29.11.08

Pálpito vs. Púlpito....

Imagino que es una cuestión de coherencia editorial así que no me extrañó que el diario Público regalase el viernes un condón junto a la película que habitualmente entregan ese día. Su cruzada ética requiere de estos exabruptos mediáticos para ganar adeptos y fidelizar enemigos. Los tiempos que corren ganan en pluralidad y pierden (tal vez) en elegancia. Hay rotativos que se desmarcan de estos atropellos a la moral tradicional y anatemizan todo apunte revolucionario. Éste, en su modesta contribución, lo es. El condón envuelto en su plastiquito, exhibido como una oriflama en tiempos de guerra, exhibe (sin texto) la línea periodística de quienes escriben a diario el periódico. Público está en un extremo del espectro político o, dicho de otro modo, está en el grupo de periódicos que ondean con orgullo sus credenciales en materia religiosa, política o social. La razón hace lo mismo en la horquilla inversa. En mitad del abanico de prensa disponible están todos los demás, aunque unos sean más risibles, transparentes, corporativistas o belicosos que otros. El País, pongo por caso, es también un curioso ejemplo de periódico que no se rebaja a la frivolidad de regalar condones, pero acepta que otros, en su lugar, lo hagan. Es una cuestión de estilo. Todos los periódicos tienen eso: un libro de estilo, un prontuario de intenciones, de compromisos irrenunciables... Luego el tiempo, la caja y el clientelismo político modifican ese libro, lo matizan, le confieren apéndices, capítulos escritos al hilo de la actualidad. Eso de la actualidad es lo que hace que la empresa sea rentable y sus gacetilleros, sus columnistas de relumbrón y los que manejan las máquinas en los sótanos cobren a final de mes y tengan razonables perspectivas de incentivos. Público, a lo visto, se vende relativamente poco, aunque quizá no lleve el tiempo suficiente como para acomodarse en el panorama de la prensa nacional. Lo mismo le pasa a su hermana televisiva, La Sexta, que a base de fútbol y Fórmula 1 en breve se está ganando interesantes cuotas de pantalla: share, que dicen. El condón quita share o gana share. Lo raro es que no lo hayan regalado antes. Lo más raro todavía es que en próximos días no incluyan el documento oficial (bien timbrado, listo para echar al correo) para apostasiar a gusto. O un tocho fascicular sobre las tropelías que la Santa Madre Iglesia, a la que le tienen escaso aprecio y la que azuzan verbos incómodos y adjetivos con látigo en cuanto encuentran ocasión, ha cometido en sus dos milenios de mística existencia.
No tengo argumentos (ni uno solo) para recriminar el detalle del profiláctico, pero no creo que sea ése el lugar desde el que se debe pontificar (a pesar de su encomiable propósito) sobre un asunto tan serio en tantos aspectos como es el control voluntario de la natalidad y la seguridad sanitaria en las relaciones sexuales. Los conservadores, que son personas proclives a mirar lo suyo con más mimo y afán protector que otros, quizá de ahí eso de conservadores, conceden a la moral (normalmente la cristiana, a pesar de que hay tantas como pareceres y sentimientos) afectos casi físicos. La cuidan y preservan como si un bien material se tratase. No es bueno (aducen) que se descarríe el ciudadano con estos misterios de lo mundano. Parece como si en el fondo temiesen que el pálpito derribase el púlpito.

27.11.08

Gun crazy


Escribió Julio Camba a propósito de Nueva York en La ciudad automática (Alhena Media, Barcelona, 2.008) que le fascinaba "la organización criminal de sus negocios y la organización comercial de sus crímenes". Las urbes titánicas, las que exhiben oceános de gris en las aceras y semejan bocas grandes que engullen papel en los atlas, han inspirado obras maestras de la poesía o del género negro. Se me viene a la cabeza Lorca y se me viene Auster. Pienso en la épica combativa de sus ciudadanos por borrar cierta aureola de jungla y de brutalidad normalizada en sus calles. Pienso en John Huston y es imposible que James Cagney no se me cruce en la hipotética parada de iconos de lo urbano, pero James Cagney es un gángster, un mafioso, el criminal al que no damos más de noventa minutos de vida. Salvo en épocas recientes, el cine negro duraba menos de hora y media. Es ahora cuando inflan los minutos y meten alrededor de la historia principal agazapadas minihistorias que en poco (a veces) contribuyen a clarificar o hermosear la principal. Anoche vi (reví) Ola de crímenes / Crime wave (André de Toth, 1.954) y quede absolutamente petrificado por la honestidad de la narración, concisa, concebida como un cuento y contada como si fuese un cuento. La literatura de lo breve es muy exigente. La novela posibilita el merodeo, la hipótesis que sólo bosqueja un perfil de los protagonistas o una rama narrativa del argumento. El relato, en cambio, se complace en eliminar la paja y acudir cuanto antes a lo estrictamente dramático. Y el prodigio del cine negro es la definitiva creación de un personaje nítidamente urbano, en diálogo continuo con el atrezzo natural en el que trapichea, ama, teme y finalmente, en casi todos los casos, muere. Al mafioso le estimula la ciudad, a la que hace infinitos mimos y en la que se mueve con absoluto desparpajo.
El amable lector que haya visto buen cine negro de la RKO o haya leído las sobrias crónicas de la decadencia del alma humana alumbradas por Raymond Chandler difícilmente dispondrá de una visión familiar del gángster: nunca tendremos ocasión de disfrutar del ser humano tierno, enredado en afectos.
Los Soprano, muy al contrario, reflexiona sobre la intrahistoria del criminal y nos regala (con lujo y artificio de procedimientos) la trastienda visible, la información relevante en la que Tony Soprano puede ser un hijo de la grandísima puta y, al tiempo, un alma candorosa, una criatura sensible y digna de aprecio. Sabemos, en definitiva, que hay una jauría de bestias retorcidas, pero que cada una lleva un ciudadano bueno y honrado con un corazón limpio como un amanecer sin cláxons.
Volviendo a Camba: llevar un matón que negocia o un negociante que mata. La épica del cine negro retira siempre la posibilidad de que indaguemos en exceso en la naturaleza meamente afectiva de sus personajes. Michael Sullivan, el pistolero funcionarial que interpreta Tom Hanks en Camino a la perdición fascina porque se aleja del arquetipo y contradice el academicismo. De hecho, hasta la ciudad está retratada con el cariño que hasta ahora no percibíamos.
La ciudad, en el noir tradicional, es una armonía bastarda de policías psicóticos con nula o irrelevante vida doméstica, de patéticos asesinos que respetan códigos de honor y otra suerte de códigos deontológicos para granjearse el favor del jefe, que suele ser un burdo y zafio don nadie que escalafonó por alguna osadía de importancia...
La ciudad es un muestrario caótico de mujeres de una obscenidad trágica que mueven una trama sexual que espolea subliminalmente (en esto Ramón Gubern sabe una barbaridad) la otra, la aparentemente capital; la ciudad es el lugar perfecto para que los políticos asqueados de otros políticos se dejen corromper por miedo o por avaricia...
La ciudad es el folio en blanco en el que detectives misántropos o detectives venereos (en esto muy raramente hay un término equidistante) prescinden de la razón para razonar a base de hostias, exaltando la fuerza bruta y estableciendo con el inefable cliente una relación de confianza mutua que, al fallar, acelera siempre el desenlance de la trama...
El cine negro es (compositivamente) una apoteosis de lo sórdido: una implacable radiografía de la sociedad inmoral que pontifica el crimen, el latrocinio y la corrupción como modelos de conducta y que se pavonea de esos modelos ante el opaco, entristecido y burocrático desempño de la rutina de un ciudadano normal que cumple la ley y se escandaliza cuando otros no lo hacen...
El cine negro dilata la sensación de precariedad y de desencanto como casi ningún otro género. Y esta noche de jueves este cronista de sus vicios acaba de pasar un rato formidable, uno exento de cualquier hilo de infelicidad, por pequeño o tangencial que sea, viendo una de gángsters, de tipos duros y de polis buenos... Anoche tocó Crime wave y hoy ha sido El demono de las armas, una obra maestra absoluta, un excepcional documento sobre el talento cinematográfico. Y estoy feliz, oh my friends, estoy feliz como hacía tiempo que no lo estaba...

Buenas noches.

