31.8.08

Los reyes del mambo miran el cielo americano


Hay cosas que ocurren que desalojan la posibilidad de análisis. Bush no va al congreso republicano porque el huracán que asoma por el Caribe y que amenaza New Orleans puede aupársele a las barbas y desmontar el tinglado electoral. Estas cosas pasan en las convenciones yankis. Ahora los candidatos olvidan la trifulca de los votos y arriman el hombro en las calles. No conozco político que no se pringue en el trato humano. Da rubor ver a algunos enmarañados de gente, repartiendo sonrisas y exhibiendo el buenrollismo ideal para que, al menos, a ese público no se le crucen los cables y les enfanguen las perspectivas de voto. Sin rebajarnos a los tejemanejes de la política americana, de la que soy un absoluto ignorante, la impertinencia de los huracanes puede hasta volcar una campaña. Es la hora de los equipos de márketing. La contrafigura de la felicidad en términos de democracia viene en forma de incontigencia atmosférica. Parece, en el fondo, el argumento de cualquier película. El cine rastrea la realidad hasta encontrar el filón cómplice, el que lo eleva a la dimensión del arte o lo entrega (no digamos rebaja) a la condición de negocio, pero en ocasiones es la realidad la que parece una ficción cinematográfica. Ya que a todo le saca Hollywood beneficio narrativo, habrá en este cataclismo vaticinado (esperemos que algún dios caprichoso y rudimentario sople y lo devuelva al mar, en fin, quede aquí mi inocencia bien plasmada) suficiente material como para montar un blockbuster al uso o un docudrama, una de esas historias de fuste en las que el espíritu filantrópico, a lo Capra, aborda la miseria humana y la inviste de dignidad de modo que el espectador, que es la quintaesencia del votante, sale robustecido de moral, inflamado de patria, íntimamente convencido de la bondad de la naturaleza humana.
Obama y McCain, o al revés, si el amable lector así lo considera, están reescribiendo los discursos, la galerada de sentencias. Idílicamente, claro. Lo normal es que algún gabinete de prensa, algún caterva de genios de la prosa incendiaria, se los preparen para que ellos, actores portentosos, declamen y levantan las pasiones que suelen. Sólo hay que ver la convención demócrata, la que ha corroborado el nombramiento de Obama como presidenciable. Es un espectáculo de una sofisticación tan inmensa que las citas de ZP y de Rajoy con sus fieles en plazas de toros y en pabellones deportivos son algaradas infantiles, reuniones de amigos alrededor del líder que los conduce al maná y a la suprema dicha del voto. La oratoria de estos días se contagiará de humanismo, rebajará la acritud habitual y orillará la sentimentalidad, el flanco emocional, que es al que se apela cuando un político desbroza su arenga desde el púlpito que le han edificado. Hasta es posible que la inclemencia de Gustav, el huracán que ahora remueve la dictadura de Castro y su ya fragilísima población, saque de los contendientes su más eficiente perfil, el más poético tal vez. Estas cosas sólo pasan en los Estados Unidos. Y en dos años, en tres, a lo sumo, película para Navidades. Calidad en el elenco hay como para bordar la fábula. Mientras no dirija Michael Bay, yo me pensaría pagar el peaje cultural de la entrada.

Espuma de agosto, dos / Plan B a flote




1
Pensé en quedarme a vivir en un verso de Gil de Biedma, pero luego entendí que no me ofrecía vivienda sentimental más allá del deslumbre primero. Como cuando de pronto vas por la calle y un rostro te conmueve al punto de perder un estribo moral. Como si te afectara la belleza y fuese irrenunciable el deseo de aprehenderla y registrarla en la memoria o en un gesto. En ocasiones los libros ofertan esa ficción, una excursión al territorio benéfico de la incertidumbre, un periplo emocional, cuál no lo es.


2
Resaca de agosto. Ya no hay resina en el aire ni humo de barbacoa. Hemos agotado la reserva de cerveza. Tenemos el estómago estragado. El plan B dicta que es posible la redención doméstica, pero lo malo es que exista ese plan B cuando lo idílico hubiese sido continuar el éxtasis vitáminico, la ingesta masiva de antidepresivos en forma de libros en una tumbona o fresquito por la noche bajo el cielo de la sierra de Málaga, que cumplió con creces la función que le encomendó mi entusiasmo veraniego. Cerramos temporada. Mañana regresamos al trabajo. No hay que activar alarmas. De hecho no tengo argumentos sostenibles para la queja. Llevo dos meses de holganza. Me da casi pudor exhibir la estadística de días entregados al insobornable placer de desconectar del trabajo. Mañana (insisto) conecto, pero volveremos con más músculo semántico al blog, que he desatendido un poco. Volveremos al fútbol televisado, a ver más cine, a la rutina convertida en plácida compañera de viaje. La vida es la que siempre se escapa en estos argumentos.

Hellboy 2, El ejército dorado: La flaqueza del genio


A Del Toro Hellboy 2, El ejército dorado se le ha ido de las manos: ha metido con calzador (uno pueril y contaminado de vicios antiguos) su iconografía fantástica, que sigue siendo apabullante, delirante, de una contundencia visual absolutamente brillante, pero sin acomodar la narrativa, sin apuntalar el discurso cuentístico, que en la primera entrega funcionaba meridianamente. Pareciera que el director mejicano ha virado a la grandilocuencia sin mirar (como solía) el texto que la tutela. Uno puede encontrar una variada lista de razones que sustentan esta pequeña caída. La sombra de El laberinto del fauno sigue siendo alargada: de hecho hay una intersección de intenciones, una visible vocación de ayuntar la sustancia lúdica de ambas. El universo de insectos, hadas, en fin, las criaturas de la fantasía pura que habitaban los bosques de la tenebrista (en el fondo) El laberinto del fauno continúan aquí, amplificados, conducidos con brío, pero lo que allí era una consecuencia del entramado literario, aquí es un eficiente capricho de autor, un exabrupto vistoso que empapa la cinta de modo que es posible que no advirtamos el fracaso casi total de su modelo cinematográfico.
En Hellboy 2 se fuerza tanto el componente pictórico que ese estiramiento forzado, fingido en cierto modo, lastra (casi) todo lo demás. No es sólo que el mal esté dibujado de una manera zafia, esquiva, tímida: es que no se advierte una construcción racional de los personajes, aunque haya escenas de impacto, de un humor limpio que fuerzan una complicidad que agradecemos. Ahí están los dos freakies de turno (el anfibio sabelotodo, Abe Sapiens, y el tozudo Rojo, sentados en una escalinata de una regia biblioteca, vaciando latas de cervezas y cantando una melodía ya casi vintage de Barry Manilow. Cosas del amor fou.
Por lo demás, la historia que cuenta es anecdótica: se pervierte después del engolosinado introito, casi lo mejor del film, para ceder a los imperativos de la tecnología. A Del Toro no hay quien le censure la componente infantil, ese reducto inflado de héroes de cómic, seres de submundos súbitamente liberados o épica al más puro estilo Tolkien (al que rinde sincero tributo en una buena parte del film). Diríase de el bueno de Guillermo, convertido en una especie de Lovecraft pulp, de serie B aristocrática, ha reclutado mitologías de imaginería vistosa y ha batido el mejunje para que salga algo. Siendo un chico de talento, no podía salir un engendro, pero ha faltado poco, y eso, en un director al que admiramos, se tarda en perdonar.
Del Toro ama a sus personajes por encima de cualquier otra apreciación formal: los mima con embeleso, les da aplomo y les conforta con cierta dignidad. Y es a los seres marginales, a los mosntruos que fatigan sus fotogramas, a los que les afina con más corazón las cuerdas sensibles. El ser humano no le preocupa lo más mínimo. Está más en el empeño de rastrear inframundos, universos paralelos (que aquí translada sin excesivo empeño al alcantarillado de Manhattan) que acaban por obsesionar al autor de modo que olvida lo real, las localizaciones a pie de calle (que casi no hay), los pactos tácitos con un espectador que desea, al tiempo que tralla visual, cierto empaque discursivo que, insisto las veces que haga falta, aquí flaquea de un modo a veces insoportable, sobre todo en el último tercio que es, curiosamente, el mejor resuelto plásticamente, el que más deslumbra.

