30.9.08

Crash


Antes el abismo era una construcción de la inteligencia a la que, por lo común, asociábamos con la miseria moral, la pobreza espiritual o la imposibilidad de conciliar el sueño por la mala conciencia. Han sido muchos años de educación sentimental y hasta en el lenguaje, en la forma de explicar las cosas, se advierten huellas de esa pedagogía católica, rancia, fascinada por el pecado y por la empresa de vender la salvación del alma, que ya estaba salvada antes de empezar la fiesta. Con estos tiempos de saqueo mediático y de relativismo (ay cómo me gusta esa palabra) el abismo es otra cosa. Hoy, por ejemplo, lo he visto nítido y pulcro en la portada de muchos periódicos. He visto la cara de Bush Jr. con la misma contundencia con la que ahora mismo veo las nubes por la ventana. El abismo, entiéndase esto bien, ha dejado de ser un lugar de castigo, una figura retórica de la culpa y de la redención, para convertirse en una pantalla de ordenador que registra los vaivenes homicidas de la bolsa.
El abismo se explora con los ojos cerrados, escribí este verano en este mismo blog. Si los abres, el vértigo te aturde. Pero a lo mejor hace falta que el vértigo te aturda y comprendamos que estamos jodidos. La jodienda es antigua, se puede datar contemplando las muecas de asco que hace, pero ha llegado peleona y no hay mañana en la que un informativo radiofónico (que escucho mientras me afeito, aseo, visto, desayuno) no vocingle el despido de unos cientos de obreros de alguna factoría de coches o de alguna empresa del ladrillo. El abismo, en este septiembre moribundo, es la tarde fingida frente al televisor mientras los astronautas chinos se emparejan con los dioses a base de piruetas a lo Circo del Sol a cientos de kilómetros del triste suelo. El abismo, el abismo que hoy he visto en la espalda de Bush Jr. recorriendo el jardín de palacio a las siete de la mañana con objeto (parece ser) de contarle al pueblo americano la naturaleza del caos, el aspecto del abismo. No he visto su intervención, pero la imagino, oigo el texto litúrgico, la cadencia semántica escrita por otros. Aquí Solbes capea el tsunami como puede. El caso es que le asista la razón cuando pregona que nuestros ahorros están a salvo. Eso quien tenga ahorros, Don Pedro. A lo visto, a lo oído, llegan tiempos de estrecheces. El abismo se extiende como una lengua de miedo, pero no hay que tener fe. Lo habrá dicho Don Jorge. No hace falta oirlo para saberlo. La política (el gobierno racional de la plata) está comiéndose (despacio, pero a conciencia) al imperio de la religión. Eso está pasando. Nos amedrantan con el apocalipsis bursátil. Nos inducen a pensar que si nos excedemos en el consumo y no miramos con temor el futuro la bestia políglota de la pobreza entrará por nuestra puerta y se adueñará del mando a distancia de la televisión. Nos piden que seamos estrictos, severos, disciplinados, feligreses razonables, pero llevamos toda la vida en el despilfarro y ahí creció nuestra visión del mundo: en el maná del mercado, en la imprevisión infinita, en el cargo a cuenta de todas las facturas del alma. Y cuando vence el mes y llega el apunte en el extracto de la cuenta nos abrazamos (impotentes) y rezamos (oh Dios, qué me has hecho) por ver si existen los milagros y nuestra semántica diminuta puede convencerlos de que acudan.

29.9.08

La realidad 3.0


La realidad consiste en pequeñas partículas en aparente caos que, al mancomunarse, forman manzanas, destornilladores, párrocos de pueblo o libros de Federico Jiménez Losantos, pero debajo de la realidad, justo donde las partículas se pierden en su vértigo, hay un inframundo delirante en el que pasan cosas indescriptibles. Esa microrealidad abastece, sobre todo, la imaginación de los escritores de ciencia-ficción y de los físicos cuánticos, pero está a la orden del día que el ciudadano normal, el que hace cola en la charcutería y se enoja cuando a su equipo le meten cuatro el domingo, termine por entusiasmarse por esta vida subreal que engolosina su prosaica actividad sensible y la convierte en épica.
La realidad, a pesar de esta indagación subcátanea, no ha sido nunca golosina que aplaca la sed de conquista del ser humano así que siempre hubo ese afán por navegar las estrellas tan fascinante y, al tiempo, tan absurdo. Los chinos, no vamos más lejos, están estos días de festividad y alborozo por haberse dado un garbeo cósmico. Lo que pasa es que fatigan las galaxias y hurgan en su oscura materia secretísima y desatienden asuntos más domésticos como la leche infantil o la censura informativa. Quien haya leído China ha leído bien, pero puede el amable lector colocar en ese paréntesis el nombre del país que le apetezca. No sé yo si los ciudadanos finlandeses se maravillarían si su gobierno tirara al espacio, pero me da que están más preocupados por otros asuntos y no permitirían que sus gobernantes perdieran la cordura de una manera tan flagrante, y eso admitiendo que la renta per cápita de ese rincón nórdico no es escasa y da para esas excentricidades.
Al ciudadano chino encantado con las proezas astronaúticas de sus compatriotas, abrumado por la dimensión histórica del asunto, ni se les pasa por la cabeza pensar en la precariedad que padecen en otros órdenes de la vida. La microrealidad o la suprarealidad niega la realidad, la ningunea, la incapacita para ser referente de ningún estudio sociólógico: para eso está la carrera espacial o la carrera atómica. De atomo, se entiende. Viene todo esto a decirnos que a un ciudadano de un país en apuros (cuál no lo es hoy) le ofrecen un episodio de Star Trek y me lo tienen contento un año. Si se amotina, si exhibe su deslealtad con las consignas del régimen, le cierran el blog o le callan el pico bajo la amenaza de algún tormento medieval todavía vigente.
En España estamos lejos de crear un Ministerio Galáctico. Nos preocupan asuntos más terrenos y el espacio exterior importa escasamente cuando el interior todavía no está compartimentado como debe. No cabe en cabeza que el gobierno (éste, otro) invierta en lo que, por tradición histórica, por idiosincrasia, no nos incumbe en demasía. Pero igual estoy equivocado y el poderío de un país se mide en estos términos. Mis conocimientos no pasan de la pasada rápida por los titulares de la prensa y la escucha (más o menos pausada) de algunas tertulias radiofónicas. Y ahí todavía no he percibido yo signos de que la realidad española baje o suba, se obceque en buscar el universo más alto o se empecine en escudriñar el universo más bajo. Soy un ignorante. Ojalá quienes gobiernan mi ignorancia no lo sean.

27.9.08

Paul Newman (1925-2008)




Tanta gente que se queda en el camino que el prosista de esquelas pidió aumento de sueldo. Dijo que la emoción le podía. Una profesión de riesgo emocional en toda regla. Hay gente que se cae de un andamio o que es corneada en el muslo en una plaza de toros. Gajes del oficio. Escribir sobre gente que te ayudó a crecer y que de pronto desaparece, aunque no los hayas visto en la vida, tiene que ser una experiencia dolorosísima. No es lo mismo escribir la necrológica que no escribirla como no es lo mismo haber visto casi todas las películas de Paul Newman (más de ochenta) que sólo haber visto cuatro o cinco. Lo malo que tiene el cine es que te involucra en vidas ajenas y te conmueve que quienes contribuyeron a tu felicidad ya no existan. Paul Newman se ha quedado fuera de juego, pero el camino (como decía Kavafis) ha sido largo. Yo lo he disfrutado. Muchísimo. En algún limbo fuera del plano sensible, lejos de la realidad tangible y mensurable de las cosas, estará conduciendo coches rápidos y enamorando quinceañeras. Carecer de fe en la salvación del alma y en la vida eterna, me impide afiliarme a la bondad de su nueva existencia. Como a ninguna de los míos, los cercanos, que ya no tengo. Su cielo, el que ha legado, es la filmografía que le hizo uno de los mejores actores del mundo. Me pido esta noche la del Gordo Minnessota y el humo sobre un tapete verde.
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Queen + Paul Rodgers:The cosmos rocks




En The cosmos rocks, el último disco de Queen + Paul Rodgers, hay temas en los que Freddie Mercury estaría a gusto, retazos de la banda que en los setenta hiciera algunos discos memorables (A night at the opera, A day at the races, News of the world, Jazz) y que condujera al rock a una especie de delirio mediático del que ya nunca se han desprendido, y eso que en los ochenta y hasta el fallecimiento de su carismático líder la banda facturó discos mediocres (The works, A kind of magic) o incluso declaradamente malos (The miracle, el póstumo Made in heaven).
En el trayecto que va de la gloria a lo que no lo es hicieron algunas canciones antológicas (Bohemian Rhapsody, Love of my life, We are the champions, Don't stop me now, Killer Queen, Somebody to love...) y establecieron un modo de gestionar el espectáculo puramente pirotécnico (conciertos, giras, márketing) al que tal vez únicamente han sabido responder los mejores Rolling Stones o, recientemente, U2 o grupos escindidos de la apoteosis sinfónica de los setenta y ahora remozados en bandas de éxito, aunque lamentablemente anquilosadas en el vibrante pasado (Genesis, Pink Floyd).
May y Taylor, los fundadores de Queen, quienes reclutaron a Deacon y Mercury, no han querido o no han sabido renunciar al sello de la casa, al sonido reconocible. A diferencia de Genesis, que no consiguió encontrar un vocalista a la altura del fugado Phil Collins y falló con el estrepitoso Calling all stations, Queen ha hurgado en el vasto panorama del rock de los setenta (dónde si no) y ha encontrando a Paul Rodgers (Bad Company, Free) una voz suntuosa, un eficaz cantante que en ningún momento emula a Mercury (labor imposible) sino que abre una etapa nueva en la banda. En estas tesituras The cosmos rocks no defrauda: posee la suficiente calidad como para ser un disco grande que (a buen seguro) no aportará nada a los nuevos caminos por los que en este siglo XXI discurre el rock, pero que cumple (con creces) y abandona sin trauma el glamour antiguo, ese aureola de banda mítica para ingresar en un capítulo más modesto. Lejos del revivalismo, de la fácil postura de hacer giras mastodónticas durante años (que a buen seguro se llenarían y de la que venderían muchos discos) la banda ha hecho un disco nuevo. 14 temas de variada enjundia. Ninguno deplorable. Ninguno que aturda por bueno. Hay excelentes guiños al pasado (Call me, C-lebrity) y lecturas clásicas que no buscan la autoreferencia sino el patrón del rock and roll. En ese territorio, May, Taylor y Rodgers son maestros. No en balde llevan casi cuarenta años practicándolo.
May y Taylor no tienen a estas alturas nada que demostrar. The show must go on...
p.d.: Inevitablemente convertido en materia orgánica de mi memoria sentimental (todos tenemos una: yo a veces creo tener varias) pienso en el concierto de Queen de la gira A kind of magic (1.985). La vi en Marbella en una edad perfecta para convertir la música en una especie de militancia de la que todavía hoy no me he desprendido. Recuerdo muy nítidamente la apertura épica de One vision y el momento en que los Deacon, Taylor, May y Mercury abandonaban el escenario para que el playback restituyera la parte operativa de la monumenal, inconmensurable y orgiástica Bohemian Rhapsody. No hay nostalgia: es la conciencia de haber vivido ese momento y tenerlo a mano, en cualquier momento.



