31.12.08

Migajas de lo real...

Voy a entrar esta noche en el limbo de los sueños, bien contento de viandas y lamido de licores, escuchando un post de La Rosa de Los Vientos, sin Cebri, qué le vamos a hacer. Acabo de pensarlo y estoy encantado conmigo mismo por el atino nocturno. Buscaré alguna Zona Cero de interés y me perderé en la charla adictiva de mis amigos invisibles. Haré eso y me levantaré mañana ufano y promiscuo de buenos deseos para que el 2.009 entrante me releve de la pesadumbre de ver que el mundo va mal y que uno, en su doméstico empeño, poco o nada puede hacer para que las pandemias aligeren su rigor perverso. En ningún momento he pensado que desaparezcan. Y eso ya es evidencia del pesimismo que irremediablemente nos ocupa el sentido común y hasta nos arrebata el júbilo de ser felices siempre y de compartir la felicidad como uno sepa. No es posible. Así que mañana arrancaremos de nuevo la página. O pasado. Y contaremos lo que importa. Poca cosa. Migajas de lo real. Feliz 2.009, otra vez.

A quemarropa: El vengador cansado

Ya no hay actores como Lee Marvin. Y tal vez tampoco películas como A quemarropa. De simple, de sencilla y de bien resuelta, produce la sensación de que no transcurre. Boorman, que debía ser un excelente espectador de cine francés, construye un thriller modélico, resuelto con un prodigioso sentido del ritmo, hipnótico, frenético cuando la acción exige nervio y minimalista, casi autista, cuando los personajes reposan su odio y se sientan en bares y se miran largamente como si mirando pudieran conversar lo que las palabras nunca podrían decir. Luego A quemarropa es la película en la que conocí a Angie Dickinson, y eso es marca la cinefilia de cualquiera. Recuerdo haberla visto en la gloriosa segunda cadena de nuestra sacrosanta televisión española y recuerdo haber disfrutado enormemente con aquel modo reflexivo de contar una historia que, en manos de otro, hubiese sido un vértigo de persecuciones y un carrusel sincopado de tiroteos y luchas en las sombras. Aquí hay de todo eso, y lo hay en un grado superlativo, pero John Boorman hace otra cosa: frena la acción, la corta de cuajo, la envuelve en un frío y distante ropaje de embelesamiento y se dedica, con pasmoso desparpajo, a retratar la vacía vida interior de sus personajes. Hoy, más de veinte años después, he vuelto a verla y el disfrute ha sido idéntico. Quizá mayor.
Crepuscular y psicodélica, impulsada por una briosa y lisérgica banda sonora firmada por el jazzman Johnny Mandel, es la película en la que Lee Marvin se come la pantalla y en donde uno piensa que sería el actor perfecto para Quentin Tarantino. De hecho, tal vez Tarantino haga cine por haber visto muchas películas de Lee Marvin.

30.12.08

El derecho a pensar de otra manera


No creo que la familia cristiana esté al borde de la extinción. Ni que el gobierno la amenace. Los tiempos son otros y a ellos conferimos la caprichosa facultad de reformular el modo en que se entiende las cosas. A falta de ángeles y demonios, convencidos de que la fe es una opción íntima y en modo alguno, bajo ninguna circunstancia, un credo religioso pueda interferir en el aparato del Estado, caminamos hacia una tiniebla de moral difusa, en voz de algunos, o hacia un territorio feliz, contaminado de alegre progreso y jubilosamente representado por la laicidad de una sociedad que se obceca en adquirir cierta soltura en el manejo de problemas que antes pasaba por alto y que ahora está en disposición de franquearlos. La religión no maneja los mismos parámetros sociales que un gobierno o una asociación de vecinos (de vecinos laicos, claro); ni siquiera la religión, repujada de preceptos y alicatada de severas normas de conducta, representada por la cúpula eclesial, puede emitir juicios acerca de lo que, fuera de su estricto ámbito de militancia, le compete. A la Iglesia le convienen las masas como las del domingo, que reventaron Colón y clamaron (legítimamente) por lo que les afecta. A la Iglesia le conviene magnificar un modelo de familia que ha subsistido dos milenios al amparo de sus bendiciones y conforme al (según ellos) modo natural de celebrar la vida en comunidad. La pareja que no podía divorciarse, unida canónicamente, festejada su alegría vital ante los ojos de Dios, se divorcia ahora y festeja que el Estado, investido para ese menester, rompa ese vínculo y repare el error. Porque el ser humano, a pesar de que lo vigile el ojo de la divinidad, yerra, comete faltas que luego quiere enmendar. Vino el otro día Rouco Varela a decir que el Gobierno ha facilitado esta frivolidad amorosa al crear un marco jurídico cómplice y malévolo. Ignora la cúpula eclesial que el Estado no conmina a sus ciudadanos a que se divorcien o a que aborten. Tampoco premia al homosexual por serlo, aunque haya medidas que intenten paliar el déficit de ayudas sociales a que su diferencia sea razonablemente compensada. El Estado elabora leyes que preveen anomalías en el funcionamiento natural de las cosas (qué sé yo: una pareja que deja de amarse, una joven que decide abortar, un homosexual que desea contraer matrimonio...) pero no fomenta el desamor ni anima a la interrupción del embarazo ni a la creación de comunidades gay a diestro y siniestro. O la Iglesia se equivoca o se equivoca el Estado, pero el pueblo, a la luz de lo visto, a pesar de Colón, se divorcia y aborta y va menos a misa y recela cada día más de una institución caduca, que no progresa con los tiempos y que se obstina en moldear a su capricho la moralidad de la sociedad, cuando hace tiempo que la sociedad (o una muy considerable parte de ella) ha descreído de este patrón de comportamiento y ha buscado (fatigosamente) otros modos de felicidad. También hay leña política a punto de prender cuando la Iglesia se afilia a la derecha o cuando la derecha se enroca con la Iglesia: en democracia, cuando Aznar escribía las leyes, también había divorcios y había abortos. Evidencia de que los tiempos no son tan terribles es que el Episcopado pudiera cortar una ciudad o una parte inmensa de ella y que una misa fuese celebrada en una plaza a la vista de quienes no la comparten y retransmitida como lo que es, un acto multitudinario que requiere un seguimiento informativo. Por lo demás, no hay hostilidad. A mí me parece muy bien que la gente vaya a misa. Cosa distinta es que los asistentes piensen que lo que hacen, aparte de confirmar sus creencias y sentir el júbilo de la fe, mueve a quienes no van a pensar como ellos piensan. Bien podría haber sido al contrario y que el pueblo laico, el que respeta a los demás, pero no comulga con lo que piensan, hubiesen ocupado Colón para ejercer su derecho a la disidencia y manifestar (fue una manifestación lo de Colón, una manifestación vestida de homilía) que se puede pensar de otra manera. De hecho, algunos pensamos.