22.8.08

La ética del pan con circo


Hay voceros del dolor ajeno que se amparan en la formas y en el protocolo. Las condolencias poseen una sintaxis precisa y no dudo que existan cursillos avanzados o carreras universitarias de largo recorrido en la que uno pueda licenciarse en esas maneras asépticas, en ese control absoluto del tiempo y del espacio. Hace falta un trallazo de dramaturgia, otro de fotogenia. El resto corre por cuenta del espectador. Una vez que el veneno de las palabras ha sido inoculado es muy difícil extirparlo fácilmente. Por eso la cultura es el mejor antídoto. Sirve para parar en seco el avance de las tropas enemigas y no permitir que se cuelen en nuestras trincheras. En cierto modo la cultura es una especie de atrincheramiento moral. Está uno ahí bien abastecido de detectores de mentiras, de antiobióticos psicológicos contra las tropelías de la injusticia, de bálsamos intelectuales contra la garrula irrupción de la barbarie. Viene esto al caso de cómo unos medios de comunicación abordan los desastres de una forma o de otra. Se trata, en el fondo, de cuidar las formas y el protocolo. De vocear el dolor ajeno, pero con tacto; de acudir al eufemismo sin ofender a quien escuche: a quien, probablemente, tiene una hija entre los amasijos del avión siniestrado, a quien ha perdido una hermana y está lampando porque alguien lo mime y le entregue, sin trucos, sin doblez, el lenguaje perfecto de la ternura y de la solidaridad. En ese sentido, hay políticos solventes que disponen de recursos sobrados para no molestar en momentos tan frágiles. Otros, en fin, entran a saco en la escena y destrozan (más todavía) la vida de los damnificados. El portavoz de Spanair tiene un trago: uno del tamaño del "incidente". Viva el eufemismo. Pero los medios de comunicación deben saber capear con profesionalidad la gestión del contenido retransmitible. No basta que se pleguen a la exigencia jurídica de que no emitan imágenes ofensivas, explícitas. No basta que los locutores exhiban el pudor de manejar información tan delicada. En esto, los presentadores de las cadenas televisivas (sobre todo) han sido pulcros y éticos, limpios de corazón y de palabras, pero otros (en todas las cadenas, dependiendo del tirón de share) han caído en la aberración de meter el micrófono en la cara del que sufre. Todo para que el consumidor (la desgracia también se consume, no crean) contemple en casa, bien apoltronadito, el show completo, el dolor ajeno en alta definición. Es imposible, he querido decir inadmisible o inaceptable, que en algunas tertulias hayan podido estar horas dándole vueltas a un material precario a las pocas horas de saberse el suceso. Es inmoral que haya que informar a pesar de no poder hacerlo realmente. Es en ese limbo periodístico en donde se produce la perversión del oficio. Hasta hay quien tira de recursos untados de alucinación y proclama que Zapatero tiene la culpa. Igual la tiene la Conferencia Episcopal o el Comité Olímpico o la madre que parió a todos los obreros del disparate. Todo sea por la bendita pasta. Por la audiencia. Por dar pan y circo al pueblo.

21.8.08

Bolaño por Bolaño



I
Lo elegante es leer, decía Bolaño en Bolaño por sí mismo, un libro publicado por la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile.
Y sigue: Uno decide ser escritor en un instante de locura total. Escribir no es normal. No creo demasiado en la escritura. La literatura es un ejercicio aburrido y antinatural. Los escritores no sirven para nada. La literatura n sirve para nada. La literatura, sobre todo en la medida que se trata de un ejercicio de cortesanos, de cualquier especie y de cualquier credo político, siempre ha estado cerca de la ignonimia, de lo vil, y también de la tortura. La literatura se instala en el territorio de las colisiones y los desastres, en aquello que Pascal llamaba, si mal no recuerdo, el paréntesis, que es la existencia de cada individuo, rodeado de nada antes del principio y después del final. Sin sueños no hay literatura. Lo más probable es que la carencia de sueños en una vida conduzca a la locura. La relación del arte con el mal es numerosa. Artaud decía que escribir era una marranada, que todos los escritores eran unos cerdos, sobre todo los de ahora. Lo suscribo. En literatura es casi imposible mantenerse a salvo. Todo mancha. Supongo que hay novelistas que piensen lo contrario. Dios les conserve su candor o su estupidez por mucho tiempo. A la literatura se llega por azar, como se llega al sexo: movido por cierta curiosidad de algo que no conocems. Para un escritor, más importante que los viajes es tener una buena biblioteca, saber algo de sintaxis y tener la suficiente lucidez para reconocerse a sí mismo como valiente o cobarde. Un escritor puede ser muy bueno sin haber viajado nunca en su vida. Es más, sin haber salido de su casa. Lo que es necesario para escribir es ser un muy buen lector.
II
Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.

1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.
2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.
3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.
4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.
5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.
6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.
7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!
8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.
10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.
11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.
12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo
.

20.8.08

Hancock: Rústico, zafio y entretenido



Más que una apología al uso del superhéroe como arquetipo, como depositario de una épica que aspira a crear un modelo creíble, legendario y dotado de la capacidad de cautivar el imaginario adolescente, Hancock reclama una visión frívola, profana, indiscutiblemente adictiva, pero privada de cualquier lirismo, incluso escasamente interesada en formular el rol del malo, que aquí no es importante en absoluto.
En Hancock hay un desacelerado y deslavazado curso de heroicidades que no lo son, una forma de hacer cine que, a merced de la siempre golosa taquilla, pretende (sin conseguirlo enteramente) abrir una franquicia al margen de las ya contrastadas, nítida en su interés por ganarse un público talludito y entregada sin pudor a generar escenas lo suficientemente vibrantes como para, a golpe de tráiler, ganarse el afecto de la chiquillada.
Tal vez esa ambición lastra casi por completo el resultado final: su discurso no termina por convencer a ninguno de esos dos dignos segmentos del siempre respetable público. El calamitoso superhéroe que borda Will Smith nace de una idea portentosa: deconstruir al superhombre, desprenderlo de su aureola de bondad y arrumbarlo a un territorio cochambroso, más afín a la prosa sórdida de Charles Bukowski que a la limpieza gráfica de Stan Lee. El héroe alcoholizado, parco en recursos lingüísticos, ensimismado, no está seriamente explicitado: se le despoja de toda esa aureola legendaria y se le adscribe a un modelo de reciente implantación en el cine que consiste en parodiar el género, pero sin entrar en la vulgaridad.
Hancock es un exabrupto humorista con presupuesto fastuoso que abre una franquicia interesante, desprejuiciada y vocacionalmente limpia de todos esos clichés que oxidaban el género y lo arrumbaban al exclusivo consumo de gourmets adolescentes. En su contra, Hancock exhibe un desprecio absoluto por la osadía de sus contenidos: el superhéroe crápula, alcohólico, pasota y hasta bohemio merecía (tal vez) mejores manos. Berg se pierde en géneros sin redondear la valía de ninguno enteramente. Justo cuando parece que la historia toma un hilo de justeza y brillantez se deshilacha en exceso. Cuando más a gusto estamos en la originalidad y en esa moralidad turbia que parece empapar el sustrato más visible del film, Berg destroza nuestro entusiasmo con súbitos experimentos melodramáticos, apocalípticos y, sobre todo al final, inverosímiles.
Tan agradablemente se ve como presta se olvida. Y eso, en verano, tal vez sea suficiente para darle un timorato, pero inexcusable aplauso.

Continuidad de los parques, Julio Cortázar


Continuidad de los parques
Julio Cortázar


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.




