28.4.08

Unas letras cosidas a otras


Me encanta la palabra zafonazo: el lenguaje es una máquina implacable de fotografiar la realidad y exhibir fogonazos de vida, sutiles congruencias entre lo semántico y lo patético. Leí La sombra del viento antes de que las ventas la encumbraran al olimpo de los libros totémicos de esta sociedad ágrafa, pero consumista, que ve en la literatura comprada un objeto de normalización democrática. La leí en muy pocos días: nada sorprendente. La historia de Ruiz Zafón absorbe, conmueve, se afilia al género novelístico decimonónico en su más pura y quintaesenciada definición. La sombra del viento es, ante todo, una historia conveniente para estos tiempos de retórica y de deconstrucción, de instalaciones artísticas que sacuden la cordura del que observa y libros donde se privilegia el rupturismo o la fuga de la norma sobre la calidad de lo narrado. Por eso Ruiz Zafón está en ese estadio superior. O el inefable Ken Follett, que exprime Los pilares de la tierra (que también leí en pocos días, a pesar de la robusta contundencia de sus páginas) y se saca de la manga medieval Un mundo sin fin, que creo que no voy a leer, aunque todo depende de los voluntos a los que uno somete su ración de letras.
Vuelta al zafonazo: El juego del ángel es la jugada maestra absoluta de un creador en estado de gracia (sea esto lo que tenga que ser, y no me refiero a literatura) y de una editorial en permanente estado de shock, que ha visto en la historia de los libros perdidos y de los novelistas amateurs un filón potteriano de incalculables consecuencias pecuniarias. Ahí están las decenas de ediciones, los millones de volúmenes vendidos, los viajes de Ruiz Zafón por universidades de todo el mundo (según confiesa en alguna de las centenares de entrevistas que ha colado para promocionar el tocho) y la ubicuidad de la obra de marras, que está en todos sitios.
Mi conciencia, en materia de compra de libros, está tranquila: he acudido a un stand pequeñito que Pipo, el librero de Lucena por antonomasia, ha colocado en la Biblioteca Municipal y he gastado tres euros y pico en un librito formidable de José Antonio Marina. Se llama La inteligencia fracasada. Empiezo esta tarde a meterle mano. Los libros de Marina no se venden como los de Zafón, pero calan más hondo. Marina y María de la Válgoma ya contaron en La magia de leer que los libros presienten al lector y lo llaman de alguna secreta forma que no incomodaría a Borges. Los libros, sean de Harry Potter, de Stephen King o de Jorge Bucay (ay) ejercen su magia y el lector eventual, al que las enseñanzas regladas han disuadido de leer por arte y provecho de unos planes de estudio absurdos y criminales, acude a las páginas con fervor íntimo, consciente del placer que le espera.
Si el lector voraz consume literatura de segundo rango, serie B, pulp letters, nada hay con lo que estorbar su placer y nuestra extrañeza. Abruma que un escritor (Zafón) monte un tinglado tan pantagruélico para publicitar su último trabajo, pero ese aturdimiento es grato por tratarse de un libro y no de una película, que se aviene ya a rutinas cuando toca desplegar campañas publicitarias mastodónticas.
La zafonada es un hecho incuestionable: vi a un ama de casa con el libro bajo el brazo, junto a la talega del pan, cerca de mi casa. Ahí advertí el poder infinito de la persuasión del márketing. Importa escasamente que el ama de casa con la talega del pan lea o no la historia de El juego del ángel: de lo que se trata es de que el libro se convierta en un objeto de consumo igual que un coche, un perfume o una marca de móviles. Ese es el paso primero a partir del cual podremos disponer todos los demás. Al final del túnel de la analfebetización en materia literaria(se compra más que se lee, se escribe más que se lee) se verá la luz del prodigio, el milagro fortuito (qué va a ser, si no ) de que una historia bien contada (la de Zafón lo está) arrase en las estanterías de España. Y son letras: unas cosidas a otras. Absténgase el curioso lector de este blog pensar que dentro de esta clasificación generosa está Dan Brown, por favor. Ese nombre es una marca registrada, un procesador de texto diseñado para engolosinar a incautos.

27.4.08

Tierra: Pasión y gloria de nuestra madre patria




Tierra no es un buen documental y, a su modo, es el mejor que yo haya visto jamás: tiende al subrayado de lo espectacular, censura todo tipo de lógica narrativa y hasta se afilia, sin pudor, al espectáculo sonoro apabullante de violínes que rasgan el aire tenso de la noche en el Kalahari o el periplo épico de la ballena jorobada desde los trópicos hasta la Antártida. Con todo, Tierra es una obra maestra que combina la didáctica de colegio y la concienciación adulta salpimentada con (probablemente) la más hermosa y limpia filmación de la respiración de un planeta que se haya hecho nunca.
Por otro lado, es un documental fácilmente desmontable: todo aquí es esplendor, pirotecnica visual de muchísima calidad, alta definición cromática... Lo que hace que no sea una experiencia mística es su tránsito especulativo, su aroma a pedagogía post-Al Gore, su verdad política por encima de su bondad estética. Y no será este cronista de sus vicios el que aquí desmonte el tinglado ecológico: hay tanta belleza en las imágenes que cualquier consideración coyuntural al hilo de estos tiempos brumosos de catecismos verdes que nos han tocado malvivir puede quedarse en la recámara sintáctica, en el limbo de los pensamientos necesarios, pero imprudentes.
No es un panfleto ambiental, pero se lleva todas las papeletas para que así lo mastiquemos, al salir del cine, a poco que la cabeza borre la sofisticada belleza del Amazonas o la ternura infinita de un oso polar recién salido de su guarida invernal. Para que sea un panfleto político perfecto le hace falta un condimento más contundente de mandamientos ecológicos. La historia de las tres tozudas y abnegadas madres (una ballena jorobada, una elefanta y una osa polar) va desgranando el capítulo sangrante de desgracias y miserias que asolan el planeta feliz, el perfecto, el afortunado islote de luz y de gorjeos cantarines de la vía láctea. Al final de la emisión, uno consiente que el corazoncito se le reblandezca y se plantea (con la cabeza en ebullición, seriamente concienciada) cómo colaborar para que la milonga del calentamiento global (exageran, no exageran, mienten, no mienten, buscan intereses particulares, no los buscan) sea menos milonga y se convierta en una verdadera cruzada global cuyo fin es detener (frenar, al menos) el desastre.
Lo bueno, a la contra de lo hasta aquí reflexionado, es que uno se manifiesta inevitablemente sensible y se queda narcotizado por la belleza: los noventa minutos de naturaleza operística, de estampas soberbias y de masas orquestales divinas (y ruidos naturales increíbles también) pasan sin notarlo. Querría el espectador una sesión extra, otro cañonazo de peregrinaciones, de cascadas imperiales y bloques de hielo del tamaño del Calderón. Haber visto Una verdad incómoda, la cinta de Al Gore, hace que la visión de Tierra sea muy crítica. Únicamente al final aparecen, sobre el logo de la página http://www.loveearth.com/, frases contundentes, máximas de obligado aprendizaje que abren, a las claras, el capítulo de culpas y redenciones. ¿Qué he hecho yo para que lleguemos a esto? ¿Qué puedo hacer para remediarlo?