26.9.08

Maestros, jazz, Beatles...(Edición corregida y aumentada)


El mismo día en que Zapatero predicaba en la ONU las bondades del Estado del Bienestar tocaba en mi pueblo, en Lucena, Pecos Beck & Tito Poyatos Band.
Una de las cosas más fascinantes del mundo es que, a la misma vez, puedan suceder cosas tan enteramente distintas. Que una tromba de agua devaste una ciudad y abandone miseria y destrucción a su paso y que un sol de justicia, como decía Marcial Lafuente Estefanía, dore la piel de una pareja de novios en las Seychelles, así que yo me apoltroné en mi butaca con la certeza de que algo bueno iba a pasar en el escenario que tenía a escasas seis filas.
Antes de que Luis Poyatos se dedicara a sacarle a su órgano Nord voces que tenía escondidas, antes de que Pecos Beck hiciese filigranas imposibles, arpegios fonéticos de crooner negro y scat al más puro estilo Gillespie, la comunidad educativa lucentina, reclutada a golpe de misiva para celebrar el comienzo del curso escolar, reconocía la labor de una decena larga de maestros y de maestras recién jubilados. Cuando el discurso académico concluyó, el Concejal de Educación, Manuel Lara Cantizani, cómplice en todo momento con la sentimentalidad del acto, anunció la entrada en escena de una banda de jazz. O de blues. O de funky latino. O de soul cosmopolita. Da lo mismo. El pianista, una vez que desafectaron la tarima de mesas, sillas y atriles, anunció el programa: un standard del jazz (el sublime Night and Day de Cole Porter) y otro del soul de los mejores tiempos de la Atlantic (Georgia on my mind de Ray Charles) abrieron un repertorio impecable. La voz majestuosa y teatral de Pecos Beck, un francés con humor y un genuino showman a la antigua usanza, bajó después al cancionero de The Beatles, tal vez al menos conocido al oyente no iniciado (Maxwell's silver hammer, I want you, Octopus's garden) pero igualmente efectivo . Sólo faltó el tema más jazzístico de los de Liverpool: When I'm sixty-four. Los antiguos y los modernos, que también hay alumnos en el teatro, distinguidos alumnos que habían sido convocados para recibir honores y sentir el calor de los suyos, disfrutaron o creo yo que disfrutaron, que luego siempre hay quien desaconseja que un acto tan solemne se rebaje al jazz, ese ritmo de negros, para cerrarlo con empaque. Sobre gustos, afortunadamente, no hay libros de ayuda ni hay patrones fiables.
El mérito de la banda consiste en el magistral registro de géneros y en la destreza estrictamente musical de quienes patean Andalucía (hoy tocan en Adra, Almería) haciendo propaganda de la belleza y de la alegría de vivir. Pecos Beck es capítulo aparte. No habiendo nacido en Chicago ni siendo compañero de farra de David Clayton-Thomas, la voz de Blood, Sweat and Tears, recorre las texturas del soul-rock setentero con admirable oficio y ataca el repertorio de Lennon y McCartney con desparpajo, modificando a capricho, con solvencia, ejecutadas en riguroso feeling negro, canciones que en modo alguno fueron pensadas para salirse del patrón del rock emergente en los sesenta, que nació prácticamente de la nada, aunque la nada fue Johnny Cash, fue Elvis Presley, fue el blues del delta y fueron también los flecos que el jazz, ese refugio de todas las músicas, exhibe para socializar su mensaje de armonía entre culturas, pero la banda no se arriesga al encasillamiento y exulta ritmos caribeños (no en balde su trompeta es cubano y el bajista panameño) y hasta (sin guitarra, ojo) arrebatar al personal con un Day Tripper, alargado con elegencia, o un cierre de programa con Sgt. Pepper's lonely heart club band simplemente soberbio. Una armónica imprevista que sacó Pecos de la chistera mágica bordó el acto. Con mayúscula.
Al final de la actuación, fatigamos las calles de Lucena para redondear la festividad académica con un ágape nocturno. Ahí siempre termino pensando en Woody Allen, en una de esas películas en la que las conversaciones (trascendentes, irrelevantes, frívolas, teológicas, libidinosas) van dando forma al argumento, que suele terminar abruptamente sin que en ningún momento necesitemos más información de la que el director nos ha dado. Los músicos, con los que tuve la suerte de charlar, beber y hasta echar un cigarrito, fueron lo suficientemente cercanos y familiares como para entrar animosamente en la influencia de la Caledonia Blues Band, que me hace pensar en mi amigo del alma Antonio Linares, en el panorama musical andaluz o en la conveniencia de repetir (cuanto antes, mejor) el concierto. Les conté que en Lucena tenemos la muy noble y lúdica costumbre de saber escuchar jazz a pie de calle, en las aceras, mientras bebes cerveza o te comes una cuña de tortilla o un flamenquín, que es una cosa muy cordobesa. En eso quedamos. En volvernos a ver y celebrar la amistad por la música y por las personas.


23.9.08

"Confortablemente insensible..."

A la ficción no le incumbe la realidad. Vendrían a ser las dos caras de una moneda. Una va a la espalda o por debajo de la otra, pero sin que exista amenaza de que se conozcan. Esto sabemos que es así, aunque hay evidencias de la realidad que permiten albergar dudas más que razonables. O incluso: hay evidencias de la ficción que las alojan con idéntica eficacia. Ya no tenemos nada claro. Parece que la ficción se está amotinando y que esa sublevación invisible conquista parcelas de lo real que antes ni conocía. Los sentidos ya no están capacitados para confirmar el inventario sensible. Los pájaros. La lluvia. Los olores. Las manzanes. El frío. Es como si una grieta repentina en la superficie de la moneda nos invitase al otra lado y allí descubriésemos, entre la fascinación y la perplejidad, que se vive mejor. De hecho yo conozco gente que nunca ha salido de la ficción y viven en un mundo enteramente fabulado. No están al día en el precio de la leche ni se inmutan porque un tarado revienta la cabeza de su ex-mujer a capricho. Carecen de la sensibilidad que permite enmudecer de júbilo o morirnos de amor. Son personas que creen estar participando en algún tipo de reality del que pueden salir cuando les plazca.
También, por otro lado, hay gente que jamás ha puesto un pie en la ficción. Incluso que desconoce por completo su alambicada existencia. Gente que no ha leído un libro en su vida o que se hospeda en la rutina para dar la espalda sistemáticamente a los placeres no previstos. La literatura viene a ser el túnel que une los dos lados. O el cine, en otra medida. La facultad del ser humano para crear abre agujeros en la moneda, fracturas en el metal que ofrecen pasillos inmensos a cuyo término existe otra vida. Pero ayer, viendo las noticias en la televisión, comprendí que cada día estamos más en el lado de la ficción. Y como la ficción, por naturaleza, propende al engaño pues no nos creemos que ETA haya quitado otra vida. Oímos que ha muerto un guardia civil y pasamos página en ese hipotético libro que es la vida leída desde el lado de abajo de la moneda. No nos afecta esa muerte o nos afecta muy escoradamente. La creemos, muy en el fondo, material narrativo, un avatar más de la trama, una parte necesaria para la construcción clásica del argumento.
Y detrás del pobre muerto habrá un descarrilamiento, una inundación, un seísmo, un tsunami o navajazos en el metro (más domésticamente) que tan sólo punzarán de forma leve nuestra capacidad de asombro, tan tarada por la costumbre. En la ficción, en esa territorio almohadillado, aséptico, la violencia o el terror o la vileza no traspasa el blindaje con el que podemos frenar la avalancha de verdad que siempre se nos viene encima. No es verdad ETA ni la letanía de mujeres que mueren a manos de quienes las amaron. Se vive más feliz en la mentira. La verdad no se soporta sin que algo precioso e íntimo se pierda al contemplarla. Por eso triunfan los videojuegos. Por eso vivimos dentro de una idílica pantalla de plasma.

22.9.08

Sobre la importancia de transportar libros...


La vida diaria esta alicatada de pequeñas anécdotas, episodios banales que la hacen llevadera, me dijo K.. Me contó que las iba anotando en una libreta de gusanillo firme y pasta dura que guardaba en el bolsillo del abrigo. El invierno es la estación perfecta para dar rienda suelta al escritor que llevamos dentro, Emilio. En verano, bien al contrario, K. me confiesa que pierde toda esa voluntad notarial y se conforma con apuntar en word, horas después, ideas sueltas, menudencias sintácticas, apuntes sobre lo que la memoria escamotea al olvido. A mí me sucede algo parecido con los abrigos: los atiborro de libros y de libretas. El frío es quien inspira las ideas, insiste K. No sería nada sin mis abrigos. Es fantástico salir a la calle con un libro de poemas de Ruben Darío, que puedes ir mirando en una parada de autobús e ir de las inclitas razas ubérrimas a la letanía de Nuestro Señor Don Quijote con arrobo adolescente que llevar el peso formidable de las memorias de Stockhausen, que alguna casa especializada en el stress de los tiempos modernos se encargará de publicar en esas perfectas y manejables ediciones diminutas. Igual que según dónde vayamos nos colocamos una ropa u otra, así deberíamos elegir qué libros echar al abrigo.
Como ayer comenzó el otoño y parece que el frío principia ya en el tacto de las cosas, he ido sacando libros de las estanterías altas, a las que la vista no alcanza para leer los lomos, para amenizar esperas en los cafés o la rutina de los lunes y los miércoles cuando mi hija sale del Inglés y la espero en la vuelta a casa. Mi mujer, que lee también lo suyo, lo tiene infinitamente más fácil que yo. Que cualquier hombre. Hasta en esto K. me daría la razón. En verano. En invierno. Sólo es cosa de abrir el bolso y meter a Panero o a Faulkner. Tal vez por esto de los bolsos las mujeres, por lo general, son más listas que los hombres. La mía, al menos, mucho.