Australia: Las antípodas de la épica


La épica es otra cosa. Épica es Monument Valley con John Ford detrás de una cámara y un paisaje bíblico en el que sangra la tierra y los hombres deambulan, místicos y poderosos, buscando el fermento exacto de la leyenda, el aliento intacto de lo indómito y de lo vírgen. Épica es, a su modo, la historia de Tara y de sus legendarios habitantes y cómo el tiempo ha respetado el vigor de sus héroes, la inquebrantable salud de la historia contada y de la emoción salvada. Épica es Lawrence de Arabia o Doctor Zhivago. Si me apuran, hasta la trilogía de Stars Wars contiene una épica esplendorosa, un modo limpio y bien hilvanado de contar un cuento en el que sus personajes dirimen cuestiones más grandes que sus pobres almas, pero Australia no es épica, por más que el márketing navideño, el zorro dispositivo de carantoñas estéticas y mimos visuales que nos hace pagar la entrada y pegar el culo al asiento casi tres horas, disponga que Australia lo sea.
No lo es porque Australia no forja héroes sólidos sino que garabatea personajillos tercos, hombres y mujeres y hasta un niño que se obcecan en conducir vacas por un espectacular territorio de fotogenia impecable y que sólo tuercen la testuz cuando los japos les cortan el vuelo y sajan, de cuajo, el anhelo romántico y los besos tórridos bajo el imponente cielo de las Antípodas.
Australia no puede ser una gran película porque, en el fondo, carece de interés por serlo: su objetivo es saquear las taquillas y llevarse el premio a la película de las Navidades. En ese aspecto, a lo leído en periódicos y en blogs bien informados, ya está ahí, en la cima, convenciendo a la ciudadanía que el mejor modo de terminar el año, cinematográficamente hablando, es perderse en esta historia chunga de amores imposibles entre aristócratas y rudos cowboys de barba cerrada y torso moldeado en cualquier gimnasio de Beverly Hills con música de Mariah Carey de fondo. Australia es mentira al modo en que el cine debe serlo, pero con la pecualiaridad de que no disimula su impostura, su planteamiento engolado, mimetizado de un ciento de cintas pespuntadas con los mismos (débiles, en este caso) hilos.
No llegas a darte cuenta del tostón megalómano que es Australia hasta que llevas dos horas de ecología, redención histórica y parches cinéfilos y piensas, entre el bostezo y la anarquía mental, que el mejunje narrativo podría haber colado de perlas en una de aquellas series que veíamos en el pasado, que es la estación más propicia para la melancolía y para los poetas: Grandes Relatos, creo que se llamaban. Los programaban a diario y de lunes a jueves te colaban la Historia de una familia de Kentucky desde que el tatarabuelo encontró pepitas de oro en un río de Alaska hasta que el guaperas del tataranieto, embutido en Armani y con un Lamborghini Diablo en el ocupadísimo garage, dilapida la fortuna entre furcias, empresas puntocom y maría colombiana de la buena.
Hugh Jackman, un Rhett Butler abstemio que desayuna anabolizantes y zumos multifrutas, y Nicole Kidman, una no-creíble dama de alcurnia que deja todo su esplendor victoriano para perder el culo por unos acres de polvo, ubres de vaca y nativos místicos, han apostado por seguirle la corriente al mesiánico Luhrmann y se han dejado engolosinar por la peregrina y fantasiosa idea de que iban a protagonizar un drama bigger than life, cuando lo que han hecho (con su consentimiento) es un colorista y terriblemente largo panfleto sobre las bondades de los medios técnicos, que escora entre la comedia precariamente risible y el dramón de hondos designios cuasimetafísicos.
Con retales de un ciento de películas que todos hemos visto, adorado y hasta olvidado (yo vi un Cocodrilo Dundee en algún tramo que ahora no sé o no quiero recordar), Australia se despereza entre la incontestable grandilocuencia cromática y su anoréxica pereza narrativa. Harticos de ganados bovinos, ovinos o porcinos, es lo mismo, que fatigan las infinitas praderas bajo un atronador manto orquestal, creemos que la materia estrictamente literaria va a tomar vuelo con la historia de amor entre la moza inglesa repentinamente convertida en patrona de un terreno tan grande como Segovia o como Extremadura entera, yo qué sé, y el cachas Jackman, que se desmelena en cabalgadas impregnadas de glamour, donde falta que el director, ensimismado en su gran obra de arte, pare la cámara y la vuelva a encender, y haga que el jinete luzca más sobre su mágica montura. Salvar a Kipling Flynn, un estupendo Jack Thompson, el único personaje que cae bien de verdad y al que uno quiere perder en el metraje, aunque luego las cosas, no es cuestión de quemar el poco interés que le quede a alguien, se tuercen.
¿Tan mala es? Hay tal vez mil películas peores que merecen prosa y difusión para que el espectador incauto, no avisado, se aleje de ellas, pero Australia duele más íntimamente porque uno, en su inocencia, creyó ver en esta superproducción una especie de Lo que el viento se llevó versión siglo XXI. Lady Sarah Ashley, una cargada de mohínes Nicole Kidman, cada vez más perdida en su divismo post-Cruise o post-Kidman, quedará en la retina del espectador interesado en salvar algo de la quema como una especie de Deborah Kerr en Mogambo, pero menos pacata, más afectada por el honor y por la pérdida de su Tara particular, un palacete exótico incrustado en mitad de ninguna parte que responde al muy sinfónico nombre de Faraway Downs, que repiten hasta que Faraway Downs sale por tus orejas y se te va derramando, sílaba a sílaba, pecho abajo, como una mala (y larga) digestión...Juro por la panza danzarina de un canguro auténtico que la película no es mala de solemnidad, pero que tardé cinco minutos en olvidarla. He guardado unos trozos de contienente para escribir estas líneas. Ahora, permitidme, formateo esa parte de mi disco duro. Feliz Entrada de Año.
posdata: Ah, y Over the rainbow, la pieza del Mago de Oz, la que canta Judy Garland, la termines aborreciendo. Y eso que hasta Eric Clapton, que no es hombre dado a estas delicadezas del star-system hollywoodiense, se tiró de cabeza a la piscina del riesgo y la cantó en un concierto del que tengo una estupenda copia en DVD. Me la pongo esta noche para recuperar el aire.

29.12.08

21 gatos para un regalo de cumpleaños


Cannery Row es un libro que huele. Leído con mimo, como se deben leer las cosas, hasta forma una película nítida y fluída en el cerebro. Si hubiese sido una versión clásica la habría dirigido John Ford, por supuesto. Él le da a sus personajes hondura metafísica, aunque sean estibadores o sean obreros de una conservera sucia y pestilente. Si la dirección corriese a cargo de alguien actual, me pido a David Mamet, que convierte las historias sencillas en pura épica, pero tampoco tengo muy claro que deba ser llevada al cine ni que Mamet la conduzca. Con Ford no albergo dudas. De hecho, quien me regaló el libro hace pocos días, vía postal, me contó que había ya una versión filmada de la que no recuerdo dato alguno. Mejor así. Me quedo con la impresión fiable de las palabras, de los olores, de la historia de Doc, que tuvo al final su fiesta y de Lee Chong, con su Ford T y su ojo natural para los negocios y para la supervivencia. A ratos, Cannery Row (inevitablemente) me llevó a Bruce Springsteen, y escuchando algunas canciones de Bruce Springsteen, ayer, en mis paseos urbanos, quise ver las calles de Monterrey y oí los silbatos de los barcos que salen a faenar y cosas así. Eran sensaciones livianas, que se escapaban al poco de pensarse, ideas frágiles que desentumecían la rutina y conducían mis pasos (alegremente) como si me empujara una fuerza mística. Extraño, para ser Navidad y andar como loco comprando regalos en las calles de Lucena. Hay libros que no se dejan ni cuando los cierras. Permanece el placer como un fuego cuidado que ilumina otros libros y te permite abrazar, en cuanto te place, pasajes sueltos. A mí me sigue encantado, por encima de todos, el poema del capítulo 2, que me sobrecogió y me hizo leerlo (del tirón) tres veces, al menos. Steinbeck hace una lírica declaración de intenciones y cuenta que la virtud, la gracia, la pereza y el deleite desfilan con el amor por las avenidas de la naturaleza y se pregunta de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si luego debe sobrellevar una úlcera de estómago, una próstata enferma y gafas. El mundo está descarriado y lo conducen al desquicio ciegas bestias que no miran por dónde van ni cuidan el paraíso que han encontrado, pero Lee Chong envió a su abuelo a través del oceáno para que descansara en tierra de sus antepasados y galones de whisky del bueno corren por Cannery Row. Ah, por poner caras, he decidido que Doc sea Nick Nolte, versión talludita. Quizá alguien pueda llevarme alegremente la contraria.

28.12.08

El jazz se ama así


Y la nave va...


Me dan cierta grima emocional los discursos en los que un preboste de la sociedad, uno con un micrófono a mano y un púlpito mediático desde donde extender sus tesis, o un ciudadano de a pie afirma que la única verdad posible es la que se desprende de sus palabras. En este hilo narrativo, el cardenal arzobispo de Madrid Rouco Varela ha levantado hoy a su feligresía de la España azotada por la canalla laica para decirles que la única familia verdadera es la cristiana. Ha insistido en la infamia del divorcio express, ése que faculta a quienes ya no se aman a dejar de compartir techo, desayunos y almohada y poder seguir viviendo tan ricamente, sin ejercer el masoquismo como oficio diario. Luego ha encendido el verbo, aunque sin zaherir al gobierno zapatista, con la salva de proclamas contra el aborto, lo cual no deja de ser el único argumento rigurosamente legítimo y razonable al que pueden agarrarse y al que cualquiera que no sea cristiano también puede unirse, cerrando el discurso con una buena tunda de palos a los homosexuales, que no son dignos para muchos asuntos, pero sobre todo para educar a unos hijos, como si la familia tradicional hubiese demostrado que sí lo es y que se le puede confiar esa noble y delicadísima tarea. Se equivoca el clérigo en que un hombre y una mujer, por definición, por alguna ley sagrada o por algún retorcido manifiesto metafísico, puedan amarse para siempre.
Y cuando el amor se muere, cuando desaparece la ternura y el afecto, el embelesamiento y la tolerancia, la alegría y el mancomunado esfuerzo de llevar una vida hacia adelante, entonces qué hacer. Tendremos que pedir asilo emocional a quien nos lo de, pero si nos quedamos en el mandato parroquial de hoy en Madrid, no hay que hacer nada salvo aceptar que (en palabras del cardenal Rouco) un hombre y una mujer deben amarse para siempre. Sólo dejar correr el desafecto, la falta de ternura, la ausencia de alegría y soportar la atroz embestida de los días cuando los escribe la tristeza y los rubrica la rutina, el tedio o la desolación. Así debe ser porque así está escrito. Y la nave va...