24.4.08

So what (again)


El hecho de que haya días en los que no oigo ni una sola nota de Miles Davis no incomoda mi absoluta rendición a su magisterio en la música popular del siglo XX. Este Picasso estajanovista de mirada perdida y apasionados diálogos con su alma a través de la trompeta hizo cientos de discos, se hizo acompañar de cientos de sidemen e influyó a cientos de músicos que influyeron a cientos de músicos. Él anduvo siempre arriba, presidiendo la comunidad del jazz como llave para abrir la nueva sensibilidad del ciudadano moderno. Porque el jazz es la música clásica de nuestros tiempos igual que antaño el Barroco lo fue en los suyos. Escribir sobre Miles Davis es un placer: uno no necesita acudir a otro sitio que no sea el corazón y es ese músculo el que consiente las palabras y da la medida exacta del amor que se puede profesar por un músico. Es cierto que hoy no he escuchado a Miles Davis, pero sé que no tardaré mucho. Tal vez mañana cargue mi bendito Ipod con A Kind of blue, el mejor disco de la Historia, (So What, Freddie Freeloader, Blue In Green, All Blues y Flamenco Sketches), (y escuche So what, los ocho minutos más maravillosos que este cronista de sus vicios haya escuchado. Haré todo eso y me perderé como suelo en la perfección. Existe. Dura ocho minutos. John Coltrane "Cannonball" Adderley , Bill Evans , Wynton Kelly...

22.4.08

Across the universe: Love is all you need


Hay que ser muy atrevido y saber contagiar tu atrevimiento al espectador para perpetrar un atentado estético de este calibre. A su fin, cuando el cancionero de Lennon y McCartney ha terminado y uno experimenta la sensación del deber cumplido (ya saben, un par de amigos recomendándomela con tozuda pasión) Across the universe no es tan infame como habrían querido nuestros abundantes prejuicios de fan beatle.
La película bordea el aplauso y el ridículo a partes lamentablemente iguales, pero sale milagrosamente a flote. Incluso hay momentos de locura naïf y la jubilosa evidencia de que esas canciones pueden salvar el alma de cualquier naúfrago. Julie Taymor, la infractora, la narradora omniscente que pilla con alfileres mediáticos Vietnam, las flores del amor y la balada lisérgica de los héroes de Woodstock y monta un espectáculo meritorio, más psicodélico que narrativo, en el que hay una contracultura intoxicada de modernidad, escrita en el siglo XXI (se nota) pero con la mirada vuelta a los felices y musicalmente perfectos sesenta, decada de rock y amor, de justicia con barricadas y sexo anfetamínico. Todas las turbulencias del amor de Lucy y Jude, felices en su burbuja de acordes, quedan en un ameno pasaje de la Historia, en un precipitado cocktail de cinefilia, mitomanía y ojo comercial.
No sólo el Cirque du Soleil ha acudido al recetario de los de los Fab Four: también el cine sabe amarrar materiales nobles. A diferencia de otros musicales (ésta, a su manera, lo es) Across the Universe nace de las canciones de los Beatles: son esas canciones las que formulan el territorio estrictamente dramatúrgico. Los personajes se crearon para que cantaran las canciones, pero esa opulencia visual muere conforme la historia va creciendo y todo lo que presentíamos (mi amigo K. ya me advirtió, pero tuve que desoirle) se cumple con absoluta eficacia.
Para oir a mis Beatles no hace falta entrar en un cine: tengo Rubber Soul, tengo Sgt. Peppers, tengo Abbey Road, tengo Let it be, tengo el disco blanco. Todo lo demás es una montura falsa, un espectáculo en todo caso de segundo orden cuando el material que lo fundamenta está a nuestro alcance y nuestro imaginario no precisa de estas píldoras efectistas, bien hechas, por supuesto, facturadas desde el amor y desde el respeto, pero inermes, en el fondo, carentes del pulso emocional que debería haberlas orientado.

21.4.08

Cerca del día del Libro




Hay gente que va de extra por la vida. Sabemos que hay un rodaje y que están dentro de cámara, pero sus gestos son irrelevantes y no tienen parlamento alguno. Gente que patrulla los días como el que ve pasar nubes. Gente a la que un napalm misterioso les ha borrado toda capacidad de asombro. Les da igual que gobierne la derecha o la izquierda, que las imágenes que ametrallan los informativos conviertan la barbarie en cultura popular. Consienten, además, que el apocalipsis, en forma de calentamiento global o en forma de analfabetismo social, les vaya comiendo terreno. De pronto se ven en mitad de la batalla: la que no era suya y ahora súbitamente les tiene de protagonistas, de héroes forzados (todos de alguna forma lo son) que acaban por involucrarse tanto que pierden la vida en el noble empeño. Viene esto, aunque no lo parezca, a propósito del Día del Libro. No es exactamente el día del Libro: tal vez sea el día de la Soberanía de la Inteligencia o el día del Imperio de la Imaginación o el día del Reinado de la Cordura.
Como el libro es un objeto y puede ser confundido con una piedra o con un bufanda o con un cuchillo de cortar jamón es conveniente situar la realidad del libro, su trabajo lento en la forja de una sociedad justa y de pensamiento sano y constructivo. K. sostiene que tampoco los libros garantizan nada: Hitler leía y ya se ve a qué punto de dislate mental llegó y cómo esa voracidad lectora (mal asimilada) le hizo un matarife con estudios. Decía mi suegra que el desalmado instruído es más desalmado que el que no tiene argumentos ni razones para sus actos. Duele que vivamos tan a prisa, tan mal.
En un país donde se escribe más que se lee es muy difícil que la lectura sea algo más que un accidente. Sólo leen los que escriben, si es que les queda rato. Incluso algunos escriben para quienes les leen, y no es una perogrullada: el lector de Jorge Bucay se administra la prosa del salvavidas argentino en la certeza absoluta de que tras la ingesta va a sentirse más feliz y más en sintonía con los astros y con el secreto equilibrio de la naturaleza; el lector de Jiménez Losantos (los habrá, no hay duda) se inocula vía óptica el veneno bulímico del agitador de fonética arrastrada.
En política pasa algo parecido: toda la gente que va a un mítin de Rajoy no oye lo que dice Rajoy. Ni el que a uno de Zapatero se presta a pensar lo que le cuenta Zapatero. Se va en tropel a esas reuniones, se acude en masa para ser signados por la oblea formidable de la mediocridad. Yo estuvé allí, se puede decir.
Tenía yo un amigo que coleccionaba libros como el que busca caracolas en la orilla del mar y luego las guarda en una caja muy bonita que esconde en un baúl tapado por una manta en un sótano o en un ático. El amigo de marras no sólo compraba libros por la sonancia del título o por la pompa del escritor: también compraba discos. No le falta un ejemplar de cada género. Miraba la prensa especializada y no perdía ocasión de adquirir lo último en jazz o en clásica, el más reciente ensayo de Marina o la novela recién salida de imprenta de algún Nobel indio cuyo nombre jamás se atrevía a pronunciar. Lo mejor del caso es que mi amigo tenía (hace tiempo que no le trato) la rarísima y más que admirable habilidad de hacer ver a los demás que sus libros o sus discos eran los que moldeaban su carácter. Hacía rentable cada peseta (no había euros entonces) gastada en cultura, pero mi amigo no era capaz de estar sentado frente a un libro más de veinte minutos.
Me confesó que ese tiempo le bastaba para tener una idea sustanciosa del asunto leído y doy fe de que le vi en más de una ocasión disertar sobre lo que, en verdad, a la luz de sus confesiones y a la pericia de mi sana capacidad de observación, no tenía ni puñetera idea. Él era, a su modo, el extra y el protagonista de la historia de su vida. Así que el Día del Libro, fiesta de los sentidos y de la cultura como máxima expresión del acervo sentimental de un pueblo, no garantiza casi nada. Da lo mismo que las Bibliotecas Municipales (en mi pueblo hay una que está funcionando muy bien) saquen historias a la calle y pongan en los semáforos poemas de Juan Gelman (ahora que le dan el Cervantes).
En Córdoba vi el sábado pasado un autobús con un poema de un poeta polaco (no recuerdo el nombre) en una ventana: un folio blanquísimo con unas líneas ocupando su centro y el timbre de Cosmopoética en un extremo. También le han puesto boyas de luz al Guadalquivir. Esas intenciones son tan estupendas que a veces pasan desapercibidas y tan sólo consiguen una atención leve de quien nunca lee o de quien nunca se ha preocupado de saber algo más o de sentir, piel adentro, algo más. Belleza, al fin y al cabo, belleza pura e inconmovible.
El libro, el magnífico libro, el ladrillo sobre el que se edifica la voluntad de permanencia y de vigencia de la Palabra, continuará su batalla íntima, doméstica, sorda y cruda contra los enemigos de siempre y contra los que acaban de llegar a la plaza. Estos tiempos de banda ancha y de fast food cultural no permiten que alberguemos muchas ilusiones. Ver a un niño leer todavía sorprende cuando debería sorprender justo lo contrario. Así nos va. Así mi amigo, hijo de su tiempo e hijo de sus vicios y de su pereza, puede pavonerase de lecturas que han leído otros, pero que él, ufano, victorioso, hace suyas sin que nadie se percate del timo.