A modo de posdata al cuento:

No hay un solo cuento ajeno en El espejo de los sueños, pero tras haber releído Continuidad de los parques (cuántas veces ya, Emilio) he decidido abrir una excepción. Es muy probable que sea uno de los primeros cuentos que yo haya leído y que me hayan impulsado a escribir. Es uno de esos cuentos que uno desearía saber de memoria. De hecho hubo un tiempo en que me soltaba en las primeras líneas. Hasta manuscribí una noche en un bar en San Fernando, en Cádiz, una continuación al cuento de Cortázar. El atrevimiento no resistió un solo día de vida y me prometí no investirme de osadía en ninguna otra circunstancia. Debió ser la ebriedad, sin duda. Hoy, años después, me acuerdo del cuento y de cómo lo leí. Era una edición de Cátedra prestada. El libro viajó mucho y hasta me preocupó la forma en que me privaba de leer otros. Así funcionaba entonces mi enamoramiento de las letras. Cogía un autor y lo recorría entero. Nunca perdí el amor por Cortázar, pero lo abandoné casi con la certidumbre de que volvería, con más fiereza, a sus trampas y a sus atajos de lo real. Este cuento es una pieza magistral. Una obra antológica. Que lo disfruten.

Cortázar habla sobre Borges


I
"... Borges pronunció una conferencia en Córdoba sobre literatura contemporánea en la América latina. Habló de mí como un gran escritor, y agregó: 'Desgraciadamente nunca podré tener una relación amistosa con él porque es comunista'. Cuando leí la noticia en los diarios, me alegré más que nunca del homenaje que le rendí en La vuelta al día... Porque yo, aunque él esté más que ciego ante la realidad del mundo, seguiré teniendo a distancia esa relación amistosa que consuela de tantas tristezas. Me temo que esa posición no sea entendida por los que cada vez pretenden más que el escritor sea como un ladrillo, con todas las aristas a la vista, el paralelepípedo macizo que sólo puede ajustarse a otro paralelepípedo. No sirvo para hacer paredes, me gustan más echadas abajo..."


de carta a Fernández Retamar del 20 de octubre de 1968

II
".... En principio soy -y creo que lo soy cada vez más- muy severo, muy riguroso frente a las palabras. Lo he dicho, porque es una deuda que no me cansaré nunca de pagar, que eso se lo debo a Borges. Mis lecturas de los cuentos y de los ensayos de Borges, en la época en que publicó "El jardín de senderos que se bifurcan", me mostraron un lenguaje del que yo no tenía idea (...) Lo primero que me sorprendió leyendo los cuentos de Borges fue una impresión de sequedad. Yo me preguntaba: '¿Qué pasa aquí? Esto está admirablemente dicho, pero parecería que más que una adición de cosas se trata de una continua sustracción'. Y efectivamente, me di cuenta de que Borges, si podía no poner ningún adjetivo y al mismo tiempo calificar lo que quería, lo iba a hacer. O, en todo caso, iba a poner un adjetivo, el único, pero no iba a caer en ese tipo de enumeración que lleva fácilmente al floripondio..."


de "Los cuentos: un juego mágico", entrevista por Omar Prego Gadea; La fascinació;n de las palabras; 1982/83

III
"El humor de Bioy, por ejemplo, me gusta mucho porque, al igual que el humor de Borges, es de directa raíz anglosajona (...) Bioy y Borges, rechazando como rechacé yo eso que los españoles llaman humor y que no es nada más que el chiste macabro y, en general, de muy mala calidad, han sabido meterlo en la estructura mental y lingüística del español y darle una especie de derecho de ciudad que le quita, digamos, el fondo anglosajón y lo vuelve perfectamente argentino y latinoamericano. En ese sentido yo encuentro una gran afinidad de mi propio humor con el de Bioy y con el de Borges."


de "Julio Cortázar, lector"; entrevista por Sara Castro-Klaren; 1976

IV
"... en la actualidad, cada vez que se menciona a Borges inmediatamente la gente se divide en bandos perfectamente diferenciados... En América latina, diría yo. En otros lugares se lo conoce como escritor; y lo que pasa en América latina es que en estos últimos años, además de su trabajo como escritor, hemos conocido los puntos de vista geopolíticos de Borges. Esto ha creado con respecto a él un antagonismo manifiesto de parte de mucha gente que no puede aceptar cierto tipo de declaraciones hechas por alguien cuya palabra tiene tanta repercusión en el interior y en el extranjero. Yo personalmente no puedo aceptar que diga, por ejemplo, que el único defecto de Estados Unidos es haberle dado educación a los negros. Sin embargo, Jorge Luis Borges ha escrito algunos de los mejores cuentos de la historia universal de la literatura. El escribió también una Historia Universal de la Infamia."


de "La vuelta a Julio Cortázar en 80 preguntas"; entrevista porHugo Guerrero Marthineitz; 1973

V
"... La gran lección de Borges no fue una lección temática, ni de contenidos, ni de mecánicas. Fue una lección de escritura. La actitud de un hombre que, frente a cada frase, ha pensado cuidadosamente, no sé qué adjetivo ponía, sino qué adjetivo sacaba. Cayendo después en cierto exceso que era el de poner un único adjetivo de tal manera que usted se caiga un poco de espaldas. Lo que a veces puede ser un defecto."


de "Cita 4" del especial de La Maga

18.8.08

Love over gold



»Me gusta el entretenimiento de masas. Yo mismo he escrito entretenimiento de masas. Pero es lo contrario del arte, porque la función del entretenimiento de masas es seducir y adular a los consumidores, para transmitirles la idea de que aquello que consideran cierto es realmente cierto, y que sus gustos y su gratificación inmediata son la máxima prioridad para el proveedor. La función del artista, por el contrario, es decir: ¡Un momento! Al contrario, todo lo que habíamos pensado es incorrecto. Debemos revisarlo.»


David Mamet

17.8.08

Los trabajos de Hércules




Alguien escribió una vez que Dios inventó las guerras para que aprendiésemos geografía. Kosovo. Osetia del Sur. Lo malo es que la lección termina cuando aparece el hombre del tiempo y proclama su vaticinio digital. No queda después casi resto de la barbarie que nos han programado para el almuerzo. Si terminamos el plato en la mesa es porque sabemos mantener una distancia con lo que no nos afecta. Y Osetia del Sur nos afecta poco, a qué engañarnos. Puede que las campanas, como decía el novelista, doblen por mí, pero me pilla lejos el tañido y sólo me van a reclutar cuando salpique mucho el desastre. De momento, vivimos a salvo, refugiados en la lluvia de medallas de los chinos y los americanos, al amparo de la sonrisa boba de Michael Phelps y la proeza titánica de Rafa Nadal. Ahí residen los héroes de la patria moral de cada uno. Ya no quedan patrias de las otras. Todas las banderas del mundo las manufacturan en China, como escribía una vez El Roto. Precisamente en China. No sabemos cuándo murieron realmente. La cosa de la globalización ha fundado el territorio mancomunado de la alegría indiscriminada. Importa escasamente que el atleta sea armenio o de las Antillas Holandesas. A vimos el prodigio de Usain Bolt, ese jamaicano de 21 años que carece de picardía y todavía bromea con las cámaras y se toma correr como un juego. El que emula al viento, brazos abiertos, mirando a la platea para ver qué cara pone el respetable con su hazaña. Su récord del mundo en la prueba de cien metros testimonia el triunfo del talento natural. Todos quisiéramos que existiesen superhéroes. El mundo espera que alguien se marvelice, adquiera poderes ultraterrenos y flanquee las limitaciones del tiempo y del espacio, impartiendo justicia y creando (sin la parafernalia y la liturgia habituales) una religión, una más pop que mística, fundamentada en cuatro o cinco verdades incontestables. Una de ellas podría ser la necesidad en creer en alguien al que admiremos profundamente. Sin argumentos. Sin interponer entre las fascinación y la cordura ninguna trinchera. Luego veremos si hay moral o hay ética o hay devoción pura y dura. De momento interesa la fe. No tenemos fe en Osetia del Sur, en sus gentes, en su dolor ametrallado en prime time, pero somos capaces de notar una oleada mágica de satisfacción cuando Phelps se cuelga el octavo oro o Gasol se cuela por la defensa yankee y hace dos puntos inservibles.
El resto de la historia no difiere del resto de las historias de todas las guerras que hemos leído o nos han contado. El villano se confundirá con el oprimido. El derrotado siempre encuentra en el fragor de la contienda argumentos para justificar el dolor y las pérdidas. El hombre es capaz de sobreponerse siempre y es capaz de hacerlo con portentosa eficacia. Por eso existe Phelps: para que de alguna forma entendamos que la esencia del ser humano, allá donde esté, es noble y está bendecida por los astros. Que debajo de la costra de miedos y de odios con la que las milicias del mundo se embadurnan el rostro y los gestos sobrevive el genio del hombre, su inmarcesible voluntad de superarse y franquear, aunque sea a base de rebajas en un ridículo cronómetro, barreras antaño imposibles. Me imagino qué estupendo sería que los gobiernos imitasen a los atletas y se impusiesen empresas de esa envergadura moral. Porque el deporte es un asunto de una moralidad absoluta y establece, con sus reglamentos y sus pequeñas guerras simbólicas, escenarios espléndidos para practicar el desarme total. Al fin y al cabo, Phelps, Nadal, Gasol o Bolt son superhéroes, pero no lo saben y siguen desafiando a Hércules.

