredes de Lubitsch.
En los cameos de Hitchcock.
En los vinilos de segunda mano comprados en La Corredera.
En Suzanne en un viejo pick up en casa de Marcelino.
En las hélices.
En Robert Louis Stevenson.
En la invención de Morel.
En las hadas.
En la Marvel.
En habitaciones alicatadas de libros.
En H.G. Wells.
En conversaciones por teléfono que duran mucho.
En la letra impresa, aunque sea el prospecto de un mucolítico.
En los buzones.
En el bikini.
En las terrazas de verano.
En la cercanía de un cuerpo a mitad de la noche.
En los primeros años de Genesis.
En las turbulencias del alma.
En la muerte absoluta del cuerpo.
En Van Morrison.
En algunos argumentos de Paul Auster.
En el inglés cristalino de Frank Sinatra.
En las polaroid.
En las películas de la Hammer.
En la historia de Olvídate de mí.
En el olor del azahar.
En los barrios antiguos de Córdoba.
En las mañanas de Domingo sin nada que hacer.
En los abrazos.
En los pubs ingleses.
En las playas al amanecer.
En el tacto del pelo.
En mis Bowers & Wilkins.
En los cuentos de tradición oral.
En las historias de fantasmas.
En Elvis.
En Wonderwall.
En todas las pin up girls.
En la versión en directo de Love of my life.
En el silencio.
En el ruido.
En los libros que me recomiendan quienes me conocen.
En este blo en el que me retrato a diario.
En algunos maestros que he tenido.

Original rescatado (ampliado) casi a voluntad popular.

9 comentarios:

Rafa dijo...

Qué envidia, qué claro lo tienes. Me adhiero a algunas "creencias", al haber muchas, pues, ya sabes... pero hay otras que me parecen retóricas, pero no creas que te critico. Cómo podría. De ninguna manera, vamos. Te dejo. Salud.

Rafa dijo...

Ah, algunas ni las creo ni las dejo de creer porque SENCILLAMENTE no las pillo, no las entiendo, se escapan de mi cerebro pequeñiiiiiiito.

babel dijo...

Caray!

Bárbara dijo...

¿Cómo vivir en una lista? Lo haces, lo haces...
Me encanta, y oye, ¿en serio crees en la calvicie? jajaja.

Juanlu dijo...

Voy a lo materialista, ¿ de verdad de la buena que tienes unos B & W?
Jeje. Materialista como tú...

Anónimo dijo...

Bárbara lo explica mejor que yo. Vivir en una lista. ¿Y se puede? Pues a ver, sí, en una así, así, pues sí, sí, es cosa de probar. Cosas que me pierdo me las explicarás, imagino.

ana dijo...

Ah, era yo.

REFO dijo...

Creo en los Abismos.

Me quedo con eso.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Gracias por entrar, por leer, todo eso.. En vosotros también creo, claro....