19.4.08

Suecia, Lucena, Ipod

Llueve en Lucena: una lluvia mansa como a desgana que moja los coches y entorpece el tráfico de agentes inmobilarios, amas de casas y abuelos ociosos por las estrechas aceras del pueblo. El paseo matutino ha sido, sin embargo, provechoso. A cubierto, bajo un paraguas xxl que casi nunca uso, he ido fatigando calles, contemplando el pueblo como de nuevas. He vuelvo a ver, aunque ya la conocía, la iglesia de San Mateo. La he querido ver con ojos de turista y ha sido posible. Igual contribuyó la lluvia y la música alojada en mi bendito Ipod. Es curioso cómo la música puede modificar el paisaje a su santa conveniencia. Se trata únicamente de elegir bien. Hoy he escuchado (completo) Layers of light, un disco íntimo, artesanal, ajeno al runrún de las modas y de los escaparates. Lo tocan dos suecos normalmente afiliados al jazz, pero metidos en la cosa folclórica en esta ocasión. Así que jazzmen escandinavos tocando música popular sueca. Y lluvia en Lucena y un paseo bautismal por las calles empedradas de gris y de melancolía. Las ciudades, cuando llueve, se vuelven pequeñas, por grandes que sean. La mía, que no es ninguna urbe remarcable, casi desaparece. El trombón y el piano condimentan el paisajismo bucólico, completan la tristeza útil con la que el día se ha presentado. No va a ser posible volver a escuchar este disco sin el concurso fundamental de la lluvia. De alguna forma, aunque pasen muchos años, oiré llover cuando regrese a él. He vuelto a casa jovial y nuevo, renovado, limpiado, reconfortado por la lluvia. Un viaje diminuto ha sido.

Cava, Nick, cava


A Nick Cave le inspira la brutalidad del Antiguo Testamento y las referencias bíblicas perlan su robusta discografía. Nada nuevo: Sting dijo que la iconografía cristiana le marcó siendo niño. Si no hubiese sido por el jazz de salón y por la master card, Sting podría haber sido un Nick Cave rubio y atormentado, reconocible en sus bajadas al infierno y en sus gloriosas escaladas al cielo puro de la creatividad insobornable.
Después del telúrico Grinderman ha vuelto a reunir a sus Bad Seeds y el disco de 2.008 es una epifanía de rock purísimo, edificado sobre las raíces del blues y embutido con mimo (pero sin amaneramientos) en el traje ampuloso de las nuevas músicas del mundo del siglo XXI: Cave es un gurú en lo suyo, un profeta eléctrico, una especie de Bob Dylan ensimismado por la belleza de lo sórdido, por la fascinación de la fe y por la certeza de que el tiempo, el implacable, va a lo suyo y no espera a nadie, como decía la vieja tonada de los Stones de los sesenta. Nick ha pasado ya la cincuentena, pero canta mejor que nunca.
Jesus of the moon lleva conmigo un mes: desde que la oí no he podido evitar buscarla casi a diario. La escucho en mis cascos blancos de Ipod infinito (40 gigas dan para muchísimo) mientras la tarde va cerrando la ciudad y abriendo otra cosa, que nunca sé bien qué es, pero que me gusta mucho más. Nick Cave debe ser un tipo extraño en el trato corto. No me entra que sea un tío campechano, capaz de comentarte cómo ha ido el fútbol en el fin de semana o cómo de bueno de David Bowie cuando Ziggy Stardust planeaba las barras de bar del Londres profundo, pero yo me limito a escuchar Dig, Lazarus, Dig!!!, que invita a escuchas nuevas, como si fuese jazz en vez de rock. En cierto modo siempre pensé que el rock se agotaba enseguida: Cave me hace cambiar de opinión. Y Steve Earle (qué maravilloso disco Washington Squeare serenade). Lazaro fue el primer zombie de la Historia: de algún modo Cave es Lázaro también: ha regresado. Sí, nunca se fue, pero yo lo veo venir fuerte y oscuro, tremendista y caústico, trovador de la electricidad del mundo, poeta de Cristo entre zumbidos de acople. Le sienta bien al hombre la desintoxicación. Le sienta de perlas.

16.4.08

En el espejo

Me nacieron provinciano y retórico, escasamente dotado para lo excéntrico y levantisco en el ánimo. Ningún encanto remarcable me diferencia del resto. Doy, en contadas ocasiones, la imagen de saber lo que quiero, pero carezco de toda certeza sobre lo que verdaderamente me incumbe. Me asombran ciertas sabidurías sencillas y me engolosinan ciertas mozas indisimuladamente concupiscibles y abiertas, entiéndase, para la cosa artística. Nacer Emilio Calvo de Mora Villar y no Luis Fernando Arteaga y Díaz de Corrales o Federico Balboa y Céspedes de Villamediana, pongo por caso, debe haber 0bedecido a algún arcano plan cósmico. No uso la palabra divino porque no me convence, tras lo visto y lo entendido, el asunto de la divinidad. El azar, mis amigos lo saben, no me obsequió con la fe y toda materia de índole religiosa me produce un severo, aunque soportable, escozor mental. Todo, al cabo, no deja de ser mera semántica intercambiable. Tampoco me preocupa el tiempo perdido en llegar a conclusiones importantes sobre el sentido de la vida y la naturaleza de mi angustia. Me valen los placeres cotidianos. Un solo de trompeta de Miles Davis. Versos de Benedetti. Una tromba de agua ayer tarde en mi calle. El ajedrez de Borges y el de mi hijo. Las novelas de Harry Potter, que no he leido, pero que han fascinado a mi hija. No me excedo más, que esto ya va sonando a aburrido. Reitero mi absoluta fascinación por el talento ajeno: es ese talento el que me procura a mí la felicidad y el gozo que no obtengo con el mío. Supongo que así el mundo va girando. Mi amigo K., que ahora me frecuenta con asiduidad, sostiene que si uno nace para martillo, del cielo la caen los clavos, como decía el Pedro Navaja de Ruben Bladés. Entretengo estas últimas horas del día (gana el Valencia dos a uno al heróico Geta) en la idea de K. y consiento que un té de hierbas prudentísimas alfombre el aire de pensamientos mínimos. Termina el partido en el Vicente Calderón: Morientes, zorro antiguo, ha marcado el tercero che. Sólo es fútbol, pero entretiene muchísimo.

