28.2.08

La carta esférica: Rebelión en la butaca


A mí también me gusta la literatura del mar. Da igual que sea de índole fantástica o aureolada de tesoros de bergantínes españoles. Importa escasamente que al final el tesoro sea el mcguffin de Hitchcock o que las escenas submarinas no estén a la altura de las de a bordo. El mar produce un efecto balsámico comparable al sueño. El mar, en la pantalla grande, es como esas praderas en las películas de William A. Wellman o John Ford. Uno imagina que el paisaje condiciona la trama tanto o más que los personajes. No es que yo quisiera que La carta esférica me deslumbrase como lo hizo El hidalgo de los mares en mi porosa adolescencia cinéfila. Tiempos en los que lo veía todo y todo alimentaba por igual mi hambre de cine. Esos años de cómplice tolerancia no son éstos: ahora uno exige algo más. Y hay ocasiones en las que el cine marítimo encuentra su historia y su pulso. Entonces el prodigio es absoluto.
Master and commander era una cinta magnífica, una que recuperó el género a la Historia y reconcilió al espectador con su particular descubrimiento del cine como cofre de aventuras. Puede que influya en esto haber leído La isla del tesoro, la novela que fundamenta y organiza la lectura de todas las demás. No se olvida nunca a Jim Hawkins, al capital Flint o a Long John Silver, aunque luego uno vaya coleccionando historias y personajes, frases y gestos. Como sé que a Arturo Pérez Reverte le fascina el mar, estoy seguro que no la habrá gustado esta historia suya, llevada a la pantalla por Imanol Uribe (lo cual es una garantía) e interpretada por dos buenos actores (que no aquí) de nuestro cine patrio, Aitana Sánchez Gijón y Carmelo Gómez. No convence esta historia deshilachada de pecios, cartas, bombonas de oxígenes y mafiosos de la cartografía que dejan en evidencia la credibilidad de lo contado. La fantástica banda sonora (Bingen Mendizábal) y la soberbia fotografía (Javier Aguirresarobe) no salvan el descalabro. Jamás entra uno en el juego de las esmeraldas del bergantín hundido, y no por falta de ganas. Diálogos impostados y personajes perdidos distraen una trama que bien pudiera haber despertado mejores resultados. La novela se paladea más sin que eso signifique que este cronista de sus vicios tenga a Pérez Reverte entre sus debilidades literarias.
Ya la voz en off disuade de todo empeño en fijar una atención seria. Tampoco contribuye a ese condición el hecho de que todo esté tan domésticamente mascado que es imposible no intuir que la femme fatale va a dejarlos tirados a todos o que los perdedores tienen sus minutos de gloria antes del apoteósico (por esperado) The End.
Al final (hora y media de empalago dramático) nada nuevo que contar.Que igual tiro de estantería y saco la edición en DVD del motín de la Bounty. Me gusta muchísimo la de Charles Laughton, que es uno de mis actores favoritos de todos los tiempos. Me entretuvo la versión de Anthony Hopkins y Mel Gibson y no me emocionó (pero vi con mucho agrado) la de Marlon Brando y Richard Harris. Están las tres a mano. Nada más que publicar esto en mi página me zambullo en los mares del Sur. Y eso que soy de tierra firme. Naufragio de rato, oigan.

26.2.08

En el valle de Elah: Bring the boys back home






Por puro beneficio de inventario, al cine americano le están saliendo hijos bastardos, películas incómodas que exhiben tajos, cortes, heridas, agujeros por donde el país se desangra, se abisma, aunque Eddie Murphy haga las veces de moderno Jerry Lewis y los adolescentes revienten la taquilla cuando las majors programan alegres y descerebradas operetas de carne levantisca y humor grueso como un bate de béisbol. En el valle de Elah es una de esas películas con aire polémico, aunque tampoco haya que mirarla con lupa sociológica.
Paul Haggis, culpable de la ineficaz Crash (a pesar de todo lo que se llevó en certámes grandes y pequeños) y guionista de enjundia para los vehículos más estilizados de Clint Eastwood como Million dollar baby, Banderas de nuestros padres o Cartas desde Iwo Jima, unta de compromiso ético una historia más afín al thriller detectivesco o al melodrama íntimo que a la denuncia política o a la revelación pública de la trastienda de la guerra al modo en que lo fueron Los mejores años de nuestra vida o El regreso, la formidable película de Hal Ashby. Y aunque no sea estrictamente un thriller, un melodrama o un alegato contra la guerra, Haggis logra que su película pueda ser considerada un inteligente híbrido de todos ellos, sin que ninguno sea obviable ni tampoco excesivamente influyente.
La historia narra la diáspora moral de un cristiano padre de familia, militar retirado, patriota sentido y, en última instancia, objeto involuntario de la crisis económica y moral de su país, al que contempla desde la desolación de haber visto a uno de sus hijos morir en la guerra y temer que el otro, al que busca con tozuda frialdad, también haya sido víctima de la fractura psíquica que produce el regreso a casa.
No importa en demasía el diario del conflicto. Se privilegia el disfraz ya contado, esa terna de formatos que únicamente se obstinan en llegar a un norte: la visualización absoluta del desencanto, representado por esa simbólica bandera invertida en lo alto de su mástil, que cierra la película y redime, en parte, al buscador insatisfecho y carga las culpas sobre la Administración insensible, que deja morir a sus hijos en la aventura de la guerra del petróleo.
A pesar de construir un sólido armazón en el que colocar las piezas de este puzzle sentimental, Haggis abandona una mirada más personal y se limita a ilustrar de forma más que sobria la épica de los vencedores y de los vencidos, el dolor casi siempre inconsolable de los soldados que vuelven inevitablemente zumbados, incapaces de recuperar una vida en la tierra que los envió al desquiciamiento. Esta actitud apocada se advierte en todo momento decisión consciente: basta apreciar y admirar también los retazos de información que la cámara del móvil del soldado desaparecido proporciona a su padre. Es entonces cuando descubrimos que todo es un formidable apaño cinematográfico que chirría en lo fabuloso de su engarce. Demasiado limpio, demasiado previsible, demasiado perfecto. Parece como si lo que aquí se despacha es sacarle los colores al presidente Bush. Como si todo estuviese escrito para ese noble, aunque escaso, propósito habida cuenta de lo que, en otras manos, con otro espíritu, podría haberse conseguido.
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Ningún héroe sobresale en esta filípica impostada. Las luchas que libra el padre-coraje interpretado convincentemente por un cada día más encasillado Tommy Lee Jones (a ver si le dan el papel de un psicópata o de un presidente de los Estados Unidos gay) están muy bien narradas. Nada que reprochar a la construcción de ese personaje, que avanza con lentitud, pero que logra el desembarco en la decepción con la misma contundencia como nosotros desembarcamos en el sopor. Hay un exceso de pulcritud. A veces esos excesos de belleza y de perfecta caligrafía cinematográfica huelen a diseño y procuran la sensación de que falta (tal vez) apasionamiento. Yo lo que creo que a Haggis le encantado de verdad es el descubrimiento de la historia de David y de Goliat y ese valle en el que dirimen sus cuitas. La metáfora del débil que encuentra valor y logra derribar al fuerte. La verdad es luego muy distinta: el soldado no vence nunca. Todas las guerras lo destruyen, aunque regrese con la chaqueta reventona de medallas y duerma con la conciencia tranquila. El soldado es siempre un perdedor. El monstruo de la guerra vence todas las batallas. Devora a sus hijos. Lo malo (ahí quiere la película llevar su mensaje ideológico) es que sea la madre Patria la que, movida por intereses espúreos, reclute a sus hijos y los arrumbe en las trincheras, pero todo esto que digo son reflexiones que este cronista saca de fondo de catálogo y no todas están motivadas (qué más quisiera Haggis) de esta buena película que necesita de un John Ford para convertirse en referencia.

25-F: Rajoy vs. Zapatero: Primer round

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El asalto monclovita tuvo los condimentos previstos: el precio de la leche, las hipotecas, el agua, inseguridad ciudadana, paro, gráficos, gestos, manos que se encrespan, cejas que se enarcan, medias sonrisas, De Juana Chaos, alianza de civilizaciones, la España próspera y la España decente, el artista untado, leyes de igualdad, crispación, Alianza Popular, Felipe González, Kosovo, Movimiento de Liberación Nacional Vasco, Solbes, el pollo, los huevos, salario mínimo, la vivienda, la emigración, Europa, Kyoto, cuentas públicas, vicios privados, 400 euros, Bush, políticas de familia, violencia de género, muertos en la carretera, Irak en las pancartas, pensiones, informe PISA, Joaquín Sabina, nuevas tecnologías, inglés desde el parvulario, guerracivilismo montaraz, memoria histórica, albación, lapidación, poligamia, Batasuna, política exterior, dignidad de Estado, buena fe, mentiras, acusaciones, suicidios, T4, 11-M, ETA, la foto de las Azores, Peregil, Fidel Castro, ANV, Chávez, abrir melones, hectómetros cúbicos de agua, 0'7%, infraestructuras viales, AVE, cambio climático, Pedro Duque, cánon digital, gente untada, turba de imbéciles, Juan Manuel Serrat, política forestal, chapapote, I+D+i, becas, Educación para la Ciudadanía, homosexuales, Leguina, apocalipsis, Estatut, cuidados paliativos integrales, disolución de la Unión Soviética, crispación, cohesión, democracia, justicia, Europa del futuro, llegar a fin de mes, consenso, pactos, liquidaciones, demoliciones, poder adquisitivo, funcionarios, congelación de los sueldos, desaceleración, Eurostad, autoridad del profesor, ley del divorcio, pensionistas, fronteras, terrorismo islamista, inmoralidad, desarrollo sostenible, formación cívica, los Reyes Católicos, el señor Pizarro, la gente de la cultura, la afición a los refranes, los creadores, demagogia populista, conspiración, ceceo, sonrisa, nerviosismo, la paz, la pobreza, la opresión, la censura, los necesitados, la ilusión, el descrédito, la ilusión, la alegría, el voto, sobre todo, el voto. Mi pregunta es: ¿qué han dejado para el segundo round? Otra: ¿Es verdad que al final estaban hablando del mismo país?