El último libro del año...




A pocos días de entregar el caprichoso balance musical, cinematográfico y literario de 2.008, me embarco - con cierto recelo - a la lectura de Los hombres que amaban a las mujeres, de Stieg Larsson. La empiezo esta noche y descreo, en principio, de que sea tanto como todo el mundo dice. En libros, en música, más que en cine, suelo no dejarme llevar por la crítica visible, la que coincide cada sábado en los suplementos del periódico en machacar o elevar al cénit de la excelencia al libro que les ha tocado reseñar. De momento, enciendo esta noche el flexo, apago el mundo y me encierro en esta historia de flores enviadas cada uno de noviembre...

Puccini con queso / Cuentos del astronauta zurdo

1
Al principio, recién casados, después de cada bronca con Irene, Cándido se refugiaba en Verdi o en Orff. Se perdía desconsoladamente en las arias sublimes. Se colocaba justo encima de una cresta orquestal y desde allí dominaba el mundo. Como Cody Jarrett en el depósito de gas en Al rojo vivo, pero sin una madre castradora ni sintiéndose en la cima de nada. La ópera,s u brío, su vértigo hermosísimo, le restituía el ánimo fugado. Luego, por no acudir siempre a los mismos paliativos del dolor, se atrincheraba en los sándwiches de jamón de York con queso fundido. Se despachaba a gusto en la cocina mientras Irene, pasillo abajo, iba cerrando estruendosamente las puertas, acotando con portazos barítonos la nómina de frases, el rico y siempre inagotable prontuario de insultos. Al tiempo que Cándido colocaba con mimo y dulce arrobo la última loncha de jamón, Irene cerraba un parlamento superlativo que la dejaba exhausta al modo en que queda un caballo cuando ha recorrido tres películas de JohnFord en Monument Valley. Como si los ladridos de los perros de Pavlov revoloteas en por la cocina, Cándido entendía que cuanto más prolongado y combativo era el enfado, cuanto más énfasis daba a las oraciones subordinadas, mayor era el grosor del sándwich. E ltiempo durante el que se prolongaron estas amenazas de batalla termonuclear, Cándido entró en kilos.“No más sándwiches”, se dijo. Da igual que un calcetín mal doblado principie un descenso a los infiernos. Es lo mismo que un resto de salsa carbonara malee el esplendor pequeñoburgués de una camisa de tweed de marca. Cualquier desaliño en la recta observancia de ciertos preceptos castrenses movía a Irene a fustigar a Cándido durante un buen par de horas. Luego las aguas volvían a su roto cauce y el silencio, como una música, ocupaba las habitaciones durante las jornadas que escoltaban la llegada de un nuevo desastre doméstico. Hasta que un día no encontró Cándido refugio en Puccini o en el queso parmesano y decidió preparar unas brevísimas maletas y poner tres manzanas de por medio: a casa de sus padres. De donde no debí salir nunca, sentenció al compás grave del único portazo que se atrevió a dar en su matrimonio.
2
La casa de la infancia le imponía una armonía tácita. Al quinto día de plácida recomposición neuronal, la voz de Irene se convirtió, en el perturbado eco de sus recuerdos, en un arrebato de violines de Stockhausen, en una paranoia de hip hop metalúrgico.Nada de palabras: sólo masas enormes de cuerdas arrebatándole el oxígeno al aire. Los días tranquilos devinieron en zozobra cuando Luisa y Federico, los pobres padres, decidieron, tras severas deliberaciones sobre la conveniencia de ser tan estrictos, dejar sentadas cuatro o cinco cosas. “No vaya a ser que el niñose vaya también de aquí, y dónde irá”, gemía la madre.“Tú habla, lo has hecho siempre”, insistía Federico. Y entonces, al principio, después de cada bronca con sus padres, Cándido acudía a Verdi, a Puccini. Las arias de toda la vida. Y arropado por el vigor de las masas orquestales, se envalentonaba y tosía tres quejas y un ultimátum. Con el tiempo, se cansó del lenguaje de los arpegios y regresó a la cocina. York con queso contra bel canto. Se despachaba a gusto mientras papá y mamá revisaban su vida. El noviazgo con Irene, sobre todo. Los años de riña. Los hijos nunca pedidos. Con la pieza última de queso despachada sobre la lámina de fino york, el punto final, un portazo a modo de bocado con un trago de cerveza después. Hasta que un buen día no vio Cándido amparo en estos caprichos culinarios y decidió preparar unas todavía más flacas maletas y fatigar, tripón y arrepentido, las tres manzanas del regreso. Llamar entonces a la puerta. Esperar que Irene estuviese de buen humor. Repetir las frases ensayadas durante la travesía del perdón y tal vez arrumbar en el sótano toda la discografía operística. Y a entrar a saco con el puerro y las espinacas.

La rapsodia bohemia / Cuentos del astronauta zurdo

Debería haber una cierta impunidad en algunos crímenes. Una del tipo que te permita más tarde proceder con entereza y hasta con naturalidad frente a los demás y llevar una vida ordenada, en nada escandalosa y ajustada siempre al civismo y a las buenas formas, aunque al muerto, al sacrificado, lo devasten minuciosamente los gusanos en algún bosque en las afueras, pero esta garantía, este salvoconducto moral, no te lo da nadie. Te educan para el remordimiento así que matas a alguien y se te cae el mundo encima. No importa que el cadáver no sea recuperado. El alma se atasca, se embota y ya no es posible besar a un hijo o estrechar manos cordialmente con la ufana naturalidad de antaño. No puedes lidiar con la rutina del trabajo sin considerar la miseria a la que has abocado tu vida. ¿Quién duerme ahora con la conciencia tranquila? En esa mansa vigilia que precede al sueño te invaden, como lobos, todos los muertos que has ido abandonando en los bosques, en las afueras. Como en una mala película de serie B, truculenta y casposa,la conspiración va urdiendo su trama secreta y todo conduce irremisiblemente a la detención del criminal. El cine forja sus héroes y sus villanos, pero la mano asesina carece de mitologías: no obedece a argumentos. El crimen paga, reza la leyenda. Habría querido yo esa cierta impunidad. Haber vuelto a los parques y ver la evolución de los juegos de los niños. Haber mirado al mundo de cara sin la tozuda certeza del miedo a ser descubierto en un gesto delator. Haber enterrado la culpa junto con el muerto. Y ando las calles sin aplomo, ajusticiado, solo, entregado al vicio irrenunciable de los remordimientos. Y la hormiga muerta aparece en mis sueños, demediada, en la suela mortal de mis Nike de cien euros. La pobre, la inocente.

27.12.08

Tres cuentos navideños versión 2.0


La Nueva Antártida de mi amigo Álex ha vuelto a reclutar a dos amanuenses eventuales y he aquí el noble y voluntarioso resultado. Tres cuentos navideños, one more time, y van 2...Alojo los 2 vínculos para que el lector novato en estas manías nuestras (el mundo entero tal vez) pueda ejercer la crítica con más elementos de juicio. Los escribas somos los de siempre: Álex, que acoge y tutela el empeño, Mycroft y un servidor. El encabezado gráfico quiere (sin asomo de éxito) parecerse al que ha usado Mycroft en su Micronesia. Los dos, a lo visto en la actualidad, están condenados al éxito mediático.
Primera entrega: 2.007. Segunda entrega: 2.008....