15.4.08

En la ciudad de Sylvia: Invitación al naufragio





La advertencia: En la ciudad de Sylvia no es una película: no lo es en el sentido en que consideramos Ciudadano Kane, Taxi driver, La colmena o La vida privada de Sherlock Holmes. No sabría encontrar una palabra que fuera útil para categorizarla, pero tal vez no haga falta estabular, abrir un inventario, reducir la emoción al comercio frívolo del lenguaje. En la ciudad de Sylvia es una obra de arte, y no me refiero a que brille espléndidamente o a que, por razones de su composición, de su tratamiento de la imagen o por la calidad de sus diálogos, esté destinada a ser un clásico. No: la filmación (ésta es buena) de José Luís Guerin es un hermoso poema visual, un recorrido detectivesco a través de la ciudad en pos de la belleza, de la verdad. En este sentido, este cronista de sus vicios se sintió plenamente satisfecho. Y se sintió voyeur de la emoción pura, un voyeur privilegiado que consiente seguir el rastro de un hombre que ha creído encontrar la mujer que amó. La ciudad (Estrasburgo) sirve de laberinto. El tiempo es otro laberinto.
La trama, mínima, es una excusa: transcurre en tres días y se divide en tres apartados: prólogo, nudo y desenlace. Nada sucede: o todo sucede. Para que no suceda nada podemos prescindir del diálogo: aquí es testimonial. O es simbólico. La mujer es un símbolo y es un misterio, una especie de metáfora de la belleza absoluta, del proceso creativo que lleva al autor a plasmar un texto o un dibujo o una película desde donde antes no había nada. El amable lector se sentirá confundido y no es otra cosa, salvo la confusión, lo que va a encontrar en esta honesta indagación de lo real desde lo real que es En la ciudad de Sylvia. Pero no es una confusión sin objetivos, ninguna de esas confusiones aliadas con la incertidumbre o con la simpleza: ésta se envenena de poesía, de un exacerbado amor a la plasticidad de la vida, a sus infinitos mensajes varados en colores, anuncios, gestos. Todo vale para que Guerin aprehenda el latido de la vida. La ciudad, ya está dicho, es una excusa, un ámbito inevitable, pero no vincula del todo la cinta, que es capaz de proponer un sentido de las cosas al margen del contexto en el que se produce.
A estas alturas del texto y del recuerdo de Sylvia en la cabeza ignoro si Guerin es un cineasta portentoso, un extraterrestre que posee una inteligencia fuera de lo habitual, o es un timador excepcional, un introvertido, un caprichoso geniecillo de la cámara que se ha propuesto captar lo invisible, recoger en una cinta magnética (el formato químico importa escasamente, es una manera de hablar) las estrofas del poema importante: la búsqueda del yo en los otros, algo así, que el lenguaje es falible y no es posible (yo, al menos, no estoy capacitado en absoluto) transmitir con fidelidad (amoldándose uno a lo visto, intentando comunicar lo observado de la forma más objetiva que se pueda) la cantidad de ideas que aturullan tu cerebro cuando has regresado a la realidad después de haberte perdido dos horas con Sylvia y con su perseguidor, con la ciudad desmenuzada y sucia, abierta y profunda, cómplice e íntima.
Dicho (escrito) todo lo cual a uno no le queda otra cosa que rendirse (absolutamente) a este artefacto artístico que, sin ser película, es cine total, cine concebido como vehículo sensible de transmisión de emociones. Y el lector encaprichado de su instinto podrá obviar este arrebato de lujuria visual sin que su amor al cine decaiga un ápice: no opino como mi amigo K., que sostiene que En la ciudad de Sylvia es anti-cine. Lo habrá leído en algún sitio y ha hecho suya la frase, aunque luego sea capaz de montar la batería de argumentos que justifican su postura. K. se aburrió. No lo pongo en duda. Yo disfruté muchísimo, me sentí un espectador nuevo, uno reconfigurado para la ocasión, rediseñado: como si mis hábitos cinematográficos (que son muchos y son antiguos) mereciesen un bofetón en la cara y tuviese que admitir (lo hago, lo hago) que esto también es cine, cine de mucha calidad, pero no objeto disfrutable por cualquier usuario: ya sea el advertido o ya sea el desprevenido. Todos podemos salir naúfragos de la sala. De qué, no lo sé.


Entrevista a Guerín aquí.

14.4.08

La edad de la ignorancia: Kafka, manzanas y silencio





Al principio pensé en que La edad de la ignorancia iba a ser una comedia bufa, una especie de opereta de tres peniques con personajes surrealistas, pero se tarda muy poco en percibir que nada induce a la risa: el patético Jean Marie Leblanc, un funcionario que no funciona, un triste ciudadano cuya vida sólo se existe cuando su fantasía se encabrita y se cree un novelista de éxito o un político consagrado. En realidad, Jean Marie es un cincuentón verde que todavía guarda ejemplares del Playboy con los que se procura el placer que su mujer no le proporciona, un trabajador insensible que fuma a escondidas y que no tiene relación alguna con sus dos hijas. Hacia el primer tercio del film pensé en Kafka, pensé en el héroe gris de American beauty, pensé tozudamente en el desasosiego de una vida enferma que desaloja cualquier esperanza de luz. Definitivamente La edad de la ignorancia, a pesar del jocoso cartel y de las idas y venidas de mujeres desnudas o del desconcertante arranque, en el que Rufus Wainwright, extraído de la portada del Discovery de mi amada E.L.O., canta una pieza entre lo vodevilesco y lo operístico mientras una rubia jaquetona y procaz se revuelve entre sábanas de raso y cojines persas de sueño de Sherezade. A la mitad de la película, Kafka ya ha tomado las riendas de la trama: todo es absurdo, un absurdo absurdamente consentido.
El director canadiense Denys Arcand (de quien sólo he visto la muy entretenida El declive del imperio americano) hurga en la incomunicación del mundo, en su capacidad para crear burbujas en las que alojar a sus habitantes más sensibles. Los que no lo son, aquellos ajenos al dolor o a la emoción, viven en sus oficinas, venden pisos, se fuman una cajetilla en un atasco o gastan un tercio de la nómina en alitas de pollo prefabricados que devoran sin apetito mientras las noticias vocinglan que el virus de la estupidez (o era una enfermedad de verdad) ya se ha cobrado miles de vidas. Y va a más. Arcand mezcla con inteligencia (a veces una inteligencia cargante, excesivamente a gusta consigo misma) brochazos de comedia negra y finas líneas de cinismo y de hipocresia, de egoísmo y de insatisfacción. Nada que no podamos ver en el mundo o que no podamos sentir cerca. Ojalá nunca demasiado cerca. El apocado y fantasioso Jean Marie lee El libro del desasosiego, la obra negra del negro Pessoa, mientras su madre muere en una cama de un psiquiátrico. Ese Jean Marie es el mismo que sueña con la grandeza y con el lirismo, con la vida de los otros, pero hasta la fantasía le exaspera. En el último tramo de la película, despide a los fantasmas que le han mantenido con vida los últimos años: los manda a paseo, los ignora y se refugia en una casa a la vera de la playa, en un idílico vergel de paz y de manzanas, en donde el tiempo transcurre con la parsimonia que exige su desintoxicación. De hecho, Arcand no finaliza su película: la deja abierta, crea la sensación de que tal vez nuestro héroe doméstico, el pajillero convulso que ha malgastado su vida en la familia equivocada, haya muerto y la casa azotada por las olas (que son también grises) sea el cielo, algún tipo de cielo corregible e inofensivo.
El burócrata sentimental ha desafiado las leyes y ha encontrado la paz en la mansedumbre de un cesto de manzanas en el que poder evadirse y sobre el que proyectar (sin ningún tipo de prisa, ajeno a ninguna obligación) sus ansias, sus deseos, la inequívoca raza de sus sentimientos.
Sin ser una película redonda, que no lo es, La edad de la ignorancia (terrible título del original en francés L'age des tenebres) consigue involucrarnos en su delirante trama. Eso, en estos tiempos, es mucho.