Ripley 2.0

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Durante un tiempo la teniente Ripley fue mi héroe de acción. Eso pasó antes de que Zapatero convocase altaneramente el espíritu de la paridad y el reparto equitativo de las tareas. Matar aliens es una tarea formidable. Todavía me da envidia la cantidad de gente que no ha visto la saga Alien, a pesar de alguna entrega mediocre y alguna más simplemente pasable. Mi hijo, esta noche, ha visto la entrega fundacional, la obra maravillosa de Ridley Scott. Ha disfrutado. Ya sabe qué es el Nostromo y lampa, verbo perfecto para la ocasión, por dejarse aturdir por las otras.

25.2.08

Fidel Castro, Frank Capra, Javier Bardem, Pepe Isbert y todos los demás

I
Un líder es un líder hasta que se muere. Igual que un poeta jamás abandona el ejercicio de los versos, aunque un buen día decida no volver a engendrar una sola metáfora. Hay oficios sin fecha de caducidad. Quienes los ejercen no conciben su ausencia. Por eso no acaba uno de comprender que Fidel Castro anuncie que deja su cargo en manos del hermano Raúl. Importa escasamente que la edad le reste eficacia. Un dinosaurio releva a otro. Para compensar el déficit de hormonas jóvenes aportan el entusiasmo y la rutina. Cosas de dinosaurios. A Castro, si algo le sobra es entusiasmo. Nada que un meteorito democrático no pueda hacer extinguir. También le sobraba a Aznar, que dejó el camino a otros y ahora es consultor o asesor o algo sumamente sofisticado que yo no sé nombrar en una empresa grande como un país, pero de menor relevancia internacional y (por supuesto) mayor soldada a fin de mes.
El político retirado no deja jamás la política. El futbolista, al colgar las botas, se hace entrenador o director deportivo o comentarista deportivo. Mi padre es una excepción. Jamás le he oído platicar sobre su oficio, el que le ocupó cincuenta años e hizo de mí el hombretón que soy. Ninguna plática, ya he dicho: ni grande ni pequeña, ni relevante ni frívola. Será entonces que los políticos son otra raza o que la exposición pública (la excesiva, sobre todo) marca y deja una señal indeleblemente marcada alma adentro. O como si una bacteria anónima y mercenaria hubiese infectado los cuerpos cavernosos del espíritu y el vicio de la notoriedad y de la fama mediática levantase, ufano y orgulloso, su alto cuello aristocrático, su voz protocolaria, su chaqueta excelentemente planchada y su discurso engolado y funcionarial.
Así que Castro no se va, aunque así lo vocingle Granma. Se irá cuando deje este mundo. Iba a decir cuando Dios se lo lleve de este mundo, pero es Castro, no es Ángel Aceves ni José Bono. Será entonces cuando la retirada será completa. Como no será escoltado por ninguna cuadrilla beatífica de ángeles a la derecha de ningún Padre, tendremos que buscar al Comandante en las enciclopedias, en los libros de santos de la congregación comunista, en el google o en el archivo audiovisual de los sótanos del Partido, en la isla divina. Habrá también miles de bovinas con imágenes del líder: millones de palabras unidas mágicamente unas a otras, palabras que parecen desmoronarse pero que logran un precario y sorprendentemente duradero estado de equilibrio. Como una frenética procesión de hormigas disciplinadas. Todas con el puño en alto, claro. Ahí está Castro. En los textos. Como Baudelaire. Como Galdós. Ha llegado el Comandante a un extraño status de equilibrista literario con suficiente bibliografía como para llenar dos o tres anaqueles de cinco pisos altos. El legado de una persona, en ocasiones, queda en eso: en prédicas, en arrebatos verbales ametrallados ante una feligresía enfervorecida, ávida de obleas lingüísticas. Todo político, en el fondo, es un profesional de la arenga al modo en que lo es (no sé si ya decir lo era) Castro, un vendedor de ideas.
II
Chesterton dejó escrito que la gente que no cree en Dios puede creer en casi cualquier cosa. Yo creo en el cine negro de la RKO, en el gong de la Ealing, en las gafas de pasta de Bill Evans y en la prosa de Nabokov. Anoche Javier Bardem recogió su Oscar en el Kodak Theatre de Los Ángeles y dejó dicho que creía en los cómicos lo cual tal vez pueda ser una forma de negar a Dios y conciliarse con la risa, como escribía Aristóteles y Umberto Eco recogía en El nombre de la rosa. Me estoy escorando. Es más fácil creer en un cómico que en un político. En las películas siempre inclinamos nuestra simpatía hacia el lado del bufón y miramos con recelo e incluso con animadversión al apoltronado monarca, que suele parecernos (salvo las excepciones preceptivas) un tipo al que no confiaríamos las llaves de nuestra felicidad. En una ceremonia de la crítica de Nueva York o de Chicago (no sé ahora) contestó al presentador que había sido George Bush el modelo en el que se había fijado para montar el personaje de No es país para viejos. Los cómicos suelen decir la verdad. Incluso cuando la verdad no les convenga. Caso contrario no podríamos entregarles la llave de nuestra felicidad. Y trabajan para procurarnos júbilo. De eso no tengo la menor duda.
Le debo más a Pepe Isbert que a Winston Churchill, aunque tal vez el segundo haya contribuído más a que el mundo en el que vivo sea un lugar en el que pueda vivirse. Es falso, en el fondo. No vivimos en ningún modo feliz. La alegría y el progreso van por sectores. Hollywood lo sabe y adoctrina a la población con sus comedias melifluas o sus historias de héroes anónimos. Frank Capra hubiese sido un polìtico excepcional. Uno dextrógiro, supongo, pero hábil en el manejo de un discurso de afecto al pueblo y de sentimientos hondos y ancestrales.
La felicidad nos educa casi tanto o más que los manuales de ciudadanía o los catecismos o los almuerzos en familia con la televisión apagada. El que conoce la felicidad no transige después con émulos. Todo sucedáneo acaba cobrando peaje. Mientras termino de mecanografiar esto Rajoy y Zapatero se buscan los escondrijos, se palpan los faldones y encuentran siempre lo que buscan. Aquí nunca nadie pierde.

Héroes del día




No vi completa la ceremonia de los Oscars. Me venció el sueño o tal vez el tedio. O soy yo el que ha cambiado y acepto con menor entusiasmo el glamour y la empalagosa mistificación del espectáculo o es el propio show business americano, tocado por el órdago de los guionistas, el que ha descuidado su pompa y su circunstancia, el arte del entretenimiento como únicamente ellos saben recrearlo. He visto trozos sueltos tirando de la grabación que hice y me quedo con la reverencia de un Daniel Day-Lewis ungido por la gracia le hace a Helen Mirren, de la que trato de borrar el alimentico y plúmbeo papel en La busqueda 2. A la salida a escena de Day-Lewis añada el lector la complicidad y oficio de estos dos señores de la foto. Arizona baby, El gran salto, El gran Lebowski, O brother, Fargo, Muerte entre las flores, El hombre que nunca estuvo allí, Barton Fink, Sangre fácil o esta No es país para viejos son piezas capitales de la Historia del cine reciente. El lector avisado advertirá la ausencia de dos títulos en este listado. Es premeditado y alevoso: asuntos alimenticios, conceciones a las majors o deslices enteramente excusables habida cuenta del resto del surtido. Además fue Scorsese el que levantó de la butaca. A Javier Bardem, el otro nombre del día, le tocó que una actriz escasamente remarcable (Jennifer Hudson) le diera la noche. No se puede tener todo. Hubiese estado mejor que la maestra de ceremonias recayese en Scarlett Johannsson (es una debilidad de este espejo, ya saben) o en Halle Berry. Javier lustró el nombre de España en boca de sus cómicos y muy elegantemente esbozó una caligrafía precisa del lugar de los artistas en el vértigo político que últimamente los sacude. Además lo hizo en el mejor púlpito. Apeló a los sentimientos. No se contagió del momento, al estilo Alberto San Juan, para poner a la Conferencia Episcopal de vuelta y media, aunque uno sospeche por qué lugar van los tiros de su máquina de matar vacas. Se limitó a que el córazón dictase el texto. Ese arrebato lírico y su naturalidad cerró su minuto de gloria perfecta. Así que éstos son los nombres del día. Que les vaya bien la resaca.
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24.2.08

Que 50 años tampoco es nada


El pisito cumple 50 años y lo primero que alarma es que la película de Ferreri todavía siga siendo actual y el problema de la vivienda continúe siendo el mismo que entonces. Quizá lo que no haya cambiado sea España, aunque signos externos así tozudamente lo confirmen, y la historia de Rafael Azcona tenga la misma mala leche y duela a los ojos y a la conciencia como antaño, pero 50 años dan para mucho. Dan para que la pobreza, que no es asunto de ningún político en esta campaña ni en ninguna anterior, se hubiese erradicado. Dan para que estampas en blanco y negro del No-Do no sean ahora (en color, en alta definición incluso) ocupen las calles de algunas ciudades donde la indigencia enturbia la belleza de los versallescos proyectos de las gerencias de Urbanismo y la imagen triunfalista de un país que saca pecho en la comunidad internacional y escalafona como una lagartija hambrienta la pared impoluta del progreso. Por eso los diarios de campaña están meticulosamente diseñados: no vaya a ser que un desliz exhiba en público la falta de iniciativas que palien esta pandemia. Por eso da un escalofrío rever El pisito y contemplar que los avatares de Rodolfo y Petrita son las penurias de otros infelices de ahora. Sobrecoge, sobre todo, ese plano medio final en el que una mula tira de un carro que soporta todos los enseres de la pareja. Una vida. Ésta. La película ha cumplido, ya lo hemos escrito, medio siglo. Felicidades.

