3.2.09

Tito Jess & Tita Lina



Sentimentalia: Orson Welles, que recorrió algún tramo del camino con Jesús Franco, hubiese querido para sí la imagen que su joven pupilo español, ya muy anciano y muy traqueteado por la vida, dio la otra noche en la ceremonia de entrega de los Goya. Hubiese deseado que Rita Hayworth le colocara el micrófono, condujera con mimo su silla y estuviese siempre detrás, paciente, solícita, vigilando que nada estropease ese momento especial en el que los compañeros de profesión le tributan el homenaje por toda una vida dedicada al cine. Lina Romay no es Rita Hayworth, pero las dos levantaron pasiones en parecida medida.

Las razones: Oí por la noche en un programa que Jesús Franco era probablemente el peor director que había parido el cine nacional y que ninguna de sus doscientas películas merecía (por sí sola) atención alguna. Creo que yo que el homenaje venía por el peso de juntarlas todas y contemplar, fascinados, la terca imperfección de su belleza. No es lo mismo un error que una vida llena de errores. La suma de todas esas precarias funciones de sexo, hemoglobina y cutrerío vario dan otra dimensión del mito Franco. El tito Jess, el icono de muchos cine-fórums de barrio, el elemento distanciador entre el cine elegante y culto y el cutre-exploitation system, visitó la noche del domingo un buen puñado de casas españoles y abrió la interrogante que hasta ese momento no estaba: ¿Y quién este señor tan viejo? Generaciones nuevas, ávidas de referentes, abrirán (en adelante) los ojos...


El tío Jess: Siempre se consideró un músico de jazz antes que un cineasta, y en cierto modo su filmografía se rige por la inspiración, por el arrobo extático del momento. Tosco y chapucero, entregado con ardor adolescente a exhibir hirsutos pubis de féminas que parecían amazonas, hay en Jesús Franco una voluntad siempre lírica, de poeta industrial, que factura películas como el que operario de una cadena de montaje. Soledad Miranda (bellísima, críptica, heroína fugada precozmente) y luego Lina Romay fueron sus musas absolutas, a las que desnudó, hizo fornicar con carceleros, camioneros y escandalosos machos de cantina y elevó a los altares de la mitología casposa patria. Y al modo en que a Russ Meyer le encantaba meter jacas de melones hiperbólicos en parajes naturales (como bodegones lúbricos) a Jess Franco (Jess afuera, aquí Jesús) le gustaba envolver a sus divas en aureolas de misterio, hacerlas correr (desnudas, inevitablemente) por bosques y desiertos (normalmente tras fugarse de una cárcel) o vestirlas con todo el vestuario que iba dejando la Hammer para después destrozárselos a zarpazos hasta exhibir (ahí estaba su verdadera esencia) la naturaleza pura de sus carnes. Delante de sus ojos de voyeur han desfilado ninfómanas, sádicos, pervertidos, lunáticos, aberrados, tarados, psicópatas, dictadores, nazis, reyezuelos, monjas salidas, violadores y un elenco surrealista de parias de la sociedad unidos muy fatalmente por la muerte y por el sexo. En esto, Jess Franco no deja de ser una especie de Woody Allen al que Franco le sesgó (en la temprana edad en la que uno abre los ojos a la libertad) las alas. Sí, Jesús Franco voló a Francia y a Alemania y hasta allí condujo su retorcida y febril manera de entender el arte del cine.


Peter Lorre: A Jesús Franco le gusta que le confundan con Peter Lorre. Son, bien observados, muy parecidos. Ojos saltones. La expresión entre inocente y perversa. Lo que pasa ahora con esto de los premios es que las cosas que uno ya sabía suenan por todos lados y, al oído, a la vista, nos suenan nuevas. Acabo de buscar Jesús Franco en el ampuloso Google y hay muchas más entradas de las que cabría esperar, habida cuenta del cine tan malo que ha hecho. Se queja el hombre amargamente en El País de la poca gente que ha visto su cine. Imposible. Ése fue el título del homenaje que la cinemateca francesa le dio hace bien poco. Jess Franco: Fragmentos de una filmografía imposible.

3 comentarios:

Mycroft dijo...

Triste: Ahí Delante de los mismos que lo despreciaron años y años, y que le dan el premio solo por estar en las ultimas.
Ahi se queden ellos, el premio, y las miradas compasivas y arrogantes.

Alex dijo...

A mí es que la perfección me aburre...

No es que mereciera el premio (cuestión que a él se la sudaba, literalmente), es que un aplauso dedicado a quien nunca lo ha recibido es un deuda que se debe compensar. Welles le apreciaba sinceramente. Le llamaba por teléfono de madrugada (lo contó él) para avisarle de que se reanudaba un rodaje mil veces suspendido. Y luego están las borracheras compartidas con Christopher Lee y las noches de lujuria que gastó con Soledad Miranda antes de que la carretera se la llevase. Qué guapa era la Miranda y qué guapa era (y es) Lina Romay. En todos los aspectos, el tío Jess es un tipo con suerte.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Qué bien verte por aquí, Mycroft.
Triste, sí: lo ningunearon, lo dejaron fuera de todos los buenos lugares en donde se repartía el buen pastel del cine, y ahora le dan migajas de fama, fama falsa, pública, excesiva, impostada, de la que llena titulares. Él busca otras lubricidades con el espectador. Amaba el cine, eso lo tengo claro. Esto tiene que hastiarle en el fondo.

La perfección hastía, Álex. No da placer: sólo un incomprensible vicio consistente en igualar marcas, en pulir lo que no precisa pulimiento. La historia de Welles me gusta. Emborracharse con Christopher Lee tiene que ser una experiencia religiosa, coño. La Miranda era guapísima. Si no tuviese ya una edad imprudente para esos excesos plásticos imprimiría alguna foto suya y la colgaría en mi habitación de discos y libros (leonera pura) junto a Ingrid Bergman, Marilyn Monroe, Charles Chaplin, Rita Hayworth y los pósters de Casablanca, Lo que el viento se llevó e Historias de Filadelfia, que es lo que hay, ahora que lo miro mientras tecleo. Y la Miranda, claro. Ahí. Expuesta. Mirando Miranda. Lina Romay era puro morbo: el pubis hirsuto de los sueños procaces del adolescente cultureta. Eso era Jesús FRanco: un proveedor de pubis angelicales. El mejor.