The contract: Tedio y repetición


Confía uno en que el cine de serie B siga siendo cine de serie B y no rebajen los principios metodológicos, la inspiración popular, el aliento de mesa camilla a las cuatro de la tarde cuando la masa encefálica planea vuelos sencillos y no precisa excesos. Pero Bruce Beresford, el amodorrado gestor de este telefilm bienintencionado, prescinde de justificar las razones que sustentan el comportamiento y la psicología de los atribulados personajes y coloca la capa de superhéroe a un vulgar ciudadano, más preocupado de encauzar la vida loca de un hijo tarambana, pero rambonizado (permítaseme la expresión) cuando las circunstancias demandan épica, operaciones de campo y arrojo al más puro estilo Equipo A. Por todo esto, The contract, sin llegar a ser una bazofia, se acerca mucho. La salva, es un decir, Morgan Freeman, que eleva el interés y hace que la hora y media de despropósitos no duela en la memoria o en el bolsillo. La enfanga todo lo demás: el incongruente batiburrillo de piezas del guignol infinito del gran thriller americano, la ejecución rutinaria de actores. Hasta Freeman, que casi nunca defrauda, invita a no prestarle atención. Por todo ello el amable lector puede tranquilamente esperar a que la aquí vapuleada cinta (siempre a juicio de este reseñista doméstico y pueril) salga en DVD. Ahí llega su momento de esplendor mediático: es entonces cuando el usuario se arrebuja en un sillón de orejas, baja las persianas, enchufa el home cinema (no es obligatorio, es oropel semántico) y permite que esta inofensiva trama de héroes de matorral le entretenga una tarde de verano mientras afuera el calor derrita las antenas de los saltamontes. Busque usted más información en otras páginas: esto es una venganza de mi paciencia.

12.4.08

Cashback: Juegos de amor en el turno nocturno






Volvamos al primer principio, demos a la teoría una relevancia que se está perdiendo, consideremos (por último) que el clasicismo, en materia narrativa, consiste en cumplir una serie de condiciones inexcusables para que el cine funcione como espectáculo total y no como una exhibición de la vanguardia artística o como un parada de fastos y guiños.
Cashback, por ratos, parece eso: un ligereza interesante, un modo de hacer cine de vanguardia, exquisitamente tratado, sin abandonar por un instante las reglas básicas, sobre las que se fundamenta el proceso de hacer una película, pero carente (o casi huérfano) de un guión estable, que propicie el seguimiento natural de la trama sin que tengamos que considerar méritos secundarios tomados como principales o debamos prestar excesiva atención al oropel, a lo nítidamente accesorio. Porque méritos secundarios, poses, guiños cultos y ganas de llamar la atención Cashback tiene bastantes, pero no por eso podemos considerarla una película de calidad. No lo es en absoluto.
Su trascendencia visual está amortiguada por su vacuidad narrativa. A pesar de que el casting lo hace de maravilla, no existe una complicidad a nivel literario. La historia, que la hay, no alcanza el punto de agarre con las imágenes que posibilite el fundamental y asombroso hecho (todavía lo es, pese a los ciento y poco años de este invento) de ver una película, de ver un cuento que dura dos horas. El descalabro forma-fondo lastra una idea original que mezcla con sobria inteligencia, mezclando humor, comedia burda y hasta un melodrama interno muy considerable, los artefactos propios de la imaginación posmoderna (congelar el tiempo, desnudar a las clientas de un gran supermercado) con las emociones que ese acto de voyeurista vandálica provoca en quien, ufano de su talento, lo ejerce.
Sean Ellis, fotógrafo, cortometrajista de éxito y ahora director de moda, disecciona el insemnio: lo registra, lo eleva a un categoría casi artística y hace que su triste protagonista, el que lo sufre, se convierta en una especie de héroe íntimo o de anti-héroe doméstico, es lo mismo; en todo caso, un tipo vulgar que por las circunstancias de su sensibilidad (todos tenemos una: hay que alimentarla, hay que amarla) encuentra un juguete adictivo, singular e inofensivo. ¿ O no lo es?No he visto el corto del propio Ellis en el que al parecer está basado el largo. Tal vez el contenido de la idea daba para veinte minutos: noventa le queda largo. No es nada nuevo. Hay artistas (esa palabra lo abraza todo) que se mueven mejor en distancias pequeñas, en situaciones breves: como melodías pop que no pueden exceder los cuatro o cinco minutos. Los desarrollos largos, la medida de la trama y su plasmación en capítulos, en partes dotadas de una coherencia, pueden desastrar la intención primeriza, abismarla en una aburrida suite que, alargada, pierde fuelle, desaloja el asombro de los primeros minutos y explora la tozuda evidencia de que hay chispazos de ingenio, alardes de originalidad incuestionable, pero ninguna de esas formidables cartas de presentación alimentan el apetito insaciable de un largometraje. El relleno que Ellis incorpora no entusiasma: subtramas de algún interés, pequeñas escenas que no se solapan como debieran al ritmo y al motivo de la trama mayor, personajes perdidos, diálogos vacuos. Lo que era primoroso y deslumbrante en la pieza breve es casi tedio e insípida golosina en la larga.
Nada, sin embargo, excesivo ni severo con lo que fustigar esta especie de obrita indie, inusitadamente publicitada por el portentoso cartel y por ciertas imágenes colgadas por toda la red: está por encima de productos de más saneada limpieza formal pero calcados de otros promovidos y alumbrados en el mismo despacho de márketing o por los mismos operarios de diseño.
Mi amigo K., a la sazón, cultivador del raro arte de no dejarse jamás influir por las primeras impresiones y acceder virginal y voluntariosamente al final de las mismas, ha considerado que Cashback es una pequeña obra maestra. Son sus palabras. Arguye que le ha flipado (últimamente está incorporando vocabulario nuevo y lo usa en cuanto puede, aunque se ruboriza y hasta carraspea cuando lo hace) el modo en que Ben, el atribulado y triste (ahí sí que estamos de acuerdo) galán al que han dado calabazas busca remedio metafísico en la confortable y plácida vida nocturna de un supermercado. Sostiene mi buen amigo que Ben es un escritor en potencia. Que todos somos Ben. Que a todos nos encantaría congelar el tiempo y desplazarnos como demiurgos cabrones por los pasillos de la vida, moviendo piezas del tablero, siendo pícaros y desfaciendo entuertos, tímidamente conscientes de su belleza dolorosa . Ya lo dijo Kierkeegard, o fue Schopenhauer: La vida es un infortunio siempre. ¿ O fue Billy Wilder? Al fin y al cabo Cashback es una muy british comedia sentimental ligeramente salpimentada de cierta osadía de ciencia-ficción de parvulario. K. me ha dicho que el cine inglés ha dejado la Ealing ya atrás. No hacía falta acudir a esto para esas concluciones.