John Rambo: El héroe redimido






Tal vez carezca de interés echar mano de la hagiografía del héroe, ese dietario ampuloso de hazañas de corte fascista que entretuvieron la decada de los ochenta y llenaron las pantallas de imágenes de una complejidad nula. De hecho, el soldado Rambo es el residuo de una época convulsa en la que la alta política (los leones de la película de Redford) recluta corderos para que la burocracia continúe abasteciendo de dividendos y de patriotismo a la ciudadanía. Por eso a Sylvester Stallone no le hace falta un guión sólido sino la convicción firme de que la brutalidad de los acontecimientos que narra precisa una plasticidad explícita, que huye de los tiempos muertos y convoca, a golpe de gong tribal, el instinto puro del mercenario por antonomasia, la máquina de matar, que en esta última entrega vive una especie de retiro místico, en comunión con la naturaleza. Y como el argumento de un western arquetípico, el héroe de acción es devuelto al campo de batalla. La bestia ha sido despiertada. Lo que viene a continuación es una adrenalítica descarga de metralla y vísceras, un espectáculo brillante sobre la violencia que no esconde en ningún momento su impudicia.
John Rambo es una película expeditivamente grosera, pensada con absoluto desperpajo, montada con un más que notable conocimiento de cómo funciona el espectáculo cinematográfico, que recurre sin tapujos a la explotación inteligente de todos los tópicos que han ido jalonando durante casi tres décadas la forja de este ex-boina verde de mirada montaraz y discurso lacónico y sintácticamente plano, que ha regresado al infierno para poner a la platea bienpensante de la crítica a cavilar sobre si aplastar este subproducto (qué creían: es Rambo) o admitir que se trata de una buena película, muy bien planificada, filmada por un Stallone en absoluto estado de gracia y consciente del carácter fundamentalmente iconográfico (mítico, mal que pese a muchos) de su personaje.
Cuando otros directores se obcecan en buscar un muestrario de justificaciones para la violencia que exhiben sus films, Sly entrega toda su ardorosa capacidad de trabajo en facturar una obra necesariamente menor en la Historia del Cine (faltaría más) pero absolutamente imprescindible en los manuales de Historia del siglo XX.
Vista sin prejuicios (prueben, si entran a ese estado mental pueden disfrutar de verdad) John Rambo es una demostración de la dignidad de las franquicias, aún a pesar de que hayan estado sepultadas en polvorientas estanterías de videoclubs de barrio y el tiempo las haya convertido en chascarrillo de gag, en pura caritura.
Stallone deja para el final un contrapunto poético, tal vez el único: el soldado que regresa a casa. Ha estado treinta años intoxicado por la metralla.



22.2.08

La huella: La mancha mediocre









Vi La huella, la de Mankiewicz, por primera vez en una vieja edición en VHS que La 2, entonces TVE2, emitió en desvergonzado horario nocturno. Me la grabó un amigo y la conservé en una estantería durante años. La razón de ese letargo era que yo no tenía video. Mis gadgets, qué encanto de palabra, se limitaban a un radiocassette Sanyo (no es una publicidad intencionada ni interesada) que se oía aceptablemente para mis adolescentes oídos y una televisión Grundig que mis padres usaban para el Un, dos, tres, las fotonovelas y pare usted ahora mismo de contar. A mi progenitor no le gustaba el fútbol. Tampoco ahora que goza las mieles de una más que merecido jubilación. A lo que iba: tenía yo la creencia de que La huella era una película digna de figurar en una hipotética colección de joyas del séptimo arte que disfrutaría en el futuro. Esa conjetura se realizó años después y la hibernación de la cinta mereció mucho la pena. Recuerdo el juego macabro, el retorcido manual sobre la humillación ejecutado por Sir Lawrence Olivier y Michael Caine en un fantástico ejercicio de hipnosis dramática y todavía hoy guardo la gozosa impresión de que, sin ser una Obra Maestra, la película inglesa era un producto altamente recomedable. Una de esas películas que todo cinéfilo debe ver y a la que costaría ver en un remake sin que un amago de pudor nos envarase la curiosidad.
Una segunda revisión en DVD me descubrió algo más: la obra de teatro de Shaffner era una joya apetecible por cualquier director con ganas de exprimir recursos dramáticos. Mankievicz gozó de la presencia de dos actores inconmensurables. Uno todavía ejerce de maestro de actores y tal vez ése sea el casi único acicate para que este cronista de sus vicios haya accedido a contemplar el remake. No lo hice en el cine, en pantalla grande. Una excelente copia en divx (más palabras increíbles para este comienzo vertiginoso de siglo) me ha permitido confirmar sospechas y, hasta cierto punto, concederme el morboso placer de que nada lo suficientemente bien hecho merece repetirse salvo que, en la réplica, los autores pretendan reformular el mensaje o atreverse a realizar, bajo premisas clásicas, un producto manifiestamente nuevo. Nada de eso sucede aquí: ni la injerencia literaria de Harold Pinter, todo un premio Nobel, ni la dirección del solvente Kenneth Branagh, ni la presencia del propio Michael Caine (en el papel de su adversario original) ni la de Jude Law (estruendoso, histriónico en la forma en que le gusta a Branagh) insuflan a este segunda huella valía. Ésta aburre, aturde, confunden, te hace pensar que cualquier tiempo pasado fue infinitamente mejor y que Caine, lo único salvable de este artificial y hueca versión moderna, sigue siendo el más capacitado actor inglés de los últimos decenios con permiso de Olivier, de Dirk Bogarde (qué grandísimo estaba en El sirviente, una de mis películas favoritas de todos los tiempos, curiosamente con guión del propio Pinter), de Alec Guinness o de John Gielgud.
Branagh se frena: planos certeros, miradas íntimas. Obvia la grandilocuencia habitual. Se centra en mostrar un duelo de actores, pero se obstina (en exceso) en condicionar la trama a un atrezzo incómodo, frío, aséptico y totalmente inoperante. La apabullante mansión de Wyke, el autor de intrigas policiacas desquiciado por la infidelidad de su esposa, está alicatada de tecnología high-end. No se acaba en ningún momento el porqué de esta sofisticación. Hasta los planos de las cámaras de vigilancia tienen travellings, contrapicados, giros imposibles y otras piruetas más propias de un genio de la manivela que de un vulgar programa informático. Absurdo, en fin. La mansión gótica del film original ha sido convertida en un insoportable montaje de habitaciones desangeladas a las que Caine jamás dota de la calidez que requiere el contexto en el que la trama debe desarrollarse.







Tampoco Law contribuye a que olvidemos a Caine. No hay color. Incluso Harold Pinter queda por debajo de lo que se espera de pluma tan notable: eso de introducir un más espeso tono psicológico puede engolosinar a cierto público, pero este duelo dialéctico no puede sostenerse solamente con frases notables, que las hay, sino con un más cimentado argumento, cosa que la obra de Mankievicz jamás excluía. Pareciera que Branagh o Pinter o los propios actores, que son co-productores del asunto, quisieran privilegiar la refriega teatral por encima de la trama íntima.
Agradecemos que las dos horas pasadas de la versión original queden en ochenta largos en ésta. Se podría haber quedado en un episodio de la BBC o en un telefilm inusualmente bien presupuestado.
El lector interesado puede acudir al videoclub más cercano o buscar en tiendas del ramo el DVD del clásico de 1.972. Yo guardo como tesoro el VHS (Agfa tape) que me grabaron para iniciar mi colección de tesoros del cine. Ahora esa colección amenaza la integridad física de mi casa. Qué pena no tener una mansión gótica en la campiña inglesa y una pantalla de plasma de dimensiones escandalosas. Una igual que la que aparece en la película.

21.2.08

En campaña

La altura insoportable de la política genera vértigos vitalicios. Si uno abraza causas imposibles y promete la resurrección de la alegría, luego debe contratar un ejército de payasos y apostarlos en las calles. O si uno promete reforestar España debe tener una saca aturdida de semillas y un equipo de campo que sea hábil cuadriculando el país, no vaya a ser que se abone dos veces la misma fanega. Cuando la realidad impone su criterio (más tarde o más temprano es esto lo que suele pasar) el político que fundamentó su candidatura sobre la ilusión debe luego apencar con los efectos secundarios de esas promesas tan etéreas, tan escasamente aplicables a cosas terrenas, cuantificables. En esto consiste la política: en contribuir tal vez al bienestar público a través de la forja de una ilusión. Algo así como la religión, pero desafectada de metáforas, limpiada de épica y ajena al romo esplendor de los sacrificios.
Cuando la casualidad se repite le ponemos el nombre de rutina, pero sólo es eso, azar repetido. Lo que se vende en política no es humo sino oro, pero lo reducen a humo con sus empeños domésticos o con sus intereses faraónicos (inglés desde la temprana cuna, árboles que alfombren el imperio, web 2.0 para todo hijo de vecino). Ni siquiera la creencia de que se está cumpliendo con escrupuloso coraje el programa electoral satisface al pueblo, que pide siempre un extra de cumplimiento. El que ejerce la política vendría a ser, en una hipotésis interesadamente exagerada, una especie de elegido - nunca mejor definido -, cuya mayor virtud consistiría en seducir y en sostener la seducción una vez que el objeto de su tarea ha caído en la hipnosis de la militancia. Alegría, ilusión, esperanza.