24.11.08

Cristofilias / Cristofobias



Cañizares, en una reunión de lo suyo, denuncia la cristofobia de la sociedad española. No sabemos si la reflexión está jaleada por el asunto de la monja predilecta de Bono, a la que se le han negado galones en el Parlamento, por la notoria bajada de fieles a las homilías o por la cruzada zapateril a bordo de la nava de la Educación de la Ciudadanía, que parece ser el vértice homicida de todas las pandemias morales del país. Algunas, sin duda, hay. Son tiempos de cacofonía ideológica, de mejunje en lo social, de relativismo (que diría Ratzinger) pero quizá los mandos eclesiásticos se están dando una importancia excesiva y creen ver batalla donde no la hay. Piensan que manejan privilegios de antaño: creen que todavía hay una parroquia por cada barrio y un feligrés en cada ciudadano. Todavía recuerdo cuando una buena señora me dijo que todos creíamos en Dios, pero que no nos dábamos cuenta. Que todos somos Iglesia, aunque nunca vayamos a misa. Me dijo todo eso con una prosa dulzona de perdonavidas que me negaba toda posibilidad de réplica. No ha sido la única vez en que alguien ha pensado por mí en el temor de que yo no sepa pensar por mí mismo o que, pensando en exceso, me descarríe, me escore en demasía y me pierde, oh fatum, oh gran tristeza, todas las bonanzas que la fe procure a quienes la practican. No recuerdo si me esforcé en aclararle a esta buena samaritana dónde estaba yo y a qué me arrimaba espiritualmente. Últimamente tengo cada vez más claro que el pantanoso terreno de la fe posee pocos lugares para la armonía: padres de niños de primaria que exigen que se retire el crucifijo del centro, aborto, eutanasia, métodos anticonceptivos... Nada que no pueda ser solucionar uno hacia sus adentros sin que medie nadie (con sotana, sin sotana) para acercarnos a una postura o a otra.
Decía Fernando Savater en una entrevista radiofónica hace bien poco que los creyentes de antes era más creyentes y que los ateos lo eran en un grado más entusiasta. Es posible que ahora todo se fragüe en moldes más livianos y que el capitalismo salvaje, su colonialismo interno, fomente cierta visión propedeútica de las cosas. Se oye que el Estado laico está sustituyendo a la religión y que eso es peligroso. Tanto como al contrario, supongo. Tornas cambiadas. El bucle de siempre, pero de otra forma...

17 años sin Freddie Mercury




Hace 17 años, a esta hora, salía yo de trabajar y alguien me dijo que había muerto Freddie Mercury. Al llegar a casa, una de alquiler que apenas pisaba a beneficio de la vida crápula que entonces llevaba, puse A night at the opera en un radiocassette Sanyo heredado y vetusto: era una cinta Tdk de 60 minutos. El disco, el original, el vinilo esplendoroso y cuidado con el mayor de los mimos posibles, estaba en Córdoba, lejos de mi lugar de trabajo, silenciado de lunes a viernes. Oí Love of my life y Bohemian Rhapsody. Luego devino CD. Vicios de mitómano, supongo.
Vi a Queen en Marbella en la gira A Kind of Magic. Es curioso cómo la memoria se mantiene intacta, sin pérdida de ningún detalle de esos dos momentos de mi vida. El concierto en Marbella. El día en que Mari Carmen, una amiga del colegio, me decía al montarnos en el coche que había muerto Freddie Mercury. Hoy hace 17 años. Justo ahora me estaba montando en el coche. En este momento, pero en el pasado, que es la estación más propicia para la nostalgia.
El tiempo, si lo piensas, es una cuestión de ánimo.

23.11.08

Prosa dominical en tiempos de crisis

Todo lo que es susceptible de empeorar, empeora. O como dice mi amigo K.: Escarba, puedes encontrar más mierda debajo. El panorama no es desolador: le falta una brazada más al nadador para que el cuerpo reviente y se lo coman los tiburones que, en la hambruna, se han acercado a la dársena para ver si encuentran allí la carne que mar adentro escasea. El espectador insensible o el que está satisfecho con la porción de bienes inmuebles que las herencias, el trabajo o el bendito azar le ha puesto en bandeja tal vez imagine, en sueños, que esté es el mejor de los mundos y que a él, ungido por la fortuna, le ha tocado mirar el naufragio desde una altura que no se marchita a pesar del óxido que fatiga el aire y lo hace irrespirable abajo. Hay gente a salvo del caos.
En Dubai han montado un hotel de miles de estrellas y en la celebración han gastado lo que no podemos imaginar los que no tenemos imaginación para estos asuntos de los ricos. Ha ido Robert de Niro, ha ido Michael Jordan: han reclutado a la crema de la cosa popular para que todos los que no hemos sido llamados compremos luego el billete de espectadores de segunda fila. Somos esto: cómplices digitales de todas las injusticias del mundo.
No para la prensa de ladrar su cantinela de miseria y de decaimiento de las finanzas, pero Ramón Calderón, ese dandy de la buena vida que preside el mejor club del mundo, tira de chequera y promete una pasta gansísima si sus asalariados hacen su trabajo, rinden como se espera y ganan los siguiente cinco partidos. Cuando el quinto partido acabe, quizá el número de desempleados sea ya intolerable. Todavía podemos soportar estas estadísticas, salir a la calle, no ver que cierran los negocios (en mi pueblo, otrora boyante, muchos han echado la persiana, han muerto a pie de acera, a la espera de vientos de más bonanza) y que los niños van a la escuela con mantequilla en el pan en vez de fiambres extra. Que no hay vez que no vaya a tirar la basura y al tiempo que yo la arrojo al contenedor (soterrado, en mi caso, muy aséptico, muy moderno, muy integrado en lo urbano) un par de rumanas o búlgaras o magrebíes o vaya usted a saber registran lo que no cabe, las bolsas brutalmente arrojadas al suelo. Las abren, las registran, cogen lo salvable: buscan lo que no queremos, ya lo sabemos.
Nosotros, en un escalón superior, también ejercemos un oficio parecido: compramos lo que podemos, gastamos el dinero en lo que buenamente podemos comprar, pero hay un mundo de gente de más saneada cartera que nos mirará con pavor y con compasión cuando en el súper demostremos preocuparnos por buscar la marca de leche más barata o el detergente de menor coste.
En un congreso del PSOE que ayer por la mañana vi a ratos en CNN, el humanista Zapatero estiraba su prosa funcionarial para explicar a sus acólitos paquetes de medidas para cerrar la brecha abierta. Contaba cientos de cosas que entendí a medias y contaba otro ciento que no entendí nada. Contó (ahí sí me percaté del tema) que el tajo es global: que también en el extranjero, incluso en el extranjero rico que siempre iluminó nuestra envidia congénita, también hay rumanos que buscan leche caducada en los contenedores. No lo dijo así porque entonces no sería el congreso del PSOE sino una reunión de amiguetes cabreados.
Por otro lado, Aznar, ese no-humanista, ése que desafía a muchos, irrita a otros tantos y tal vez contagia su entusiasmo jubilar y didáctico a unos pocos, ha salido en una tribuna similar con la hipotética receta que nos salvará a todos: pide que su partido sea bravo en la lid, que desenvaine la semántica a tiempo y no se enfangue en trifulcas domésticas que (él sabe bien estos asuntos) en nada benefician la imagen pública, la popular, la que luego deposita el voto en la urna.
Luego me asomo a la ventana y contemplo una procesión de mendigos que celebran que anoche fuera sábado y así haya más oferta en los contenedores...

22.11.08

When you're smiling, the whole world smiles with you....


















Si tuviera que elegir la canción que más ha zarandeado mi sensibilidad, sea esto lo que sea y entienda el amable lector lo que quiera entender, probablemente escogería The thrill is gone. Da igual qué versión. Hay suficientes como para llenar varios discos. Dispongo de uno (artesanalmente grabado, compilado con mimo infinito) en el que he ido colocando las distintas versiones disponibles hasta llenar los 80 minutos predeterminados. El blues no es The thriller is gone, lo sé. El verdadero blues es más áspero y provoca desgarros mayores, pero a mí me sigue pareciendo una de las canciones más hermosas del mundo, muy a pesar de que la letra informa de un amante al que la emoción lo ha abandonado. El blues es dolor y alrededor del dolor edifica su literatura. Ahora viene B.B. King y enseña los dientes y muestra la sonrisa en este puñado de fotos que evidencian que el blues es también gozo y plenitud, esplendor y júbilo, todas esas cosas que contribuyen a que seamos más felices. Este hombre ha contribuído a mi felicidad y merece altar en este modesto blog de tributos aleatorios, de caprichos sencillos, de vicios íntimos. Feliz noche de sábado.