26.12.08

Pabellón de tristeza




Están los pobres de la navidad al raso frío de las avenidas y tienen empuñada el hambre como una levísima arma arrojadiza, pero se mueven sin prisa, no les duele la densa verdad de los escaparates ni el peso sin propósito de los contenedores. Están mirando cómo nace el niño Jesús en una pantalla de plasma que emite en alta definición todas las cosas importantes que pasan estos días en el mundo. Es una pantalla enorme que se ve desde el cristal. Las caras parecen que perdieran píxeles y ganaran aire para colarse por las rendijas de los bolsos de las señoras y las estanterías reventonas de cachivaches eléctricos hasta hocicar con la cara del pobre ensimismado con los colores y con la evidencia formidable de que el mundo está infinitamente mal repartido y él está en el lado equivocado sin que nada parezca que vaya a sacarlo de ahí y meterlo en danza, en la fiesta estomacal, la que festeja que el niño Jesús ha venido y nadie sabe cómo ha sido.
La navidad es magia para quien la paga y estos pobres de hoy que me han cortado el paso de camino al Corte Inglés no tienen con qué abonar la pitanza. Van como zombies y entonan una letanía en un idioma que no nos pertenece. Ni a ellos. Se atreven con un español precario y funcional que les sirve para reblandecer oídos cómplices. El mío está duro y sobrevivo como puedo al gentío de pobres de la navidad que me regalan incógnitas igual que yo les regalo indiferencia. No puedes pararte y editar el hambre, borrar con algún sofisticado artilugio infográfico la cara oxidada, el pelo brumoso, las ropas tullidas del frío y de la costra de mierda que las levanta a peso del frío suelo de Ronda de los Tejares, en Córdoba, hoy, a eso de las tres, cuando volvía de charlar con mi amigo Rafa Roldán las historias nuestras. Me ha dicho que en el blog falta humor, pero hoy precisamente no tengo el argumento jocoso. No tienen la culpa los pobres de la navidad ni los muertos de la carretera ni tan siquiera la franja de Gaza, que aperece esta noche mientras preparo a mi hija una pizza y escucho la CNN, que es un boletín de desgracias como otro cualquiera, pero neurálgicamente conectado a toda la fibra sensible del jodido mundo. Me ha extrañado que no hablen de los pobres de la navidad.
En Madrid tiene que haber un millón de pobres, según las últimas estadísticas. Y como Don Dámaso a veces por las noches me incorporo en este nicho mullido y levemente aristocrático en el que hace poco más de cuarenta años que me pudro y paso largas horas oyendo el ruido de la tristeza, que es un ruido sin alboroto que se agarra al pecho y no te suelta. Y como el poeta me paso muchas horas preguntándole a Dios por qué se pudre lentamente mi alma y por qué la grandeza del ser humano es un verso en un soneto o es un alto pensamiento de alguien que supo manejar las palabras y juntarlas con razón y con belleza y no un acto heroico, uno del tipo que soluciona de cuajo la infamia y la miseria, el ejército de pobres que cercan el Corte Inglés en Ronda de los Tejares, en Córdoba, y te impiden que puedas desplazarte a la velocidad que te apetece para no perder el autobús número 6, que va al Sector Sur, a la Avenida de Granada. Ahí te esperan con la mesa puesta y la sonrisa abierta y te preguntan si hace frío, pero tienes una urdimbre esponjosa de caras de pobres que te anula el desparpajo, te bloquea el júbilo y te arrumba en una tristeza de viernes de navidad que tenía que llegar tarde o temprano.
Y mi amigo K., que me da en estos casos consejos sabios, no atina a colocarme ahora uno válido. Me ha soltado tres lugares conocidos y una ristra de frases previstas, pero la ciudad es un pabellón de tristeza y los coches enfilan las largas avenidas del centro como caballos salvajes que quisieran perderse en la distancia y no regresar jamás. Mi amigo K. lee a Chesterton y le sale una prosa de lo más enjundiosa, pero no sabe que ser cristiano en estos tiempos equivale a tener que justificarte continuamente. Antes, me cuenta, los que se justificaban eran los ateos. Los pobres de la navidad no se justifican. Los ricos que hoy me han parecido muy ricos caminan a la vera de los ricos que luego son unos muertos de hambre en la intimidad y abren latas de conserva en un mantel antiguo de cien mil pesetas. Todos los que aquí paseamos las calles de la tristeza, que según las últimas impresiones avanza sin cautela y devora edificios y muda el color de los semáforos, sabemos que la miseria o la gloria va por tocas y que el azar, ese bicho cabrón, da y quita a capricho. Está siempre el azar comprometiendo la bondad del mundo y azuzándole leones y serpientes y luego brokers recién despojados de la gracia infinita y abandonados en el asfalto como bestias bautizadas en sangre y dispuestas a romper los escaparates y llevarse la cesta entera de la navidad. Maadof tutela la travesía desde alguna celda y cien mil hijos confiados se suicidan en los servicios de las cafeterías. Un pobre no se suicida. Se suicidan los que lo tuvieron todo y perdieron ese recuerdo. Los ateos del mundo viven la navidad con el corazón encogido y no le echan la culpa a ningún dios en las alturas. En eso hay una pedagogía: en no caer en el fanatismo semántico ni en la cuenta cruenta de cadáveres que la Historia, por ser historia, ha ido abandonando por el camino.
Rojos, nacionales, judíos, demócratas, chinos, marxistas, fascistas, hijos de la MTV y parias del underground: todos son por navidad muertos ilustres de las páginas de las enciclopedias o son pobres sublimes que recorren las calles de la tristeza con la mano horizontal y el ojo avizor, como deslumbrantes aves rapaces que perdieron la capacidad de vuelo y arrastran zapatos quemados en las avenidas definitivas de Suburbia, ¿verdad, Álex?. Y aunque la noche esté cerrando ya las persianas del verbo y uno entienda que no se puede alfombrar el barro, duele que en Madrid y en Córdoba y en las calles de Londres y en las de Varsovia los pobres vayan a seguir siendo pobres y los ricos de raza o de azar (las dos palabras se contienen y se buscan: raza, azar) sigan en su riqueza inasequible al desaliento. Yo mismo, hoy, de vuelta a casa, camino del almuerzo familiar en un día de navidad, me he visto atropellado por una turba obscena de pobres que me han regalado cien incógnitas en un par de miradas y otras cien en el recuerdo ineludible de esas miradas, de esos ojos metafísicos que buscan en los escaparates (había uno cerca que presidía el encantamiento) pantallas de plasma que emitan en alta definición la realidad que a pie de calle, en la tristeza infinita de las calles de mi ciudad, no conocen todavía. Los pobres, por serlo, no conocen la realidad. Se niegan la razón que les faculta para aceptar que todo lo que les está pasando sea realidad, contenga trozos de realidad, exhiba trazas de realidad, parezca de lo más real y se puede ver desde dentro y desde fuera como algo inevitablemente real. Y no lo es. Debe ser mentira o debe ser ficticio o debe ser falso todo lo que no se ajusta a la belleza ni al común denominador de la razón empírica. Pobres hechos paisaje. Mendigos hecho atrezzo. Caigo ahora en la cuenta de que los pobres de la navidad son pobres todo el año y les asiste (qué infamia) la rutina y el miedo.

25.12.08

El intercambio: Fría, calculadora, ejemplar...




Charlaba animadamente con un amigo acerca de la contribución del cine al modelado de la ficción que cada uno lleva dentro para soportar la realidad, que a veces se embrutece de rutina y mutila el entusiasmo sencillo de las historias bien contadas y bien oídas, las historias de amor y de fe, de cordura y de desquicio. Lo que importaba (decíamos) era la envoltura del regalo, el desprecintado lento de su contenido y luego, al final, paladeando, sintiendo su cercanía y su asombro, el cuento puro.
Las películas de Clint Eastwood han estado casi siempre muy sobriamente contadas. Tiene el maestro Eastwood ese noble arte academicista, de mecanismos narrativos clásicos. Incluso cuando cae en la rutina y se dedica a copiar lo que ha aprendido (cuántos lo hacen) el maestro Eastwood es un zorro de la camada de los zorros listos que conoce con precisión la forma en que el espectador mira una película. Sabe qué darle, qué caminos recorrer y cómo hacer el recorrido para que la impresión de la travesía sea, a primera instancia, buena. El público menos versado en sus trucos y en sus razonables bajonazos de talento no aprecia que El intercambio es un ejercicio enciclopédico de cine. El maestro Eastwood coge la letra A y luego la B y más tarde la C y va cogiendo de cada letra lo más granado y lo más eficaz para que El intercambio, la película de estas navidades, sea cine de altura, entretenido como pocos, pero íntimamente deshuesado, desafectado de esa sensibilidad primaria que enfocaba a sus protagonistas (Bird, Sin perdón: mis favoritas) con complicidad y los aureolaba del encanto épico de los seres que estaban (en el fondo) por encima de las historias en las que su autor los había abandonado.
La madre-coraje Collins/Jolie (convincente, aunque excesiva) se acoge más al sensacionalismo de tabloide, en su versión estilizada y glamurosa, que a la investigación sentimental, la que exhibe la moralidad y la verdad, pero Eastwood conduce con oficio, filma sin estridencias y termina entregando al fiel público una obra menor, que no ha sabido o no ha querido convertir en una cosa de más peso, limitándose a resolver una ecuación y no a despejar con su habitual maestría (y conocimiento y arte, en definitiva) las incógnitas. Éstas que aquí se despliegan (la corrupción del cuerpo policial, la abnegada terquedad de una madre violentada y anulada, la oscura trama política) carecen por completo de poesía. Y antes, en muchas obras del zorro Eastwood, había poesía a cañonazos. La había en Mystic River, tan seca, tan amiga de la elipsis y de la complicidad intelectual de un espectador motivado y esforzado en aprehender detalles clarificadores, símbolos de la naturaleza lírica del cine que este venerable anciano de manos febriles y cerebro todavía iluminado ha hecho en las últimas dos decadas. Toda esa tosquedad visible de sus historias tutelaba ternura, celaba un amor infinito por el género humano y por cuestiones universales como la culpa, la redención o el fatalismo.
Nada de eso hay en El intercambio, y a pesar de que pocas cosas nos remitan al buen Eastwood de antaño, encontramos una película que devoramos en un suspiro, a pesar de sus dos horas y media; una del tipo que no veremos en mucho tiempo pero que recomendamos a quien pillamos a la salida del cine, pero a mí me sigue gustando mucho más el cine que busca historias más retorcidas, donde el desequilibrio y la sordidez (la que le falta a El intercambio, que a veces se relama en soluciones dramáticas de saldo, como el drama carcelario) sostenga el edificio narrativo, aunque luego el director esté en la bendita obligación de conmovernos con otras armas, a pesar de que lo expuesto, lo que nos ofrece, nos hiera en algún lugar de nuestra ya anestesiada alma. Eastwood se involucra más en cuanto tiene en el horizonte limpio de su cámara una escena que le satisface verdaderamente: en este caso el ajusticiado en el cadalso, el cimbreo del cuerpo, la lastimosa evidencia de su culpa. Pero afuera, en el resto del metraje, el director se escabulle, se escapa a territorios que domina y que no exigen ni la solidaridad ni su intimidad como ser humano. Eso, aquí, falta.
La contribución de Eastwood está salvada, pero esta película no engrosará ninguna nómina de prodigios...