15.8.08

La momia: la tumba del emperador dragón: El cine convertido en parque temático


Sería injusto vapulear un sencillo, aunque bien untado de presupuesto, proyecto como éste: la franquicia de las momias se puede convertir, al paso, en un lindo pack en alta definición que entusiasme al comprador compulsivo en las navidades o que satisfaga el espíritu coleccionista de cualquier cinéfilo con ínfulas pulp. Mientras tanto la idea de Stephen Sommers continúa siendo un producto rentable, entretenido y válido para ocupar un segmento de la cartelera que, cuando falta, se echa de menos y que siempre suele apalizarse cuando está. Así que aplazamos hasta mejor ocasión ese acto noble de reducir el cine comercial a cine vacuo (puesto que en ocasiones así se escribe) y toca hurgar las bondades del género. La momia: la tumba del emperador explora con solvencia el territorio lúdico de las ensoñaciones infantiles y lo adorna con los prodigios de la técnica infográfica para ocultar carencias a base de trallazos de hi-tech.
El tiempo ha borrado la frescura de la primera entrega y ha fatigado el arquetipo: ya no entramos en el juego como antaño porque el modelo ha quemado sus hallazgos y transita (como un zombie vestido de Armani) por la oferta veraniega con confianza en el éxito. Esta tercera andanada no aporta nada nuevo: se limita a reformar el atrezzo de las dos anteriores y forzar un exotismo oriental vistoso, fascinante en ocasiones, que hace que el metraje (sin alcanzar ningún entusiasmo) se deje ver y disculpe la indulgencia narrativa, la flaqueza en el discurso. De hecho, inevitablemente, uno mira la última obra de Spielberg, su flamante Indiana Jones, y comprende la diferencia que existe entre el artesano que maneja con primor los elementos del imaginario fantástico (Steven) y quien maneja los hilos con mediocridad, sin que su personaje (Rick O'Connell) logre fidelizar al público al modo en que Indiana Jones lo hace. A lo que Rob Cohen, director de este capítulo, aspira es a desentonar lo menos posible. A lo dicho, forzado este cronista a buscar el lado amable de lo que debe ser amable, cómplice del efecto balsámico/refrescante del cine como inyector de evasión, entiende que la cinta encantará y desilusionará a partes iguales. De lo que se resiente este paquete de palomitas dinámico es de su falta de riesgo. Eso de apostar por un modelo contrastado puede provocar el delirio del espectador menos exigente, el que lampa porque pasen los dos veranitos de rigor y la productora se ponga en marcha para la siguiente historia. Perú, a lo visto, espera...

La coz ilustrada

En algunos cuentos de Jorge Luis Borges, los personajes alquilan quintas de espaciosas habitaciones en donde no es imposible encontrar ejemplares de la Enciclopedia Anglo-Americana. Los pisos que se alquilan hoy en día carecen de este encanto libresco y únicamente podemos aspirar a que alojen revistas dominicales atrasadas o novelitas rosa de tomo amarillento que, al gusto de los inquilinos o al albur del azar, han quedado abandonadas, a beneficio de las inclemencias del olvido, ofreciendo su alquimia de pasiones y de fugaces momentos de felicidad a quien habite la pieza.
Sorprende siempre cierto rasgo intelectual - o meramente estético - en el mobiliario arrumbado en las habitaciones. Tiro de ejemplos: un Paul Klee evidentemente falso, un disco rayado de arias de Verdi, un mantelito con blondas que prefiguran olas. Hay quien interroga el asombro ajeno con estos objetos singulares. Mi amigo Gustavo Monteagudo, que murió días después de que un caballo alocado la coceara la cabeza, gustaba asistir a las presentaciones de libros. Como no tenía familia cercana ni amigos lo suficientemente íntimos - yo nunca lo fui, en realidad - imagino que en su pisito de alquiler habrá evidencias de sus gustos literarios. Le excitaba sobremanera que un amigo le pillara embutido en su sillón, frente al ventanal, distraído en Baudelaire o en Rimbaud.
Nunca sabremos si los leía o no: jamás hablaba de literatura, pero no había ocasión en que no llevase un libro bajo el brazo o tuviese alguno intencionadamente abandonado en el taquillón de la entrada a su piso o encima de la cama. El caso era que supiésemos que leía y, sobre todo, qué leía (y luego dicen que las tildes carecen de importancia).
El salto a los filósofos nórdicos requería de una situación especial. Una vez se llevó una "Exégesis del pensamiento cartesiano" de un autor noruego de apellido imposible al velatorio de una tía suya. A fuerza de cuidar con detalle estos exabruptos, Monteagudo acabó muy sobrado en lo que podríamos nombrar como "cultura erudita". Un día nos desarmó con una reflexión agudísima sobre la influencia de las escuelas pictóricas vienesas en el cromatismo de Picasso o cómo cierto viaje a la Italia profunda abrió a E.M.Foster un mundo de nuevas y exquisitas sensibilidades que, a la postre, inundaría su abundante obra literaria. Y yo sólo había visto las adaptaciones cinematográficas de James Ivory en cine, qué vamos a hacerle.
Este conocimiento no requería lectura alguna ni se garantizaba que Monteagudo discerniera entre un Monet y un Tolousse-Lautrec o alcanzara a percibir el sutil sentido del tiempo en Proust, ya saben, el café, la magdalena, todo eso que todo el mundo, sin leer a Proust, conoce de antemano. Prefería, no obstante, leer - o no leer, según se mire - argumentos livianos frente a la pesadísima enjundia de autores mayores, pero los años de perfecta simulación le condujeron a advertir que el efecto Schopenhauer era infinitamente más contundente y explícito que el efecto Salgari. Que citar a Mahler producía reacciones más intensas que nombrar el inventario doméstico de músicos abonados a la zarzuela. Nunca entendió este escalafonato en los matices, pero jamás se resistió a usarlos.
Tras la coz letal, Monteagudo abrió, sin voluntad, el piso de alquiler. Días antes, premonición del fatal deselance, confesó a un amigo común la posibilidad de que algún percance le ocurriese y el fondo de catálogo de sus anaqueles quedase expuesto a la voracidad de los curiosos. Gustaba de pensar que el piso fuese suyo y poder cambiar el papel pintado o los muebles. No le agradaba que las Obras Completas de Azorín, edición de Castalia, ocuparan un rincón escasamente iluminado de día y al que no llegaba de noche la luz de la lámpara, pero los sitios más golosos estaban inevitablemente ocupados por escritores que, a su juicio, merecían más ese privilegio: Melville, Joyce, Flaubert, Malraux, Faulkner, Dickens, Calvino, Camus.
Todavía guardo fresco recuerdo de lo que vimos en el piso cuando acudimos a recoger algunas de sus cosas antes de que el casero lo preparase todo para un nuevo inquilino.
Monteagudo había colocado sus libros por el piso en lo que, a ojo de un desconocido, pudiese parecer obra del azar, pero nosotros sabíamos que aquel reparto no obedecía al concurso de la casualidad. Sobre la mesita de noche, un Espronceda. En el salón, junto al ventanal, Dante. En la cocina, mal apilados, Poe, Neruda y Asturias. Tirado en el suelo, en la alfombra del recibidor, un ejemplar pisado de la Biblia. Poeta en Nueva York estaba sobre la taza del retrete. El Quijote, debajo de la almohada. Una fabulosa edición de los cuentos de Hemingway en el alféizar del ventanuco del cuarto de baño, expuesta al rigor del sol y de la lluvia. Poesía del 27 para la terraza. Ceso aquí el inventario.
Esta empresa absurda no puede ser fortuita: tampoco baladí o frívola. Monteagudo quiso decirnos algo con ese desorden de libros.
Al modo en que a Alonso Quijano le perturbó el tino la lectura de las andanzas de los caballeros andantes, nuestro querido y tristemente finado Gustavo Monteagudo también fue aquejado por alguna fiebre de naturaleza enteramente libresca. He pensado que se dejó cocear como un exótico modo de suicidio. Ignoro si el caballo estaba al tanto.
Nunca lo sabremos. Nada hemos perdido.