Laico, laico, laico

Los adoradores del laicismo, ese gremio de izquierdosos de sobaco ilustrado con textos blasfemos y panfletos en el disco duro contra los salmos y contra la beatitud de la sociedad en estos tiempos de manga ancha, esos ignorantes de cerebro mal iluminado, han encontrado en la tal Maravillas, la monja santa que Bono no pudo elevar al nomenclátor histórico del parlamento, un motivo de chanza y de jerigonza semántica para tabernas y reuniones de sábados alrededor del scrubble mental del Estado del Bienestar. Tienen en estas frivolidades los laicistas de profesión (entre los que a veces me incluyo y a los que a veces repudio) un argumento para amenizar el aburrido plan de trabajo de sus desquiciadas vidas. A ver cómo si no podríamos entender que vivan en el pecado de no creer y encima tengan la desfachatez monumental de vociferar su descreimiento como un acto de fe al que no renuncian así les manden un destacamento de monjitas de clausura que los convenzan. Llegará un día en que nos riamos de estas veleidades de la feliz democracia que tenemos. Veremos que no pasa nada porque una monja (tenga el meritaje que tenga) contribuya a la iconografía de notables del Congreso de los Diputados. Aceptaremos que tampoco la tal Maravillas tiene en su currículum más galones que otros que, muertos, enterrados, olvidados, hicieron lo que esta insigne dama, aunque no llevaran el uniforme cristiano.
Dice Juan Manuel de Prada hoy en su columna del ABC algo razonable: podemos olvidar que la Santa Maravillas de Jesús es una religiosa y sencillamente admitir que, en su oficio, hizo cosas memorables que merecen el recuerdo y la distinción. Apologetas de la fe y reivindicantes de la pasión más pura del alma, la que se rocía de verdades evangélicas y no se deja embaucar por los aires ateos del zapaterismo en boga, se pondrán en fila para boicotear esta afrenta a la verdad simple de las cosas. El Estado, al que el párroco argentino Leonardo Castellani, que ahora precisamente De Prada apadrina en las letras españolas, no es un instrumento de la espiritualidad ni se debe a subterfugios más o menos milenarios de la moral tradicionalmente aceptada. El Estado, a pesar de muchos, se emplea en menesteres de más hondura. La fe siempre encontró en la política cierto aliado interesado, pero hete aquí que el relativismo todo lo enfanga y hemos descubierto que creer o no creer no es cosa importante (en absoluto) para que un país funcione. Es más: tal vez el excesivo compadreo entre el fervor y la administración de lo público sea recriminable y merezca observación juiciosa y, al final, separación de bienes.
"Laicismo consiste en la sustitución de Dios por el Estado, al cual se trasfieren los atributos divinos de Aquél, incluido el poder absoluto sobre las almas", escribe Castellani en su libro. Y cuanto parece que debamos salir huyendo de la máxima, yo me la pido. Puestos a elegir entre un filiación y otra, prefiero la estatal. Al menos, la manejan hombres y mujeres, congresistas excépticos...

Gomorra: un bocado en el alma


Los bajos fondos han nutrido infinitad de obras maestras del cine. El sobado argumento de que la realidad supera a la ficción tiene en Gomorra un puntal incontestable. No hay en esta primeriza e hiriente película una sola línea narrativa que convierta su discurso en uno digerible, en uno de esos que imaginamos confeccionado en algún despacho de multinacional golosa de méritos y galones mediáticos. No hay aquí impostura que rebaje la sensación de asco moral que los valientes obreros de esta pequeña obra maestra nos regalan en tiempos de crisis y justo cuando la saga Bond paraliza la cartelera y pone a funcionar la formidable (en todos los sentidos) maquinaria de hacer dinero.
Gomorra es un atípico film de gángsters en el que el esmero se ha puesto en filmar de un modo casi artesanal, lindando el naturalismo, concediendo una justificada primacía a lo coral, aunque haya historias menudas (la del sastre, la de las mujeres de los capos) que pueden inducirnos a pensar que la línea narrativa está concebida de forma clásica y va a concedernos un final cerrado. Todo aquí está forjado a sangre y toda la caligrafía del horror al que asistimos es torpe y casi no concede arabesco formal alguno. El fascinante mundo de vengadores y vengados, de comprados y de vendidos, de gente vulgar del hampa arrabalera que trapichea sin conciencia de estar delinquiendo conforma un cosmos tan arrebatador que el espectador (por fuerza) sigue lo contado como si asistiera a un documental parcialente novelado o como si de pronto a Tarantino se le hubiera ocurrido reconvertir sus vicios de adicto a la serie B y al noir impecable de la filmografía clásica en crudos (hasta el desmayo) clips de denuncia.
Que Roberto Saviano sea un avisado, un fantasma, un hombre ya casi irremisiblemente marcado por la osadía de manuscribir la intrahistoria de los camorristas de barrio y explicar al mundo qué de cierto hay en los tópicos vendidos por el stablishment y hasta qué punto algunos de ellos son frívolos puestos a compararlos con la pestilente realidad que él ha vivido, da idea del alcance extracinematográfico de Gomorra. De hecho, uno acude al cine con la secreta esperanza de observar en dónde está el asalto a los cánones, qué hace Saviano y qué hace Mateo Garrone (el abnegado director) para que se haya levantado el inframundo de las pistoleros y hayan puesto precio a sus cabezas. Los propios desventurados a los que ingenuamente nos agarramos cuando arranca el film, los adolescentes ajenos al riesgo y desafiantes de la autoridad, son sacrificados, aunque ellos se crean actores de Hollywood y prefiguren (en su infantil lógica delictiva) que están ejecutando algún infalible plan en el que la muerte no les toca ni los conmueve.
Llegados a este punto, los artífices de esta peculiar travesía por la desglamurizada épica de estos paladínes del crimen someten al espectador a un interesante juego de vaciado bibliográfico: les invita a contemplar la miseria cuando la miseria ha sido despojada de toda compasión o de todo interés estético. El mérito de Gomorra se sostiene en el delirante (y terreno y también creíble) retrato del mal, pero estamos ante la visión más costumbrista y desnuda que se hecho sobre la capacidad del ser humano de contravenir la moral y asumir que el crimen siempre compensa, aunque al final te descerrajen un tiro en la nuca.
Las cinco historias que maneja Garrone no fluyen hacia un final unívoco. Lejos de fomentar el ya cansino cine coral de intenciones sociales que, al final, se aviene al dictado más academicista de la narratología clásica, lo que hace el director es mostrar ásperamente lo que cierta parte de la vida napolitana tiene de infernal. De hecho, hubo una parte del film en la que acepté de buen grado que los personajes que alegremente acometen sus fechorías y destruyen toda posibilidad de bondad en sus almas son en realidad fantasmas, una especie de zombies, muertos que caminan y que se embarcan en negocios lucrativos y en movidas hagiográficos del tipo yo soy aquí el que manda y me recordarán para siempre.
Siniestra, tenebrosa, sútil por tramos, infatigablemente cruda, Gomorra deja un bocado en el alma (otra vez el alma, qué condena) del que solamente podemos salir sin daño con la infinita capacidad de sufrimiento y de anestesia moral que el cine ha ido inoculando en nuestra maraño neuronal, ésa que sabe que al salir de la sala va a estar tocada unos minutos, tal vez un día o un par de ellos a lo sumo, pero que olvidará el desagüe sentimental, la honda brecha que lo visto ha hecho en el ojo.
Agrada también el amateurismo, esa limpia concepción de los materiales traídos para contar una historia que, vista transatlánticamente, entiéndaseme bien, podría haber deparado un film de altura, pero que al estar en Italia y desde las tripas de la bestia se consume con mayor entusiasmo. Vayan a verla. Hay después, en otras salas, pildoritas de evasión perfectas para compensar el estropicio.

Los calcetínes de William Faulkner


Cuando hace poco colgué una foto de William Faulkner y escribí sobre mi querencia hacia su obra, recibí un significativo número de comentarios básicamente encontrados con esa inclinación. Me resultó llamativo que lo mismo pensaran hace años unos amigos a los que le confié también que había disfrutado mucho con las historias del amigo William. Ahora he encontrado una fotografía espléndida del autor. Incluso quienes no comulgan con su prosa deben aceptar que es un escritor absoluto, uno de los que se descamisa, sale a la terraza, coloca su mecedora favorita y lee frente a su máquina de escribir a pleno sol mientras fuma una buena pipa sudista. Juro que si me veo en ésas en alguna ocasión no sale una línea decenta de mi (en estos días) vacío cerebro creativo. Tampoco me sale nada a derechas a la sombra, bajo recaudo doméstico, sentado en donde habitúo a teclear mis cosas. La foto, ya concluyo, no tiene píxel que sobre. Muy moderno esto último que acabo de escribir.

20.11.08

Y si habla mal de Sánchez Dragó...


