28.12.08

La rapsodia bohemia / Cuentos del astronauta zurdo

Debería haber una cierta impunidad en algunos crímenes. Una del tipo que te permita más tarde proceder con entereza y hasta con naturalidad frente a los demás y llevar una vida ordenada, en nada escandalosa y ajustada siempre al civismo y a las buenas formas, aunque al muerto, al sacrificado, lo devasten minuciosamente los gusanos en algún bosque en las afueras, pero esta garantía, este salvoconducto moral, no te lo da nadie. Te educan para el remordimiento así que matas a alguien y se te cae el mundo encima. No importa que el cadáver no sea recuperado. El alma se atasca, se embota y ya no es posible besar a un hijo o estrechar manos cordialmente con la ufana naturalidad de antaño. No puedes lidiar con la rutina del trabajo sin considerar la miseria a la que has abocado tu vida. ¿Quién duerme ahora con la conciencia tranquila? En esa mansa vigilia que precede al sueño te invaden, como lobos, todos los muertos que has ido abandonando en los bosques, en las afueras. Como en una mala película de serie B, truculenta y casposa,la conspiración va urdiendo su trama secreta y todo conduce irremisiblemente a la detención del criminal. El cine forja sus héroes y sus villanos, pero la mano asesina carece de mitologías: no obedece a argumentos. El crimen paga, reza la leyenda. Habría querido yo esa cierta impunidad. Haber vuelto a los parques y ver la evolución de los juegos de los niños. Haber mirado al mundo de cara sin la tozuda certeza del miedo a ser descubierto en un gesto delator. Haber enterrado la culpa junto con el muerto. Y ando las calles sin aplomo, ajusticiado, solo, entregado al vicio irrenunciable de los remordimientos. Y la hormiga muerta aparece en mis sueños, demediada, en la suela mortal de mis Nike de cien euros. La pobre, la inocente.

2 comentarios:

Isabel Huete dijo...

Si dejáramos los muertos en el bosque o en el fondo del río, probablemente llevaríamos la vida con naturalidad. Lo malo es que los guardamos en el armario y todas las noches nos dan unos golpecitos para recordarnos que están ahí. Hay que enterrarlos bien enterrados, si es posible volverlos cenizas y tirarlas por el sumidero del lavabo.
Aunque hay muertos que se resisten a morir...
Un besote.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

El muerto a veces es una hormiga y hasta ahí llega nuestra debilidad para con nosotros mismos. Los muertos convertidos en adorno, en materia reiterada de martirio en vida, dice un amigo, también son pieza de cambio...