20.2.08

Ciudad de Dios: Scorsese carioca (Revisión)


El camino del cine sudamericano está empedrado de obstáculos, pero inevitablemente prospera, se aúpa al balcón internacional y acaba siendo cine desetiquetado, huérfano de clichés localistas, aunque sus guiones hablen de lo que tienen cerca y retraten la vida que tienen enfrente.
Ciudad de Dios es una obra maestra del cine sudamericano o del cine brasileño, pero nos da igual la nacionalidad. La hubiese querido suya un Peckinpah en horas altas o el Scorsese con el brío de los setenta. No sabemos si asistimos a una acelerado sesión de cine de gangsters al uso o a un western sincopado con escenarios urbanos de un siglo XX ya casi finiquitado. Los más de trescientos personajes de la novela de seiscientas y pico páginas de Paulo Lins, que no he tenido el gusto de leer, pero que imagino adictiva y deleitosa como la cinta, dan para un metraje holgado que Meirelles conduce con sobriedad, sin caer jamás en la gratuidad de mostrar una violencia efectista, desarmada de contexto, instrumentalizada y golosa para el accidental espectador que crea estar viendo un videojuego de venganzas y de ambientes turbios a lo Tarantino.
Impresiona la verosimilitud de lo que estamos viendo. Uno está muy acostumbrado a ver cine norteamericano y a concederle méritos, prestigio y medallas sin ningún margen de incertidumbre: pues Ciudad de Dios es probablemente la película más creíble que este cronista haya visto en mucho tiempo. Esta segunda revisión confirme esta credibilidad, este arraigo en la certeza de estar contemplado vida pura.
Relata sin recato ni comedimiento el nacimiento del crimen organizado en Ciudad de Dios, un barrio de Río de Janeiro. El relator, el ojo omnisciente, el demiurgo de esta historia coral, griega, en ocasiones, es Buscapé, un niño que se decide al margen de la delincuencia y que se sabe, en el fondo, sensible, tierno, artista. Nada de estas etiquetas que se arroba desde bien comenzada la película se torcerán un ápice: Buscapé fatiga la favela: un mundo de armas, de narcotráfico, bandas sometidas a códigos de conducta estrictos y policías comprados pueblan su universo.Se articula en tres partes bien diferenciadas, que pueden verse sin solución de continuidad o hiladas en la trama que nos muestra. Cual Rayuela cortazariana, los elementos referenciados acuden a una cinematografía bien conocida, de la que se alimenta y a la que tributa un homenaje sencillo, crudo, casi invisible, pero reconocible si se manejan similares claves. Está el neorrealismo italiano ( yo vi el blanco y negro de las películas de De Sica en muchos episodios ). Está el western ( hay una épica de la revancha, de la persecución, del destino como único símbolo reconocible en la vida de todos sus personajes ). Está Coppola, muy tangencialmente, y su Padrino triunfal. Está Tarantino, de manera inevitable, con su locura urbana, con su vértigo de sangre y de espesura gramatical. Tres decadas van pasando por la pantalla: todas contienen un sello de la casa: cámara en mano, interrupción deliberada de la consumación de una escena para terminarla más adelante, a conveniencia de la creatividad artística y del montaje.
Buscapé va viendo cómo su mundo se va desmoronando: cómo sus amigos van cayendo y de qué forma se resuelve a ras de calle las diferencias entre sus vecinos. Él sólo tiene una cámara: sus ojos son la cámara y la lente nos va entregando imágenes sorprendentes, alucinantes.Impresiona, por inusual en el cine europeo o ( más aún ) americano, el concurso de niños y de adolescentes como vulgares rateros o drogadictos o asesinos. Es Brasil: es la favela. En esto estriba la sutil diferencia entre los modelos hollywoodienses y el sudamericano. El Sur, este Brasil violentísimo, también existe: y ahora lo sabemos con más sólida evidencia, con una truculencia más nítida. Únicamente hay que seguir la vida de Zé Pequeño, uno de los personajes fundamentales de la historia, para comprender la dura vida en los suburbios de la pobreza en este Brasil ocupado por la miseria y por la supervivencia a todo precio, con todo el riesgo.Lins cuenta en su novela:
" Otro viento, sin patria ni compasión, se llevó la risa que este suelo me dio, este suelo al que llegaron unos hombres con botas y herramientas a medirlo todo, a marcar la tierra... Después vinieron las máquinas, que arrasaron las huertas, espantaron a los espantajos, guillotinaron a los árboles, terraplenaron el pantano, secaron la fuente , y esto se convirtió en un desierto (... ) Surgió la favela, la neofavela de cemento, formada de bocas y siniestros silencios, con gritos desesperados en el correr de las callejuelas y en la indecisión de las encrucijadas "
La naturaleza, probablemente, fue sustituida por el progreso. Y con él, concluyo, vino la pistola, la droga, el odio y la oscuridad, aunque todo se pinte con una luz enorme, nítida, perfecta, moteada de vida.

18.2.08

El que esté limpio de pecado...




Tipos como Harvey Keitel y Christopher Walken están en el límite, justo en el límite. Y están ahí fuera sin red. Sus vidas reflejan la dificultad del viaje a través de la vida, la dificultad de vivir sin pecado. Estos hombres sufren, están atormentados. Sus vidas son un vacío.
(Abel Ferrara)


Siempre pensé que éste era el director maldito. El cineasta que podía escribir sobre el pecado y sobre la sórdida experiencia de la vida. Como una especie de Tom Waits con una cámara. Luego conocí en profundidad a Lynch o a Cronenberg. Vi en Abel Ferrara un Peckinpah urbano, una especie de poeta de la violencia que, a diferencia de Tarantino, privilegiaba la imagen sobre la palabra, lo sordido sobre lo explicito. Antes de firmar El teniente corrupto, obra clave en mi obsesión ferrariana, filmó algunos capítulos de Miami Vice, pero el formato de la televisión estrangulaba su instinto y no permitía piruetas morales ni atrevidas caligrafías de su obscena mente. En el fondo las historias de Ferrara siempre son de amor, pero como buen fracasado las impregna de pérdida y de angustia y rara vez consiente algún tipo de concesión a la belleza pura, sin ambages ni puertas falsas.
New Rose Hotel exhibe en plenitud de facultades a su más reconcentrado héroe, un Christopher Walken tocado por la gracia de la genialidad en una historia sobre colgados que basculan entre el festín de sus adicciones y un inmenso amor a la vida. El policía católico que interpreta Harvey Keitel en la mencionada Teniente corrupto es el Abel Ferrara que más me gusta: el autor obcecado en consolidar su fe a través de experiencias extremas y lugares propicios para el fracaso o para la redención. Se trataria, al fin y al cabo, de llegar a cierto estado de pureza a traves de la expiacion de la culpa y del pecado. En estos términos Ferrara es un autor modélico, uno que cuenta una única y cautivadora historia, aunque la someta a todos los generos posibles. Da igual que hable de vampiros modernos (The addiction) o de exvotos de la fe (Mary), de mafiosos (El funeral) o de parias del mundo (New Rose Hotel). Era un maldito, pero ya ni eso. Ahora ha encontrado en el silencio un receso en donde encontrar tal vez nuevos modos de encontrarse. El poeta está retirado. O tiene síndrome de abstinencia y madura la posibilidad de colocarse con el evangelio. Es asi. Abel Ferrara, el despiadado, el desquiciado, el alucinado, el abyecto, el iluminado, el desaparecido.

15.2.08

No es país para viejos: La balada del cowboy tarado




No es país para viejos es el mejor western del siglo XXI: uno crepuscular, muy tímidamente épico a pesar de explorar de forma clásica la vieja poética del Oeste americano y adjetivar el paisaje y darle rango de personaje con fuste que modela la trama. Este paisaje de carreteras infinitas, viento inclemente y polvo que se respira en cada fotograma crea una atmósfera asfixiante, cercana a la fatiga visual.
No es país para viejos es el mejor thriller del siglo XXI: uno alojada en el frágil territorio de la belleza. Hacía mucho tiempo que no había tanto mimo en las imágenes de un thriller. No hay que excederse en la consideración comercial del asesino en serie (un excepcional Javier Bardem, un antológico hijo de puta con una pistola de aire, un actor en estado de gracia, aunque reconozco que he estado más que harto de la invasión Bardem a la que la publicidad se ha entregado jubilosamente) porque a los hermanos Coen les importa escasamente los atributos perversos del tarado Anton Chigurh. Están empecinados en que el viejo sheriff que interpreta un lacónico y hasta adormilado Tommy Lee Jones sea el que soporte la densa imbricación de todas las partes activadas en la magistral historia. Es este viejo sheriff, este cansado funcionario de la ley y el orden, el que racionaliza la insensatez de la ambición humana y el que nos cuenta, en una muy peculiar manera, los mecanismos li¡terarios de la felicidad. Su inagotable verborrea acude siempre a las mismas anécdotas: gente extinguida o gente a punto de extinguirse, héroes anónimos que persiguen un sueño y que acaban siendo coceados por una vaca díscola cuando trataban de ordeñarla.
A los Coen les sobra el diálogo: podían haber facturado un film mudo. Tampoco precisan la música, que es levísima y apenas incide en el desarrollo de los acontecimientos. Les basta un portentoso sentido de la elocuencia de las imágenes que hacía tiempo que no sentía. Plásticamente, la película es una obra de arte. El fatalismo que impregna toda la cinta está confiado a esta sobresaliente forma de entender los encuadres, la fotografía, las riquísimas texturas del cielo de Texas y el musculoso nervio de la tierra, que cobra sus aranceles y termina exigiendo tributos muy altos.
No es país para viejos es un espectáculo desolador, no fácilmente digerible por todos los públicos. Vi en la sala gente que bostezaba o hablaba escandalosamente de sus historias domésticas mientras en la pantalla el mundo abría y cerraba la ceremonia preciosa de la vida y de la muerte. El difìcil punto de complicidad que exige el universo de los Coen y esta áspera y sobria historia de desorden y de locura, de devastación moral y de sólidos principios morales inexpugnables.
Y el azar es el que al final marca el destino de todos los personajes. El sheriff Bell se pregunta si llegar a viejo significa ver a Dios y notar su presencia. Y se responde que no: que la vejez le ha alcanzado y no ha encontrado ninguna divinidad que le clarifique los errores y le conduzca, ufano de sus años en la tierra, a tal vez un mundo mejor. Ese mundo no existe. Los Coen han firmado una película desesperanzadora, inevitablemente hermosa (porque el mal y el bien, al colisionar, coreografían un fascinante paisaje de luces que se pierden y que se abrazan, que se enfrentan y que se aman) y también una película marginal, ajena al funcionarial engranaje de las cosas típicamente hollywoodienses.
Para ser una película que habla sobre el infierno hay muchísima luz. Me recordó en muchos aspectos a Sed de mal. Ambas comparten una misma perversión visual, un exagerado acento noir mestizo. Difieren en el grado de explicación de la realidad que proponen: No es país para viejos desoye toda posible cálculo racional. Su espléndido (repito, espléndido) final es tal vez lo mejor del film, aunque ahí, cuando sucede y aparecen en negro los títulos de crédito, te quedes pegado a la butaca, masticando la violencia que te han inoculado sin que, en ningún momento, hayas percibido que se trata de un film violento. Ésa es la magia de esta cinta: su relativa facilidad para hacer un quiebro moral y venderte una historia de perdedores y de filósofos cuando tú creías que ibas a comprar un thriller de tiros y de psicópatas construídos a imagen y semejanza de cualquier serial killer de serie B.