Elogio del limón triste

La poesía tiene su indumentaria popular, su cartografía doméstica de pétalos, adelfas, corceles blancos que fatigan prados de rocío y altas ventanas donde la luz predice un hechizo de amor puro. Normalmente, a quien no le entra por el oído la cosa poética, le da un poco de grima fonética esa retahíla de juegos florales y sucumbe a la simplicidad intelectual de pensar que todos los versos de los poetas son dulces y que todos se abastecen de metáforas inofensivas pobladas de pájaros y de estrellas que titilan en el cosmos. Quien, por el contrario, ha vencido esa trinchera semántica encuentra un regalo de los dioses, un registro soberbio de ese cosmos, una especie de luz sublime que indaga en lo que la realidad oculta, descerrajando los usos de la costumbre, sorprendiendo al lector con texturas y con piruetas verbales que no están al alcance de los novelistas, de quienes manejan la prosa y cuentan, a su modo, las mismas historias, aunque amplificadas, arrebatadas de hondura.
Viene esta improvisada defensa de la lírica a propósito de los limones tristes que alguien encuentra en el fondo de un vaso largo. Y está ahí, en el limón perfecto, la poesía como un arma cargada de historias. Quien me entregó (involuntariamente) la imagen del limón alojado en el culo del vaso maneja con desparpajo los rudimentos de la poesía, su vértigo humilde, su capacidad infinita para aprovechar todas las posibilidades expresivas de nuestro hermoso idioma. Debajo de la realidad, a ras de fábula, transcurre el limón, el limón triste, el limón invisible. Los restos del naufragio, ¿no es cierto, Luis?

21.9.08

Los extraños: Miedo puro...


Funny games, preferentemente en su versión nativa, daba una clase magistral sobre el miedo y sobre la perturbada inercia de una sociedad insensible que deja a sus retoños juguetear con el mal y, ante nuestra mirada atónica, convertirlo en una distracción burguesa. A su modo Los extraños hurga también en esa perversión del inefable Estado del Bienestar en el que creemos vivir. Todo tal vez provenga de la zozobra que legó el 11-S. El miedo, la sensación de que nuestra casa está siendo invadida y de que nada podemos hacer para frenarlo, hizo su agosto en el cine, en la literatura: insufló al mercado del terror un aire nuevo, doméstico, desprovisto de argumentos que lo justifiquen. El terror moderno, en manos de creadores jóvenes como Bryan Bertino, director y guionista de Los extraños, exhibe claves modernas, lecturas que obvian la herencia clásica. Lo que antes exigía al espectador una atención sobre la trama, sobre el discurso lógico de lo que veía, ahora reclama un cierto abandono, una especie de perplejidad positiva, que excusa darle cara, nombre o argumento al mal. De hecho, en Los extraños, Bertino renuncia a esa nomenclatura de lugares comúnes y se abraza, sin pudor, a la sobria exposición de los hechos, sin que tengamos nunca certidumbres sobre la causa que los provoca. Estamos en el mismo nivel de asombro que la pareja protagonista, que ve cómo su hogar se ve invadido por una fuerza caótica, absurda, iluminada por la barbarie. La sensación final, la que al menos ha quedado en este cronista de sus vicios, es de extrañeza. Igual somos los espectadores los extraños y todavía no tengamos preparación suficiente para paladear estos artefactos de terror del siglo XXI, bien facturados (la película es buena, no lo duden en ningún momento) pero carentes de ese apego a lo real, a lo desmontable en categorías lógicas que, a mí en particular, me sigue pareciendo el sustento primario del cine entendido como prodigioso contador de historias.

20.9.08

No es Woody ni es Diane Keaton


No saber quiénes son, aunque sepamos sus nombres. No tener certezas sobre de qué puedan estar hablando, aunque oigamos la conversación por encima de la mentira en blanco y negro de la fotografía. Así ensimismar la mirada, perderse en las sombras, dar con la clave que ilustre nuestra ignorancia acerca de las relaciones humanas y de cómo dos personas pueden conquistar el júbilo apurando dos copas sin otro atrezzo que un cielo gris (estoy mirando la foto) y una especie de bruma semántica en mi cabeza. Me desconecto diez horas. Vuelvo mañana con la sonrisa puesta.

19.9.08

El rey de la montaña: Una pequeña obra maestra


Qué alegría: El rey de la montaña es una película española. El cine patrio precisa de osadías de este calibre. Porque El rey de la montaña, siendo en apariencia, contando aéreamente el guión, un film de consumo adolescente, una de esas películas de acción en la que, cámara en ristre, la historia depende casi en exclusividad del impacto de sus imágenes, una de ésas que guardan en la recámara literaria una sorpresa, un desvío al asombro que justifica (tal vez) hora y media de tedio, luego deviene astuta mirada sobre la atrofia moral de una sociedad ensimismada en sus gadgets, en sus sólidas atracciones de barracón de feria...
La historia es, en principio, una vuelta sobre las vivencias extremas de un tipo anónimo que, por milagro del azar, que es un dios rudimentario, cabroncete e infantil, entra en el juego del cazador y de la presa en el apoteósico atrezzo de la naturaleza agreste, desafectada de alambiques tecnológicos, tratada con mimo, filmada con el respeto de un cineasta que conoce la importancia de ese paisaje en la lógica imposible de su criatura. El rey de la montaña sorprende por su crudeza expositiva, por su parquedad en líneas de texto, por su atrevimiento plástico. Gonzalo López-Gallego retuerce el bagaje cinéfilo del espectador, y pronto nos hace abandonar la certeza inicial de estar asistiendo a un remake hispano de Defensa, la obra capital de John Boorman.
Lo fascinante, lo que aturde al espectador ensimismado en la grandilocuente belleza del paisaje y absorto en la resolución dramática del thriller que contempla, está escondido en su pletórico cierre. El rey de la montaña guarda su as fabuloso para los minutos finales y ofrece perplejidad, la idea de que el mundo está mal construído y de que estamos alimentado déspotas y pervertidos, pequeñas bestias a las que se les ha desconectado toda sensibilidad y que desempeñan en la sociedad el oficio antiguo del depredador, pero aquí el francotirador insistente, el malvado constructor de la asfixia que empapa todo el film no es un sujeto que posea un ideario, un armazón moral que justifique su barbarie. Ni siquiera, a la manera de los cafres salidos de Perros de paja, posee una coartada patológica, una especie de asidero psiquiátrico que dé pie a un cuadro de descargos en un hipotético juicio. Lo que López-Gallego muy hábilmente plantea es la responsabilidad de la sociedad en la creación de esos francotiradores. Y va a ser posible avanzar más sin que una parte considerable de esa sorpresa sea manifestada. Disfruten.



Doomsday, el juicio final: El apocalipsis en la MTV


Más allá de filigranas artesanales, de introspectivas epopeyas del alma, la industria cinematográfica prefiere el espectáculo puro, las películas que no ofrecen matices del alma sino pliegues de la epidermis. Da más crédito a la incontinencia visual, al despliegue técnico, que al matizado drama de unos personajes bien perfilados y a los que, a lo largo del metraje, le suceden (piel adentro) cosas que merecen la atención, asuntos que a todos nos pueden ocurrir cualquier día de estos. A mí me parece increíble que me sucedan las aventuras que acabo de ver en Doomsday, el día del juicio. Su fibrosa protagonista (Rhona Mitra) apabulla sin pudor la retina del espectador: lo machaca en la butaca, le obliga a asistir a un programa de actos tan deliberadamente inverosímil que, por fuerza, se hace (en su grumo global) creíble. O nos lo creemos o salimos de la sala embadurnados de estulticia, convencidos de que tal vez no debamos repetir ingesta tan masiva de acrobacias visuales, escenarios peregrinos y, sobre todo, argumentos tan exóticos.
Doomsday ofrece asombro, pero es un asombro mecánico, carente de conflicto, asombro de formulario, tipificado y registrado. Nada de Doomsday huele a nuevo, aunque Neil Marshall no se toma en serio la cinefilia militante y acomete la empresa de entretener sin que, en el trayecto, se avergüence de piratear escenas y estilos, soluciones plásticas y parlamentos inconsistentes. Porque estos tiempos de reciclado y de globalización se caracterizan por exhibir la impudicia de copiar malos originales. Y si no malos, al menos, no excesivamente brillantes. Brian de Palma clava en su corcho de ideas las fórmulas de Hitchcock. Almodóvar mira a Siodmak y a Cukor y Woody Allen se refugia en su adorado Bergman. Un mediocre modelo reciente acude a una obra maestra del pasado. Aquí Doomsday es una extensión episódica de Underworld o de 28 días días después, es decir, productos que merodean el blockbuster instantáneo, la fama volátil de un par de semanas en cartelera y un mes en la estantería de un videoclub. Hay también huellas de Mad Max, que es ya cine de más enjundia. Y está ese personaje fascinante, aunque escasamente explotado, que ejecuta con la asepsia habitual Malcolm McDowell y que remite, en la distancia, en su figura de dios de sus acólitos, al coronel Kurtz de Apocalypse Now. Y está John Carpenter, su magisterio inefable, sobrevolando páramos enteros del film, induciéndonos (con el cariño que le tenemos) a que seamos indulgentes y aceptemos por buena la desvaída fotocopia de sus texturas, el clonado, mecánico y simplista divertimento que tenemos enfrente.
Marshall, no obstante, no defrauda del todo y ofrece una narración (o lo que sea) de aliento épico y tan cabalgada por tantos géneros que uno termina por pillarle, en el trance, en la oscuridad de la sala, cierto sentido a este embrollo apocalíptico. Eso sí, la incapacidad de cerrar un campo se arregla creando otro. Si Marshall no personaliza su obra es porque las exigencias de estos tiempos, el ojo del productor y el temor a que la clientela no muerda el anzuelo en taquilla son pesos muy considerables que le asfixian y que, al final, mutilan la calidad de su producto.
Doomsday es un experimento retro, un vertiginoso remanso de furia y de adrenalina en el tórrido verano de la ciudad, un ventilador macarra, un desinhibido artilugio de entretenimiento tan ampuloso como hueco en el que los estímulos visuales (grosería punk trenzada con clasicismo medieval) despistan nuestra atención, rebajan toda posibilidad de crítica furibunda y así (hipnotizados por las imágenes) no caer en la cuenta de sus carencias.
Marshall no es sutil, no es su oficio: le contrataron porque Dog soldiers o The descent no son, entre la morralla de cada año, zafias, aburridas o descuidadas. Doomsday posee una limpieza expositiva que ya quisieran obras aparentemente mayores: todo se hace creíble, expuse al principio, porque hay interés en que todo se exhiba ametradalladamente, sin la contención que el buen cine exige.