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11.4.08

La noche es nuestra: Bendito cine negro







En realidad La noche es nuestra, más que una película sobre los entresijos morales de las redes organizadas del crimen, es una hermosa (y fría) historia sobre el pecado y la redención, un cuento fatalista que hurga en la miseria del alma y en los modos en que la sangre, la propia, la que nos une a quienes amamos, vence al fastuoso imperio del vicio y de la ambición. Narra, desde la desintegración de los patrones domésticos clásicos - familia, iglesia, honor -, la resurrección moral de un pequeño delincuente, un tipo frágil y sentimental que bascula entre el ruido de las fiestas, con su guarnición de drogas, sexo y poder, y la música diminuta de la vida familiar, con su inevitable olor a lánguida y sinuosa rutina.
El hijo crápula y disoluto, enfangado hasta el aturdimiento en rayas de cocaínas, polvos en trasteros de timbas de cartas y la promesa de un futuro prometedor en el hampa, protagonizado por un espléndido Joaquín Phoenix, el hijo que se ve arrojado a la tragedia cuando su vida delictiva le obliga a elegir entre la devoción de su estirpe (padre y hermano policías) o el mundo oscuro y adictivo al que ha consagrado su vida, representa la inocencia perturbada, el mal en estado primario, antes de que la experiencia en su manejo tome los mandos de su vida y el hijo pródigo, tocado por el numen del vicio, deba renunciar al neón y a las cartas marcadas, al lujo y a la vida fácil para tomar conciencia de la responsabilidad, de lo correcto y de lo que no lo es: pura tragedia griega. El noir, el bendito cine negro, es eso: episodios clásicos, cultura helénica interpretada por gángsters, putas y maderos.
James Gray, un profesional poco dado a prodigarse (tres films en quince años), prefiere dibujar con precisión el tormento de sus personajes antes que explayarse en la acción pura, en lo que, en manos de otro cineasta menos artesanal, podría haber producido un film más ágil, menos ambiguo. La noche es nuestra (es más hermoso We own the night) recurre al cine de género de los setenta: huele a Lumet, al primer Scorsese, al primer Polanski, a Coppola, a todo lo que en esa década prodigiosa (vamos, tópico, ven a mí) condujo a este cronista de sus vicios (sí, claro, tengo muchos y soy incapaz de renunciar a ellos) a amar el cine casi por encima de todas las cosas.






Exenta de alardes narrativos que puedan despistarnos del verdadero sentido de la historia, La noche es nuestra se deja contaminar por todos los clichés que el espectador avezado desee, pero Gray los deconstruye (por fin he usado esta palabra: llevaba un mes deseando prenderla a un texto) y arma un sólido, sobrio y, más que nada, amenísimo ejercicio de cine clásico. Éste lo es: tal vez de un modo tan abrumadoramente moderno que no lo parezca, pero podríamos viajar en el tiempo y depositar la cinta (tal cual se hizo, sin cambios, sin modificar un fotograma) en la cartelera cinematográfica de los primeros setenta, y no chirriaría. Ningún crítico escrupuloso la tildaría de moderna. El problema del tiempo es éste: que lo que uno escribe en 1.972 en la confianza de estar ajustando el texto a un contexto y a una forma de entender el cine es un exabrupto en 2.008, una salida de tono, una boutade, un mamarrachada.
En todo caso, tiene el espectador interesado en perturbaciones y enfermedades del alma atormentada una sesión intensa ( inteligente, lírica por tramos) en este pequeña, en cierto sentido, obra de arte del siglo XXI. Quien prefiera embadurnarse el cerebro con otras toxinas menos exigentes, que requieran una entrega menor, pueden ir a la sala contigua donde se exhibe Casi 300. Me han dicho que es la monda.



Estas manos inventaron el cine


K. dice que todos llevamos un teólogo dentro

"Ahora mismo la moda es tener una disposición de ánimo católica con una conciencia agnóstica: así disfruta uno del pintoresquismo medieval de lo primero con las comodidades modernas de lo segundo"
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H.H. Munro (Saki)

9.4.08

Monstruoso: I am a camera




Si miramos lo estrictamente cinematográfico, Cloverfield (Monstruoso) es una joya, una pieza magistral de cine alumbrado en el siglo XXI, imbuído de las técnicas narrativas que la nueva sociedad crea para explicarse a sí misma o para alejarse de los patrones en los que no se identifica. En este sentido, la cinta de Matt Reeves mira más al Youtube o a la realidad colgada en la Red que a la propia realidad, que tal vez se le queda corta y debe echar mano de dispositivos narratológicos diferentes. Los autores de esta inteligente propuesta (la inteligencia puede estar reñida con la belleza o con el asombro artístico) conocen muy bien los mecanismos de distribución viral que se producen en los medios de comunicación de masa así que tiran de una campaña de publicidad sencillamente perfecta: colocan un trailer justo antes de la proyección de Transformers y dejan en Internet pequeños bloques de información, golosinas que abren el apetito, pero que no acaban de informar sobre la naturaleza exacta del menú a degustar.
En otro orden de cosas, o tal vez es el mismo pero mirado desde una perspectiva más emocional, Monstruoso no es ninguna joya del cine y su osadía formal contrasta con su plano mensaje sentimental. Al fin y al cabo, el cine se dirige al corazón, aunque en ocasiones (en excesivas ocasiones, tal vez) lo consideremos bajo la mirada gris y fría del análisis, que es un acto racional y puede prescindir de las emociones.
La naturaleza vírica del márketing habilitado para su propaganda casi merece más atención que el propio film: Monstruoso (con papá Abrams detrás de la empresa) reformula el diseño de producción, crea (al estilo de Perdidos en la pequeña pantalla) una realidad narrativa paralela a la construída en el metraje y somete al espectador a un tozudo y, al tiempo, lúdico ejercicio de involucración masiva en el contenido formal. El espectador es un empleado más de la productora. Se llegaron a alojar videos en Youtube que provenían de la sala de cine de modo que el trailer era objeto de la misma atención que la película en sí. El medio (nada nuevo) era el fin en sí mismo.
La intrascendencia de Monstruoso no hará que no se hable de ella dentro de algunos años: se valorará el grado de hiperrealismo, se elaborarán sesudos textos sobre las nuevas tecnologías narrativas, pero igual nadie revela al público ignorante que la película es mala.
Que el monstruo que devasta Manhattan sea intuído, más que mostrado, o que Reeves, temblona cámara en ristre, dedique un buen tercio del film a presentar a los personajes, sin mostrar las cartas apocalípticas, el Godzilla bíblico que hunde la ciudad en ceniza, evidencia que no estamos ante un blockbuster al uso, una de esas cintas monstruosas que provocan la histeria del público adolescente: Monstruoso evita esa vinculación fácilmente identificable con lo comercial. De hecho Reeves se escora adrede de lo fácil y lo previsible y monta un espectáculo efectista, que se ve con asombro, pero que no sacude ninguna fibra de sentimiento.