14.2.08

Otra historia china de fantasmas


China prohíbe las películas de terror y misterio, que es como si yo mismo me prohibiese el aire o como ese frase de Groucho Marx a propósito de no entrar en clubs en donde dejan entrar a gente como él. Yo siempre he visto al gran gigante asiático como una película de terror y de misterio, una especie de fortaleza inexpugnable que los occidentales miramos desde una lejanía. Veía a Fu-Manchú y a Bruce Lee y también historias milenarias de jarrones que esconden la ceniza de un dignatario nobilísimo y ajeno a las perturbaciones de lo terreno. Mitologías y épica de andar por casa cuando tienes doce años y el mundo es una página de un cómic. La medida del gobierno chino pretende "proteger el desarrollo psicológico de niños y adolescentes" y a mí, como espectador europeo, me ha dejado fuera de onda. Noqueado. Leo que esta censura china ha borrado de un plumazo ( o quizá un palillo de arroz valdría) todas las historias de fantasmas. Los fantasmas deben estar en castillos ingleses. Ya veremos qué será de los actuales niños ingleses cuando crezcan y tengan edad de censurar a sus hijos. Igual les prohíben las canciones de Tom Jones o las películas de Jerry Lewis. Razones siempre tendrán: es cosa de buscarlas y de publicarlas con convicción sin que en ningún momento del comunicado tiemble la voz o se atisbe un resto de incertidumbre. Antes del tema mistérico ya los chinos arramblaron con la temática erótica. Que le cuenten a Ang Lee y su Deseo, peligro. Sus vecinos japoneses rasuran los pubis y pixelan los órganos genitales. Son cosas que tampoco aquí entendemos, pero los japoneses están un palmo por delante en cuestiones tecnológicas y nos han parecido siempre seres amables y honrados, estajanovistas de la banda ancha y de los gadgets de primerísima calidad. Eso hace que no demos excesiva importancia a exabruptos culturales tipo rasurado púbico o esos concursos absurdos que pone Cuatro cuando voy pillando el dulce arrobo de la sacrosanta siesta. Bien mirado igual ellos consideran la costumbre de la siesta un acto reprobable y condenan nuestras tradiciones con encendidos reproches. Tampoco les entendemos.
Volvemos a China: han censurado el terror y el misterio. Lo publica hoy el diario Shangai Daily. La otra noticia china del día es que Steven Spielberg ha declinado la oferta de ser asesor artístico de las Olimpiadas de Peking de este verano. Arguye que no puede olvidar Darfur y la pasividad del gobierno chino con esa esquina del continente africano azotada por la miseria y el caos: China tiene una influencia enorme en el gobierno sudanés por ser el principal comprador de sus reservas petrolíferas. A la vez le vende armas. Spielberg apela a su conciencia. Me estoy preguntando qué pasaría si alguna disciplina olímpica se asemeje a los contenidos de las películas de terror y de misterio. A mí el salto con pértiga me produce más zozobra y resquemor que observar en pantalla las piruetas sanguinarias de Leatherface por las carreteras perdidas de Texas, pero eso porque yo me he criado en el balsámico territorio del cine yankee, que me entregaba nítidos héroes para mis sueños infantiles y adolescentes. Empezamos por Tárzán y terminamos por John McClane. Cuentos chinos como preámbulo al cuento más grande jamás contado por ese milenario pueblo a ojos del resto de asombrado mundo: las Olimpiadas de Pekín, pero sin terror ni fantasmas. Ah, ni sexo. Eso cae siempre al principio. Después inexorablemente cae todo lo demás. Hasta la demolición completa del respeto y el sistema de libertades que rige el progreso cívico de un pueblo.

Still


Looking for Jay Leno

I/ A modo de introito (el lector nervioso puede saltárselo)
El artista es un muerto de hambre. Una vez que se sacia y nota la tripa llena, pierde fuelle. Ahí empieza a dejar de ser artista. Como el gusanillo de la creación le aletea la boca del estómago se hace crítico, uno de los oficios menos comprometidos del mundo. Este argumento, liviano, reduccionista, llevado al extremo, garantiza la vigencia del Arte. Incluso podríamos convenir que el artista y el crítico se necesitan, se solapan, se siente cómplices del mismo gran guignol. Igual que la felicidad absoluta desastra el ejercicio de las artes, un estómago lleno tampoco favorece el libro y creativo flujo de ideas, salvo que el sobrealimentado sea un crítico. Cuando el crítico desoye las exigencias de la tripa regresa a la condición de autor y hasta es posible que entregue a su atenta feligresía la más elaborada y hermosa de sus obras. Por eso el primer libro de cada escritor suele exhibir su mejor escritura. O los primeros discos. O películas. Luego todo se ajusta a las homicidas leyes del mercado.
El grado más cerrado y perfecto de crítico es el que exhibe tripa pantagruélica y apoltrona su desquiciamiento físico encima de un portátil. El crítico moderno obvia el duro arancel de tener que desplazarse a la Redacción del medio que le paga: escribe en casa, en batín, en pijama de ositos, bebiendo Coronita y metiéndose a nivel celíaco hamburguesas XXL entre crónicas. Ahora les presento al crítico cinematográfico más relevante e influyente de Hollywood.
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II/ El asunto de interés
Se llama Harry Knowles y responde al perfil torpemente esbozado en las líneas precedentes. Su caricatura coincide con el modelo a caricaturizar. Su estilismo se amolda al patrón frikie, pero a en su página web abrevan todos los que en el mercado del cine son algo o quieren serlo. Incluso acuden quienes ya no son nada y disfrutan viendo como sus relevos naturales se estrellan contra este muro grasiento de mala baba digital. La parte que fuerza a este cronista doméstico a rebajar los mandobles hacia su persona es que está postrado en una silla de ruedas. Al casi medio millón de usuarios diferentes que visitan a diario su celebérrima página en la Red no les importa lo más mínimo que Knowles sea un impedido físico. Su verbo es sanguinario. Ain't it cool news, el trofeo de su ingenio, es la página de referencia, el modelo en el que los humilde blogueros de medio pelo y físico apolíneo debemos mirarnos. Su prosa es la puta gran prosa a la que debemos orientar la nuestra, excesivamente ocupada en no colar faltas de ortografía, enganchada al manejo honesto de nuestras opiniones y fugazmente visitada por un par de docenas de fieles lectores que igual nos abandonan mañana cuando le chafemos el final de su franquicia favorita y desvelemos por fin la identidad del asesino en serie que engolosina su ocio.


Este pelirrojo a punto de entrar en ese punto de alopecia salvaje sin retorno gobierna los chismes de Hollywood, que es tanto como decir que legisla la velocidad del viento en Sunset Boulevard o la orientación de las olas en Malibú. Suponemos que se hizo adicto al cine cuando su madre se perdía en el limbo del éter de Kentucky. Luego llegó su suicidio y luego el accidente de la manguera, un tropiezo que provocó que un peso de 500 kilos aplastara su cuerpo. Impedido en cama primero y en silla de ruedas después, Knowles se agrió (imaginamos, aunque su sonrisa sea perfecta y parezca feliz en su torre ebúrnea) y creó el artefacto de su fama, el trampolín perfecto para sobresalir sin salir de su dormitorio. Le bastó filtrar unas fotos del bicho feo de la horrenda Starship Trooper para que la productora, pendiente de estrenarla, le pusiera en el candelero público con una demanda. Forbes ya lo tiene entre las 25 personas más influyentes de la Red. Nada que no se haya ganado el buen hombre a golpe de banda ancha y los contactos adecuados. Secretitos Hush-hush, que decía Danny de Vito en la formidable última gran película de cine negro parida en Hollywood, L.A. Confidential. Knowles ya ha salido (cameos, claro) en varios films y ha co-escrito un libro sobre el mismo asunto que copa el ránkings de bazofias más vendidas en Mulholland Drive.