11.8.08

Gente poco corriente: Te lo juro por mi Aston Martin


I
Siempre sostuve que la literatura nos procura el privilegio de asistir al sobrio espectáculo de las vidas ajenas. El cine indaga el mismo propósito. Lo hacen con el magisterio del talento ajeno, al que nos inclinamos con la devoción de quien, desposeído de la voluntad y de la valía para inventar historias, necesitamos las extrañas. Hasta aquí, el amable lector no pondrá objeción alguna. Se trata, bien en el fondo, de que la máxima de la heroína de las mil y una noches no pierda fuelle y el fluir armónico de los cuentos ocupe el aire y distraiga la mente de (tal vez) asuntos más graves. El Arte consiente, entre sus muchos oficios, el del distraimiento. Armonizar esa vocación con la belleza o con la inteligencia es lo que el espectador (goloso, cómplice, agradecido) nombra como Obra Maestra. En cine veo yo pocas obras maestras últimamente. No se concilia la semilla de lo lúdico con el abono de la honestidad. Se deja ver en muchísimas películas (ingrato este trabajo de escribir sobre lo que hacen los demás, pero ahí estamos y eso es lo que nos gusta) que el planteamiento ya flaquea por ese flanco. Ignoro la razón por la que Steven Spielberg factura mejores películas que Stephen Sommers (pongan ustedes en la balanza el último Indy, incluso defectuoso en su textura, con el cansado ya modelo del sacamomias en sus ya quejumbrosas franquicias) pero imagino que Spielberg posee un adiestramiento creativo extra (digamos), un recurso allá donde los recursos de los demás no existen. Por eso está Woody Allen y está Michael Bay, cineastas ambos. Que sí: que el público del de Manhattan no precisa la tralla pirotécnica del relamido y autocomplaciente director de Transformers. Que está la ópera y están las charangas de las comparsas de mi pueblo y ambos géneros son música. Discurriendo por este camino nos podemos alargar infinitamente y hay siempre muchas cosas que hacer aparte del noble ejercicio de las letras, aunque sean digitales.
II
Al grano: Gente poco corriente está en un término equidistante entre el genio y la mediocridad. Transita con suficiencia por esos márgenes del numen creativo y, puestos a dejarnos querer por uno, casi estaría por decir que salva el escollo y merece un rinconcito (escrito así, con minúscula) en la memoria de cualquier cinéfilo. O al menos el cinéfilo hastiado de bodrios, el cinéfilo asfixiado por memeces, el cinéfilo quemado por la apatía ajena o el cinéfilo (stop) converso en aficionado al cine. Casi que es mejor, en estos tiempos de gazmoñería industrial, ser un aficionado al cine, qué me dicen. Lo de cinéfilo es un oficio que pide mucho, y luego todo son decepciones. Es como si quien nunca ha tenido novia anda buscando una con formas macizas, cara de anuncio de cosméticos y dotado de la misma fina inteligencia que él considera su única virtud, pobrecito. No puede ser. No podemos pensar que todo artista es un artesano. Ni siquiera que todos los que crean son artistas. Griffin Dunne, a bordo de este irregular trabajo, pervierte todo empeño de romanticismo y escora su trabajo a un fatigoso terreno en el que se alía el drama a lo indie (con un arranque más que prometedor) y el pedestre informe de la extravagancia de unos personajes falsos que convendrían a cualquier teleserie tipo Dallas o Falcon Crest.
En esta fractura, se pierde Gente poco corriente. Ahí naufraga lo artesano o lo creativo, y se manifiesta (con incluso un punto de frescura) la opereta circunstancial, el amaneramiento de las formas clásicas. Si un Douglas Sirk hubiese cogido este asunto tras la cámara tendríamos (a beneficio de Almodóvar y otros cuantos locos más de este genio del cine) un profundo drama de clases, una de esas historias sin tiempo ni espacio en la que los actores se fatigan en cada plano y el espectador, arrebujadito en su butacón, sufre los embites del dolor de lo humano. Aquí nada humano duele.
La tropa de hedonistas que fatiga su aristocrática existencia entre buganvillas, sesiones de masaje tailandés, esnifadas del Magreb y sofisticadas fiestas en el jardín (al más puro estilo inglés) exhibe el corazón, deja entrever un poso de sentimentalidad, pero terminan arrastrados (como si fuera una novela de Balzac o de Zola), descarriados, arrumbados al limbo perfecto del dinero, entretenidos en escaramuzas libidinosas más que ocupados en bosquejar una cartografía del corazón, conscientes de que la vulga pasta ocupa plaza allá donde tal vez deba reinar el alma. A todo esto, el film arranca portentosamente: da cuenta de los razonamientos de las clases sociales que luego va a enfrentar, esto es, la madre frágil, toxicómana, lírica en su belleza tardía, y el hijo intelectualizado, pequeño artista de su abandono, que comprende que el nuevo mundo al que han sido invitados (la mansión del amigo de la madre) puede analizarse bajo el prisma antropológico con el que la cinta abre su metraje y al que no abandona ya nunca.
Los ricos maduran de forma distinta, se deja oir de fondo. La obra de Dunne no se hace responsable de sus personajes: hay una distancia de seguridad en la que el director (que también escribe) formula su asepsia narrativa. No hay juicios; tampoco tregua en el limpio proceso de disección de la moralidad de sus hijos. Al final, derrumbando el buen tono, se enfanga en un aburrido capítulo de venganzas, lances de honor e investigaciones privadas que lastran el conjunto o, si se quiere, lo arruinan casi completamente. En todo caso, así me lo pareció. Asistir a las vidas de los otros no garantiza que discurran como uno quisiera, salvo que sea uno mismo quien las escriba, las mime y las airee al mundo a beneficio de ociosos. Yo sigo siendo uno enorme.