El disco de hoy: The Moody Blues: Long distance voyager



Los fans de los Moody Blues lo colocan como un disco menor en la discografía del grupo, una especie de ingreso en la ortodoxia AOR, en el negocio de las ventas masivas y en las concesiones pop. El rock sinfónico de la banda había escamoteado pasajes épicos y hasta el teclista de toda la vida, Pinder, había perdido interés. Desde Every good boy deserves favour, la obra maestra de 1.971, The Moody Blues no habían hecho nada a derechas. Octave es un disco pésimo, a mi gusto. Justin Hayward recluta a Patrick Moraz, un mercenario de los teclados, que había estado previamente en Yes (Relayer) y que entendía a la primera los patrones musicales del grupo. El sonido E.L.O. quedaba patente en portentosos singles como The voice o Gemini dream. La excelencia melódica se reservaba a Nervous o a Talking out of turn (la mejor canción del disco). Veteran cosmic rocker es el epílogo circense, la resolución bufa de un disco que, sin llegar a ser conceptual, manejado como una historia al modo en que se hacía en los gloriosos setenta, alcanza un lirismo narrativo sobresaliente. No es únicamente que los temas posean una hebra invisible que los engarza (que la hay) sino que el oyente cree asistir al espectáculo sorprendente de un guignol callejero en esa Inglaterra victoriana que, sin conocer, sin estar ajustada a nuestra mediterránea manera de entender la vida, nos parece cercana, sensible, cómplice. He pensado que este disco ha educado mi forma de entender la música. Long distance voyager hizo por mí más de lo que ahora puedo razonar. Me condujo al oyente que ahora soy. Todavía encuentro la delicia de entonces. Sin albergar ninguna duda, no es el mejor disco que yo haya oído, pero sí es el más sentimental, el que se ha quedado más adentro. Como esos amores adolescentes que nunca han desaparecido del todo. Hoy estoy sentimental. No debo descuidarme.
Mi amigo Rafael Torres estará totalmente de acuerdo conmigo. A él le brindo este arrebato emocional. Por los viejos (buenos) tiempos, Safo.


17.9.08

¿Qué tal una partidita de ajedrez, profesor Falken?


La idea de que la robótica sustituya al hombre en la responsabilidad de escribir la Historia no es únicamente Asimov (al que he vuelto a leer después de muchos años) ni las reflexiones ortodoxas de Carl Sagan. El disperso catálogo de obras de arte (en cine, en literatura, en música) que parten de la prevalencia de la máquina sobre el ser humano está lo suficientemente documentado como para que yo a estas horas de la noche pretenda aportar ninguna idea novedosa. Lo de contar lo mismo a mi manera no siempre me satisface. En este caso he pensado en el profesor Falken, un pionero de la informática que al contemplar la desmesura de su empresa decidió retirarse al bucolismo contemplativo, a una especie de mundo sin wi-fi en el que regresar al origen de la ciencia mirando el vuelo de los pájaros y leyendo la biografía de Isaac Newton.
Falken es también Joshua, la máquina que comenzaba a disfrutar del alambique del pensamiento humano y razonaba tal vez la única forma de ganar un juego es no jugarlo, refiriéndose a la diabólica iniciativa de colisionar los fondos de catálogo nuclear de rusos y americanos. Juegos de guerra, para quienes ya hemos sobrepasado los cuarenta, es una película mítica. Es la historia de un hacker quinceañero que, al jugar a videojuegos por la Red, inicia una peculiar cuenta atrás en un superordenador del Gobierno que, por obra de la magia binaria, se las ingenia para planificar su armaggedon particular.
Este verano hizo 25 años de su estreno en las carteleras. Eso me pone a mí (más o menos) en los quince de David (Matthew Broderick) y en la tesitura de escapar de su influjo maligno o continuar en la hipnótica ilusión de que el cine de evasión de los ochenta (con sus torpezas técnicas y su descuido formal) era mucho mejor que el que ahora facturan para la glotonería adolescente que gasta su paga de fin de semana en golosinas similares. Mi memoria puede haber borrado escenas de Ocho y medio de Fellini, Ran de Kurosawa o Sed de mal de Welles, películas que me impresionaron y me condujeron al consumidor (convulsivo, aunque responsable) de cine que en estos momentos no dudo que sea, pero Juegos de guerra se conserva nítida y hermosa en esa memoria mía acostumbrada a digerir fotogramas. Guardo diálogos casi enteros, recuerdo gestos, matices diminutos de atento devorador de imágenes. En el fondo, el cine es una especie de proveedor de imágenes. Da justamente las que la realidad nos niega. Nos arroja a la ficción de que podemos sentir la emoción de que el mundo puede reventar si no encontramos al Doctor Falken en su isla o de que no seremos felices si no encontramos a Jennie en el parque, aunque sospechemos que está muerta y de que es su ángel el que nos conforta y al que entregamos el júbilo y la dicha de sentir amor.
El cine es un milagro.


15.9.08

Maestros

No estoy seguro de la conveniencia de cerrar el lunes escribiendo sobre el infame atropello con el que el otro día se despacharon en A3 a costa del gremio de maestros. Trajeron a pantalla a un lindo puñado de infantes que confesaron su animadversión hacia la escuela y, en particular, a la figura del maestro. Condenaron el inglés como asignatura y redujeron al recreo la posible bondad de todo el sistema educativo. No es culpa de los entrevistados: les pudo más que la sinceridad la posibilidad de no desentonar en exceso con lo que oyen en casa. La escuela está en desprestigio, no me cabe ninguna duda. Ni siquiera una diminuta, una de un tamaño menguado que luego consienta un engorde paulatino hasta que desaparezca su insignificancia. Y por si el maestricidio no fuese plato televisivo suficiente para satisfacer la jauría de espectadores ávidos de carnaza funcionarial, pusieron la cara enjuta de una madre que razonó, a su manera, con la parquedad expositiva que dan los veinte segundos de gloria que le concedieron, el fastidio que supone el hecho de que el cuerpo de maestros tenga un periodo de vacaciones tan excesivo. Le faltó pedir que nos congelasen el sueldo o, más canallescamente todavía, que nos retribuyesen el trabajo conforme al número de aprobados que diésemos a final de curso. Y por si el doble maestricidio no fuese todavía ensañamiento suficiente, advierto en otras cadenas que el patrón ético es similar. Donde no colocan al maestro como un holgazán al que le toca, a mediados de septiembre, guardar la tumbona y dar el callo, lo sitúan en el resbaladizo terreno de la siempre cerniente violencia escolar. Porque la escuela interesa en estos tiempos si es foco de conflictos o si acaba o comienza un curso y conviene rellenar minutos con las tiernas escenas de los alumnos madrugando con sus carteras nuevas y sus (muy) escasos deseos de romper la orgiástica rutina en que habían convertido su pereza estival.
Y no son los alumnos el problema o, al menos, el único ni el más grave. Por supuesto que hay padres bendecidos por la razón que entienden que parte considerable de la educación de sus hijos reposa en la eficacia y en la dignidad de esos señores y que no es prudente vilipendiarlos, ningunearlos o zaherirlos con inquina, ignorando que el ingreso de sus retoños en la sociedad civil está reglado por ese cuerpo de funcionarios del Estado.
Al modo en que la posguerra española el NO-DO hacía propaganda de la bondad de las cosas, aunque por debajo costra y óxido las estuvieran pudriendo irremisiblemente, a día de hoy existen todavía noticiarios televisados (prosigo el mismo hilo discursivo) que impostan la voz de sus locutores y recitan las frivolidades y las ocurrencias habituales sobre los madrugones, la carita de sueño y el sufrimiento indecible de reventar de cuajo todos los momentos dulces del verano.
Existe una escuela mala y concedo que haya maestros deplorables como hay políticos corruptos o sacerdotes pederastas. El oficio de enseñar es un acto sagrado en donde el que domina una materia y sabe compartir su conocimiento entabla con otro individuo un diálogo enriquecedor. Lo están maleando. Han iniciado un proceso de desprestigio que no puede traer, a la larga, nada bueno. A principio, a mitad y a final del camino está el alumno, el niño al que jalean para que en televisión haga la gracieta de criticar al maestro y contar lo que ya casi todo el mundo sabe: que la escuela es una especie de prisión y que hay que destrozarla. Desde dentro. Desde fuera.
Debajo de la orquestada operación de degüello público contra el cuerpo docente se esconden pandemias ancestrales de la sociedad española y vicios burgueses de padres que aman con arrobo a sus hijos, pero que se sienten liberados cuando el colegio maternal y responsable los acoge bajo su sacrosanto cobijo.
Como estoy completamente seguro que hay padres que agradecen el trabajo docente y aprecian el titánico esfuerzo que supone educar (quizá porque también ellos lo hacen) considero que este escrito de desquite, en el que me he sentido plácidamente desintoxicado de ira, no pretende otra cosa que publicar argumentos conocidos, traídos y llevados en barras de bar y en parques de pueblo, en las colas de la pescadería y en las tertulias a media tarde de la radio. De la escuela puede hablar cualquiera. Todo el mundo posee una opinión, y todo el mundo está razonablemente autorizado para propagarla. Pues eso.
Tal vez piense yo así como pienso porque mi escolaridad fue ejemplar en todo. No porque yo fuese un alumno sobresaliente sino porque me enseñaron a pensar, a sentir también. Porque la escuela es una fuente inagotable de conocimiento sobre la vida, pero antes de entrar de bruces en ella.