La llegada de los Óscars hace que Knowles se relama en miel y en parabienes digitales. La parálisis le abismó a Internet, pero el cine le ha tirado su particular alfombra roja y parte del fastuoso negocio de la industria del séptimo arte se rige por su acidez de estómago y su imperturbable olfato para captar los tufos de las bambalinas, que es la esencia del verdadero Hollywood. De hecho son los soplones anónimos, en apariencia, los que suministran al peligroso Knowles su material sensible. Dice que le bastan veinte minutos para saber si una película va a ser un éxito o no. Que ama el cine por encima de todas las cosas, salvo tal vez el dinero. Su semillero de cotilleos, prontuario de chismes y bolsa de bilis arrasa en la Red, que es tanto como decir en el mundo.
Este es el gurú de los fotogramas. Él cela el secreto del éxito, guardián cebado por la desgracia, pero crecido en la adversidad hasta convertir su cuchitril de americano perdedor y anónimo en el centro mismo del universo. Nacho Vigalondo, nuestro cortometrajista más premiado, ha visto su ego elevado al olimpo de la propaganda cuando el mismo Harry Knowles ha escrito la crítica a su Cronocrímenes (allí Time crimes), y encima el bueno de Harry dice que es fantástica.
Como todo crítico, tiene sus debilidades. Algunas son compartibles. Pozos de ambición y No es país para viejos le parecen las mejores películas recientes. Javier Bardem es el nuevo astro del firmamento y El orfanato le parece buena. No sabemos si aparte de inclinaciones cinéfilas hay una buena untada de pasta para que la reseña no gangrene el producto.
III/ Ego
Mi Espejo de los sueños llevaba año y medio en cartel. Entran unas cien personas al día. Tengo algunos lectores fieles. Básicamente escribo para ellos. Nadie de fuste busca en mis reflexiones la confirmación de sus expectativas. Ni su rechazo. Será el azar o el talento. Debe ser el talento. No es envidia: me daría un ataque si José Luis Garci supiese lo que pienso de su cine. O Santiago Segura. Aunque uno esté aquí para lo que le echen. Entren y digan que existo. A ver si alcanzo a Knowles en un par de meses y me entrevista Buenafuente en su late night en La Sexta. Jay Leno me queda lejos.

13.2.08

Festín de mercaderes


En contra de lo que puede parecer, hoy no es un día en el que esté particularmente creativo. Leo en un libro de poesía (Las afueras, Pablo García Casado, DVD Ediciones) una cita de firma J.P.:"El amor es como los columpios: casi siempre empieza siendo una diversión y casi siempre acaba dando naúseas". Termino el miércoles con Chet Baker. Es el contrapunto perfecto en este preámbulo del gran día. Sí. Mañana es el día de los enamorados. Todo el día. Festín de mercaderes. Don Isidoro se frota las manos. Lo inventó él.

Atticus Finch vs. Jack Bauer



En realidad se trata de entender qué diferencia a Jack Bauer de Atticus Finch: si ambos militan en el mismo estado de ánimo, si comparten ideales, si atrofian su cordura con los mismos vicios, pero ha salido un texto fragmentado, que huye de cualquier análisis formal y se afilia, como todos los míos, a ideas peregrinas, a pequeños esbozos de un manual sobre la cultura y el arte que nunca podré escribir. La pregunta que alienta la entrada no ha tenido, a lo escrito, respuesta.



I
No es verdad que la tiranía del negocio impida que Hollywood, ese vecino de al lado, facture un cine de un más acendrado carácter moral. Si algo tiene el cine americano es su voluntad pedagógica. El ideal americano está transustanciado en cada trama: subliminal o explícitamente. Esa ambición excluye el monopolio absoluto de la pasta. La perfección es que el cine mancomune valores y caja, creencias y negocio. Un pueblo que carece de Historia o tiene una relativamente joven todavía tiene que confiar en alguna maquinaria de propaganda que palie ese déficit. Por eso inventaron el cine. Porque, a su modo, podemos aceptar que D.W. Griffith y Cecil B. de Mille fundamentaron la esencia del séptimo arte tal como hoy es entendido.
II
No hay criterio ideológico o referente emocional o social que el cine, el americano con más ardorosa entrega, no haya usado para hacer desfilar sus propósitos. Esa subrepticia y casi mansa colonización cultural provoca adhesiones insobornables y rechazos patológicos. Uno puede convenir que ambos extremos son razonablemente legítimos. Días en los que uno siente un amor loco y adolescente por la cultura yankee (con mayor devoción por unas etapas que por otras) y días en los que todo lo que huela a barras y a estrellas nos da un sarpullido a nivel mental del que únicamente salimos con alguna sobredosis de Bergman o de Nouvelle Vague o de Kurosawa a lo bestia.
III
Me viene Capra a la cabeza: viene con George Bailey, claro. Frank Capra se dedicó durante años a reclutar patriotas a pie de butaca para que la causa bélica fuese sostenida por la ciudadanía sin remilgos ni ambiguedades. El optimismo político capriano, su transparente militancia nacionalista, sigue fascinando hoy. Bajo la amena cobertura de una alegría contagiosa latía un incendiario propósito. Su fin educativo, su catecismo moral, puede suscitar recelo, pero el pueblo americano de la postguerra, herido al modo en que lo relata Los mejores años de nuestra vida, requería de esta mentira positiva para sobrevivir a la recesión tras el conflicto y al titánico esfuerzo de levantar un país y restituirle la dignidad y el convencimiento de que podían mirar al futuro. Lo han hecho, evidentemente, gracias a la maquinaria del cine, que ametrallaba en cada momento el mensaje preciso que debía ser propagado a beneficio del bienestar. La política mueve al productor que negocia con el director los proyectos que más nítidamente convienen al new american way of life. Ese modo de vida no se quedaba en tierra patria. Llegaba a todos lados.
IV
El héroe arquetípico es John Wayne: inflexible, sentimental, paradigma de todo aquello que puede ser considerado justo y noble, ajustado a un más que severo código de comportamiento en el que importa tanto la épica como la fundación de una esperanza y donde se privilegia los motivos de un pueblo y no los deseos de sus individuos. Eso es el western, género que en los setenta redujo su presencia en cartelera y alojó su vocación más en lo estético que en lo ideológico. Muere el héroe, nace el pistolero. Desaparece el conflicto emocional y la conquista de un espacio al modo en que John Ford narraba esas vicisitudes y nace la brutalidad lírica y el instinto puro al modo en que lo entendia el maestro Peckinpah.
La industria somete su antigua convicción didáctica al signo de los tiempos: cine en casa, el imperio del consumo doméstico. El tradicional pase en salas no es ya la única fuente de ganancias. La ética deviene entretenimiento. La inteligencia rebaja su caché y se instala en los dominios del oficio, de la profesionalidad, siempre aséptica y fácilmente ajustable a los dictados de la moda. Trivialidad e infografía.
V
El sexo explícito y la elusión de la elipsis marcan el tránsito al cine orquestado por las majors como vehículo comercial de transmisión de valores a la realidad dominante hoy en día: el cine concebido como crasa mercancía. Si el productor se escora de la corriente mayoritaria le adjuntamos la etiqueta de indie o de cine alternativo, pero incluso ése está gestado desde dentro de las grandes compañías, que abren protocolos falsos, nombres impostados para crear la ilusión de que una realidad ajena a la realidad puede suplantarla.
Coda
El modelo sensible es el que ha sido más dañado. Atticus Finch ha sido sometido al genio de las armas representado por Jack Bauer.

Donde el cronista vuelve a hablar apasionadamente de sus vicios


Alguien me contó una vez que los libros tienen un agujero negro por el que puedes despeñarte. Hay quien jamás regresa, aunque cierra el libro e incluso tenga la torpe certeza de que lo ha olvidado. Quien cae en uno de esas simas carece después de la cordura que requiere el razonamiento científico. No vale argüir que es imposible despeñarse en un libro. Yo sé que es mentira. Yo he abismado mi sentido común en Lovecraft, en Cortázar, en Borges, en Benedetti, en Nabokov. Tardé un mes en salir de Lolita, mi Lo-li-ta. Tal vez más de un mes. Terminé de leerlo (o debo decir releerlo: la primera lectura fue pésima, obligada, adolescente casi) en un hospital mientras mi suegra moría de cáncer. Recuerdo como si fuese ayer los momentos en que cerraba el libro y me acercaba a la cama porque me hablaba o me pedía que la ayudase a algo. Los buenos libros te marcan como lo hace el amor o un hierro al rojo en la mejilla. Los cuentos de Poe fueron saldados en la playa de Fuengirola, que es el sitio menos adecuado para descubrir el descenso al Maelstrom o el extraño caso del señor Valdemar. Ahora cuando regreso a esos cuentos oigo ruido de bañistas y hasta percibo en la prosa nítida y fogosa de Poe ecos de un naufragio imposible frente a mis adolescentes ojos. Tal vez toda la adolescencia sea una especie de naufragio mentido. Así que es cierto que los libros, una vez que te atrapan, no te sueltan jamás. Igual pasa con el cine. Hay películas que progresan en nuestra memoria y se van adaptando a las circunstancias en las que las recordamos. Mi recuerdo de Lo que el viento se llevó es una tarde de sábado en casa de mis padres. Mesa camilla. Lluvia infinita en la calle. Tara era el universo y yo un tímido invitado al festín fastuoso de los sentidos. Cuando la reví ( yo tengo el cuidado de apuntar todas las películas que veo desde 1.991) recordaba la lluvia y hasta el tazón de leche con galletas que me escoltó al desastre de la guerra. Absurdo. Como el embrujo de las letras. Como vivir. Escuché por primera vez Foxtrot, una de las obras magnas de los primeros Genesis de Gabriel en casa de mi amigo Rafa. Finales de los setenta. Me impresionó la presión sonora. Todavía tengo la claridad de los instrumentos alojada en mi memoria. La voz del maestro de ceremonias conduciendo al respetable público por las calles sórdidas de la Inglaterra victoriana de Supper's ready, aquella pieza larguísima que ocupaba casi una cara completa del L.P. ¿Alguien se acuerda de los Lp's? Sí, es verdad que en los libros, en los discos, en las pelìcula hay agujeros negros. Lugares donde despeñarse y sentir el placer absoluto, la dicha completa, la sensación de vivir únicamente para percibir todo eso y hacerlo durar en nuestro corazón. El mío todavía se deja perturbar por estos efluvios.