21.12.08

Yo también tengo voces dentro de mi cabeza


Hay jueces que oyen voces dentro de su cabeza que les distraen del oficio por el que se les paga. Oír voces cuando no las hay no es síntoma de nada y sucede a casi todo el mundo. Lo raro, tal vez, sea no oírlas. Yo mismo me divierto cantidad analizando la textura fonética de las mías o considerando en firme la posibilidad de hacerles caso o, cuando se me envalentonan y discrepan de lo que pienso, hacerles frente y ser firme en la batalla.
Puede pasar que tú seas un tipo de una moralidad recta y de un comportamiento cívico y que las voces te pidan que expolies una sucursal del BBV o que levantes las faldas a las mozas. La moralidad, en estos tiempos, es un mejunje tan escasamente prestigioso que hay quien la esquiva por temor a que su noble materia se le quede demasiado hondo; hay quien, insisto, lampa por tener dentro voces que se atrevan más de lo que se atreven ellos. Es la versión moderna (post Freud) del ángel encaramado a un hombro y el diablito escalado al otro. Ojalá hubiese yo tenido alguna voz convincente en mi adolescencia, una que me guiara por fiestas y antros, aconsejándome, encendiendo la bombillita del encanto personal de la que entonces adolecía y que hoy todavía acude en muy contadas ocasiones. O una que te permita sortear las trabas que la vida te va colocando y prosperar o como sea eso, pero un juez que tenga voces (regreso al hilo bautismal del post) en la cabeza es asunto de más delicado tratamiento y a veces hasta sería recomendable exigir que no las tengan.
Pensemos que el juez de marras, el que administra las sentencias y escribe la ley con letras de oro. Habrá (imagino) jueces de ferrea disciplina católica, severos parroquianos y obreros estrictos de los mandamientos de la ley de Dios, que exigirán al vulgo juzgable, en su fuero más hondo, que adorne sus procederes con fiel compromiso a esa ley. Habrá quienes militen en lo laico y abominen de que la moral cristiana (una entre muchas morales) pespunte las sentencias y les de cuerpo teocrático cuando son, en probidad, palabra del hombre para el hombre, sin que en ese campo tan resbaladizo pueda inmiscuirse la religión o (incluso) su ausencia. Pensemos, oh dilecto lector, en eutanasias, abortos, fecundaciones asistidas y educación sin crucifijos en las escuelas.
Y qué alegría le da a este cronista de sus vicios que la sociedad del progreso, la que avanza al margen de la cultura del espíritu religioso y se enrosca con la pluralidad y con la moralidad de la ética, vaya alcanzando (peldaño a peldaño) logros gigantescos, hitos...pero cuando la voz dentro de la cabeza irrumpe se desmorona (con estrépito) el edificio de la judicatura.

20.12.08

Soy George Bailey




Hay quien cree que un banco es un sitio en el que hay que entrar de un modo distinto al modo en que se entra en una perfumería o en un bar de carretera. Gente del tipo que cree que un director de banco o un sencillo cajista es alguien conferido de alguna valía sobrenatural, rayana en lo sacerdotal, que posee el don de impartir la riqueza y autorizar o desautorizar la felicidad ajena en base al brillo de su puesto de su trabajo. Conozco a quien tartamudea al pedir un préstamo, agachando la cabeza, carraspeando, azorándose profundamente y, al final, cuando ha firmado el contrato que valida el negocio, sale encantado del atrevimiento, agradecido de corazon, allá en lo más secreto y noble de su alma, por el favor prestado, ufano por disponer de recursos para aliviar el extravío de la crisis, el expolio de la tarjeta visa o el sufragio del arreglo de la cocina o del nuevo mobiliario del salón. Conozco gente íntimamente convencida del hecho de que el lugar que ocupan en el mundo es pequeño, doméstico, muy insignificante. Merced a esa absurda modestia social entran en los bancos con un sobresalto en la válvula mitral y jamás se atreven a violentar el estricto conducto protocolario que coloca a unos en un escalón del sistema y a otros, por razones incomprensibles, en el inmediatamente superior. Hay gente de una irrelevancia tan consumada, tan asumida, que confunde la educación y el respeto a los demás con la sumisión y la obediencia ciega.
Frank Capra llenó sus películas de gente así. Los dibujaba con un mimo absoluto y en ningún caso rebajaba ese cariño y esa ternura (preciosas las dos palabras) por imperativos comerciales o porque un gerifalte de Hollywood le intentase convencer de colocar tal o cual cosa conveniente para su buchaca. Todavía hoy cuando entro en un banco pienso en Frank Capra. Absurdo, ¿verdad?. Pienso de una manera primaria, que en ocasiones es el modo más efectivo de pensar en las cosas. Pienso sin retorcimientos de índole intelectual. Pienso desafectado de ira, sin que mis actos estén manuscrito por la venganza o por considerar que el mundo está mal hecho (lo está) y que los bancos contribuyen, con su sangría invisible, con su misma política de cuentas, a agravar el defecto. Pienso (insisto y acabo) en Frank Capra, lo cual es una forma muy sentimental de escapar de la realidad y refugiarme, ay, en el cine, en las historias maravillosas que el cine procura para desautomatizar la realidad y darle un colorido y un encanto que, sin cine, estoy seguro, no tendría. Pienso en Frank Capra (sí) y entonces sitúo mi lugar en el mundo. Reconsidero (en una prodigiosa fracción de segundo) mi exacta posición en la pirámide social y confirmo que, en el fondo, sigo siendo un pobre personaje de Frank Capra, una especie de George Bailey cualquiera, un George Bailey que mide las palabras y las vuelve a medir por temor a que las palabras suenen inconveniente, una de esas personas que prefieren la prudencia (mis padres me educaron bien) pero a la que no le importaría encabronarse cuando sea preciso y dejar de ser George Bailey un par de minutos para enfundarme algún otro disfraz más cabrón. Exhibir, por ejemplo, el careto palurdo, rocoso y profesional de Jack Palance y entrar en un banco como si Michael Bay rodase la escena. Y que venga Capra y nos alumbre a todos.

15.12.08

Los restos de cualquier naufragio...