Funny games: El ataque de los clones

I
Toda la película está ya resumida en sus primeros minutos: una pareja burguesa con un hijo se dirige con su Range Rover hacia su casa a orillas de una lago. Arrastran una barca de dimensiones obscenas. El entretenimiento consiste en ir adivinando, gozosa, lúdicamente, qué piezas de ópera van sonando en el reproductor de cd. De pronto la música clásica deja de sonar y la banda sonora del film apabulla con una machacona apisonadora de hard rock industrial, ruido reposado sobre dudosas bases melódicas. El resto es un desasosegante thriller cuya consistencia reside en las implicaciones morales y en las justificaciones sociales de una pareja de psicópatas que abordan la plácida vida aburguesada de una familia con la inexcusable tarea de matarlos sin que en ninguna circunstancia del film se nos informa sobre la naturaleza del crimen o sobre las consecuencias de su ejecución. A tal efecto, Funny games (ahora da igual qué versión) se reviste de provocación y va transitando, sin apenas recursos estrictamente cinematográficos, por lugares trillados por otros films, pero que aquí están ampulosamente llevados a un extremo brutal, aunque jamás nos escandalice ninguna escena porque lleve aparejado un componente violento explícito: aquí no se el pornográfico y truculento gore de otros adalides de la provocación como el Tarantino de Pulp Fiction o de Reservoir dogs o el pseudointelectual Oliver Stone de Natural born killers.
Haneke obvia el regodeo: se instala en los planos larguísimos, estáticos casi, de personajes varados en la tiniebla de la inmoralidad ( los yuppies que asaltan la casa y ejecutan su siempre absurdo plan ) y personajes lastimosamente anclados en la incomprensión y en la impotencia de no saber el objeto del juego al que han sido empujados. El episodio de la ópera mutada en ruido metálico es la referencia: ahí está, aunque leí que Haneke no lo tenía claro del todo, la línea argumental de todo el film: cómo la vida se sustenta en muy frágiles cimientos y cómo el azar ( qué si no ) puede variar el acomoditacio y merecido ocio de estos burgueses amantes del bel canto hacia la tragedia sin paliativos.
Lo que la cinta no plasma con alguna elocuencia es la razón de estos cabrones que usan la violencia como juego, un juego divertido, como dice el título. Kubrick hizo La naranja mecánica con una muy clara idea de qué pretendía esa aparente apología de la violencia. La novela de Burguess ya principiaba un sólido alejamiento de toda idea frívola de la violencia. Drugos y nadsat fatigaban las calles en busca de diversión como estos niñatos de Funny games. Incluso hay un tributo a ese film en éste: Alex ( Malcolm McDowell ) es lenguaraz, vivo, culto y refinado, y tiene a un adlátere lerdo, fofo y primitivo, su “drugo”. Igual sucede aquí. Los dos personajes están construídos con idénticos mimbres psicológicos si es que alguna psicología pueda usarse para razonar el comportamiento de ese tipo de gentuza.
Haneke deconstruye la gramática del thriller con psicópata y prisionero que sabemos que va a morir antes de los títulos de crédito: lo hace eliminando todo signo de gratuidad erótica: la mujer es obligada a desnudarse pero nunca hay más piel enseñada que la necesaria . Tampoco se ensaña en las muertes que se van produciendo: las retrata asépticamente, casi sin un empeño en denunciarlas. Es significativa la última, que parece un accidente de la climatología más que la pérdida trágica de un ser humano.Los secuestradores o los asesinos o los yuppies tarados ( qué importa ) juegan también con el espectador, que es una pieza más en la trama: lo implican en el juego, le obligan a determinar una postura o a razonar con ellos la lógica de lo que está sucediendo. Hay incluso una escena en la que la película se autorebobina: lo que parece un final feliz o, al menos, el camino para que ese final feliz se produzca es violentamente censurado por el asesino. Cuando su amigo es escopeteado, busca nerviosamente el mando a distancia de la televisión para echar atrás lo que acaba de suceder ( nosotros vemos como la cinta va hacia atrás efectivamente ) y borrar esa incomodidad ( que su amigo muera ).
Lo que esta agresiva e incómoda cinta promete es un espectáculo transgresor como pocos: la exquisita educación de los asaltantes va aditamentazo su comportamiento esquizoide, su impulso criminal. Duele pensar que una mente lo suficientemente despierta y culta como para pedir huevos por favor y excusarse por parecer maleducado luego sea capaz de disparar a un niño o reventar un futuro con esa pasmosa facilidad.Esta turbia constatación de que el mundo va mal y de que todos los que en él andamos fagocitamos las mismas débiles promesas de que quizá algún día va a ser mejor no puede sustraerse de ser catalogada como la película insoportable que reposa en nuestra colección de películas a la espera de que un amigo con ganas de emociones fuertes nos pida algún entretenimiento nocturno.
Hablando exclusivamente de cine, Funny games no es cine: es una especie de experimento basado en las técnicas del cine, pero se escapa de esa categoría conceptual cuando Haneke contradice todo sentido lógico de la narración y se queda dos minutos parado en un fotograma, que bien pudiera parecer un cuadro. Yo me sentí desasistido, ajeno de pronto a todo cuanto había visto antes. Deseé ( y lo hice vehementemente ) poder rebobinar la cinta hacia delante. Lamenté no tener a mano un mando a distancia ( ¿ el de la película ¿ ) para poder avanzar unos minutos y perder de vista el plano fijo, reventón, exasperante, tedioso, abusivo, de un hombre con la pierna destrozada en una silla o una mujer cerca del cadáver de su hijo, al que han matado, pero no lo hemos visto.
En muy concisas palabras, hay que tener muchas ganas de pasar un mal rato para dejarse atrapar por Funny games. Caso de que esas ganas existan o de que uno no tenga no puñetera idea de qué va el asunto ( cosa que me pasó a mí ), hay que apencar luego con el mal rato. Saber llevar el resto del día. Dormir a pierna suelta después de verla sin que pesadillas tenebrosas sobre la maldad y sobre la mala leche de muchos, algunos de los cuales igual están irremediable y lamentablemente cerca de nuestra plácida vida.
Parece que Haneke va a volar a Hollywood para hacer allí un remake de su Funny games con estrellas del celuloide ( Tim Roth y Naomi Watts ). Ignoro por completo si he visto una película buena o mala. No caben aquí calificaciones, jerarquías, sometimientos a una escala que a veces no es fiable. Aquí hay que desconfiar de todo. Hay que tragar saliva. Hay que cerrar los ojos. O abrirlos mucho. O no pensar. O pensarlo de golpe todo y a una velocidad muy rápida.Qué mundo. Qué mierda.


II
Vista la clonación, repito la crítica. Obvie el lector la parte que desee y piense como se le antoje para ubicarse en una o en otra. Si Haneke ha hecho un calco (plano a plano) de su obra, me permito yo un texto paralelo al antiguo. O es el mismo. Pierre Menard, autor del Quijote, estaría orgulloso de mí.

9.8.08

Olimpismo, censura y globalización


A la vista del estruendo mediático que las Olimpiadas de Pekin han generado, parece un apunte frívolo decir que la ceremonia de inauguración fue esplendorosa. De fondo, al tiempo que los fuegos artificiales esplenden el cielo chino y Zhang Yimou registra el dinamismo, la festividad de los colores y la impresionante puesta en escena de esas imposibles masas de seres humanos movidos con matemática belleza a beneficio del capitalismo moderno, la población del mayor país del mundo se esconde para no desentonar mucho. Lo ideal hubiese sido que las Olimpiadas de Pekin se hubiesen celebrado en Tokyo. Japón, a los ojos occidentales, es más presentable. A los chinos les falta un hervor en derechos humanos, un par de actas que firmar para finiquitar la censura y tal vez dos decenios de capitalismo salvaje para que el turista no tenga un alijo de miedo incrustado en el pecho no vaya a ser que cualquier imprevisto lo meta entre rejas o le convierta las vacaciones en un infierno amarillo. A salvo de las estampas rurales, que son las que hacen decaer la imponente puesta de largo de China para el mundo, las Olimpiadas 2008 van a ser un éxito. No habrá contaminación que las doblegue; tampoco las revueltas de las etnias humilladas podrá vencer el escudo militar que tutela el buen funcionamiento de los atletas, su puesta en acción, el brillo del sudor bajo las cámaras de alta definición. Las revueltas populares, las demandas del pueblo ahora que hay público que los contemple, serán asfixiadas por el ejército, que no es de terracota, pero dará la talla y sofocará el motín. Así que nada que objetar a Pekin 2008. En lo deportivo, una fiesta. Pero afuera, a ras de calle, el país bascula entre los planes quinquenales del comunismo infame y los destellos de néon de los McDonalds y de las tiendas de Louis Vuitton en las calles aristocráticas de Shanghai. Ayer, no obstante, el espectador doméstico, el que se pide el sillón favorito y se pertrecha de refrescos, frutos secos y patatas chips para sobrellevar las cuatro horas de arrullo olímpico, disfrutó del show y aceptó que los chinos son únicos a la hora de mover masas y asombrar a base de sincronismo atlético, trajes hermosísimos de leyenda del siglo XII y colores infinitos ahogándonos la retina en placeres.
Detrás (siempre acudimos a la trastienda para enseñar los trapos sucios, la infamia escondida) está la dictadura, está la pena de muerte ejecutada sin pudor, está la censura digital (aunque las Olimpiadas parezcan abrir nuevas vías y demostrar que va en serio la occidentalización del gigante asiático), está la pobre legimitad de la carta de los derechos humanos, conculcados sistemática y expeditivamente. Detrás está la pantomima de la ceremonia de la aceptación pública. Luego está Bush, el saliente, que ha dicho bien alto que China debe mirar al futuro y fomentar una política de bienestar, que no censure, que no confisque la libertad en nombre de la vigencia y la prosperidad de un partido político único. Él debe haber olvidado el gulag de Guantánamo, ese infierno patrocinado por los votos ciudadanos, que no baja la guardia y prosigue su incendiaria búsqueda del enemigo, su prospección en los límites del aguante humano, su negación de una justicia democrática, su desprecio por la legalidad internacional. Así que todo esto, a pesar de las medallas y del brillo del músculo, tan legítimo, tan noble, es un espectáculo artificial. Podrían haberlo hecho en Tokyo, digo yo. O en Talavera de la Reina, aunque igual estos dos sitios tan alejados y tan distintos también, puestos a hurgar, exhiban totalitarismos, infamias del tamaño de mi perplejidad.