12.2.08

Natural born killer



¿Es un pájaro? ¿Tal vez un avión? ¿El que reparte gas por los moteles de la Deep America? ¿El tarado con una idea fija en la mente? Es Anton Chigurh o el personaje con el que el mundo va a conocer al actor Javier Bardem, del que ya estamos un punto fatigados porque nos lo están vendiendo en demasía. Hay un hartazgo Bardem. Una especie de cansancio a nivel óptico que cuestiona incluso la valía del intérprete que, encima de todo, es el nuevo novio de Pe y tiene una boca grande como un buzón de Correos y es capaz de escupir sobre los principios sagrados del show business o de la política armamentística yankee y luego quedarse tan pancho. Así es el amigo. Y si la destemplaza verbal le cierra las puertas del Olimpo y le chafa el rojo de la alfombra de los dioses pues no pasa nada. El tiempo continúa y siempre habrá una papel en donde colocar su inconmensurable talento. Que lo tiene, pero estamos ya apesadumbrados, cansados de Anton y eso que yo, al menos, no he tenido el gusto de ver la película. Cuando la vea, cómo no, opino y me desdigo. Todo es posible. A todo se hace uno. Ninguna palabra es eterna. La mía, la que menos.

¿Blogger del día?


Nonasushi, una chica española que vive, trabaja y sobrevive a la comida british in London Town ha tenido el detalle de concederme el galardón de ser uno de sus blogs favoritos sobre cine. Me pide que yo haga lo propio y marque cuáles son los míos. Hace no mucho tiempo hice una especie de rendición a esas páginas a las que entro con temblor místico y contenida envidia, páginas afínes a ésta mía que me entretenienen o me procuran el júbilo y el asombro con el que me voy manejando para disfrutar (más) de los dones de la vida, que diría el inspirado poeta. Lo llamé El kiosko del espejo y a lo escrito entonces únicamente tengo que confirmarme ahora. Ésos son mis premios si es que yo puedo arrogarme esa facultad de premiar, por supuesto. Sigo siendo devoto lector de esas páginas que me iluminan cuando el tedio invade mi ocio y que me dan (insisto) la sencilla alegría de disfrutar con el talento y el trabajo de gente ajena, desconocida en todos los casos, pero cercana por cuanto escriben y sienten las mismas pasiones de las que escribo yo. Una especie de sana hermandad del vicio, eso somos. Así que Nonasushi y los lectores que han acudido tarde a este Espejo de los sueños pueden picar en el link de azulito y volver a lo que entonces señalé. Los blogs aludidos siguen ahí: a cubierto de tempestades, virus y demás miserias de la cultura tecnológica. Algo así me pedía Nonasushi: espero haber cumplido. Le he contado mi agradecimiento por haber sido uno de esos escasos (ay qué respondabilidad) elegidos. Espero que esté a la altura. Ella es una buena lectora. Por eso escribe uno. Ah no olviden entrar en su Butaca 4 (que lleva tiempo en mi columna de sitios de mucho interés) y disfrutar de una página desenfadada y sincera sobre cine y aledaños. Está escrita desde la pérfida Albion. Eso es muy importante. Yo sigo aquí a pie de fotograma. Por si un transeúnte quiere entrar y mirar el mobiliario.

11.2.08

"El poder de tu voz..."










Roy Scheider

Será para siempre el jefe Martin Brody, el policia de Tiburón, pero también Joe Gideon, el coreógrafo de All that jazz. O el agente de la CIA de Marathon man. A la todavía cuestionable edad para dejarnos de 75 años, Roy Scheider no va a hacer ningún gran papel más. La memoria cinéfila, ésa que colecciona imágenes y las ve pasando de cuando en cuando por el único placer de recordar la felicidad que nos procuraron, tendrá un hueco para este hombre enjuto y elegante que hacía de involuntario Ahab moderno o de neurótico genial con adicciones infinitas y tendencia insostenible al suicidio. En la ceremonia de entrega de los Óscars de este 2.008 colgarán una fotografía enorme en ese pasillo de muertos venerables orquestado con lágrimas y violínes de dos mil dólares. Me encantaría que pusiesen al actor encarnando al propio Fosse en su biografía fantaseada o en mitad del oceáno, agitado por el miedo y por la música de Williams mientras el tiburón avanza para devorarlo. Ahora ha podido.

Defender la alegría del zapping




Contra pronóstico, la hornada de artistas en apoyo a ZP en esta precampaña ha sido tomada a chacota por quienes no la tienen. Hubiese dado lo mismo que en esa adhesión política tomara parte John Lennon removido de su silencio para aupar al gobierno en su cruzada liberal. Hacer arte para llegar a fin de mes, como dice Rajoy en una algarada de masas: he aquí el populismo más montaraz, el que suena a chascarrillo de plaza de abastos, pero cada gesto de los políticos lleva detrás un profundo análisis de mercado y está visto que en ocasiones tira de voto más una frase que un programa. Eso lo saben todos. De uno y otro confín. Tampoco está desafecto de populismo eso de defender la alegría, que ZP vocingla como si recitara un poema de Mario Benedetti. Hasta su página web contiene el logotipo, el politono descargable y el salvapantallas de la idea.
Esto de la política se frivoliza a velocidad de espanto: Sánchez Dragó advierte que la España de masas se ha convertido en una de chusmas. Añade que el pueblo español es lo más parecido a la plebe, ese término de los manuales de Historia de COU. Soltaba esta turbamulta de sentencias históricas escoltado por un whisky en La Noria, una cosa de Tele 5 que mezcla el índice de precios al consumo, los pecados de los obispos y los relatos de cama de los famosos. Es harto curioso que TVE, la de toda la vida, anuncie en su parrilla un concurso de título Mueve tu mente. Tal vez no la movemos en demasía y así va la cosa como parece ser que va. Pero la televisión opera en otra dimensión de la realidad. Su afecto por gobernar el criterio de quienes la encienden está por encima de discursos políticos y hasta del sentido común. La parece cada vez más escasa diferencia en pretensión de votos que los barómetros de opinión sueltan en los medios se dirimirá en la caja tonta: frases sueltas, gestos al aire, torcimientos de la mirada o sonrisas cómplices inclinarán el voto. Los que gestionan las campañas son genios en lo suyo. A diez días del arranque de la campaña en sí parece que estemos acabándola.
Obama arrasa en Maine y Rajoy enciende al pueblo de Don Benito. No cambia el tono mesiánico de todo político: únicamente varía el formato, la toma de la cámara y la película de cómo hemos llegado a todo esto, que decía mi amigo K. cuando en un telediario y se le atragantó un muslito de pollo con un comentario bárbaro de un político al que no traga. No me ha dicho cuál. Se intuye. Sánchez Dragó cobra por emitir juicios peristálticos. Los líderes del PP, a falta de artistas que lo jaleen, tienen a la Conferencia Episcopal, que jalea en maitínes y en apocalipsis mediática.
Este volunto verbal de descreído de lunes carece de rigor: se limita a contar lo que llega por el aire y a veces lo que el aire abandona antes de que pueda ser registrado. El problema es éste: que el exceso limita el tino. O dicho de otra forma no tengo madera de comentarista político. K. me advierte: quien la tiene no la usa como debe. Los políticos son profesionales de sí mismos. No esperes nada. Disfruta, en todo caso, del espectáculo a punto de venir. O ya lo tenemos. Es que está saturado el pobre y no ha superado el muslito de pollo atravesado en el cuello. Le he dicho que coma escuchando boleros. El voto lo administra el mando a distancia. Y la alegría del zapping.

10.2.08

El tiempo del lobo: Hadas nucleares en el país del fracaso


El apocalíptico Michael Haneke no es plato siempre apetecible. Viendo El tiempo del lobo he pensado en películas de zombies y me he dejado embaucar por su discurso perverso hasta que el recuerdo de Funny games me hizo entender que esta obra es menor en pretensiones y en mala uva. La dudosa moralidad de sus personajes y el retorcimiento al que se entregan para saciar sus paranoias finiseculares. El matrimonio que huye de la ciudad en realidad no va a ningún sitio: ésa es la paradoja de estos tiempos. La fuga no es posible: uno está dentro de uno mismo y únicamente existe la ilusión de la fuga. Todo lo demás es fidelidad a un modelo de sociedad carcomida, aliñada con pánico y sustentada por un fondo orquestal subliminal de violínes agresivos que arañan el aire y sangran el porvenir. Este hombre es un cronista de su tiempo, no cabe duda. Caché es también un poderoso artefacto intimidatorio. El ciudadano acosado por el desamparo emocional de la sociedad moderna, que no ha saldado cuentas con su pasado, pero no alcanza al clímax emocional de ésta, que en ocasiones pudiera provocar también la ilusión de estar asistiendo a un remake intelectual de Mad Max. El propio mcguffin de la catástrofe que devasta la aparente molicie de sus vidas no deja de ser un elemento accesorio, un extra necesario que alumbra el caos siguiente.
Áspera, la cinta difiere de Código desconocido, donde Haneke retrata la Europa de la burguesía ociosa que disfruta señorialmente de las ventajas de la Historia y del Estado del Bienestar. Esta Europa está herida: Haneke ausculta el terror, enfoca la brutalidad del ser humano cuando lucha por su supervivencia. La demolición de los valores sobre los que se construye toda sociedad fomenta un relato mesiánico, que ronda la ciencia-ficción, pero que podría entenderse como un melodrama apocalíptico, un cuento de hadas nucleares con estaciones de metro fantasmagóricas, campos grises y desiertos y la diáspora del alma humana al rincón más sórdido de su reverso.
Michael Haneke es un cineasta social que considera que el cine es un vehículo para formular ciertas hipótesis sobre el mundo en el que vivimos. Supongo que Michael Bay diría lo mismo. O Mariano Ozores. La diferencia es que la ética creativa del autor alemán impregna sus imágenes de un desencanto propedeútico (digamos), de una fina urdimbre de tristeza y de negativismo que colisiona con la voluntad de la sociedad avanzada (progresista, liberal, culta, como la protagonista interpretada formidablemente por Isabelle Huppert) por sobrevivir y abandonar la fatiga emocional de no tener futuro. La desolación circula a 24 fotogramas por segundo. Yo los vi todos.