Wanted (Se busca): Prodigios de la mediocridad


Al cine de acción, por naturaleza adrenalítico y espasmódico, le incomoda el guión elegante, la sutileza dramática. Existe un desapego natural porque se ha entendido, equivocadamente, que los mecanismos de adicción del cine de acción pide cerebros poco exigentes, público de fácil contento y complicidad en lo evidente, en el atractivo de la imagen en puro movimiento. Agregamos que se mueve con mucha más soltura por la mediocridad, insistiendo en la naturaleza lúdica de lo que oferta sin valorar la inteligencia del espectador, que suele quedarse desarmado de argumentos para declarar, sin pudor, que la acción es, en una pantalla de cine, una forma madura y noble de prestigiar un género.
Timbur Bekmambetov, un ruso desembarcado en Estados Unidos gracias a su pericia infográfica y a una apabullante tarjeta de presentación (Los guardianes del día/Los guardianes de la noche) infla Wanted (Se busca) de testosterona, la rebaja de filosofías high-end (al estilo Matrix, que puede ser un referente y hasta un ascendente) y la llena de estrellas de Hollywood reconocibles (Freeman, Jolie) y emergentes (McAvoy) para ocupar el frontispicio de todos los cine del mundo.
Wanted asume su esencia tebeística, justifica el indecente markéting habilitado para su temporal reinado en las carteleras y se presenta como el blockbuster perfecto. Una edición en blu-ray, que magnificará el film en las sublimes pantallas de alta definición recién alunizadas al mercado, debe cerrar su periplo comercial. Es ahí en donde los mercaderes que la han alumbrado verán cumplidas sus expectativas crematísticas. Cine hay poco o lo hay a trompicones: Wanted no carece de atractivos visuales y no merece que se ningunee en críticas de cinéfilo recalcitrante, pero vamos camino de que no nos asombre ya nada que podamos ver en una pantalla. Corren mucho los tiempos y el ojo ha visto ya prodigios suficientes como para que cueste despertarlo de su pereza.
El recetario de milagros tecnológicos, piruetas circenses, imposibles de la física newtoniana y alambiques absurdos del guión desplaza la posibilidad de ser malévolos y soltar, sin pudor, que Wanted es la peor película del año. Está lejos de ser una mala película, pero bastan cinco minutos para que tengamos la secreta convicción de que la memoria, que es un artilugio inteligente y sabe filtrar la morralla y dejar únicamente los prodigios, sabrá dar cuenta de ella.




14.9.08

Gángsters, fiambres y hamburguesas holandesas


K. me recordó a Vincent Vega. El gorila lánguido y colocado de Marcellus Wallace merece tratamiento propio. A ver si Quentin, consciente de que va quemando argumentos y de que la ceniza de los fotogramas escribe V-I-N-C-E-N-T en el suelo, abre la caja de pandora de su perturbado cerebro y manuscribe el guión sobre los tres años de Vega en Amsterdam. O cómo se hizo mafioso. A mí me gusta más decir gángster. Había una canción de Johnny Guitar Watson que hablaba de todo esto: gángster del amor, tipos que sacrifican los principios morales que nuestro Señor Jesucristo proclamó en los evangelios por el amor de una mujer, aunque ese tránsito deje un rastro infame de fiambres. También me gusta muchísimo esa palabra: fiambre. Y Vega, a falta de dar la talla de galán con más reciedumbre, ofrece ternura cuando mira a la mujer de su jefe. La contempla con arrobo adolescente. Secretamente la ama y, como dice frente al espejo del cuarto de baño, mejor irse a casa y entregarse al onanismo que faltarle a Wallace con su hermosa mujercita. Respeto.
A falta de una precuela de Pulp Fiction en la que nos cuenten la adolescencia lisérgica de Vincent Vega o una resurrección de Travolta (qué bueno puede ser) en un film de estos mimbres, me programo esta noche (otra vez) la película original y flipo con Mia y con las guitarras surferas.

De gira


El Papa Santo de Roma ha pedido en París que el mundo huya de los ídolos. También que el dinero es la raíz del mal y que lo materialista separa al hombre de Dios. De camino lanzó el deseo de que la juventud siga la senda de Cristo entrando en los seminarios y propagando la palabra del Señor. Los feligreses arracimados para recibir estos mensajes se encargarán de multiplicar ese discurso. Quienes no lo comparten, desoirán la súplica y ahombrarán esfuerzos para que otro mensaje cale también en la población. Y así avanza este juego de influencias ha abierto, en ocasiones, brechas visibles en la sociedad, fracturas que activan guerras. Al modo en que se organizan las campañas políticas, el Vaticano adopta la forma inquisitiva, tozuda e intransigente de un partido política que se descubre en la oposición y alerta al ciudadano de los peligros de quienes los derrotaron en las urnas.
El Papa no es Rajoy, pero a veces exhibe su misma obcecada letanía. Cuando a Rajoy le preguntan sobre el aborto, arranca con la declamación de la lección aprendida en los despachos de Génova y dice que Zapatero juega al despiste y a la maniobra zafia de hablar de abortos cuando la gente no puede pagar su hipoteca. El registro de despistes acude también a las fosas comunes de la Guerra Civil o a la eutanasia. A lo mejor es que no hay otra manera de haber las cosas en política y es esa manifestación sencilla de argumentos inapelables la que verdaderamente conviene para que el votante (o el feligrés o el que ya no es feligrés pero lo fue o el que nunca lo ha sido pero es posible que lo sea o el que ni lo fue ni lo será bajo ninguna circunstancia) recapacite, analice con el sesgo distanciado de la razón final de las cosas y admita a trámite emocional la posibilidad de que el Papa Santo de Roma haya dicho verdades como templos. De ahí a ingresar en el ejército de Cristo hay ya tan sólo un trecho accesible, un camino de recorrido fácil a cuyo término se abrirán las puertas de la fe, que son cálidas (a juicio de los que se siente guarecidos tras ellas) y liberan al ser humano del siglo XXI de las pandemias de esta modernidad vacua y de asideros fragilísimos. La política y la religión, por mucho que Ratzinger desee que caminen separadas, están fabricadas con la misma masilla moral. Lo mismo que se compra el periódico que va a confirmar lo que ya sabíamos de modo que tras la lectura salgamos reforzados en nuestra apreciación intelectual de nosotros mismos, el votante ingresa su papeleta azuzado por parecidos mecanismos mentales. Por eso la Iglesia recomienda a sus fieles que no cometan el error de entregar su cuota de responsabilidad civil a quienes, en su programa, en su vida diaria, desprecian el ideario catecúmeno. Por eso los partidos de laicismo militante, sin caer en la virulencia discursiva de sus adversarios, también recomiendan que no se caiga en la hipocresía moral de entregar la confianza al contrario político.
A la postre, nunca llega la sangre a ningún río y hasta el inquilino del Eliseo de la laica Francia, el estirado, ambiguo y mediático Sarkozy, ha dispensado al Papa un trato exquisito y le ha abierto de par en par, como no podía ser de otra manera al ser una figura de relevancia entre millones de personas, las puertas de su casa, que es (no lo olvidemos) un país de fuertes raíces aconfesionales y que lleva medio siglo de laicismo operativo en las calles, en los bares y, sobre todo, en la escuela, que es el santuario cívico en donde se forja al futuro votante, perdón, quise decir feligrés.
El dinero es el mal, pero antes servía para borrar el pecado.
Y además, en estos tiempos de relativismo y de fragmentación de la unidad familiar y de los preceptos espirituales que antaño iluminaban la Historia, la Iglesia mira ahora más a los ministros de finanzas de los países en los que se asientan, para que participen del sufragio económico, que al Espíritu Santo. Y se siente más dolorosamente atacada cuando se abre en la sociedad el diálogo sobre la conveniencia de que la Escuela Pública abandone de una vez todo vínculo con las filiaciones religiosas de los padres de sus alumnos, aunque luego los jefes de la curia romana visiten España y el Presidente de turno le abra las puertas que haga falta y lo agasaje con honores de Estado.

12.9.08

Cuéntame

Hay quien se alivia el dolor hurgando en el ajeno. Mi abuela decía que las telenovelas americanas, las de fuste y viñedos, las que se emperifollaban de glamour y de mobiliario indecentemente caro, las ponían para que el pueblo llano contemplase la ruina moral de sus habitantes, como si la miseria no fuese patrimonio exclusivo de la gleba obrera, del ciudadano invisible y anónimo, aunque ella lo contaba de otra forma y siempre con desperpajo y gracia. Los ricos también lloran. Pienso en esto ahora que las series televisivas están nuevamente en boga. Tanto lo están que algunas le comen audiencia al cine. Los que escriben el diario de sesiones del mundo no ignoran que la televisión es un excelente conformador de voluntades: que la política se vende mejor si es retransmitida y que el contacto directo, la cercanía de los líderes, mengüa su encanto, rebaja el interés que nos causaban y hasta les niega toda posibilidad de éxito. Por eso los asesores de imagen y los gabinetes de mercadotecnia que escoltan la carrera de un político aplican a la campaña la fórmula mágica que combine con mayor fortuna la fotogenia, la sensibilidad social y esa retahíla previsible de tópicos verbales y de gestos más o menos casuales que contagian alegría, empatía y complicidad absoluta con el votante, convertido en una especie de cliente espiritual. La mercancía es un simulacro, un limbo esplendoroso de promesas y de soluciones, de espejismos y de fantasmas, pero lo que importa (lo decía mi abuela) es que nos creamos importantes. Tanto como quienes no lo son. Las heridas son las mismas: nos afectan, en lo íntimo, de igual forma, pero nada mejor que una buena teleserie yankee, de las de antes, de las añejas, para sentirnos ufanos de nuestra mediocridad material. Como los tiempos son otros, tenemos a House, a Dexter, a CSI, a 24. Fatiguen ahí su incredulidad: dense el gustazo de comprobar que ya no nos venden los mismos trucos. Son otros. Habrá que investigar qué fin persiguen. Seguro que no son gratuitos ni casuales.

11.9.08

Lo ha escrito hoy Luis Felipe...




Quien concreta, se pierde las otras mil posibilidades.
Luis Felipe Comendador



Después:



A mí tampoco me gusta en exceso la belleza. André Breton ya lo sentenció mejor que nosotros, Luis: la belleza será convulsa o no será. Y la que hay a ras de calle no alcanza convulsión, combustión. Ni siquiera enajenación. La jalea quien no la conoce de verdad. Vista de cerca, justifica el mundo, justifica tu bitácora de confesiones, Luis, por encima de citas, fotos, photoshop de varia ralea y juegos de niño culto que ha visto en la página en blanco un cosmos en el que ser dios rudimentario, caprichoso y lúdico. Sobre todo lúdico. Así que estamos de acuerdo en eso, en que después de la belleza ya no debe haber, por definición, nada más, ¿y entonces, Luis, y entonces?



Tú sigue bombardeando historias. Hazlo. La belleza no es el destino. Sólo explicarse uno y darse a todos. Tal vez únicamente eso. El oficio secreto y hermoso de escribir.