8.8.08

Venganza: Bauer II o el fracaso de la sutileza


Mientras que una película me entretenga, estoy dispuesto a sacrificar que no la dirija John Ford o Fritz Lang. Algo así venía a decir un viejo amigo mío, al que todavía veo y disfruto, cuando salía exultante de ver Terminator o Conan el Bárbaro, versión John Milius. En el fondo de su alma entendía que aquél, a los ojos del cinéfilo en potencia por el que me tenía, no era el cine más digno ni tampoco al que se le encomendaba la salvación del séptimo arte en una época (los ochenta) en la que abundaban castigos a 24 fotogramas por segundo que sonrojaban al espectador mejor pertrechado de mal gusto. Mi amigo habrá disfrutado horrores con Venganza. Le habrá parecido una obra maestra por varias razones que alcanzo a entender. La primera apela a ciertos mecanismos muy primarios de identificación con un justiciero, un héroe de acción sin excesiva carga psicológica que arrambla (literalmente) con todo cuanto le estorba en la sacrosanta misión de salvar a su hija de un red de albanokosovares. La segunda está fundamentada en el vértigo que provee este tipo de espectáculo. En Venganza hay tralla visual como para terminar exhausto en la butaca. Eso de notar las pulsaciones trompicarse y sentir el corazón cual jinete en una montaña rusa agrada. Diré que agrada sin más, sin que luego ese júbilo adrenalítico ofrezca al alma remansada alguna golosina intelectual. Jean Claude Van Damme es el rey de estos atropellos que aceleran el salto sináptico y dan al feligrés de las altas emociones y de los vacuos contenidos alegría pura y dura. En Venganza resuena el cine de acción de los setenta, de vengadores urbanos a lo Bronson que marcan perimetro (Bauer dixit) y se entregan con desparpajo cuasifascista a la demolición del paisaje. En este sentido, la película de Pierre Morel, otrora subalterno de Luc Besson, que también produce, surpervisa y tutela este blockbuster estival irrefutable, acude al muestrario de tópicos sin pudor y celebra la sangría de los malos con fanfarria y trompetería, con la cabeza puesta en la caja y el corazón dividido entre el bochorno de hacer un bodrio veraniego y la certeza de que, entre el caudal de bodrios cortados con similares tijeras, éste es el mejor, el que más se deja ver y menos incomoda al espectador exigente.
Liam Neeson, nuevo héroe local, se acomoda con pasmosa eficacia en el papel de padre coraje con "ciertas habilidades" que acude al salvamento de la hija. En noventa minutos escasos el bueno de Liam le ha quitado la hegemonía a los Seagal, Van Dammne y Norris de turno, e imprime al papel una dureza dramática y una contención que no está al alcance de estas marionetillas de testosterona y músculo reventón.
Ahora la película en sí: floja hasta la anorexia mental, exenta de ningún giro argumental que eleve su textura simplista, Venganza se deja muchos cabos sueltos para ser una buena película. No escarba lo que debe en la premisa fundacional que la justifica: la corrupción policial que permite las mafias del Este y su trama de extorsión, drogas, trata de blancas y otros hitos de la infamia delictiva. Los malos son esquemáticos (tal vez quisieron dejarlos así, huérfanos de fondo, alojados en dos dimensiones, expuestos al jaque del americano infalible) y apenas ocupan (melodramáticamente hablando) diez asquerosos minutos. Los buenos se resumen al padre investido de héroe, que va consumiendo cartuchos, golpes de kárate y recursos tecnológicos como si el espíritu del ya citado Jack Bauer y el olfato de Grissom le hubiesen convertido, por fuerza, por los imperativos del guión, en un pequeño dios de la venganza, incruento, desalmado, convencido de que la tortura (una escena que me remite otra vez a 24) y los expeditivos disparos en el vientre de todo ser humano que se le cruce al paso están justificados. Algo así deben pensar todos los mercenarios del mundo. De alguna forma basta un pensamiento noble (de nobleza íntimamente asumida) para ser un ejecutor total y carecer de moral para lograr un objetivo.
Da igual que el vengador provenga de la CIA o de algún secreto grupo de élite capaz de encontrar el paquete de kleenex de Bin Laden: lo explícito es la violencia, la que sustituye a la palabra y embota toda posibilidad de reflexión. Claro, mi viejo amigo dirá que también Michael Mann (santo de mi devoción) acude a la violencia. O que Sam Peckinpah la llevó al paroxismo de la belleza. O que Quentin Tarantino, ese genio de la provocación, no disimula su amor por las armas (magnums, espadas, coches). Todo eso no tiene nada que ver con Morel, que no siendo un mal director (la cinta está montada con brío, no hay espacios en blanco, la acción discurre con eficiencia) tampoco aspira a crear un cosmos particular. Su encargo (aceptemos que es un divertimento veraniego con estrella hollywoodiense a la vista) no difiere de otros irremisiblemente abocados al estrépito del olvido. Los videoclubs se alimentan de este material innoble, pero necesario. Pienso ahora en Shoot 'em up, esa joya de la adrenalina, ese chiste alargado dos horas que me hizo disfrutar muchísimo en la butaca. Venganza no está a su altura porque parte de premisas más serias, y marra en esa mescolanza, en intentar matrimoniar la película de denuncia y la de acción. ¿Que si disfruté? Cuando estuve lo suficientemente insensible, cuando advertí que podía aceptar el vértigo y el tsunami de cine B (qué es, al cabo) y me colé en mi papel de espectador infinitesimal, sí. Y mucho. Luego tal vez el corazoncito cinéfilo, que anduvo agazapado, convertido en un objeto nostálgico, pida platos más fuertes. Por eso, por la noche, en casa, enchufé el home cinema, cerré ventanas, enchufé al aire acondicionado )recordad que vivo en Córdoba) y me coloqué el DVD de Pozos de ambición. No hubo ni una hora entre un trallazo y otro. Sesión doble pura. Como si después de ver una de Pajares y Esteso o de Alvaro Vitale uno decide ver Fresas Salvajes. Coño. Viva la sutileza