7.4.08

La vida alrededor de un riff


Una revista musical de prestigio, al parecer, publica los cinco mejores riff de la historia del rock. Nada que objetar. Antes hemos visto las cinco mejores canciones, los cinco mejores álbumes, las cinco mejores portadas. Ad nauseam. De lo que se trata, en el fondo, es de compartimentar la cultura, de etiquetar el placer y poder acceder a él en base a la nomenclatura habilitada (inventada) al efecto. Yo, al menos, soy incapaz de no hocicar mi malsana curiosidad en esas listas imposibles. Y como todo lector insatisfecho (toda lectura es una forma de satisfacción incompleta) me obligo a encontrar los ítems que faltan: el riff personal. Ahí se acaba la mitología: los años de inventar riffs en el aire con una guitarra imaginaria han pasado, pero también caímos.
Y un riff, por genial que sea, no es un solo: el riff machaconamente se pasea por la canción, a modo de leivmotiv, de patrón tozudo. El solo, sin embargo, se despliega en la coda final o en un puente intermedio, y no precisa de la repetición para conseguir su hegemonía melódica, su vocación de himno.
Fui muchas veces Clapton (Derek con sus Dominoes) y fabulé mi particular fraseo de Layla alrededor de una barra de pub a la inglesa y bien escoltado por adeptos de la causa. Fui muchas veces Jimmy Page y fantaseé mi egocéntrico Black dog o Rock and roll mientras los altavoces berreaban sus buenos vatios. El rock, ya se sabe, debe atronar cuando el alma exige su dosis diaria.
La vida también tiene sus riffs: acordes fabulosos que se adhieren a la memoria. Tal vez estaría bien componer los cinco mejores. Poner en una tablilla, aunque sea digital, los momentos tarareables, los espasmos convertidos después en exaltación jubilosa de la vida y del goce absoluto de vivirla. Sería un buen meme, uno de los mejores. No me atrevo todavía a tirar del mío, vaya que olvide algo relevante o publique lo que no debo. A fuerza de ser sincero, mejor me estoy quieto. Ni siquiera sabría cómo empezar. Los riffs del rock son otra cosa. Los cinco que alumbraron mi tardoadolescencia (suelen venir siempre ahí, qué le vamos a hacer) acuden al catecismo guitarrero básico: Whole lotta love, Layla, Smoke on the water en la Fender Stratocaster de Ritchie Blackmore (Made in Japan fabuloso en la memoria de todo amante del rock), Sunshine of your love, Money, Satisfaction. Recientemente: Sweet child o'mine (Slash, heredero glorioso de los guitarreos heróicos, aunque desangelado por su pobre discografía, hasta el momento)

Arma fatal: Michael Bay con un poco de cultura




A diferencia de las parodias sobre el cine serio que llegan de los territorios yankees, los hijos de Albion, los pérfidos hijos de la Gran Bretaña se alejan del patrón chabacano de las antiguas colonias transatlánticas y reelaboran el humor burdo y escatológico, excesivamente apegado a los clichés que marca la moda, made in USA, y crean un material nuevo, ágil, fácilmente identificable bajo la etiqueta de humor británico, con su pinta de flema y su rimbombancia sintáctica, a beneficio del espectador global, rumano, italiano, español o ruso, que se identifica con celeridad con los brochazos de comedia y se congratula del talento inglés para no cometer jamás (es una temeridad hablar en términos tan estrictos, pero nos arriesgaremos) el crimen de abochornar al personal con películas absolutamente lamentables. No lamentables desde el punto de vista de un crítico severo e insobornable: lamentables en un grado superlativo. Casi 300. Scary movie. No hace falta que siga.
Arma fatal (horrible título) es una juguetona jugarreta de marketing, un habilísimo ejercicio de comedia estrafalaria, inyectada de acción y sustentada en un guión ágil e inverosímil, dinámico y, al tiempo, reflexivo, que remarca con mucha elegancia el particular british way of life, gamberro si se lo propone, aunque sin abandonar la ironía, el detalle paródico que no cae nunca en lo soez, sino que es una lectura adulta y casi cinéfila.
La ampulosa vistosidad visual esconde miserias, evidencias de la trastienda cultural de un país que esconde en la educación y en las buenas formas una chabacana y autocomplaciente forma de entender la vida y los problemas: el policía protagonista, tan competente que sus superiores le han destinado a la dulce y plácida campiña inglesa, cansados de que les ponga en evidencia de continuo, hace de Hercules Poirot, de Grissom de aldea, batallando contra el criminal (escondido en la masa social, como le gustaría a Agatha Christie) y contra la pazguata, mojigata y misántropa sociedad rural en la que éste opera. El film bascula entre el diálogo inteligente (los hay, no crean) y la acción tremebunda, salpimentada de gore en muy contadas pero apabullantes briznas; entre la diversión pura y la intriga detectivesca.
De todos estos escenarios sale Arma fatal airosa: divierte, contagia un sano sentido del cluedo clásico y hasta tiene uno de esos finales apocalípticos que consigue que salgas de la sala con, al menos, una sonrisa en la cara.


5.4.08

Las hermanas Bolena: La Historia contada a las mentes sencillas




Tenebrista, conducida con un extraordinario sentido narrativo, alejada del patrón clásico que exige música de cámara y atosiga al espectador con motivos más propios del culebrón que de la fidelidad o la verosimilitud, Las hermanas Bolena es una pulcra recreación de una época histórica que el cine nos ha mostrado con apasionamiento. Hasta John Ford tuvo la tentación de meter su ojo (uno solo, ya saben) en la vida palatina y hurgó con éxito en la ambición, en la traición y en el honor con su formidable María Estuardo (Katherine Hepburn en la memoria). Hay aquí rigor y convicción narrativa, precisión a veces apresurada: la historia de las hermanas Bolena prefigura la Historia de Inglaterra. Carente de cierta osadía visual, Justin Chadwick se limita a contarnos lo que ya sabemos, aunque se permite conducirnos por senderos novedosos como la fundamental presencia de María, la hermana de Ana. En lo demás, una más que aceptable composición artística, que no está a la altura de un libreto particularmente melindroso, que no se arroja como quisiéramos en las perturbadas vidas de sus personajes y tan sólo extrae renglones subrayados, pistas notorias de lo que alimenta la evolución de lo narrado, pero sin acercarnos con otro pulso más dramático a la clásica liturgia del género. No es esto un encendido ataque a la cinta, más bien al contrario. Las hermanas Bolena es un más que digna película y, salvo algún desajuste lingüístico - los personajes no parecen hablar con la engolosinada pomposidad que les arrogamos siempre - o alguna excesiva celeridad en acudir al previsible final - y se agradece que el cine (como siempre) ilustre nuestra mediocre (en ocasiones) cultura histórica, pero queda la muy secreta impresión (ahora aireada) de que podríamos haber alcanzado un nivel más alto caso de haber mimado más los diálogos (los de María son particularmente parcos, los padres tampoco se exceden, el rey Enrique está muy difuminado y a veces únicamente impone su condición en base a su incontinencia física y no por su dialéctica o por su sentido del oportunismo semántico). Los actores, que hacen lo que les piden y no son músicos de jazz para poder improvisar líneas sobre la partitura dramática, contribuyen a que el tono medio se eleve un peldaño. Ana Torrent, tal vez el único personaje verdaderamente pensado y escrito sin que chirríe su parlamento, borda su breve papel. Inevitablemente los vuelos mentales de este cronista de sus vicios acudieron a la niñez de la actriz. A la mía. Estas cosas tienen el cine. En fin. No distraigan el día con mis reflexiones de sábado. Salgan a la calle. La ambición es muy mala. Y la venganza. Los Tudor parecen, en efecto, monigotes de culebrón, muñecos de las soapbox opera de antaño. Me pregunto por qué me zumba esa idea en la cabeza. O sí lo sé. De todas formas no podemos perdernos ninguna película en la que aparezca nuestra idolatrada niña Johansson. Uno va al cine, paga la entrada, se sienta en la butaca y espera que su belleza irregular, su mirada perdida y su lánguida perfección (aquí afeada a posta) inunden el tedio y alimenten mitologías.