Che II

Lo dice Jon Lee Anderson, uno de los biógrafos del Che: tal vez hace treinta la revolución era una referencia moral, una especie de imperativo intelectual que oscilaba entre el romanticismo y la astracanada, aunque la legión de adeptos, perdida en la zozobra de la recién proyectada sociedad del consumo, asqueada del mercantilismo, sensible a la incapacidad del materialismo para forjar una clase social sensible y consciente de la nobleza y de la dignidad de los pueblos, abrazaba sin aspavientos cualquier evidencia de liderazgo en un terreno baldío que podía empantanarse de charlatanes de feria y de politiquillos de taberna. Hoy en día no hay espacio sentimental para la revolución: la contracultura no existe porque no hay cultura a la que enfrentarse. El universo es mediático, digital, globalizado y aséptico. Únicamente se le pueden aplicar argumentos empresariales y es la medida del comercio la que gobierna el estado de las cosas. Por eso el Che, en estos tiempos, es un símbolo desafectado de contenido, vaciado por la supremacía de las multinacionales, que colonizan los deseos del ciudadano y abren franquicias mentales en sus esperanzas de una vida mejor. Como la juventud actual está despolitizada, nada de lo que dijo o de lo que hiciera el Che contiene signo alguno de relevancia.
La película de Steven Soderbergh tampoco beneficia al esclarecimiento de la vigencia del mito; más al contrario, envilece la posible legitiminad de una revisión en profundidad de cuanto significó este médico argentino que diseñó una refundación moral de América desde la base misma del pueblo. La izquierda que tutelaba su discurso está ya sepultada por el mejunje ideológico que salpica los parlamentos del mundo civilizado. Salvo la Cuba que amó, ningún país ha seguido la consigna: todos, en su defecto, han adoptado el hijo icónico, el póster que Giangiacomo Feltrinelli, un avispado cronista levógiro usó para vender más periódicos. La incombustible fotografía, el mágico dispositivo visual que ha sobrevivido incluso a la obra política al punto de contaminarla de capitalismo puro y duro la hizo Alberto Korda. Mi amigo K. sostiene que el Che fue un producto de su época. Todos los políticos y los líderes de masas lo son, a su modo. Ninguno se escapa al vacío que tanto conviene a la propaganda comercial. El Che, cómplice de la idea de la violencia como único bisturí para extirpar la injusticia, ha sido injustamente sublimado. Debe ser cosa de la fotogenia, del halo de misticismo que la fotografía de Korda recoge con eficacia, pero es una imagen, una tal vez a salvo del olvido, que surte de una falsa cultura a quienes no hocican en la Historia y buscan en los textos la verdadera razón de la contienda.
El experto en guerrillas, el hombre que pregonaba que el analfabetismo era la puerta de todas las pandemias de un pueblo, el panfletista que ocupaba la calle y llenaba las aceras de hipnotizados soldados, de labriegos expoliados, de mujeres sin esperanza, fue también un terco mercenario de un ideal que, a día de hoy, nos sigue pareciendo el preámbulo fatídico de una manera intolerable de entender la acción política. Fascinado por la violencia, por su uso y por su abandono cuando la violencia daba los frutos que se le exigía, el Che reconcilió la administración de lo públicos con los administrados y se embarcó en el periplo apostólico (y bien lejos estaba la fe en su doctrinario) que no recoge la foto que encabeza el post. No hay nada en esa fotografía que explique el mito. El capitalismo, que es un amante obsceno, se apropia de los objetos sentimentales que le salen al paso: los vacía de pasado, los convierte en objetos vendibles. Me sigue fascinando la idea de que el Che haya contribuído a la rapiña de los mercaderes. Eso es lo que la revolución jamás previno: que sus instrumentos de guerra, su discurso flamígero y su reforma del Estado haya quedado reducida a una taza de te en cuya cerámica china reposa la foto de Korda como un estandarte de lo que no se entiende.

10.9.08

Máquinas que buscan a Dios a cien metros bajo tierra


A fuerza de mirar la realidad con ojos incrédulos uno acaba por desconfiar enteramente de sus manifestaciones más sensibles. Si ya cuesta creer en coros arcangélicos y en la bondad del cielo que a todos los puros de corazón aguarda más debería costar creer en la física subatómica, en la materia oscura que se esconde debajo de la materia visible, en el corazón íntimo del universo. Yo ya no me creo que existan manzanas y puertas de acero reforzado. Tampoco que tenga ahora delante una pantalla de 19" a la que miro por si los dedos viajan demasiado deprisa y escribo lo que no debo. No me creía casi nada, pero ahora estoy dispuesto a cerrar el resto de credulidad que me quedaba. La culpa la tienen unos cientifícos que andan mareando la perdiz del origen del Universo en un aparato carísimo enterrado cien metros bajo el suelo cerca de la neutralísima ciudad de Ginebra.
El LHC, la máquina total a la que se le encomienda encontrar a Dios debajo de la alfombra de 20 siglos, por lo menos, de teologías tozudas y de bélicos efectos secundarios, es un proyecto faraónico que diagnostica el estado moderno de la ciencia y de la especulación mística en estos tiempos de relativismo y de globalización. Hoy, 10 de Septiembre de 2.008, en el corazón de Europa un haz de protones habrá recorrido la longitud de ese anillo tremebundo de metales formidables a cien metros bajo las flores y el estiércol de las vacas. Ese haz misterioso buscará su par, que fue lanzado en sentido contrario al mismo tiempo. Del ayuntamiento de estos prodigios de la naturaleza saldrá el escenario hipotético en el que se forjó el universo tal como hoy lo conocemos. Como sabemos casi todo lo que he pasado a la criatura naciente de esta coyunda microscópica, interesa ahora hurgar en la nada, en el espacio hueco que surje cuando no encontramos formas, volúmenes, líneas, colores, trazos, rugosidades, hendiduras...
Lo que más asombra no es que la tecnología avance hacia Dios o hacia el limbo en el que siempre hemos colocado a Dios: lo verdaderamente fascinante es que un ejército de empollones con coeficientes de inteligencia ofensivos para el resto de los mortales planteen, a lo tonto, como el que pisa una mierda de caballo y se excusa por el hedor que desprende su zapato, una teoría alternativa a la ya digerida a través después de estos dos milenios de probaturas, concilios de la fe y de la razón y demás engendros de la imaginación y del talento humano. Me imagino el dolor que causará saber que no existe la manzana o que existe de un modo tan inextricable que ya no será posible moderla a gusto, sentir la carne pulposa perderse en la garganta, que ya no será nunca jamás una garganta y pasará a engrosar la lista de objetos fabulosos en donde antes estaba el cuerno del Unicornio o el vellocino de oro o la piedra filosofal.
A la manera en que en la antigüedad el hombre depositaba en las catedrales la grandeza de su espíritu a los ojos de la posteridad, el hombre del siglo XXI crea fortalezas subterráneas cuyo fin, a la postre, viene a ser hermano del medieval. Antes buscaban a Dios con la elocuencia de la piedra de las catedrales: ahora lo persiguen en la intimidad inconcebible de lo que no se ve, pero existe. En eso, por fortuna, estriba la diferencia más sutil, y también más hermosa, entre los alquimistas de la fe de antaño y los cruzados de las ecuaciones del hoy. Mientras ven cómo galopan bajo la tierra sus lenguas de luz, nosotros abonamos el misterio, sentimos el fragor interno de la duda, que es un bicho terrible cuando se domicilia en el alma y nos elige para sus andanzas.

9.9.08

Estadísticas

Uno de cada cuatro niños en España roza el umbral de la pobreza. Dos de cada cinco es obeso. Uno de cada tres jamás ha leído un libro. Tres de cada cuatro conocen varias plataformas de videojuegos. Todos ven infames horas de televisión. La estadística da escasa tregua a la alegría. Estamos convirtiendo el futuro en un pedregal de fracasados. A la televisión le incumbe parte del mal, pero no conviene representar el mal en su figura totémica. Ese mal no se ataja mutilando el miembro infectado. En todo caso sería la escuela la que formaría un espíritu crítico lo suficientemente sólido y maduro como para entender los mensajes que transmite y extraer de sus contenidos los que en verdad estimulan la creatividad y el manejo racional de toda esa oferta. Por leer un libro o por no ser fácilmente engañado y manipulado por los medios de masas no va a decrecer el número de niños en el intolerable umbral de la pobreza. Ni tal vez exhiban una figura apolínea y derrochen salud en cada gesto. Tampoco hay que criminalizar la realidad ya imparable de los videojuegos. El 20% de la población española es pobre. Entonces, ¿tiene sentido que exista la ps3? ¿Que nos extasiemos viendo a Nadal en Roland Garros? ¿Que discutamos sobre la pertinencia de alienar a Raúl en la selección?¿Es razonable que el gobierno ahombre esfuerzos por sacar una ley del aborto o una sobre la memoria histórica? Aceptando que cualquier de esas dos realidades merecen un máximo de atención, tal vez haya que atajar (antes) problemas de más enjundia social. El hambre. La liviana línea que separa la miseria del bienestar en un país que principiaba (hace pocos años) fulgores y destellos en logros jurídicos, económicos, políticos y ciudadanos y ahora (como tantos otros, no nos engañemos) naufraga en el proceloso oleaje de la incertidumbre. Del caos, dirían algunos. La estadística sentencia. Lo de los niños orillando eso de la pobreza se entiende que sucede en países del Tercer Mundo. Igual éste nuestro, proclamado primero, conserva en su subsuelo extensas capas de tercermundismo. Niños que pasan hambre cerca de tu casa. Televisiones que intoxican al espectador con la previsible ración de miseria ajena que tape, en lo que pueda, la nuestra. Siempre ha sido así. No hemos progresado mucho. Duelen los mismos órganos, pero ahora la prensa se sincera más de lo convenido y suelta estadísticas con la asepsia habitual. Todo muy bien diseñado. Pobres a la carta. Lea usted, señor. Esperamos, en el fondo, que no le hayamos estropeado el desayuno. De usted depende que nuestra empresa no entre en números rojos. Otra estadística. Que vuelva Azcona. Nadie como él para contar estas cosas.