En un servicio cutre de garito urbano, imagino que obscenamente abierto por cualquier página junto a una letrina pestilente y testigo de arcadas y largas procesiones de ADN quemado y triste, encontró un amigo un libro de Sánchez Dragó. A partir de ahí la ficción más adrenalítica jalea al atribulado poseedor del hallazgo para que busque otras manifestaciones del talento literario en la inabarcable cartografía de antros que perlan de vicio y perdición las noches de la villa de Madrid.
No siendo una empresa de grato manufacturado ni fácilmente contable a los más cercanos se procuró cierto anonimato y hasta probó a impostar la voz y colocarse un fingido bigote y unas historiadas gafas de sol que, unidas a su deseo de invisibilidad, le facilitaron esa inconsustancial calidad de fantasma. El fantasma libresco agotó cuatro locales (cochambre, neón y aturdimiento mental) aquella simbólica noche de sábado. A medida que su entusiasmo etílico desafiaba la recta y limpia visión de su nuevo oficio, mi amigo creció en confianza. Jamás confió a nadie la naturaleza apocalíptica de su empeño, pero disfrutaba con la posibilidad de elegir a un buen amigo y colarle aventuras épicas de urbanita descolocado.
Al libro de Sánchez Dragó (no me dijo título) le faltaba un compañero: faltaba un socio de travesía para el bueno de Fernando, que no conocía que sus letras habían sido arrumbadas a anaquel tan bajo. Especulaba mi amigo, cuyo nombre no viene al caso, con las sensaciones que le producirían toparse súbitamente con un volumen de Sylvia Plath o de Emily Dickinson o Moby Dick o un Auster o un Roth. Todavía prefigura soluciones dramáticas para soportar esa puñalada estética, pero no le he visto y no sé (viéndole a la cara) si podría soportar esa afrenta moral.
Bajando una línea en el discurso, mi amigo se preguntaba cómo podía alguien dejar un libro allí y no una compresa o un preservativo o una bolsa arrugada de pipas o (mundo extraño éste) una fotografía del Generalísimo (a quien hoy rendimos fantástico homenaje) al que un infante delirante le hubiese pintarrajeado barba y rizos. Aquí es cuando el detective ilustrado que mi amigo lleva dentro abre una bitácora en la que colgará un post a diario: uno por cada libro encontrado. A falta de que la realidad satisfaga sus ensoñaciones blogueras, inventa que encuentra El código da Vinci con un resto de orín borrando el comienzo del capítulo en el que Robert Langdon descubre que es un tipo fantástico al que la vida ha bendecido con los dones de su gracia. Cuando inventar libros no le da arrobo bastante, mi amigo inventa antros. Inventa indisimuladamente la épica absoluta de buscarle sentido a Sánchez Dragó, aunque tal vez en este obstáculo intelectual su vehemencia creativa descubre limitaciones razonables. Seguiré informando del infortunio narrado. En cuanto me lo confíe.

18.11.08

Manual del distraído (revisado y corregido)

He encontrado la frase y la estoy disfrutando mucho: Admitimos la realidad si la podemos confundir con la imaginación: lo dice Alejandro Rossi, un escritor italo-mejicano del que sé poquísimo y al que ahora honran en los suplementos de la cultura dominical por cumplirse treinta años de su Manual del distraído, que no es un libro fácilmente leíble ni de ésos que podemos prestar con la confianza de estar haciendo un favor al nuevo lector invitado. A mí me lo empotraron hace muchos años en una edición viejita de biblioteca. Lamento no recordar la editorial, pero sí tengo memoria para ubicar la forma en que lo leí, el subidón de filosofía canjeable por conversaciones de bar, bien arrimado a un gin-tonic con mi amigo Eduardo, que entonces devoraba literatura rara, como decía, porque hay una edad en la que se debe comulgar con lo excéntrico antes de que nos aburguesemos y criemos panza y los hijos nos molesten con los pañales. Algo así decía. Ahora no dudo que algo de razón traía cuando abría la caja de pandora de las letras y nos ponía delante pasiones librescas de las que no sabíamos absolutamente nada. El Rossi que a mí me fascinaba engañaba con una prosa deliciosamente simple, pero pesada (en el fondo) y capaz de destrozar (a balazos) algunas de las más recias certezas sobre la política, la fe o la vida (eso, sobre todo) que uno traía como equipaje al abordar el texto. El Rossi que se descree filósofo fascina porque no plantea discurso serio alguno, a pesar de que lo contado es de una seriedad incuestionable. El Rossi que ahora echo en falta (no poseo el libro, no lo he encontrado hoy en una librería y he sido reacio a pedirlo, asunto que igual soluciono mañana) me ocupó tardes espléndidas en el momento en que las tardes debían ser espléndidas para no sentir en exceso el peso del tedio, la insistente sensación de pérdida absoluta de tiempo que es el servicio militar.
El mío, en San Fernando, entre 1.989 y 1.990, fue ordinario y casi en nada merece recuento narrativo, pero estoy ahora pensando en aquel libro prestado, leído en un jardincito que había detrás de mi pabellón. Hay libros que sacian y otros que hastían. Éste me produce zozobra. Temo que el regreso no me produzca la misma sensación de libertad mental que me produjo entonces. Entiendo que las circunstancias eran otras y que el angosto contexto del acuertelamiento de Tercio de Armada de la Infantería de Marina (ay Dios, lo he dicho) amplificaba todas las sensaciones: las buenas, las malas, las sublimes, las fúnebres. De todo hubo en aquel año en el que leí mucho y sentí mucho. Es curioso que en un par de semanas haya hablado de esto con dos personas distintas y el tema (lo juro por el espíritu de Spinoza) haya salido sin que en nada haya provocado yo su concurso.
Eduardo, otro de esos amigos a los que uno ya no puede ver, me juró que el libro me haría cambiar mi hábito lector. Que incluso influiría en mis vicios de escritor. No sé si llegaron a tanto. Más me afectó releer La isla del tesoro en ese mismo jardincito. O la poesía de Pessoa en un bar de marineros y furcias al que acudía para aturdirme con malta, lúpulo, nicotina y visiones paradisíacas de la vida crápula a la que propendía mi (pisoteada) carne. Perdí mucho peso y gané mucha mala leche. Me queda (tanto tiempo después) el título portentoso y la imagen de Eduardo abriendo su maleta y sacando libros raros que le impedían (suele pasar) ser todo lo sociable que los demás, hechos a sus chanzas y a su impecable humor de gallego plenipotenciario, hubiésemos querido. Si me lee, que me conteste. Buenas noches.

14.11.08

"... que dos carretas"











Invariablemente el ojo es cómplice de lo que no se ajusta al canon. Todo exceso apareja un desquicio sensible o, dicho de otra modo, cuando se cruzan un par de buenas tetas delante del campo visual el resto del mundo (incluyendo copas de martini, canapés de caviar y tal vez el secreto de la eterna juventud) desaparece. Katy Jurado, Jayne Mansfield y Marilyn Monroe nublan el tino de sus atribulados espectadores, aunque uno sea la inmarcesible (y entonces rutilante hasta el desmayo) Sofía Loren.

Mitchell walks through the clouds...



Malditismo o la natural consecuencia de una vida al borde mismo del precipicio, pero anoche encontraron a Mitch Mitchell muerto en un hotel en Portand (Oregon). Sin entrar en consideraciones forenses, fascina ese incansable imán que conduce la vida de algunas estrellas del rock a dejar sus días en la tierra de forma trágica o apelando (más antaño que ahora) a la épica salvaje de haber paseado por el lado salvaje y haber sobrevivido demasiadas veces. Siempre hay una última. El hecho de que Mitchell haya tardado casi cuarenta años en seguir la ruta de su amigo Jimi Hendrix, con el que tocó en la Hendrix Experience Band, informa de la lentitud (en ocasiones) de las maldiciones, pero no de su abandono. Guardo en mi colección de DVD's de conciertos (no muchos, la verdad, pero muy queridos) el Rock n' roll Circus, un bizarro ejercicio de rock y circo, de fantasía y blues en el que los Rolling Stones de 1.968 aliñaron la pista con Jethro Tull, Marianne Faithfull, Eric Clapton, John Lennon, Yoko Ono (qué hacía allí), Taj Mahal, The Who y este batería brioso, que galopaba los punteos de su jefe como si dos caballos hasta las trancas de anfetas hubieran decidido llegar al Valhalla por el camino más rápido. Ese es el recuerdo que guardo de Mitchell, aparte de los discos y de las emociones que el repertorio de Jimi Hendrix me ha regalado a través de los años. En ese magnífico espectáculo Mitchell se subió a su taburete con Eric Clapton, John Lennon y Keith Richards. El supergrupo se llamaba (exclusivamente para el show televisivo montado por el ingenio de Jagger) Dirty Mac.


.
Yer blues, la pieza de The Beatles, fue su contribución al histórico evento. Ahora, como decía Little wing, Mitch Mitchell estará walking through the clouds....

13.11.08

Parezco un clon de John Lee Hooker...