Nacimiento: 24-V-49

Infancia feliz y estudios en el British Institute School.
Adolescencia neurótica, como todas, hasta caer en Río de Janeiro por el oeste y en Estambul por el este.
Sueño con convertirme en líder revolucionario o estrella del rocanrol, fracasando en ambos campos por mi corta estatura, mi voz repugnante y mi imagen francamente doméstica. Desorientado, decido dedicarme a la dirección de cine, ya que es algo que puede hacer cualquiera, al ser el oficio más idiota del mundo.
Desengaños amorosos me llevan a tierras lejanas como África occidental, capital Timbuctú, y a arriesgadas aventuras como cazar ballenas, arpón a mano, en la isla de Madeira.
De salud, bien, hasta que me hallan una estúpida diabetes mellitus emboscada, que me produce honda irritación con el mundo y con la vida en general.
He escrito estos poemas en el breve espacio de diez años y son todos los que he escrito en mi vida. También soy vago como poeta, si es que acaso lo soy.
En ellos he tratado de contar partes de mi vida de esos diez años, pero no tal como fueron, sino como me habría gustado que fueran. Cada uno trata de una cosa, y todos juntos y seguidos, de otra. En realidad, son historias para las que nunca creí encontrar productores.No sé si volveré a escribir, pero si lo hago pienso hacerlo desde Kingston, Jamaica.
Dada mi irresponsabilidad, me temo que no llegaré a viejo, y bien que lo siento.
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“Trataré de resumir sin extenderme y relatar
catorce años embarcados de la infancia de los vientos
delicado recorrido por el mundo tras un nombre
hoy perdido con el mapa en el mar y en la memoria.”

Ricardo Franco.
Los restos del naufragio, Hiperión, 1979
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(gracias, Luis, llevas razón en eso de que La buena estrella es una gran película. A mi entender, corto y más hoy que ando huérfano de brío, una de las más hermosas historias contadas en una pantalla de cine. Y mira si hay...)

12.12.08

... las cuatro botellas


Y qué hermoso sería que la estancia entre la tercera y la cuarta, caso de que la ominosa cuarta finalmente acuda, dure mucho y nos procure el júbilo suficiente como para no tener que pensar en ninguna otra...

11.12.08

Qué difícil va a ser explicar la Teoría de la Evolución....


I
El hombre, merced al capricho teocéntrico de la religión, ha gozado siempre de ciertos privilegios cósmicos. La sencilla circunstancia de ser el rey de la creación y apropiarse históricamente del centro de la inteligencia le ha facultado para aceptar (por encima de consideraciones servilmente científicas) que es el puñetero centro del universo y que no hay otra contabilidad de prodigios que la manuscrita por su puño y letra. Copérnico, el heliocéntrico, el avanzado, se granjeó el cariño de las generaciones venideras al sentenciar, a riesgo propio, que la tierra es un pequeño kiosko de miserias, un fatigoso cúmulo de contrariedades físicas, químicas, espirituales y sensitivas, pero que hay más (o debe haber más) por ahí afuera a la espera de que el azar o la NASA abran la pandora terrible del cosmos y veamos alienígenas en prime time como si fuesen hooligans que nos visitan en Champions y a los que Mulder y Scully persiguen sin descanso.
La cosa teocéntrica tiene su contrapeso intelectual, su quema de iniciados y, al final, su penosa rendición a la Historia, que es un juez firme y severo. Podemos pensar que Dios no entró en la discusión sobre si sus parroquianos harían de su prosa un antojadizo vademécum de mandamientos a beneficio de buchaca.
Con el tiempo, ese nutrido ejército de profetas y gurús de la nueva mística inventaron doctrinas, instauraron recetas para ahuyentar el peligro de pecar y levantaron tótems: les metieron al pueblo lerdo el miedo a que esta vida fuese la única. Abierta la veda de la eternidad y de la salvación de las almas, que ya estaban salvadas antes del litigio, lo demás fue un gasto menor. Disciplina, obediencia y, de regalo, ciega fe en ese ideario perfecto.
La religión, en su doctrinario, exige esa cierta disciplina sin la cual sería saqueada por la modernidad, por los infieles que al paso van saliendo siempre y por las hordas fúnebres del relativismo, que todo lo apestan con su falta de moralidad, seguro.
II
Venía el otro día Maruja Torres en plan laico total en El País con un apasionado ejercicio de libertad de expresión a propósito de Dios y de Darwin en donde clamaba sobre la historia traída estos días de cruces o no cruces en el aula. Pide la buena señora, buena en el noble y buen sentido de la palabra, que se instalen ordenadores y se doten de libros las clases en lugar de litigar en prensa y en foros sobre la vigencia o legitimidad o pertinencia de clavar cruces en las paredes escolares o colgar retratos del emérito Rey de la sacrosanta España.
Frívola, quizá, pero ajustada a un más que luminoso sentido de la coherencia, la mordaz articulista de El País, longevamente adscrita a este medio, razona que tan legítima sería que el profesor de un aula enarbolase un escudo del Betis, pone por caso, que un crucifijo, sobre todo porque ambos explican en qué ocupa su ocio sentimental o espiritual el que los coloca en la pared. Blasfema, por el beticismo militante e insolente y por el apartheid icónico, Maruja Torres dice preferir (mil veces, apunto yo) a Copérnico o a Darwin (mil más) que al infalible (por teocrático) cónclave de gerifaltes de la moralidad cristiana, que gracias a Dios no es la única, a la que (para que el desahogo sea completo) convierte en morboso cuento de sacrificados y cómplices del sacrificio.
En lo que a mí me toca como usuario de esas clases, aplaudo la osadía argumental de Maruja Torres. Visto el panorama educativo, tal vez el tsunami moral es una nimiedad, un apunte frívolo de los tiempos que corren, si lo comparamos con la levedad intelectual del alumnado, con sus estadísticas flacuchas y su enclenque nivel académico. Si le dedicamos esfuerzos extra a ver quién gana esta partida, aunque alguien al final se lleve la hebra argumental a su traje, perdemos un tiempo precioso en averiguar en qué fallan las leyes que rigen los planes de estudio y dónde podemos incidir o en dónde debemos aflojar para que el rango educativo se eleve y alcance los niveles que otros países de esta travesía del progreso exhiben con orgullo. Igual ahí no se enfangan con cruces ni con zarandajas carpetovetónicas y se emplean a fondo en lo verdaderamente esencial, que es el expediente de cada alumno, y la responsabilidad pedagógica de quienes se encargan de cumplimentarlo a lo largo de su vida lectiva.

8.12.08

Algunos hijos de Dios


"La comedia es un género dramático que se caracteriza porque sus personajes protagonistas se ven enfrentados a las dificultades de la vida cotidiana, movidos por sus propios defectos hacia desenlaces felices donde se hace escarnio de la debilidad humana. La comedia se origina en el mundo griego, pero se va desarrollando por el medievo y por la edad moderna, hasta llegar a nuestros días."

(Wikipedia)

¿y eso es lo que hacía Billy Wilder?


7.12.08

Peter Lorre, el villano sin futuro


Gjon Mili, 1944


Ladislav Loewenestein nació en Hungría a comienzos del siglo XX. En esta foto tenía 40 años. Su desmedida afición por el teatro le hizo dejar su país antes de cumplir los 20 y buscarse la vida en Suiza. Allí trabajó de cajista para pagar las clases y que su nombre sonara en la escena dramática de la época. Bertold Bretch lo apadrinó y Fritz Lang le hizo M, el vampiro de Dusseldorf, aunque Loewenestein no confiaba en el cine ni apreciaba la emergencia de un arte que, comparado al teatro, no dejaba de ser un entretenimiento pasajero, una moda de feriantes y comerciantes espabilados. Su ascendencia judía, no obstante, le haría razonar el error y enseguida volcó su talento en el cine.
Eso era 1.934. Tres años después, huyendo del terror nazi, trabajó con Alfred Hitchcock en El hombre que sabía demasiado, versión inglesa. Después vendría el encasillamiento: decenas de películas para la posteridad. Su aspecto desvalido, esa fragilidad, la indefensión que exhibía su rostro extraño se afiliaba a dos tipos de interpretaciones: la del atormentado y la del inocente; la del hombre atribulado y solo, fatalmente ungido por la mala suerte, por la miseria moral de un tiempo siempre en zozobra, es decir, el cine negro puro, y la del hombre digno de lástima, escasamente dotado para el mal, pero empujado a él por designios irreparables. El segundón perfecto, el actor gremial y esforzado, siempre vivió encadenado a su aspecto. No recuerdo, salvo Charles Laughton, otro actor más esclavizado que éste a un perfil y a un gesto, a un rostro imposible de olvidar y a un rol perdurable, por encima de que le llamaran para hacer una comedia de altura (Arsénico por compasión) o un thriller de la mejor enjundia (La máscara de Dimitrios). Curiosamente ambas obras maestras están producidas en el mismo año, 1.944.
Ya Peter Lorre y harto de ser el villano prescindible, pidió un papel de mayor calado dramático. Mr. Moto, el personaje que interpretó hasta en 8 ocasiones, no es (al menos para este cronista cinéfilo) el papel de su vida. Me quedo con el villano, qué le vamos a hacer. A su pesar, supongo, Peter Lorre será siempre el hombre enclenque, presumiblemente zarandeado por algún trauma infantil, que salía en las películas de gángsters con una pistola en una mano temblona, como poco hecha a empuñarla. El rostro delata un mal peculiar: el dolor infinito de querer salir de ese cuerpo y colarse en el de James Mason, pongo por caso. Cary Grant tampoco hubiese estado mal. A un actor con madera de actor de verdad, el cuerpo de Cary Grant es siempre un regalo. Con Grant coincidió en los desencantos matrimoniales. Tres esposas. Murió en 1.964 el mismo día en que firmaba el divorcio de su tercera.