5.8.08

Escondidos en Brujas: El peso del mundo es amor


A menudo la figura del sicario que mata por dinero, el asesino a sueldo tan prolífico en la historia del cine, se aureola de glamour, empatiza absurdamente con el espectador que detesta su modus vivendi, pero que queda hechizado por el malditismo de su vida, por su metódica puesta en escena, tal vez por su desprejuiciada manera de abordar los problemas universales como la muerte, la soledad, el destino o la dignidad. Seres desafectados de moral alguno, albergan, no obstante, implacables códigos de justicia, contratos íntimos con algún dios caprichoso y rudimentario al que profesan una fe de una liturgia muy rudimentaria también, fácilmente escorable a la tragedia y a la escritura épica, forjada a golpe de muescas en un invisible libro de faltas. La historia que cuenta Escondidos en Brujas ronda el romanticismo crepuscular de un par de singulares asesinos a sueldo a los que podemos colocar todos los tópicos del género, pero que se comportan como dos turistas inefables y hasta simpáticos. Uno entregado a disfrutar del encanto monumental de una ciudad hermosa, Brujas; el otro, asqueado por esa belleza que él no pide y que se le cae encima debido a su escasez de interés y a su absoluto desperpajo en otros asuntos mundanos como beber cerveza sin descanso, ligar con chicas belgas o buscarse problemas sin excesivo esfuerzo. Los dos fatigan la ciudad, la recorren y hacen que nosotros, estupefactos asistentes a lo que parece habérsenos vendido como thriller, pero que deviene en su segundo tramo en un trepidante (aunque melancólico al tiempo) ejercicio de incontinencia visual para compensar quizá la mesura con la que el director, Martin McDonagh, nos ha colado la primera, que es poética en un sentido literal del término, y es también profética, porque establece, sin estridencias, los ritmos y las maneras que luego exhibe el film hasta su abrupto cierre.
Más interesado en describir los mecanismos de la redención del pecador que en montar un thriller al uso, McDonagh escamotea al espectador goloso de sensaciones fuertes la sangre previsible y le obsequia, a cambio, con la mansedumbre de quien no precisa de exhibiciones plásticas para contar con estilo, sobriedad y contundencia la historia que se propone. De hecho la película fija al final el tono violento que antes no requería para rubricar la tragedia como es debido. Los mismos griegos, los que inventaron todo esto, no lo habrían hecho con mayor legitimidad. Se trata, en el fondo, de ir aplazando el concurso de la muerte hasta que el argumento no puede exprimirse más o no debe exprimirse con más líneas inservibles. Me asombró que la película fluyera con esa quietud para luego desembocar en el fuego de artificio en donde se cierra lo narrado. La ironía con la que el guión va ofreciendo las claves de su naturaleza tragicómica se mezcla con la tristeza hermosa de una ciudad ocupada por turistas, enanos y un elenco de criaturas irracionales a las que no se les deja crecer, siendo únicamente piezas de un mecano portentoso, lírico y portentoso, que no da enigmas al modo en que otros thrillers edifican su mecánica narrativa: Escondidos en Brujas es el anti-thriller, se abastece de pequeños tics, de escenas de una atonía manifiesta, pero que conducen con pasmosa eficacia a la conclusión inaplazable, a la escenificación de un guignol de lo humano que entronca con el teatro más que con el cine, que no suele ser tan explícito en lo simbólico, en lo que todo es justamente lo que parece y, en cambio, los significados ocultos, la medida exacta de los personajes y su rol preciso en esta maquinaria de sentimientos y de culpas, son los que planean más tiempo en la memoria del espectador. De fondo, a pesar del drama y de la vocación negra del film, hay un humor fino, que cala al punto de distraernos de materias mayores, pero Bélgica, para un inglés, es un país mofable, dicho esto con la experiencia de haber tenido amigos ingleses que así me lo confirmaron.


1.8.08

Espuma de agosto, uno

I Is there life on Mars?
Hay que decírselo a David Bowie: a falta de vida en Marte, hay agua. Incluso a juicio de uno de los obreros de este prodigio sideral, agua potable. Tal vez el duque blanco duerma esta noche con la certidumbre del trabajo bien hecho. Julio Verne, de estar vivo, dormiría así todas las noches. Pero no podemos asegurar nada. A lo visto, a lo leído, la NASA ha metido las pinzas de sus máquinas cinco centímetros en el suelo de Marte y allí, rutilante, tesoro de ociosos, la capa primordial de hielo marciano. Yo creo que todo es un bluff veraniego, una de esas noticias que equidistan entre lo fascinante (vida extraterrestre, oh my God) y lo mitológico. Se cruza en el agosto terrestre la épica de la ciencia-ficción, tan alicaída desde que la realidad se la come a golpe de nanotecnología pura y dura, con la maquinaria fabulosa de la imaginación, que es capaz de anular el dolor y sacar del rastro que deja una serpentina de colores. A nivel de calle, Marte queda siempre excesivamente lejos. No hay forma de que ninguna noticia del planeta rojo alcance la relevancia de algunas de las que manejamos en la madre tierra. De Juana Chaos, confinado en Marte, habida cuenta del apaño del agua, podría ser la noticia del verano. Además allí no tiene vecinos y no tendrá que sufrir el mal rato de toparse con la madre de uno de sus ajusticiados. Eso que gana. Aunque sale mañana. He aquí uno de los resquicios (hay muchos) del Estado del Bienestar y de la fiabilidad de sus Instituciones. Una especie de hueco legal por el que es fácil que, al reptar, quepa un cuerpo. Más si está en huelga de hambre. Lo de la huelga confirma que Marte es un destino óptimo. Allí no hay tentaciones con las que traicionar tus propósitos.
II Butifarra entre nubes
Entra en lo razonable que un avión alemán (Air Berlin) que aterrice en Barcelona procure que su personal de a bordo domine el idioma de sus clientes. En Cataluña, un avión alemán debe, además, incluir el catalán. Este expolio de la razón, este pequeño resquicio de la inteligencia (emocional o disquisitiva o sensorial) no lo es tal para los directivos del Barcelona, que han cancelado su vuelo de Pisa a Chicago con esa línea por este asuntillo lingüístico. Será que la empresa es de éas de bajo coste y entonces se acepta que el encaje de las cuentas no consiente clases de catalán o de vasco o de cualquier lengua cooficial de la reinante en los países con los que se trabaja. Ha sido de tan enorme y sentido calibre que hasta han renunciado a recuperar el dinero invertido en el viaje o, al menos, un cincuenta por ciento del mismo. Lo anómalo es que quienes dieron luz a esta manifestación del enamoriscamiento patrio quieran ir a los Estados Unidos a hacer unos bolos. Allí, que se sepa, desconocen el catalán. Por desconocer, el grueso de la gleba yankee desconoce incluso la existencia de una cosa llamada Cataluña. Llevado el argumento al extremo, que es una de las ventajas de escribir a vuelatecla en una tórrida tarde de agosto después de haber dado una cabezadita en el sillón, me pregunto cómo es posible que a estos embajadores plenipotenciarios de lo suyo se les ocurra el absurdo de jugar con el Huelva o con el Gijón, recién ascendido. O con la Juventus en la Liga de Campeones, en la que todavía (de facto) no están. Serán ajustes de caja, pequeñas cesiones para que las discrepancias con la honorable vecindad nunca exceda ciertos límites plenamente asumidos en el protocolo, en ciertas reglas del juego que casi siempre (he ahí el avión alemán para evidenciarlo) se cumplen a beneficio de la idílica globalidad. De ahí a que Laporta cree su propia aerolínea hay un trecho oceánico, nunca mejor dicho. Caso de que la bienaventuranza pecuniaria, los triunfos del balón y los arrestos nacionalistas así lo dictaminen, butifarra a cinco mil metros de altura, folclor en el hilo musical y TV3 en la pantalla del pasillo central.
III Tres personajes
Zapatero le pide a Rouco Varela que amarre a Losantos, pero el obispo hertziano, el que le da vuelos semánticos y desoye la admonición de todos los augures, sonríe con ese estiramiento de emocionalidad nula que acostumbra ante las cámaras. La curia domina los modos televisivos. Mi amigo K. sostiene que gente criada entre libros, intelectuales de lo suyo, hecha a capear dos milenios de zarandeos, cruzadas, milagros y persecuciones de toda condición no se amedra ante una cámara, ante un micrófono. Es más: ahí se aúpan y exhiben sus destrezas más laureadas, aquéllas que les han conferido el status del que gozan y del que ningún gobierno, por socialista, laico y de progreso que sea, les va a quitar. De eso se trata, al cabo: de buscar los flecos de la concordia entre los rizos del enjundioso sol de agosto. A ver si el verano, época de placidez mental y de esparcimiento de lo lúdico, esparce sus rayos salutíferos por el orbe y algo les pilla a estos dos prebostes de la sociedad. Lo de Losantos se escapa a mi torpe forma de hilvanar argumentos. Me veo en la obligación moral de colar alguna reflexión (me explotan cien en el pecho, otras cien la cabeza y todas me parecen espuma, aire leve de estío frente al monstruo deslenguado que las alienta) pero no voy a dejar escapar ninguna. No es día. Es hora de remansar los ánimos. Lo exige la epidermis, azotada por la canícula. Lo pide la delgadez antológica de los periódicos en estos días. Se devoran en tan escaso rato que hace falta comprar dos o tres para ocupar lo que antes te daba, amplificado, uno. A pesar del esfuerzo, no sé conciliar mi incontinencia sintáctica y mis iras ideológicas. Por eso cierro capítulo y me voy al cine a ver con la familia La momia 3. Un clásico del verano, no crean.