Me debo un bourbon viendo una de John Ford
un cuento de Carver para una noche muy fría de sábado en casa
un solo de Charlie Parker mientras paseo las calles de Lucena
un verano en Fuengirola antes de que los hijos crezcan y no quieran perderse en el paseo marítimo a la bendita caída de la tarde
un soneto escrito sin prisa con asunto galante
un garbeo de arrobo semántico con la prosa juguetona de Lewis Carroll
un helado de stracciatella y un café irlandés
una conversación larga y filosófica con Antonio Sánchez
unos caracoles en La Parra en Priego de Córdoba
más Borges.
tiempo para empezar la novela que llevo años madurando de noche cuando concilio el sueño
un libro de poemas como Dios manda y no el batiburrillo sin forma en que se está convirtiendo el disco duro privado
visitar Úbeda y Baeza otra vez para disfrutar de los míos sintiendo el aliento de la perfección en cada calle
una dieta estricta para rebajar grasa y ganar las formas apolíneas que no merezco
un concierto de jazz en vivo, que hace demasiado tiempo que no lo cato
una cerveza con Antonio Merino y Chus en Granada
un regreso a Ubrique y contarles a Diego, a María Antonio y a Fernando la razón por la que los tengo tan desatendidos más Borges
un verano en Fuengirola
Carroll
un soneto
Antonio
llevarle a Juan Luengo un ejemplar de mi libro para que lo guarde en casa y no se olvide de este alumno suyo que lo admira y aprecia muchísimo
volver a sentir la presencia física del barrio de la Judería en Córdoba cuando la primavera revienta las macetas de júbilo y las placitas se aturden de belleza y de alegría sencilla como un aljibe de limpia agua
ver de nuevo Pulp fiction
una de tortilla en Santos
una sesión barroca de Lezama Lima
un sesión de nostalgia blusera con Antonio Linares
descanso
Hitchcock
Lovecraft
James Mason y Nabokov en dos horas de derribo moral y perversión doméstica
actualizar mi inglés
volver a escuchar Stormy weather en la impagable versión de la Pasadena Roof Orchestra en las mismas condiciones en que la escuché la última vez
darle a mi padre un disco que me pidió hace años
Córdoba, a la que dejé hace veinte años y a la que vuelvo constantemente, aunque siempre con las prisas propias de mi oficio de extranjero
un viaje a Londres y visitar la Virgin para saquear la cuenta corriente a base de bien
ponerle a mis alumnos este año esa preciosidad llamada La princesa prometida (llevo muchos haciéndolo y me faltan -espero- muchos más
más Borges
Judería
un bourbon
más blues
más jazz
actualizar mi Ipod, que lleva un mes con decenas de discos de Bill Evans y de Oscar Peterson
perderme en aquel disco de Freddie Hubbard de bebop desquiciado
un cuento de Navidad para la nueva Antártida de mi amigo Álex
regalarle a un par de amigos Mi Astronauta Zurdo
visitar Madrid sin tener que pisar Barajas
más blues
más cerveza
más whisky
(parezco un clon de John Lee Hooker....)

12.11.08

"En USA no se usa la ensaladilla rusa..."


Al parecer Obama y Zapatero comparten admiración por Borges. Lo escribe Espido Freire hoy en Público. Y la evidencia de esa afición común me hace pensar en Bush y en qué autores presidirían su mesita de noche o qué libros metería en su maleta en uno de esos viajes importantes que los líderes del Gran Mundo suelen hacer. Ahora Bush cuenta que dijo o hizo cosas de las que se arrepiente profundamente. Frases apocalípticas entresacadas de un western de serie B. Si George hubiese leído a Borges tal vez no habría caído tan bajo. Eso da la literatura, la alta literatura, que diría mi amigo K., que vuelve a Borges cuando se embrutece en demasía con best sellers tipo Follett y compañía. Leer y leer bien (tal vez esto sea lo verdaderamente importante) da una visión más profunda de las cosas. Digamos que interactúan más elementos cada vez que uno debe hacer una manifestación pública (más un presidente) o tomar alguna decisión importante.
No es lo mismo que te circunnavegue el cerebro la prosa metalúrgica de los boletínes de Estado o los informes que los asesores te cuelan para que estés al día y no metas la pata más de lo recomendable que sentirte facultado para citar a Pirandello o a Beckett en una comparecencia televisada o hacer tertulia libresca con tu homólogo sueco con las peripecias forenses de Wallander. Ahí es donde un hombre de la política demuestra que es algo más que un pedazo de funcionario al que la anónima parroquia de votantes ha investido con la toga plenipotenciaria de la Presidencia de un país. Más (insisto) si ese país es los Estados Unidos de América.
Imposible no acordarme de Gloria Fuertes (ay) cuando decía aquello (y lo decía a su manera y tan graciosamente, ya saben) de "En USA sólo se usa la ensaladilla rusa", pero no nos perdamos del hilo argumental y prosigamos con Bush Jr. (qué bien me lo estoy pasando) y su más que objetiva torpeza en asuntos de este calado cultural. ¿Qué es la cultura, al fin y al cabo? se preguntaría George en el silencio de las noches tejanas. ¿Qué importan los versos de Whitman frente al ardor guerrero en mitad del desierto irakí? Pues por eso (entre otras cosas) han tirado los americanos (una parte considerable, no nos equivoquemos) al ínclito Bush hijo en la calle y han contratado (es eso, no me pueden llevar la contraria) al prometedor Barack H., que acude al inventario de citas llamativas y nombra a Borges. Como nuestro ZP, al que también hemos oído que se pirra por Supertramp (Crisis, what crisis, José Luis ?) y por Antonio Gamoneda. En eso hasta somos mi presidente y yo almas gemelas porque yo comparto con él ese trío de cartas: Supertramp-Borges-Gamoneda.
En lo que ZP y Obama no van a la par es en el tema teológico. No tenemos aquí el vicio de confiar en Dios para que nos saque del atolladero financiero o moral o político, aunque luego (a pie de calle, en la mesa camilla de cada político) cada uno haga lo que le dicte su espíritu y no es precisamente España país de ateos ni de revolucionarios en materia mística. O, al menos, no lo ha sido, que los tiempos cambian más deprisa de lo que muchos políticos (y ciudadanos) querrían. En España no timbramos la pasta con versículos de la Biblia ni ponemos a Dios por testigo cuando en el Parlamento pasamos por el embudo democrático las leyes y los textos de esas leyes.
En USA, amiga Gloria, usan a Dios para besar al Diablo, y así nos va (en ocasiones) a los demás, que recogemos las migajas de estos coyundas irracionales en donde un señor al que el pueblo le ha reconocido el magisterio y la providencia de la política y le ha dado poderes para ejercerla de pronto saca del maletín a Dios, que está en sus nubes, a sus cosas, ajeno a las muy zopencas nuestras, y le pide que lo ayude. Para eso poca política (poca democracia) nos hace falta. En el bosque neardental parece que estamos todavía. Y Borges tampoco ayudaría en esto de gobernar las mundanas cosas de la vida: él estaba siempre en sus nubes también, en sus libros, en sus laberintos, con sus tigres y sus espejos, esperanzado en que el azar le diese otra vida para meterse entre pecho y espalda Alejandría entera.

El sueño de anoche...


Así viene a ser: máquinas de coser Sigma de hambruna con Franco presiden saloncitos pulcrísimos en mi sueño de anoche. Retrato de abuelo lejano que muere cada noche en el frente. Una virgen cosida a rezos con todo el oro de Moscú bordado en el manto. Una radio Telefunken de cuplé y doctrina, de rosario y goles de Gento que ameniza las infinitas tardes de Domingo en los inviernos que los viejos cuentan en cuanto les damos cuartel. Luego desfilan pobres de Berlanga con barba de tres días y dientes comidos por la fiebre y por el gris estable de la tristeza. Son pobres sin ira, pobres de la guerra que se han convertido en fantasmas que andan y abren la boca y bailan la copla que distrae del miedo. Esta noche a ver si cae una pin-up de los cincuenta (jaquetona, promiscua) con una juke-box inflada de blues de fondo. A ver si va bien (no albergo ilusiones) y mañana elevo el tono plomizo al que llevo unos días empujando sus lecturas.