9.2.08

Jorge Julio Borges Verne


Titiriteros, saltimbanquis, payasos, vedettes...


Los titiriteros acuden al rescate de ZP. Han montado un tinglado mediático de querencia fonética llamado PAZ, Plataforma de Apoyo a Zapatero. Es motivo de chanza en los medios afínes a quienes no comparten su alegría socialista y es modelo de orgullo cultural para quienes entienden que los cómicos siempre han sentido debilidad por la izquierda, caso de que algún resto de ideología pura se aloje todavía en los políticos que nos administran. Eso de llamarlos titiriteros explica más de lo que oculta: evidencia un ancestral odio por la farándula, que salvo las normales excepciones, se ha dejado llevar por la sensibilidad y cierto sentido de la responsabilidad artística. Desde el bufón que hacía reir al rey al cantautor que, alejado de palacio, rimaba las miserias de sus inquilinos. Apoyar a un candidato u a otro no deja de ser un acto de absoluta normalidad democrática. La puya mediática, agitada desde según qué medios, únicamente abastece de crispación a la sociedad. No es una historia nueva. Sucede siempre. Sucede en todos lados.
En los Estados Unidos se ve a Robert de Niro acompañar a Barack Obama en estrados y mítines. Fleetwood Mac dio su apoyo incondicional a Bill Clinton en su primera campaña presidencial y una de sus canciones emblemáticas (Don't stop) se convirtió en himno. Barbra Streisand apoya a la señora Clinton en éstas. Aquí fue Norma Duval la que se lanzó a elogiar a Aznar en su primera refriega pública con González. No era titiritera: era una vedette. Qué más da. Gente de poco fiar.

Dictaduras modernas


De lo que se trata al fin y al cabo no es de administrar lo público y confiar a un razonable procedimiento de registro las incidencias y la abundante prosa técnica que genera el gobierno de la sociedad sino de inventariar el tedio. No lo dicen, pero ése es el motivo que los estimula. Tres escasas veces me he topado con un burócrata patológico, uno consciente del valor capital de su gestión detrás de la ventanilla. Funcionariado aburrido, carente de incentivos lúdicos en su trabajo, espoleado por el ominoso discurso del orden y de la estricta observancia de un rigor, el burócrata no alcanza a comprender la disfunción que le aqueja, esa ya inaplazable sensación de que el tiempo le ha pasado por encima como un cuádriga conducida por un gigante. Enfrente está el usuario. El que va de cristal en cristal mendigando una porción de cordura, un trozo de comprensión. Saben lo que digo. Una vez que se ha sentido ese dolor tan íntimo, tan cercano al absurdo más grotesco, tan kafkiano, no es posible acudir a una ventanilla en la que haya que entregar, sellar o compulsar unos documentos sin que un ramalazo de horror te sacuda la espalda. ¿Y si se repite ? Forges, como suele, lo borda.

8.2.08

Por todos los infiernos


Todo vale para vencer al laicismo. Benedicto XVI ha declarado que el infierno existe: que no es un estado mental. Contradecir a su predecesor puede convenir para sofocar el relativismo que estrangula la recta vida moral. “Las imágenes de la Biblia deben ser rectamente interpretadas. Más que un lugar, el Infierno es una situación de quien se aparta del modo libre y definitivo de Dios”, dijo Juan Pablo II. El limbo o purgatorio, ese estado provisional de purificación, está demolido desde que el Papa negó su vigencia y propuso la idea de que la metáfora continúa siendo útil. Suena a antiguo ese conocimiento perfecto de la utilidad del lenguaje poético para formular el credo y el catecismo cristiano. Nada entonces nuevo. El infierno que el Papa repone en los logotipos no da miedo . Dan miedo otras cosas. La economía montaraz, el precio de la fruta en el mercado, la frivolidad de los políticos y la política de lo frívolo. Los conflictos escondidos y los que se ven. La corrupción y el desprestigio de la educación. Por eso el Santo Padre ha emitido este dictamen teológico: no se puede liquidar el infierno. No al menos ahora, cuando lo laico parece que está sacando pecho y se está echando a la calle y hasta algunos gobiernos secundan y hasta alumbran este rebelión.
El pueblo que cierra su corazón a Dios es el inquilino propuesto para este infierno recién escriturado. Los malvados que se dejan contaminar por las golosinas del pecado condenan su vida eterna. El limpio de intenciones, quien disfruta la visión beatífica de Dios, hospeda su inmortalidad en el cielo, que a lo deducido por la cartografía del infierno, tampoco debe ser un estado mental. El Papa entra en embeleso místico o en desatino metafórico y entrega un fascículo de la pompa celestial. Blande el miedo pero subordina la salvación a la conversión a la fe y da al naúfrago espiritual asidero en la tierra para que su ingreso en la eternidad no sea chamuscamiento perpetuo y condenación infinita. Así funcionan las cosas: embeleco y pesimismo, pecado y cárcel. La holganza excesiva y el abandono de la fe hocican al hombre con sus demonios. La viña desvastada por jabalíes de la que habla Ratzinger precisa activistas católicos que la replanten. A lo mejor habla de eso Rajoy cuando publicita la reforestación de España con un número escandaloso de árboles. Será para no ver el bosque. O para emboscarse en él y pasear al arrullo candoroso de los jilgueros y las pastorales mecidos por el septentrión. Poesía pura.

4.2.08

Amy Winehouse, el soul tóxico




Lo asombroso del talento es que no precisa cambiar nada sino que se limita a copiar patrones y a redistribuir el material añejo que los entendidos toman como clásico. Hay gente como Lenny Kravitz que reformulan ese inventario de clichés y factura discos impecables, pero huérfanos de amor. Amy Winehouse es la Billie Holiday del siglo XXI. Le sobra talento y se le nota a gusto con el repertorio. Su voz suena creíble y, por momentos, pareciera que estamos en Detroit y que un jukebox de un motel de carretera estrena hits de la Motown que una negra adolescente baila con una botella de Coca-Cola en la mano. Como si las Ronettes reviviesen su esplendor. El soul ha regresado: tal vez nunca se fue, pero estaba agazapado en distorsiones, escondido en melodías pop, a la espera de recuperar el cetro perdido.
Politoxicómana, bulímica, anoréxica, depresiva, pero canta sobria (creemos) y en el estudio rezuma profesionalidad. Sólo hay que dejarse llevar por la colección de proezas de Back in black. Si hace todo esto presa de su particular alquimia narcótica es que es de verdad una excepcional artista, una gema absoluta. El resto es la galería del morbo, la sórdida evidencia de que el genio casa bien con los excesos o que quizá ambos sean la misma deslumbrante cosa. Su peregrinar a clínicas de desintoxicación sólo incorporan flashes a la biografía. La experiencia en el lado oscuro alumbra prodigios vocales, letras heridas y bases rítmicas dignas de figurar en una antología sublime del soul de los cincuenta.
Rehab, esa intoxicada declaración de principios, ilumina el sendero por el que discurren las convicciones más íntimas de la diva: "They tried to make me go to rehab but i said 'no, no, no' ".
El resto no difiere de este estallido de dependencias, adicciones y demás conglomerado emocional de depresiones, desencanto y rebeldía. Amy asume los riesgos, depone toda actitud conciliadora y se tira de cabeza a los titulares incendiarios de The Sun o a las revistillas de chismes que han encontrado en esta bruja inspirada el vellocino de oro. La industria del ocio requiere exvotos de este calibre: gente sacrificable que acumulan méritos para engrosar el índice de mitos. Amy Winehouse entusiasma por su chulería: al fin y al cabo es ella la que se despeña, la que embota nuestra capacidad de análisis y fomenta la sospecha de que tan sólo está siendo iluminada por las luces de la fama. Cuando su esplendor se desvanezca es más que probable que tengamos un voluntario lo suficientemente atolondrado y genial como para empantanar su futuro a base de chutes de heroína, ingestas masivas de alcohol o rayas infinitas de coca. He dicho uno: tendremos un ejército. Es cosa de que alguno descolle más y merezca portada en Rolling Stone o el honor de tener algún número uno en el Billboard.
Por debajo de la diva cochambrosa (esa imagen da, ese aspecto alimenta) está su música maravillosa, el difícil equilibrio entre el respeto a la tradición de la Tamla Motown y al riquísimo patrimonio de sus éxitos y la metódica prospección de mercado que su sello y sus productores (debe tener una caterva bochornosa de intermediarios, figurines y hasta consejeros médicos y espirituales) hicieron para calibrar el impacto de un disco vintage, ajeno a la demanda de una juventud (que es la que compra discos a tutiplén a pesar de las descargas) huérfana de simbolos y embrutecida por una educación musical diseñada en laboratorio, planeada para bombardear las memorias de los móviles y reventar el aire con eternas transferencias bluetooth con pitido final a modo de orgasmo tecnológico.
El 10 de Febrero se celebran los Grammy y Amy Winehouse es candidata a 6. Importa escasamente que consiga alguno o se los lleve todos. Ya ha triunfado. La búsqueda de su nombre en Google genera un número indecente de entradas. Casi todas exhiben sin pudor (la red es aséptica) un presente hipotecado por el alcohol, el sexo (del que ha manifestado sentirse eternamente insatisfecha) y todos los narcóticos que la releven del papel sórdido y triste que, en el fondo, le ha tocado vivir, la de la nueva Billie Holiday. Sólo tiene que leer (que le cuenten) la biografía de Lady Day. La separa todavía de la señora del jazz (con permiso de Ella Fitzgerald) un abismo de inspiración, sentimiento y experiencia, pero conmueve su voz trémula, su entrega absoluta al género que le fascina y, por encima de todo, su inmarcesible pose de diosa del frágil olimpo de las nuevas heroínas de la banda ancha. ¿ Qué es, si no, este asqueroso mundo ?
Back in black: uno de los mejores discos que yo haya escuchado recientemente. Lástima que lo haya descubierto tarde.

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