El tren de las 3:10: Bucle, belleza y nostalgia


El western, a pesar de las puyas de las tecnología y del auge de otros géneros que engolosinan más al público semiadulto, que es el que hace caja y el que dirige los patrones narrativos en boga en el cine, sobrevive como puede. Entendido como un viaje iniciático, como una especie de mapa de la épica de la construcción de un país, ha escrito página memorables en los anales de la industria del entretenimiento. Algunas de las mejores películas jamás hechas son westerns y su legión de fans se abastece de la nostalgia y tira de Samuel Fuller, de Sam Peckinpah, de Budd Boetticher, de John Ford o de Anthony Mann, por citar sólo cinco grandes, para ajustar su deseo con la realidad y no sentir que la cartelera le desprecia. En realidad es así.
El último gran film del Oeste, la grandiosa Sin perdón de Clint Eastwood, era (a su modo) un epitafio a la crónica del género. Eastwood rendía cuentas pendientes y tributaba el homenaje de un cineasta fascinado por la poética de un modo de contar historias indisolublemente afincado en el paisaje en que suceden y en la gesta primordial de los hombres que conquistan ese paisaje. De hecho el western clásico, el que sitúa al héroe en su periplo topológico, manifiesta sus códigos y sus vicios, su iconografía adusta y brutal, con pasmosa eficiencia. Sabemos, con muy sucintos elementos, qué nos van a contar con sólo ver al jinete acercándose al pueblo y se nos informa, con también minúsculas claves, la empresa a la que debe entregarse a costa de su vida, pero sin que salga perjudicada su dignidad o su rectitud. Da igual que el héroe haya sido un mercenario o un modesto granjero (casi como en esta película de James Mangold).
Lo que sustancia el relato es la arquitectura moral de su empeño. El viaje que el héroe realiza no suele incluir regreso: siempre hay praderas que fatigar, hogueras que prender en la noche. El héroe del western, como una especie de Quijote, no busca el conflicto, pero es incapaz de renunciar a su participación en su desenlace. Esta trascendencia, en ocasiones, las más, precisa de su bizarro despliegue de violencia, pero a diferencia de la que recorre el cine negro o los blockbusters de acción pura al estilo La Jungla y derivados, la violencia que explicita el western se asienta en razones convincentes, en principios arquetípicos universales como la venganza limpia y sin saña o la supervivencia en un medio hostil, sin dueño, expuesto a la barbarie que supone el nacimiento de toda sociedad. El No man's land. El vestigio fragmentado de un mundo que está creciendo y cuyos novicios habitantes crecen con él. Se entiende que existan ciudades sin ley, pueblos en los que la justicia se manuscribe siempre con caligrafías torcidas, reducidas a litigios sobre menudencias y, sobre todo, donde todo el mundo está dispuesto a medrar y a hipotecar su vida en ese legítimo empeño.
El cine encuentra en el western un material noble y muy digno: enseña valores humanos y combina, sin rubor, la concesión comercial, que es un reclamo indiscutible del género, con la fabricación de un subgénero que, escorado o interno, siempre a la vista si el espectador es cómplice de su semántica, busca el melodrama, el tormento del alma, como le gustaba a Dostoievski, esa desazón dulcísima que conduce al hombre a perderse por amor o por codicia, por la justicia que no se cumple o por la salvaguarda de un código al que jamás renuncia.
El western es un género tan rico que cuando un cineasta mete la pata lo hace estruendosamente. Ahí tenemos fiascos recientes como Rápida y mortal o la incomprensible reivindicación en clave de chanza titulada Wild wild west. Pienso, no obstante, sin mirar a los clásicos de John Ford o del propio Delmer Daves, que hizo este tren a Yuma por primera vez, en Bailando con lobos, la pieza magistral de Kevin Costner, pero tampoco olvido los spaghetti-westerns, inflados de clichés, relamidos de soberbia cinematográfica y al que los lectores de Marcial Lafuente Estefanía se entregaban con absoluto ardor. En mitad de todo este barullo teórico está esta película. Y además lo está con cierto orgullo de producto muy bien hecho.
El tren de las 3:10 es, junto con El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik), la demostración de que la industria de Hollywood es, cuando quiere, nostálgica y da cuartelillo a estas pequeñas andanadas de cinefilia militante. Mangold confía en las convenciones del género. No sólo confía: administra su pulso narrativo conforme al catecismo de la ortodoxia más reconocible. Filma con entusiasmo la grandilocuencia del paisaje y, al tiempo, afina en la voluntad de no perder de vista las relaciones entre personajes. Así Bale y Crowe, entre el estupendo recital de escenas de acción, tienen tiempo para reflexionar sobre la redención y la culpa, sobre el amor y sobre la insobornable capacidad del ser humano para reconocer la valentía y el buen corazón de los demás. Incluso cuando nada incite a buscar ese limbo de buenos sentimientos y de actitudes honradas. Y ese cuidado en la profundidad psicológica de estos dos personajes, el criminal de imposible redención y el granjero responsable que sólo busca dinero para sacar a su familia del fracaso, posibilita que el final del film sea, en su ya demasiado estirada lógica, creíble y uno salga de la sala de cine con la idea (publicable, eso hacemos) de que no ha visto ningún western digno de figurar en hipotéticas listas de clásicos, pero que la película de Mangold es una aire fresco y muy limpio. Puestos a exhibir prejuicios, El tren de las 3:10 es una película más del Oeste. No albergo duda alguna a ese respecto. No enseña nada nuevo, pero hace tiempo que, a falta de novedades, me he propuesto disfrutar con lo que ya conozco.

6.9.08

Che, el argentino: El origen del logotipo



Nunca me fascinó la fotografía del Che. Ni siquiera cuando los libros me contaron las razones del mito. Tenía un amigo que paseaba Córdoba con una camiseta negra en la que estaba la cara desafiante, la gorra calada y la barba desigual. Supongo que tampoco este amigo argumentaba el icono. Nadie le pidió explicaciones, pero de alguna forma todavía hoy (veinte años después) relaciono la figura de Ernesto Guevara con la involuntaria camiseta de mi amigo adolescente. Algo parecido me pasa con la película de Steven Soderbergh: que no consigo abstraer la contaminación de ese icono que se ha ido maleando, escorando de su apresto primitivo para convertirse en un fetiche pop, en (quizá) el fetiche pop por excelencia. Y la cinta, a pesar de su estimable vocación de tributo, no pasa de un documental al que desacredita la hagiografía del héroe de Sierra Maestra, del revolucionario idílico. Tal vez todos necesitemos una revolución, y el argentino en busca de ideales a los que entregar su fiereza moral y su firme voluntad de conducir a los pueblos oprimidos a cierto tipo de nirvana social (luego devenido falso o romántico en exceso) imanta esos deseos y los expulsa, amplificados, convertidos en pura fotogenia, en chapa en una chaqueta, en póster en una carpeta de apuntes de Filosofía. El pobre Che, el Comandante sacrificado por la Historia, terminó fragmentado en dos: el que practicó el marxismo y quiso que los pueblos gestionaran su propio destino y el que iluminó la vacuidad moral e intelectual de varias generaciones que se apropiaron de una imagen y la exhibieron como mercancia. Curioso que el Che Guevara, cruzado anticapitalista, haya entregado su rostro a un inabarcable negocio.
Soderbergh, sobrio hasta el tedio, renuncia al colorido didáctico en el que caen otros biopics (pienso en la fallida, en el fondo, historia de El último rey de Escocia) y enfatiza lo prosaico, la sentimentalidad de un líder, su disciplina ética (censurable y encomiable al tiempo).
Primera parte de un díptico, con Guerrilla finiquitándola, Che, el argentino abruma por lo aséptico de su discurso, por la obsesiva dependendecia de la palabra del biografiado, que navega el metraje como un texto interesante, en ocasiones, pero plúmbeo e irrelevante, en otras: llegó un momento en que me sentí abrumado por la repetición de situaciones, de modelos narrativos que sustentan una historia no muy sencilla de contar, pero que acaba por perderse en deshilachados flashbacks, en brumosos episodios que en poco benefician al soporte dramático de la historia, despeñada en una frialdad innecesaria. A mi amigo adolescente, perdido en el tiempo y en la cartografías de la memoria, igual le ha fascinado este prospecto sobre su camiseta. Si me lo encuentro, se la recomiendo enfáticamente. Por los viejos tiempos, camarada.

5.9.08

La literatura celular: José María Merino hace cuentitos


Metateoría de los cuentitos

Donde se cuenta una teoría de las teorías de los cuentitos en forma de cuentito
José María Merino



La primera sabiduría

La ficción fue la primera sabiduría de la humanidad, cuando la realidad exterior parecía sólo un conjunto de adversidades incomprensibles, hostiles, violentas, la ficción ayudó a entenderla: el sol es una brasa que una mano inocente lanzó una vez al cielo, el viento nos trae la voz de los muertos, la lluvia derrama de repente sobre nosotros las lágrimas perdidas, en los sueños nos habla lo que deseamos o lo que tememos. La ficción fue la primera forma comprensible de la realidad.


La paradoja fundacional

No fue el ser humano quien inventó la ficción, fue la ficción lo que inventó al ser humano, pensó el profesor Souto, y se sintió más acuerdo que nunca.


Las historias de siempre

«Desde que la ficción nos inventó, contamos las mismas historias, una y otra vez. El día que contemos una historia realmente nueva, diferente, nuestra especie ya no podrá llamarse homo sapiens sapiens» Y alguien entre el público exclamó: pues yo creo que eso es una historia nueva, profesor.


Páginas puerta

El profesor Souto, después de pensar tantas y tantas páginas de ficciones, comprendió que eran puertas, y después de cruzar tantas y tantas puertas, descubrió el Jardín Literario.


El Jardín Literario

El Jardín Literario ocupa el mismo territorio que en su día ocupó el Edén. En él habitan miles de Adanes y de Evas, en él hay toda clase de plantas y numerosos árboles de la ciencia del Bien y del Mal. Por él pasea Dios, una vez con tricornio, otras con turbante, otras con solideo, pero siempre con barba blanca. También pasea por allí Zeus y danza Siva, y Manitú afila sus flechas, pero hay ocasiones en que las que ningún dios existe, y se escucha una flauta que entona la melodía de la misteriosa soledad humana. También anda por allí Satanás, a veces en la forma rastrera de la serpiente, otras vestido de rojo, incluso disfrazado de sacerdote, imán o rabino. Hay ángeles acorazados, de espadas flamígeras, y ángelas con los pechos al aire y libros de versos y rosas en las manos. En el Jardín literario conviven todas las identidades humanas y todas las conductas animales. Abundan los héroes y las heroínas, los malvados y las perversas, las gentes abnegadas, traidoras, cobardes, visibles e invisibles. Hay dragones y gatos, leones y cuervos, asnos y águilas bicéfalas, ruiseñores y monstruosos insectos. Las manzanas son allí fruta común, y no sucede nada catastrófico al comerlas, o al menos regalarlas, o al verlas caer de los manzanos.


La historia del corazón

El profesor Souto, a lo largo de sus investigaciones, descubrió que la verdadera historia de la humanidad se encuentra en el Jardín Literario, porque solo allí está la historia del corazón humano, con todos sus latidos, sus pasiones, sus quimeras, sus infartos.