11.11.08

Mrs. Highsmith




Ojalá no hubiese leído ni un solo libro de Patricia Highsmith y pudiera esta noche empezar de nuevo con alguna historia de Ripley o de gente de gustos ortodoxos que guarda secretos en un cajón y mataría por que no lo abrieran. Echo de menos el momento feliz en el que coges un libro de esta señora inconmensurable y te recreas en el lomo y en la pasta, en las primeras líneas de un libro cualquiera ("Tom estaba de pie en el bar de Georges y Marie, con una taza de café casi vacía en la mano. Ya había pgado, y los dos paquetes de Marlboro de Heloise le abultaban en el bolsillo de la chaqueta. Estaba observando una máquina de juegos, situada en el rincón, en la que había gente jugando...")
Echo en falta el placer inexplicable de saber que vas a tener un montón de horas de absoluta rendición a su talento. Echo en falta (sí, mucho) un verano en el que me encontré en un mercadillo (Fuengirola, a mediados de los ochenta) un libro de la señora Highsmith titulado A pleno sol (El talento de Mr. Ripley, más tarde) que (desgraciadamente) ya no poseo en esa edición. Sí que cuido el recuerdo de esos días de lectura en la arena de la playa y cómo los amigos de entonces se obstinaban en disuadirme de esa actividad inconveniente cuando, a pocos metros, asuntos de mayor enjundia galante requerían atenciones más severas. Nada que no se pudiera hacer más tarde. Nada que ahora yo lamente cuando los veranos han ido amontonando más libros y más flirteos, otras responsabilidades (después) y, por supuesto, la durable sensación de bienestar por el afecto a ese libro. Luego hubo una (a mi gusto) incorrecta versión de Minghella con un elenco de primera y una ambientación notable y (antes) una en blanco y negro en donde Alain Delon hace el papel por el que este cronista de sus vicios lo va a recordar para siempre, aunque aquí (ahora) lo que me perturba al punto de sentirme huérfano de algo no traducible a palabras es el volumen de papel, ese milagro de la inteligencia.
Mi buen amigo K. me previene de estos accesos de sentimentalidad libresca. Refiere el caso del amigo que se obstinó en borrar sus recuerdos y regresar al aprendizaje primero de las cosas. Ruborizarse con las chicas, fumar el primer cigarrillo, pillar la cogorza fundacional y antológica. Los dos distraídamente agotamos el argumento de los goces perdidos que tantos ratos tan excelentes nos ha dado cuando el tedio rumia en la barra del bar y ya no sabes si regresar a la cerveza de abadía o seguir con los tragos largos. K. no es tan romántico como parece. Me ha dicho alguna vez que la memoria es un inconveniente. Que nos cohíbe a la hora de afrontar nuevos retos. Que nos lastra. Que nos manumite del siempre adictivo y orgásmico ejercicio del riesgo, pero esta noche estoy necesitando una dosis de Highsmith antes de perderme en el sueño y levantarme mañana como si este texto nunca hubiese sido escrito. No lo leeré.

9.11.08

Rue de...


Hace ya muchos años, demasiados tal vez, mi amigo Fernando Oliva me regaló este cuadro en el que, en sus palabras, estaba yo. Ignoro si continúo dentro. Los años borran y los años manipulan el texto de los recuerdos, el vocabulario exacto con el que levantamos el júbilo de los gozos compartidos, pero el cuadro de mi amigo sigue en la pared, a la vera de este teclado desde donde escribo de modo que lo veo a diario y busco, en los dibujos, en la críptica caligrafía de su genio de hombre renacentista, mi propia esencia. Carezco de los instrumentos para hurgar en la trama de símbolos como debiera. En algunas cosas me encuentro y me siento a gusto. En la noche, en los libros, en las notas musicales, pero hay asuntos que se escapan a mi gobierno y entonces es cuando echo en falta a mi amigo Fernando. Ubrique tampoco está tan lejos. Mapas que coartan a veces el normal desempeño de nuestras inclinaciones afectivas.

Y la nave va...


Pide este jerifalte de la cosa mística que se pase a consulta lo de las bodas entre iguales. Puestos a reclamar referéndums se me ocurren a mí unos cuantos y en algunos, a la luz de los tiempos y a lo peregrino de los razonamientos de muchos, habrá indicios fiables de que la sociedad va por un lado y los gobernantes de la moral cristiana van por otro. Y mientras no se percaten de la anomalía geométrica y concilien excesos y se bajen del burro medieval de su discurso no tendremos paz en este mundo casquivano y pecaminoso y sonarán trompetas apocalípticas por encima del Parlamento y de las aulas de Educación para la Ciudadanía, ya sean contadas en español de Azorín o en inglés de Chesterton. Cada vez que pasa por mi cabeza el asunto de la fe y de su carencia me da una jaqueca diminuta que se amengua a medida que me envalentono y salgo a la calle y respiro y noto que el mundo, a pesar de su fiebre y de sus relativismos, sigue funcionando y gira. Lo principal es que gire.

Obama, oh yeah (y II)




La plana mayor de las letras universales se acuartela en la fotogenia de Obama para cubrir el acontecimiento político de este todavía balbuceante siglo XXI. El otro día hasta un comentarista futbolero se marcó una de opinión al airear su alegría por el triunfo del demócrata mestizo. Cuentan del tal Obama maravillas que yo no alcanzo a razonar porque no me manejo con soltura en la alta política, pero advierto (en mi sencilla capacidad de observador) que el próximo presidente de los Estados Unidos ha ganado ya algunas batallas antes de entrar en el Despacho Oval. La primera es la del entusiasmo. Siempre me fascinó el ciego vértigo de la masa que jalea las soflamas de los líderes. Aquí, en Génova o en Ferraz o en los mítines en pabellones polideportivos, se ofrece el mismo espectáculo. Yo nunca me he mezclado con estos gentíos, aunque me imagino que el colocón debe ser parecido al que he sentido en conciertos de rock cuando me he arrimado a pie de escenario y he brincado y cantado hasta que el pulmón izquierdo (y los ojos y el hígado y todos las neuronas juntas, en comandita) me ha dado un pitido y he tenido que domesticar ese entusiasmo.
Maniobrar con estos arrebatos de júbilo colectivo que obstruye el normal juicio de las cosas parece difícil. Todo lo que no despertaron otros líderes norteamericanos lo posee (con creces) éste. Le hacen sitio en el mapa de los conflictos para que saque de la manga algún truco inédito y consiga lo que otros (bendecidos por las buenas intenciones) no pudieron, pero ahora que se va Bush Jr. uno se pregunta si realmente todo está tan al alcance y hay fórmulas que allanen lo devastado y borren las sombras que ahorcan la luz.
El empacho Obama va camino de ser un género en sí mismo: su telegenia, su discurso positivo, su épica de humanista, su verbo locuaz e íntimo no dejan demasiados secretos bajo la alfombra. El mismo país que laureó a Bush ha pasado el testigo a Obama. ¿Y entonces? España tiene también su legión de anti-ZP y de anti-Rajoy y la fotografía de Aznar planea por las provincias del reino concitando sentimientos legítimamente antagónicos. Hasta Franco, el dictador, regresa a la vida pública en estos días de desescombramientos y levantamiento de recuerdos. Nada nuevo pues. En cambio, el tal Obama agota ya en su periplo hacia el Capitolio. Cansa el abuso, que no es evitable, por otro lado. El modelo político es un modelo mediático. La política es una mercancia que se vende y se compra de modo que las grandes compañías de márketing y las consultorías de propaganda son las que escriben el texto de la realidad.


6.11.08

Homer vs. God o La fábula del jabalí desatento


I
La Fundación Bertelsmann ha emitido un (al parecer) completo y fiable informe sobre la vigencia de los valores religiosos en 21 países de la Comunidad Económica Europea. El texto es prolijo y lo que ha adquirido relevancia pública y pasado a ser titular de la prensa es que los europeos católicos desoyen las admoniciones de los jerarcas de la Iglesia y no confían en lo que puedan decir acerca de la política (que hoy en día es más que nunca una cosa casi ya únicamente monetaria) o del sexo. En estos dos asuntos, el católico practicante emite juicios más en consonancia con quienes no practican de forma que la jerarquía eclesiástica predica en solitario y parece condenada a confirmar año tras año que su vigilancia de la moral no depende del público que la secunde sino de su propio y santo ejercicio unitario. En parte no extraña que la religiosidad ignore ese desacato popular a sus consignas. La Fundación de marras añade que en estos 21 países la religión se sigue con más fervor entre mujeres y ancianos. Que uno de cada tres españoles admita rezar no quiere decir que la estadística pueda ser sacralizada. Tengo yo un amigo que no cree, pero al que todavía le cuesta abandonar ese rato de plática nocturna con Dios antes de soñar con la hipoteca y desvariar con el sórdido fondo del alma concupiscible, que ése es otro asunto. Eso de no creer está a la orden del día. Está (sobre todo) propagarlo, anunciarlo, confesar a bombo y platillo, sin pudor, que la fe es irrelevante y que el que la profesa no deja de ser un sentimental, un ser frágil que no ha conseguido liberarse de las trabas de una educación más pendiente de lo etéreo y de lo divino que aferrada a lo terreno. Y ahí está mi amigo, pidiéndole a Dios que le ayuda a elevar la cumbre de los días y le permite, entre la zozobra del azar y las puyas de la rutina, acostarse en paz con el mundo y con su atribulada alma. En ésas, a la postre, estamos todos. Incluso quienes no tenemos interés alguno en platicar con nadie a quien no podamos ver cara a cara por ver si nuestra cháchara le produce rubor, interés o vergüenza.
II
Ratzinger explicó que Europa "era una viña devastada por jabalíes". El informe confirma que los jabalíes van en aumento y que las vides, a lo visto, van a menos. Homer Simpson, por el contrario, le pide a Dios que deje de mirar cómo las mujeres se cambian de ropa y atienda sus súplicas. El jabalí, al final, tira al monte, y la Historia revela que el monte es el vasto dominio del instinto, que en ocasiones se amotina en su cárcel cercada por argumentos y pide, a voz en grito, airado, convertido en una zarza ardiente, pecados con los que restituir su naturaleza crápula, su querencia por los placeres inmediatos.