4.12.08

Kenny Drew : plays Great Standards: Elegancia, lujuria...


El término standard, aplicado al jazz, manifiesta la excelencia melódica. Luego se trata únicamente de que los ejecutantes de esos prodigios se sientan a gusto en el escenario o en el estudio y toquen con absoluto desparpajo, sensibilidad infinita y un extraordinario sentido de la anticipación o de la sincronía o de la improvisación matizada, como decía Joe Pass en una entrevista que leí hace poco en una revista del ramo. Standard es Summertime o Body and soul o Nature boy, por nombrar algunas de las piezas de jazz que más me gustaron siempre. En este excepcional disco hay tres hombres asombrosamente ensamblados, genios en lo suyo que dispusieron renunciar a cualquier muestra de lucimiento personal para que lo que relumbre sea el conjunto. Y cómo lo hace. Kenny Drew, al piano, Niels-Henning Orsted Pedersen al bajo y Ed Thigpen con los platillos tocando algunas de las canciones más memorable del impecable recetario de pastillistas musicales del patrimonio jazzístico. But Not For Me, My Romance, Stella By Starlight, Autumn Leaves, Nature Boy, Like Someone In Love, You Don’t Know What Love Is, Begin The Beguine y Here’s That Rainy Day tocadas en Tokyo, en vivo, en dos pletóricas noches de 1.983. Made in Japan, my friends, pero no hay humo en el agua...Y estoy disfrutando estos días como hace mucho que no disfruto con ningún disco. Prueben. El que busca en el jazz complicidades, querencias, ese exquisito matrimonio entre la belleza y el conocimiento de la esencia del arte tiene en este puñado de standards un refugio. El jazz, decía Cortázar en algún sitio, es un biombo tras el que puede uno esconderse. Pues sí.