Orientaciones

En el Jardín Literario resuenan los versos y los diálogos teatrales, se habla en todas las lenguas y desde todas las formas de la conjugación verbal. En él se suceden los senderos, las escalinatas, los bosquecillos, las colinas, los estanques, las acequias con sus puentecitos, los cenadores. Está la pérgola de las elegías, el camino de los netos laureados, los parterres de la poesía de la experiencia y el pabellón en cuya columnata se enredan los poemas del conocimiento, las colinas de las novelas totales y la loma de los best-sellers, hacia la parte de los lavabos. A veces hay laberintos, y en ellos pueden encontrarse lectores de mirada extraviada, que ya ni siguiera recuerdan cómo se pregunta por la salida de emergencia.


La glorieta miniatura

En uno de los extremos del Jardín literario, lindando con los alcorques de la leyenda, los macizos de la fábula, los parterres y pabellones de la poesía y las praderas del cuento, se halla la Glorieta Miniatura. Hay muchos que al llegar allí quedan desorientados, porque los relatos diminutos no les permitan ver el inmenso bosque de la ficción pequeñísima.


La ficción pequeñísima

En el inmenso bosque de la ficción pequeñísima, que rodea la Glorieta Miniatura del Jardín Literario, hay también innumerable especies vegetales, y en él pululan hombrecillos y mujercitas, pájaros casi microscópicos y toda clase de objetos y animales de tamaño también muy reducido. Para que os hagáis idea, allí los dinosaurios tiene el mismo tamaño que las musarañas en el resto del jardín. Y cuando la gente se despierta, esos dinosaurios siguen allí.


La obra de una vida

El profesor Souto ha dedicado buena parte de su vida, más de veinticinco años, a l investigación de los especimenes en los alrededores de la Glorieta Miniatura, y su exhaustivo trabajo sobre las ficciones brevísimas alcanza la suma de diez mil y uno caracteres (con espacios), es decir ¡casi siete folios completos!


A primera vista

Uno de los principios de jardinería en la Glorieta Miniatura es que el microcuento más largo y el cuento literario más corto tiene la misma extensión, lo que suele confundir incluso a los especialistas.


La podadera

Para el vigoroso crecimiento del cuento minúsculo es muy conveniente el arte de la poda: hay jardineros enloquecidos que sueñan con conseguir un minicuento que no precise texto, ni título.


De saprofitas

Así como las setas son saprófagas y se alimentan de materia orgánica en descomposición, gran número de relatos hiperbreves se alimentan de materia literaria ya muy macerada por el tiempo y las relecturas. Las variedades de microficciones son tan numerosas como las de setas. Y también es preciso conocerlas lo mejor posible, para no intoxicarse, aunque lo ciento es que nadie ha muerto envenenado por un microcuento.


De simbiosis

Hay entre muchos relatos mínimos una fuerte tendencia a vivir de la energía de la memoria del lector. Esos microrrelatos cobran la figura de una ficción, y el lector pone casi toda la sustancia. En el proceso de lectura, el minicuento segrega un peculiar fluido hipnótico, de manera que tal vez el lector está leyendo algo ya conocido que, bajo la forma de tal minificción, tiene sabor de primera lectura.


De acoplamiento

Los mejores microrrelatos son los que toman tanto como dan: ellos se fortalecen con la memoria del lector, y él se regocija con la nueva apariencia del mito: un toma y daca tan perfecto y satisfactorio como una buena cópula.


Floración repentina

El espectáculo más memorable desde la Glorieta Miniatura es ver cómo florecen las minificciones: a cualquier hora del día y de la noche, con lluvia y con sol, bajo la helada y contra el viento, abren imprevisiblemente sus pétalos de infinitas formas y colores, y los vuelven a cerrar casi antes de que el curioso pueda advertirlo claramente. Hay que tener buena vista, y paciencia.


Sobre velocidad

¿Relatos vertiginosos, ficciones súbitas, cuentos fugitivos? De acuerdo, pero el buen microrrelato debe moverse con mucha rapidez mientras permanece inmóvil.


Minicuentos carnívoros

Ojo, entre las formas de la ficción brevísima hay algunas carnívoras, que llegan a morder. Pero solo se las puede identificar desde la experiencia. Lo mejor es no acercarse. Si las ves muy hurañas, da un rodeo.


Otras especies

Aparte de las especies más comunes, hay minificciones aerófagas, y pirófagas, y otras que viven en el agua y del agua, y otras del gusto de reír, y otras del gusto de sufrir, porque los posibles nutrientes son innumerables. Un minicuento podría brotar incluso en este mismo texto, si es que no ha brotado ya.


Mutaciones

También las mutaciones son interminables, y solo el talento del jardinero, que también debe saber lo suyo de biología, permite que encontremos un minicuento nuevo y sorprendente en eso que tantas trazas tiene de aquel relato brevísimo que nos deslumbró una vez, y que acaso escribió un tal Chuan Tzu hace cientos y cientos de años.


Hibridaciones

Lo más sorprendente del jardín de los microcuentos es que son capaces de polinizarse, o diseminar sus esporas, para conseguir infinitas hibridaciones. Un poema acaba fecundando a una fábula que pone un huevo en forma de aforismo y termina con un beso ávido o una puñalada entre los protagonistas. Muy difícil encontrar los patrones de comportamiento, las pautas biológicas y reproductoras: así hablaba el profesor Souto.


Una mordedura

Investigaba las especies del Jardín Literario: los ecos del cenador de los monólogos lo ensordecían, el rincón de las elegías le producían algo de alergia, solía ortigarse en la glorieta de los sonetos, en el sendero de la poesía de la experiencia daba demasiado el sol, a veces le sofocaba el intenso aroma de las novelas totales, le aburrían cósmicamente los best sellers. Solía descansaren uno de los prados que rodean la Glorieta Miniatura, entre los relatos brevísimos, pero un día se quedó dormido y un minicuento carnívoro le mordió en el brazo. La mordedura se infectó, y quedó manco. Así fue como se le ocurrió escribir el Quijote más breve del mundo.


Historia de Don Quijote

En un lugar de La Mancha vivió un ingenioso hidalgo y caballero que estuvo a punto de derrotar a la Realidad.


Corpus y Canon

Perseguido por el Canon, el Corpus llegó a un callejón sin salida.—¿Por qué me acosas? —preguntó el Corpus al Canon—. No me gustas— añadió.—El gusto es mío —replicó el Canon, amenazante.


Sin título I.

El IV Congreso sobre Minificción comenzó en la tarde del día 8 y terminó en la mañana del día 6. Los asistentes se sintieron confusos, porque les parecía que se había desarrollado con demasiada rapidez.II.—Si supieras lo que he menguado —dijo el relato, y terminó-


Genética

Microrrelato se casó con minificción y tuvieron muchos minicuentos pero todos les salieron bobos, menos uno al que llamaron Cuentín.


Vida de hotel

Tu cuerpo se refleja en le espejo del cuarto de baño, el rostro borrado por el vaho. Temes que el vaho se despeje.


Final infeliz

Un cuentín y una cuentina se encontraron en una mesa redonda y se escaparon juntos, pero un profesor los logró atrapar de nuevo y los devolvió a la antología. A ella la puso en la jaula de las minificciones y a él en la de los microrrelatos. Nunca más volvieron a encontrarse.


Plaga

En poco tiempo, la casa se le llenó de microrrelatos. Se multiplicaban incesantemente, y empezaron a ser muy dañinos en la biblioteca. Ni trampas ni venenos pudieron exterminarlos, y tuvo que trasladarse a otra vivienda. Ahora cree que sus libros están a salvo, sin saber que miles de microrrelatos están rodeando la casa y que nada podrá evitar la invasión.


Sorpresa peligrosa

Luisa Valenzuela nos dijo que acaba de descubrir que «funicular» era un verbo. Al escucharla, el tren acostumbrado a bajar y subir en una aburrida e interminable rutina, sintió tal sorpresa que se detuvo un instante en mitad de la pendiente. Si no hubiese recuperado instantáneamente el sentido del motor, hubiéramos caído marcha atrás, cuesta abajo, y seguro que habríamos quedad todos completamente funiculados.

Altos designios

Inspección general del universo. En el sistema solar, encuentran al tercer planeta hecho un desastre. «Estos bichos lo han llenado todo de porquería», dice el Espíritu Santo. «Habrá que limpiarlo», replica el Hijo. «De acuerdo. Desde mañana, Cambio Climático», ordena el Padre.


Pie
De soltero ha pasado a solterón y está bien acostumbrado a dormir solo. Una noche lo despierta la sensación de un contacto insólito, uno de sus pies ha tropezado con la piel cálida y suave de un pie que no es suyo. Mantiene su pie pegado al otro y extiende su brazo con cuidado para buscar el cuerpo que debe de yacer al lado, pero no lo encuentra. Enciende la luz, separa las ropas de la cama, allí dentro no hay nada. Imagina que ha soñado, pero pocos días después vuelve a despertarse al sentir de nuevo aquel tacto de suavidad y calor ajeno, y hasta la forma de una planta que se apoya en su empeine. Esta vez permanece quieto, aceptando el contacto como una caricia, antes de volver a quedarse dormido. A partir de entonces, el pequeño pie viene a buscar el suyo noche tras noche. Durante el día, los compañeros, los amigos, lo encuentran más animoso, jovial, cambiado. Él espera la llegada de la noche para encontrar en la oscuridad el tacto de aquel pie en el suyo, con la impaciencia de un joven enamorado antes de su cita.


Final no sexista

Abejas y abejos, ardillas y ardillos, arañas y araños, cigarras y cigarros, focas y focos, golondrinas y golondrinos, jirafas y jirafos, lampreas y lampreos, langostas y langostos, merluzas y merluzos, morsas y morsos, moscas y moscos, nécoras y nécoros, nutrias y nutrios, ranas y ranos, ratas y ratos, truchas y truchos, urracas y urracos, os saludo a todas y a todos, y os vaticino que, tal como se están poniendo las cosas en este planeta, tenéis los días contados.



Textos fruto del latrocinio del libro de José Mª Merino, La glorieta de los fugitivos. Minificción completa. Páginas de Espuma, Madrid, 2007
Microcuentos, breviarios de la imagínación, cuentitos (como Merino escribe), en todo caso, un placer absoluto que debe leerse con reposo y distancia, sin agotarlos en un arrebato causado por el deslumbramiento. Entonces se produce el prodigio de la literatura.

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