Being C.C. Baxter...


¿Quién no ha sido C.C. Baxter en alguna ocasión?

El peso del mundo es amor

El apasionamiento o el odio son posturas arbitrarias, reconciliaciones de la razón con el instinto, matrimonios muy precarios que acaban en una discusión en un portal bajo la lluvia. La vida es un prodigio que se gasta en nada. Vivir es un milagro, pero en ocasiones no está el cuerpo para deslumbres y el alma (allá donde esté, sea lo que sea, exija lo que exija) pide un receso, una especie de suicidio sentimental entre el viernes y el lunes mientras digital plus marea con las series de éxito en las que los americanos demuestran que el ser humano es ruín y que actúa con maledicencia y cierto desparpajo amoral que, visto en detalle, resulta hasta atrayente. Así los días flaquean en las sílabas átonas. Así las noches tutelan vigilias de bourbon y Charlie Parker, y los años se deshilachan en recuerdos y los recuerdos se acuestan con otros recuerdos y nacen bastardos que contamos en historias que a menudo parecen hasta nuestras. Nada que no pueda ser sometido por el peso del amor, que cantaba Hilario Camacho con su jersey de cuello vuelto y las gafas a lo Lennon. El peso del mundo es amor, y quien no lo vea claro es porque habita las sombras y se mueve a capricho por su turbia extensión de bajezas. O me está afectando en demasía algún fármaco imprudente y la voz me sale encabronada y menos lírica de lo que las circunstancias demandan. Mañana es Jueves y a lo mejor llueve otra vez. Todo parece una película de Douglas Sirk. Hasta ahí alcanza mi cinefilia patética.

5.11.08

Obama, oh yeah


Conforme al triste parte de noticias que alumbran las agencias a mayor gloria del desencanto y de la tristeza, parece que la sacralización urbi et orbi del señor Barack Hussein Obama es la noticia del siglo XXI. Una del tipo que neutraliza todas las demás o las convierte en cosa baladí. No parece que el abordaje del demócrata a los mandos de la nave del mundo rebaje el miedo de la clase media y de la más baja todavía a llegar a fin de mes sin quebrantos en la cuenta de ahorros o jaqueca hipotecaria a mitad de la noche. El tal Obama, que viene a enmedar las tropelías del infame Bush, trae un recetario de prodigios que, a la luz de los focos, en mitad de un pabellón reventón de parroquianos de su verbo, suena fantástico. Tiene el hombre hasta una fonética reconocible a la manera de los antiguos charlatanes de feria que embaucaban al personal con chascarrillos de aldea y relatos mágicos donde siempre triunfaba el bien y el príncipe rescataba a la princesa del torreón encantado. Ahora no es (tal vez) momento de ponernos pesimistas, aunque el hábito nos predispone a dejarnos caer en la pesadumbre y pintar negro donde la luz cae en cascadas de luz hipnótica. Visto en la prensa, en esas fotos perfectas que ocupan las portadas, el tal Obama se maneja mejor en la iconografía del pop que en los presumiblemente grises y poco glamurosos despachos en que la burocracia y la alta política entran en plomiza coyunda para conducir este calamitoso mundo.
Mejor que ocupe el Despacho Oval el tal Obama, al que no se le conoce desviación moral relevante, que McCain, honorable prisionero de guerra y, a lo leído, hombre íntegro y trabajador, distanciado de su incapaz predecesor, que no se va a preocupar en exceso si su alegre comandita de votantes arrambla con la teoría de la evolución de Darwin y montan a las puertas de la Casa Blanca un manifiesto pro-creacionista con dibujos a carboncillo de Adán y Eva. Caso aparte, y ya definitivamente a salvo nuestra integridad en materia estética o ideológica, es que hubiésemos tenido que soportar cuatro años a la tal Palin, una profesional del desconcierto, que igual empuña un rifle y habla sandeces de Trivial Pursuit a propósito de la geopolítica que se queda en trance frente a un crucifijo y declama versículos del Antiguo Testamento. Lo trágico es que un parte de la ciudadanía yankee haya reflexionado sobre la conveniencia de que semejante ejemplar de cazurra mediática pudiera coliderar la gestión de un país como los Estados Unidos y, como bonus track, el gobierno de buena parte del resto del mundo, por no decir el planeta entero. Su incompetencia es digna de un gag de los hermanos Marx y, a pesar de todo, ha habido una monstruosa cifra de adeptos a su causa. En esto de que alguien pueda votar a quien le plazca con su voto no hay objeción alguna. En el fondo, ese libérrimo albedrio es el pilar fundacional sobre el que se edifica la democracia entera, pero hay extremos en los que uno sospecha que el votante está untado o carece (a fuerza de manipulación o de simple y llano desconocimiento) de la capacidad de razonar el alcance de un acto tan aparentemente simple como depositar una papeleta dentro de una urna. No hace falta (o sí, hace falta) retroceder en la Historia para encontrar cómo tiranos notables accedieron al poder por estricta comparecencia del pueblo.
Anoche me acosté con la convicción de que nada, en el fondo, cambiaría hoy en el mundo después de que una parte mayoritaria del pueblo americano diese su confianza al tal Obama. No entran en mis alcances que un sencillo hombre (por mucho que se haga acompañar por excelentes asesores y competentes obreros de su causa, que debe ser por fuerza la nuestra) pueda modificar en demasía este mundo embravecido, conflictivo hasta el desmayo, emponzoñado y victimista, que se deja engañar por mucho profeta de verbo fácil y maneras pomposas y que luego únicamente recita la misma vieja balada triste de siempre. El tal Obama, a lo visto, a lo oído, se merece un tiempo prudente de pruebas y de gestos para que las convicciones que no logramos quitarnos del sueño no sean confirmadas por los titulares de prensa. Suele pasar.

2.11.08

Dice Doce que no es Borges...

Cada noche juegan al ajedrez. Terminan durmiéndose, pero siguen con la
partida en sueños. El primero que despierta pierde.


Anoche soñé, bendita ilusión...


El mercenario de las letras a tiempo completo y mecanógrafo de su alma César Vidal se me ha aparecido en sueños estos últimos días. Su rostro de vecino del cuarto que acaba de venir de comprar el pan, su presumible vocación de ciudadano educado que paga la contribución y saluda con entusiasmo en los parques a sus estajanovistas lectores no da induce a pensar que se gane la manduca con la literatura (!) pero el rico artesonado de la cultura popular patria da otros cromos que se avienen con pasmosa facilidad al modelo presentado: Juan Manuel de Prada, verbigratia. Con ambos, escribiendo a tutiplén, a mano doble si hace falta, la integridad de la esencia de lo carpetovetónico está asegurado. La patria está en peligro, Dios está en solfa, la Iglesia pasa apuros, el Relativismo invade los escaños de los diputados y hasta en las escuelas de los pueblos de España se enseña a disentir con una asignatura endiablada que se llama Educación para al Ciudadanía.
Confieso que no sigo la escritura de Vidal salvo alguna accidental recaída a pie de stand de libros (y libros suyos en las grandes superficies hay como mendigos en las puertas de las parroquias) pero que he tenido amplia oportunidad de bucear en la prosa de De Prada, al que reconozco un clásico sentido de la sintaxis, un estilo reconocible, pero en el que naufrago a fuerza de nadar contra corriente: llega un momento en que las brazadas me vacían de oxígeno los músculos y necesito que me rescaten. Nada que objetar: hay escritores (articulistas de periódico en este caso) más afínes a mis vicios lectores que también me aturden y me dejan k.o. a poco que eche un rato de sillón en sus páginas: Manuel Rivas o Manolo Saco. Los dos orbitan en planos lo suficientemente alejados de De Prada como para que el amable lector no saque conclusiones erróneas y me adscriba ya, sin mayores indagaciones, en un lado o en otro del espectro político (o moral o estético) del país.
La última aportación de Saco a su periódico evidencia de qué estoy hablando y pone a las claras la facilidad con la que algunos periodistas se exhiben y manifiestan, a voz en grito, sin ambages ni prudencias intelectuales, su ideario y su cruzada. Y conste que, puestos a perderme en algún cataclismo mediático, prefiero las soflamas enfebrecidas de Saco que las medievalistas y catecumenales de Vidal o de De Prada. Capítulo aparte, en este rápido repaso dominical de escritores de prensa que aparecen en mis sueños, merecen Arcadi Espada o Rafael Reig, amanuenses de sí mismos, cómo no, pero tan nutritivos y de prosa tan adictiva que todavía me cuesta, a pesar de ciertas discrepancias inevitablemente legítimas, no caer en el enredo de sus textos. Los dos figuran en mi listado de lecturas favoritas, en este Espejo. Buen Domingo.

