7.12.08

Peter Lorre, el villano sin futuro


Gjon Mili, 1944


Ladislav Loewenestein nació en Hungría a comienzos del siglo XX. En esta foto tenía 40 años. Su desmedida afición por el teatro le hizo dejar su país antes de cumplir los 20 y buscarse la vida en Suiza. Allí trabajó de cajista para pagar las clases y que su nombre sonara en la escena dramática de la época. Bertold Bretch lo apadrinó y Fritz Lang le hizo M, el vampiro de Dusseldorf, aunque Loewenestein no confiaba en el cine ni apreciaba la emergencia de un arte que, comparado al teatro, no dejaba de ser un entretenimiento pasajero, una moda de feriantes y comerciantes espabilados. Su ascendencia judía, no obstante, le haría razonar el error y enseguida volcó su talento en el cine.
Eso era 1.934. Tres años después, huyendo del terror nazi, trabajó con Alfred Hitchcock en El hombre que sabía demasiado, versión inglesa. Después vendría el encasillamiento: decenas de películas para la posteridad. Su aspecto desvalido, esa fragilidad, la indefensión que exhibía su rostro extraño se afiliaba a dos tipos de interpretaciones: la del atormentado y la del inocente; la del hombre atribulado y solo, fatalmente ungido por la mala suerte, por la miseria moral de un tiempo siempre en zozobra, es decir, el cine negro puro, y la del hombre digno de lástima, escasamente dotado para el mal, pero empujado a él por designios irreparables. El segundón perfecto, el actor gremial y esforzado, siempre vivió encadenado a su aspecto. No recuerdo, salvo Charles Laughton, otro actor más esclavizado que éste a un perfil y a un gesto, a un rostro imposible de olvidar y a un rol perdurable, por encima de que le llamaran para hacer una comedia de altura (Arsénico por compasión) o un thriller de la mejor enjundia (La máscara de Dimitrios). Curiosamente ambas obras maestras están producidas en el mismo año, 1.944.
Ya Peter Lorre y harto de ser el villano prescindible, pidió un papel de mayor calado dramático. Mr. Moto, el personaje que interpretó hasta en 8 ocasiones, no es (al menos para este cronista cinéfilo) el papel de su vida. Me quedo con el villano, qué le vamos a hacer. A su pesar, supongo, Peter Lorre será siempre el hombre enclenque, presumiblemente zarandeado por algún trauma infantil, que salía en las películas de gángsters con una pistola en una mano temblona, como poco hecha a empuñarla. El rostro delata un mal peculiar: el dolor infinito de querer salir de ese cuerpo y colarse en el de James Mason, pongo por caso. Cary Grant tampoco hubiese estado mal. A un actor con madera de actor de verdad, el cuerpo de Cary Grant es siempre un regalo. Con Grant coincidió en los desencantos matrimoniales. Tres esposas. Murió en 1.964 el mismo día en que firmaba el divorcio de su tercera.

3 comentarios:

Alex dijo...

También yo me quedo con el villano. Un villano torpe e indefinido, como si le costase apuñalar por la espalda como requiere su condición. Una icono, un maestro del eje cine-pasión. Su vida privada es fascinante también, pero palidece ante su yo de mentira.

Hubo muchos encasillados, Emilio. Muchos. Recuerdo que a C. Aubrey Smith le apodaban El Coronel en Tinseltown, ya que casi siempre le tocó interpretar ese personaje. Físico tenía para ello, igual que Lorre para dar vida a villanos maldecidos como el Ugarte de "Casablanca".

Cecil B. Demente dijo...

Por mucho que él queisiera, yo no le cambiaría el cuerpo. Tiene un rostro que es puro material cinéfilo...

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Era el villano indefenso, aunque creíble. Uno admitía que mil agujas le laceraban el alma y que por esas agujas se portaba como lo hacía, pero también está el Lorre tierno, el indefenso sin villanía. Hay muchos encasillados. He pensado en éste. El Ugarte de Casablanca era singular, lo recuerdo nítidamente. Como a Rick.


No queremos nosotros, espectadores golosos. El Peter Lorre actor es otra cosa. Igual él sabía que el puro material cinéfilo, después de tantos años, tantos films, no le hizo ser la estrella que, según leí, quería ser...