3.4.08

Resident Evil:Extinction: El virus total


Es imposible (en ciertas ocasiones) comprender la realidad. A lo sumo uno alcanza a percibirla. Llega incluso a entender la naturaleza de sus manifestaciones, pero este empeño naufraga en el carácter onírico, caótico, errático o absurdo de sus significados. La realidad elude cualquier subrayado dramático. Nada es cándido ni es perverso ni triste: todo se cifra, todo se encripta, todo se ajusta al mecánico código lingüístico. ¿Y si el lenguaje fuese un instrumento corto para descerrajar los usos y los hábitos de la realidad?¿Y si expresar un sentido es, en todo caso, negar los otros, los que no están más nítidamente visibles pero tal vez mejor convienen? Tal vez sea el cine y la fotografía las disciplinas artísticas que con mayor eficacia registran el caos, el luz, el vértigo fabuloso de lo real: ambas pueden permitir el lujo de carecer de lo lingüístico ( como la música) para forjar un universo bien armado de significado y autónomo enteramente. Bien, hasta aquí la plasta teórica, el ungüento metafísico o metalingüístico o tóxico. El resto es la verdad incontestable, la magra realidad escasamente avenible a disquisiciones, ontologías y análisis hondos como la inocencia de un niño. Y entonces es cuando vengo a hablar de la película que vi anoche. Se trata de Resident Evil: Extinction, y juro que mientras que iban cayendo zombies y me iba embruteciendo la mente (como un mecanismo de defensa ante la avalancha de gilipolleces) pensaba en Ferdinand de Saussure y en Chomsky. Recordaba la Obra abierta de Umberto Eco, hoy por cierto en Granada en unas charlas, y hasta un tocho escandaloso de ensayos de Kierkeegaard que un amigo (no es K.) tuvo el detalle de prestarme en una época de mi vida en la que todo lo que sonara a raro y a críptico me entusiasmaba. Pensé en el mundo como una pastilla masticable y en la crisis de los Balcanes. A la vez que Milla Jokovich desmembraba desdichados, repasé planes para el verano y hasta concebí una inconcebible novela sobre Lázaro, el primer zombi de la Historia, metido a psiconalista en la Galilea bíblica. También está el inabarcable proyecto de imprimir todas las entradas de cine de esta página y hasta adjuntarles fotos y detalles enciclopédicos como el nombre del director de fotografía o hasta el guionista. Creo que me levanté cuatro o cinco veces. Ninguna para nada importante. Incluso llamaron por teléfono y mi mujer contestó a la vera de la televisión sin que la conversación (qué voy a contarles) estorbara el normal entendimiento de lo narrado en la película.
La obrita está exenta por completo de aciertos: es cine por eso de los 24 fotogramas por segundo. La saga de videojuegos alumbrada por Shinji Mikami tal vez sea una referencia en su verdadero ámbito de acción, pero en cine, en la pantalla grande, establece un diálogo muy parco en significados (nulo, si me apuran). El espectador se siente incomodado por la gratuidad de la oferta, por su mediocridad a medio camino entre el insulto a la creatividad y la ofensa a la inteligencia. No es únicamente la insípida trama o el previsible y mortecino despliegue de acción real: es que la anécdota argumental escandaliza por lo rutinario, por lo funcionarial. No hay sorpresas: no existen esos tenues apuntes estilísticos (más estando detrás un director serio como Russell Mulcahy) que otros sí han sabido impregnar para que la función se salga de la vasta, ruda y torpe maquinaria del cine concebido como una ingesta masiva de caramelitos pasados de fecha pero cubiertos de una adictiva capa de colores vistosos y un envoltorio chic que nos impide el raciocinio, sea esto lo que quiera que pueda ser. Por todo esto, al ver anoche esta Resident Evil, pensé que la heroína apocalíptica necesita de un público sonado, confortablemente insensible, como decía la canción de Roger Waters, acorralado por la costumbre de no ver jamás otro cine que no sea éste. Y tal vez hasta eso deba ser agradecido en estos tiempos de fuga de las salas y de menguados ingresos en las arcas de las distribuidoras.
Da igual que uno conceda un extra de confianza (lo hice, lo hice, lo hice), rebaje hasta la pura naúsea la mínima exigencia requerible. Llega un momento en que la luz chirría, los párpados caen como si acabasen de sufrir una tunda de palos cromáticos y el cerebro (víctima siempre) grita, a su modo, una amnistía, un receso, quizá un pacto bien trabado. La más que cazurra coreografía de saltos, disparos y proezas físicas varias nos sumergen en un limbo de estulticia perfecta. Sin más.
Autoindulgentes, los creadores de este portensoso tsunami de atropellos narrativos y dantescas estocadas al sentido común y a la limpia mirada de las cosas se interesan más por la caja y por el tintineo jubiloso y bendito de las monedas en la bolsa que por innovar o crear desde la libertad y desde la dignidad. El sueño viril de la adolescencia tiene en esta fanfarria de torpezas un campo abonado para el desquiciamiento. Tal vez yo, en mi inevitable adolescencia imbécil, recurrí a infamias como ésta. Mi cerebro, adiestrado para olvidar lo prescindible y lo que me sonroja, busca ahora caramelos más nutritivos. Los hay. Están ahí afuera. Esperan. Nos llaman. Qué bonita es la vida.

2.4.08

Billy Bragg: Mr. Love and Justice: La barricada sentimental



Hay músicos que hurgan en la melancolía y encuentran en esa bruma el alimento místico. Billy Bragg es un trovador a la usanza clásica, uno de esos bardos que se desplazan entre pueblos con un cancionero tarareable y una sonrisa ampulosa, como de bufón ya de vuelta de las tropelías de muchos reinos. El reino de Bragg es de este mundo, siempre lo fue. El músico, que nunca dejó las pasiones primerizas y un cierto apego a la intimidad más lírica, regresa con su último disco a la militancia, que nunca abandonó del todo. Apasionadas proclamas untadas de izquierdismo y de himnos folkies de precisa influencia setentera. El romanticismo idealista de la época de Joan Baez o de Bob Dylan (ha confesado que se crió alrededor del genio de Minnessota y que caso de que Dylan no hubiese existido, él no sería cantante ni poeta) se mantiene intacto en la obra de Bragg, que mantiene la fe en la bondad del género humano y en las causas nobles que pueden ser elevadas al cielo de la opinión pública con una guitarra y una voz. En este sentido, el poeta que encontró un púlpito desde donde pontificar las excelencias de su catecismo político existe todavía, aunque los años revelan un progresivo amaneramiento, un abandono tal vez consciente de toda la filosofía con la que se labró un nombre en el olimpo de los cantautores ingleses, que no fueron nunca muchos ni tampoco llegaron a un público excesivamente amplio.
Bragg, el viejo zorro de las cintas de cassette que entretuvo mi vida universitaria con torrenciales soflamas entre lo cándido y lo político, se ha adaptado espléndidamente a los tiempos. Alejado del fantasma bautismal de Woody Guthrie, de sus venerados The Clash o de la apostólica sombra de Dylan, Billy sigue apostando por la idea de que el rojo triunfará y el tiempo en el que no está de gira o firmando libros en grandes almacenes (hay que llegar la masa anónima y a la masa que ignora su ideario) está visitando cárceles o acudiendo a la radio o a la prensa especializada para vender su programa electoral, que consiste en denunciar toda clase de fascismos (odia el BNP, el Partido Nacional Británico, indisimuladamente escorado a postulados radicales ). Por eso en Inglaterra Bragg es una especie de héroe de la revolución, aunque nunca sabemos bien, a esta altura de la película, qué revolución es la que sustenta y a qué feligresía entrega sus oraciones embadurnadas de activismo y de pancartas. Por de pronto yo me escucho los discos y me doy el gustazo de recrearme en sus letras.
Mr. Love and Justice, la entrega 2.008, su octavo o novena disco, no estoy seguro, es una nueva declaración de intenciones. Se le ve menos angustiado por el mensaje, se advierte un más entusiasta oficio en las melodías y deducimos que el bardo narigudo, como le dicen allí, en la pérfida Albion, tiene todavía cuerda para rato. Mientras tanto, al tiempo que escribo este pequeño tributo, escucho Keep the faith, la pieza soberbia con la que se abre el disco. Salud, camaradas. Las barricadas están ahora en la banda ancha.

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