1.11.08

Coco / Cuentos del astronauta zurdo

En la sonrisa de las mujeres estriba su entero encanto. Fuera de esa circunstancia, lejos del mecanismo meramente muscular que atiranta la cara y la lleva a ese forzamiento impertinente, no poseen atractivo alguno.Mantuve esta opinión durante años y no hubo nada que me indujera a modificar un punto mis convicciones. Y eso que mi espíritu, por natural abierto y receptivo, buscó evidencias de lo que, a todas luces, no debe ser sino un error de mis sentidos. Entiéndaseme: no soy enemigo de las mujeres. Tampoco misántropo, como me sugiere Eduardo, siempre tan preocupado de mis asuntos y tan escasamente pendiente de los ya muy patéticos suyos.
Quien dice la sonrisa de las mujeres escriba el amable lector la de los hombres. Mujeres que me han apartado levemente de estas íntimas resoluciones emocionales mías luego han resultado lamentables y a lo único a lo que han contribuido es a reafirmar mis convicciones. Tampoco tengo una edad como para ocuparme de frivolidades. He perdido la inocencia como perdí a mi madre en un resfriado mal curado al que todavía culpo de todas las fatalidades que más tarde han convertido mi vida en una epifanía de la fatalidad,en un triste ateneo de cuadros en las paredes y discos que desgranan boleros y barcarolas, tangos y copla, que son los géneros que más se ajustan a mi fatiga espiritual.
Me da insoportable grima esa clase de mujeres que sindicalizan el verbo y se dejan bigote en la voz. Me aterra que no se afeiten la axila, pero mi amigo Eduardo me ha confesado que a él le sucede exactamente lo contrario y no tiene pudor en manifestar su elevada consideración hacia el género femenino, aunque luego –esto también es una confesión– ninguna de esas heroicas féminas tenga el detalle de dejarse manosear cuando el muy imbécil despliega lo que imagino las precarias y primitivas maneras de galán que se le adivinan en la barba a medio afeitar y en su papada de cinco centímetros, fruto de su amor por la buena mesa y el nulo ejercicio. Cuando llega el verano, la circunstancia de la pereza depilatoria alarma mi sensible asombro –siempre cautivo de mi causa– y algo me hace levantisco y hasta maleducado. En una ocasión me envalentoné con una señora particularmente desagradable, pidiéndole, con buenas maneras al principio, que considerara rasurar las zonas más hirsutas. “Por el bien delos niños”, le dije. Entonces me arrojé al agua para no afrontar la ira de mi interlocutora. No saber nadar coarta esta épica diminuta, pero luego salí de la piscina ufano de mi proeza, armónico y feliz, alcahuete de mis vicios. Esta impericia mía en el agua y la fragilidad de mi corazón son herencia de mi madre, que en paz descanse.
Cuando enfermé ya más gravemente, Eduardo insistió en que me procurara una enfermera. Gracias a Dios y a la cabeza de mi madre tengo medios para permitirme ese exceso sanitario. Su hoja de servicios era impecable. Su parlamento la adscribía a un sector alcista de mujeres que, con título universitario y tablas en el manejo de las maneras sociales, esgrimen a cada momento su idoneidad para todo, lo bien preparadas que están y la suerte que hemos tenido en toparnos con ellas en ese momento de nuestra vida. Una fiebre incómoda me apartó del oficio que últimamente más me agradaba: considerarlas como el enemigo que ha entrado en casa, como la bestia invasora, disfrutar conla idea de encarármela un buen día y mandarla a la calle con su buen cheque entre las tetas. Como Elsa Lanchester arrimando pastillitas a Charles Laughton en Testigo de cargo, sólo que yo no tenía querencia a los licores y estaba firmemente conjurado a no dejar que manejara la casa más tiempo del preciso.
La fiebre iba y venía y un dolor intrigante a mediaespalda requirió el concurso de un médico amigo de mamá y más interesado en mi cura que en cubrir un expediente o en ganar un dinero. No hizo mucho, desafortunadamente. En todo caso, desanimó mi creciente felicidad por despedira la enfermera cuando alabó sus mañas y dio vivas muestras de confiar en que no me desprendiese de ella porque ella tenía “la llave de mis males”. A medida que mi enfermedad remitía, crecían mis desaires ante su persona. Logré, al final, mi perverso propósito y unfestivo día, empujada por la ira y la animadversión que yo había procurado que tuviese hacia mi persona, me insultó sin reparos, yéndose por voluntad propia y rechazando el pago de los días por adeudar. Empresa franqueada. Vino otra y tras ella todavía algunas más. Todas con ese encanto en la sonrisa, pero fuera del gesto, bordeaban la indisciplina, escoraban su gracejo en la charla al más infame cotilleo de escaleras de vecindonas y, lo que es más importante, no parecían, a diferencia de la primera, sentirse molestas porque yo no les hiciese ni el más mínimo caso. Una hasta me incomodó el almuerzo al dejar ver su boscosa axila encimade mi sopa juliana. Un amago de arcada devastó m iapetito y no probé bocado hasta bien entrada la noche.
La ilusión de que mi vida ha sido un error ha escoltado siempre mis pensamientos más profundos. Esa zozobra y el dolor en la espalda laceraron mi alma inextricablemente durante aquellos penosos días. En los vaivenes de la voluble fiebre, entre una acometida y otra, me dije que la peregrina idea de buscar, fuera de la imposible sonrisa, algún encanto en las mujeres podría salvar mi salud y mi ánimo. De verdad quelo pensé con toda la seriedad que el asunto merecía. Pasaría por alto la indecencia depilatoria y hasta me dejaría engolosinar, como Eduardo, como otros hombres. Al fin y al cabo, mi madre consintió el comercio carnal con mi padre y hete que al mundo fue alumbrado un muchachito pequeño y díscolo, cabroncete ya en la edad provecta, pero razonable si se me explican las cosas con el debido argumentario.
La quinta –o fue sexta– enfermera encontró aun hombre distinto. La compañía que las enviaba tuvoel detalle de mal gusto de entregarme una carta certificada en la que expresaba su disconformidad con mie xcesivo grado de exigencia. Injustificado, según ellos. La esperé excitado. Parecía una cita. Incluso pensé que pudiera serlo. Me aseé con delicado esmero, me enfundé la bata más glamurosa y hasta recogí papeles, periódicos y trastos de andar por casa que afeaban la entradita, donde debía recibirla y darle el rutinario inventario de obligaciones, el clásico intercambio de protocolos.
En esta reflexión, sonó el timbre. Fue un timbre a lo Haëndel: con abundancia de artificio, perlado de la trompetería más sublime, con pompa y abrumadora belleza. Siendo el mismo viejo timbre de siempre, el que principiaba los tediosos parlamentos con Eduardo o la acometida insidiosa de vendedores de enciclopedias o vecinas alarmadas por el volumen de la cadena de sonido, ahora era Haëndel o quizá Haydn o los dos en comandita en una gran sinfonía acuática que enardecía mi seco corazón de viejo ya un poco chocho y cada vez menos comprometido con las convenciones sociales. Un trino limpio me llevó a la puerta. Abrí. La fiebre va y viene. La espalda me está devastando el entusiasmo. Albergo tétricas conclusiones sobre lo que me espera tras la puerta. Abrí, he escrito. Un hombre alto y rubio como la cerveza me alargó una mano cuidada y escasamente huesuda. Olía a caros aceites de coco como los que usaba mi idolatrada madre y desplegaba una de esas sonrisas de gladiador invicto de las estupendas películas a lo Cecil B. de Mille. Ahí supe que mis achaques podían tener freno.
(Cuentos del astronauta zurdo, Emilio Calvo de Mora, Editorial Juan de Mairena, y de Libros, Lucena, 2.008)
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...