3.12.08

Lolita: El texto sublimado



Revisión (tras verla dos veces en menos de un año...)
Eran tiempos de comedimiento y la censura condimentaba el Arte: la ley era dura y el artista, salvo algún excéntrico con ganas de incordiar levantándole las faldas a la moral y a las niñas de buena familia, se avenía a no incomodar en exceso: se dejaba contaminar por el pudor, por la criba previa. Era el autor sacrificando su libertad en aras de que su objeto artístico viese la luz y manifestara su creatividad o, al menos, una parte considerable de ésta. Henry Miller, en literatura, era el gurú del sexo, el excéntrico con cortapisas, con vara de mando en las letras y en el escándalo. Lectores muy avezados y abiertamente enconados con el Poder oficial se regocijaban con la prosa retorcida, lúbrica y vagamente perturbada de muchos autores cuyo nombre aparecía con frecuencia en la lista de los malditos.
Nabokov, con Lolita, mereció puesto de honor. Vladimir Nabokov crea al profesor cuarentón Humbert Humbert, en adelante HH o H, enfebrecido de una "voluptuosidad suprema, siempre encendida", en sus palabras, encaprichado a extremos patológicos de Dolores Haze, Lolita, en adelante Lo, usando siempre la terminología que el propio autor marca en su libro.Lolita es el pecado adolescente, la nínfula prepúber de la exaltada imaginación amorosa de HH, de su desviación pasional no reprimida, sino alentada, llevada a oficio. En aquellos tiempos timoratos, una novela sobre un pedófilo, y encima uno distinguido, culto y refinado hasta lo indecible y correcto en el trato como un gentleman de Oxford Street era una bomba. Y explotó. La obscenidad de la trama era tan alta como la calidad de la escritura.
Y Nabokov, consciente del riesgo, pero conocedor de la subtrama profunda de su obra, pedía a gritos que leyesen su libro: que no había en él otra pornografía que la represión de quienes veían en sus página más desbocadas el propio desbocamiento, la angustia de reprimirse y el pánico a que la materia reprimida evidenciara, en el fondo, la pobreza mental y sentimental de sus vidas.Que el ofendido, si desea limentar su natural inclinación a la ofensa, únicamente precisa un vuelo leve de una falda, un aviso de escozor en la entrepierna de un adolescente o un principio de vello en la axila de una niña. Y ahí está, mórbido, plenipotenciario, imponente y mayúsculo, inmortal, el pecado.
Con todo, Lolita es una novela perfecta, una novela decadente, una novela compleja como pocas en el siglo XX, de lectura hipnótica, difícil, pero atractiva a partes iguales porque los acontecimientos que narra son ( y aquí se abre el motivo cinematográfico de esta página ) material filmable, esto es, cine en estado puro.Lolita apareció sólo siete años antes que la película y su estruendo social fue infinitamente menor. Todos sabemos que el ojo se escandaliza más rápidamente que el cerebro: que la imágen vale mil palabras, que una adolescente chupando una piruleta en un jardín es una representación del pecado más poderosa que una homilía de un párroco airado por los desmanes de la sociedad de hoy en día. Aureolada de novela maldita, Kubrick renunció a fomentar un malditismo mayor y borró del guión entregado por el propio Nabokov los elementos subversivos, arrojando un HH de menor edad y una Lolita mayor. Esa concesión permitió que la película fuese rodada. Esa concesión y otra añadida: grabar en Inglaterra, lejos de la disciplinada, sobria, severísima política cinematográfica de los EEUU en los primeros años 60.
La historia de HH es una lección magistral de la culpa y del pecado, de la belleza convulsa y del amor malsano.El propio Nabokov ilustraba espléndidamente su vocación estilística al asegurar que él no escribía en ruso o en inglés, sus lenguas de expresión, sino que pensaba en imágenes. El instinto del profesor pervertido se abre paso, a empujones elegantes y sutilísimos, sobre la confusa y atribulada sociedad de puritanos y vecinos con ínfulas de modernos, representada por la madre de Lolita, Charlotte Haze, que es quien alquila una habitación al profesor que sólo accede a usar cuando ve ( y tenemos aquí una parte fundamental de la historia iconográfica del cine con Lolita en el jardín, perturbadoramente tumbada, perdiendo el tiempo en un dos piezas minúsculo y chupeteando una pirituleta sobre la que Freud no dudo que sacaría material para dos tomos bien gordos ) a su amor, a su Lo triste y frivolona, a la Lo cuyo máximo exponente del placer sensual es degustar una bolsa de palomitas y tirar de pajita para terminar una Coca light.
Kubrick pidió a Nabokov que rebajara la dosis de erotismo de la niña: cuentan que ya en la posproducción de Espartaco ( 196o ) el director andaba enganchado al guión de Lolita y que esa obsesión le distrajo de su trabajo en el film de modo que la productora le llamó al orden.Nabokov, por su parte, advirtiendo la magnitud faraónica del proyecto de Kubrick, teniendo muy en consideración el potencial publicitario de su novela y haciendo cuentas del alcance de audiencias de la película, decidió publicar bajo su nombre y dentro de su línea editorial habitual el libreto origen del guión cinematográfico.
Sin caer en las rudezas que el propio libro tenía, no olvidemos que fue publicado en París por una editorial dedicada a trapicheos pornográficos, Nabokov quería más carne: más evidencia de la sensualidad de la niña-mujer y más elementos explicativos de la relación amorosa de HH y de Lo por los moteles que ocupan la muy golosa segunda parte del film, como veremos después. Kubrick obvia toda esta carnaza y se centra en aspectos más ortodoxos. El cine, al fin y al cabo, es una empresa que da dinero y no se le iba a consentir que se le fuera de las manos el proyecto.Sin ir más lejos, Kubrick retira de su puesta en escena las razones que el libro sí que dejaba bien a las claras y que fundamentaban el comportamiento desviado de HH. No vemos en el film ninguna imagen que nos cuente que HH se enamoró en Suiza de una joven y que ese amor precoz de adolescente, truncado trágicamente, impregnó su líbido, su aura de hombre sentimental y delicado, patológicamente zaherido, espoleado sin rumbo a la tragedia y al fracaso, como veremos.
Una de las cotas de tensión del film es que el espectador nunca tiene claro si HH quiere hacer el amor a Lolita o se excita únicamente con caricias atenuadas y avisos amortiguados y leves de erotismo muy fugaz en una prenda mal colocada o en un mohín distraido de su ardiente nínfula.La novela es más explícita: HH se acuesta con Lo y recorren los Estados de la Unión como amantes, aunque se registren como padrastro e hija.
Lo admirable en Kubrick es el modo que en que desmonta la realidad y levanta, a su antojo, una realidad paralela, que suplanta a ésta y se arroba la sustancia primera, el fundamento de la narración a la que asistimos. Ejemplo: está HH ya infelizmente casado con Charlotte y retozan, sin tocamientos, en la cama conyugal. Pareciera que son una pareja normal y la escena es normal en toda su extensión, pero Hh está extraviando su mirada en una foto de Lolita que preside la mesita de noche.
He aquí el fondo de la narración: dar luz sobre lo que está escondido, aunque veamos lo que no debe ser considerado importante.Kubrick era un maestro de la adivinación, de la verdad disimulada para que el espectador se esfuerce por dar con las claves clarificadoras y así desvela el trasunto siempre agazapado de la historia.
El Humbert Humbert amante es, por excesivo, patético. Y ahora toca que hablemos de la interpretación mayúscula de un James Mason en estado de gracia incomensurable: un Mason que abandona sus tics de caballero inglés, pulcro y atildado, de mayordomo formidable, y juguetea grácilmente con un personaje profundísimo, que le permite ser un psicópata con guante blanco, un cabronazo ilustrado con un indispensable punto de locura y unas briznas de inteligencia social que le permiten escalafonar en el crimen, en su propósito vital inextinguible: amar a Lolitas, poseerlas, dejarse embadurnar por sus gracejos, por su belleza sin pulir.
Quilty, el despreciable antagonista de Humbert, su sombra, su perseguidor y su imitador implacable, es un Peter Sellers en su salsa: convulsivo, hilarante, casi demoníaco. Peter Sellers es Jim Carrey con veinte años más de tablas. Sue Lyon fue una apuesta personal de Kubrick y no defrauda, aunque su carrera cinematográfica no haya tenido cotas similares. Él quería una niña, y no una mujercita ya bien torneada por el azar impredecible de las hormonas adolescentes, pero ni la productora ni las circunstancias le permitieron ir a por una y tuvo que acudir a esta moza excesiva, pero convincente, que ocupa con su liviana timidez, con su arisca seriedad y, al final, con su mala leche, toda la pantalla. Shelley Winters hace de Charlotte, y brilla comedidamente: vivo retrato del ama de casa complacida con su cometido en la vida, vecindona y regordeta, acunada cada noche con sus recuerdos del matrimonio que se extinguió demasiado pronto y del amor que no tuvo continuación en sus sofocadas noches bajo las estrellas de la ciudad.Otro aspecto que todo cinéfilo de pro recuerda es la road-movie trepidante que Kubrick se marca en el tramo tercero del film.
Cierto que quien haya leido la novela sabe que la versión filmada es muy escueta y no se recrea con el sórdido mundo de los moteles de carretera de cortinas con olor a nicotina rancia y su aire empozoñado de ginebra barata y loción de afeitar hedionda.El amor de HH y Lo, no obstante, en estos moteles, es la parte que a mí, revisado el film en al menos cuatro ocasiones, es la parte que más me gusta.
El esplendor de HH es su propia perversión: plastificada en su obsesión por elevar su espíritu al paraíso perfecto de sus musas prepúberes. Esta frivolidad en el tratamiento de la pedofilia ( la pornografía infantil es una variante siniestra con amplios y detestables escenarios cibernéticos ) impacta al espectador timorato, pero lo importante para Nabokov y para Kubrick, por extensión, es el detalle: el aspecto físico aprehensible de esta debilidad, no su trasfondo estrictamente psicológico. De hecho a Humbert no le vemos forzando a Lolita en ningún momento: no hay evidencias de una virilidad dominante.Ya en la escena primera del film se advierte muy claramente la filosofía de todo su conmovedor metraje: vemos a HH pintando las uñas de los pies de una joven. Lo que pulsa es un erotismo muy fino, nunca deliberademente pornográfico.
El riesgo de Lolita, como film, ha sido compensado con creces.La fijación sexual del protagonista ha colocado un vocablo, LOLITA, en nuestro diccionario y en el habla popular, que es el diccionario de uso inmediato y de más sólida fiabilidad. Decimos que es una lolita la muchacha de pubescencia recién marcada que esboza en su gestualidad, en sus maneras, en su estilo, una erótica, una sensualidad no exenta de provocación.
Eso consiguió Nabokov. Burlar a la sensura con esta Sue Lyon ya un poco crecidita fue el propósito primero de la película. El Código de la Legión Católica de Decencia, una Santa Inquisición yankee de la época, terminó por tragar la violencia moral del film porque Kubrick rebajó la carga dinamitada de carnalidad y consintió en dar al personaje de Humbert Humbert un rol de enamorado, adulto, aunque desviado, pero enamorado, al fin y al cabo.
En la novela, vuelvo insistentemente porque es fundamental verla después de haber visto el film o viceversa, Nabokov enfatiza con crudeza la naturaleza de la pasión del profesor, que es amor a las niñas, dicho crudamente, y no amor a una niña concreta, a una descubierta en un jardín de casa de barrio medio, chupando inocentemente una piruleta.Nabokov acuesta a HH con Lo: Kubrick no se atreve.
El decaimiento de la novela y también, en parte , del film proviene de esta revelación clarificada antes de tiempo.Nabokov desvela un secreto que se prometía goloso y longevo. Kubrick lo oculta más tiempo y el juego acaba por conducirnos a la sensación de que el secreto carezca de la importancia que verdaderamente le dábamos.Lolita está estratificada en cinco partes muy bien compartimentadas, aunque hiladas con brillo.
Segmento uno: presentación de HH, el enfermo. Segmento dos: conocimiento de Lolita y estancia en casa de los Haze.Segmento tres: HH se casa con la madre de Lo. Enviuda prontamente. HH recorre con Lo el país. Segmento cuatro: Lo se fuga y acaba embarazada, no de HH, y casada con un hombre bruto y poco sensible, justo lo contrario que su prócer Humbert.Segmento cinco: Asesinato de Quilty, que lo persigue, obsesionado también por Lo." Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía, Lo-li-ta, la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-li-ta.", reza el ya famoso primer renglón de la novela.HH narra en primera persona su entrega a la justicia.
Toda la película parece esto: la confesión de un reo, culpable de lujuria, sospechoso de asesinar a otro lujurioso. La vida, qué mala es. Olvidable, por mala, la versión moderna, de Adrian Lynne: Jeremy Irons, perdido; la nínfula, de ahora desconocido nombre, inexistente.

1.12.08

Novelas

Llevo toda la vida con una novela a cuestas. A fecha de hoy sólo posee título y un par de cientos de folios de merodeos argumentales. Pensé cuando la arranqué que saldría sola, pero he notado que requiere una parte considerable de mi tiempo. A ser posible, todo. No le importa que sea padre y esposo, obrero más o menos cualificado y consumidor convulsivo de mis vicios (muchos, créanme). La novela me vampiriza, me estruja hasta que no tengo ojos para nada más. Por eso nunca la escribiré. Mi hija acaba de comenzar una. No consiente que sea un relato. Ni siquiera uno largo. Ella quiere escribir una novela. Como lee mucho más que yo, no dudo que su voluntad adolescente le consienta el tiempo del que yo no dispongo. A su edad también yo hice mis pinitos. Por algún lado anda un amago de novela, unos folios mecanografiados (Olivetti Lettera 32) de historias que no acababan de ensamblarse. Era otra edad y era hasta yo otro muy distinto al yo de hoy que apenas tampoco conozco.
Las novelas son como pequeños trozos de vida que, al final, engarzan, se acoplan, fijan un destino y se amoldan a ese vértice sin desmayo. Las buenas novelas son las que son una extensión de la vida. Quizá por eso precisen autores cuya vida esté cuajada o, en cierto modo, bien provista de experiencias que más tarde puedan ser conducidas al hilo de la trama. Borges nunca escribió novelas. Le agradaba más el territorio selectivo del cuento, su precisión matemática, ese calor semántico en el que las cosas tienen un peso absolutamente crucial y nada está manejado con descuido ni dejado al socaire de los vaivenes fortuitos de la historia. La vida, de hecho, se asemeja a la ficción novelada por cuanto incluye en sus pasajes trozos prescindibles, episodios meramente accidentales que aportan escasos o nulos datos a la gran trama principal. De todas formas abro mi cajón y observo las páginas a medio terminar, el hecho fundamental de tener una novela a cuestas y no dar con la tecla que pulse su gesta definitiva. En ello estamos. Mientras sucede el prodigio de la inspiración, tiramos de narrativa breve, de entradas superficiales en este blog cada vez más íntimo...

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