27.11.08

Gun crazy


Escribió Julio Camba a propósito de Nueva York en La ciudad automática (Alhena Media, Barcelona, 2.008) que le fascinaba "la organización criminal de sus negocios y la organización comercial de sus crímenes". Las urbes titánicas, las que exhiben oceános de gris en las aceras y semejan bocas grandes que engullen papel en los atlas, han inspirado obras maestras de la poesía o del género negro. Se me viene a la cabeza Lorca y se me viene Auster. Pienso en la épica combativa de sus ciudadanos por borrar cierta aureola de jungla y de brutalidad normalizada en sus calles. Pienso en John Huston y es imposible que James Cagney no se me cruce en la hipotética parada de iconos de lo urbano, pero James Cagney es un gángster, un mafioso, el criminal al que no damos más de noventa minutos de vida. Salvo en épocas recientes, el cine negro duraba menos de hora y media. Es ahora cuando inflan los minutos y meten alrededor de la historia principal agazapadas minihistorias que en poco (a veces) contribuyen a clarificar o hermosear la principal. Anoche vi (reví) Ola de crímenes / Crime wave (André de Toth, 1.954) y quede absolutamente petrificado por la honestidad de la narración, concisa, concebida como un cuento y contada como si fuese un cuento. La literatura de lo breve es muy exigente. La novela posibilita el merodeo, la hipótesis que sólo bosqueja un perfil de los protagonistas o una rama narrativa del argumento. El relato, en cambio, se complace en eliminar la paja y acudir cuanto antes a lo estrictamente dramático. Y el prodigio del cine negro es la definitiva creación de un personaje nítidamente urbano, en diálogo continuo con el atrezzo natural en el que trapichea, ama, teme y finalmente, en casi todos los casos, muere. Al mafioso le estimula la ciudad, a la que hace infinitos mimos y en la que se mueve con absoluto desparpajo.
El amable lector que haya visto buen cine negro de la RKO o haya leído las sobrias crónicas de la decadencia del alma humana alumbradas por Raymond Chandler difícilmente dispondrá de una visión familiar del gángster: nunca tendremos ocasión de disfrutar del ser humano tierno, enredado en afectos.
Los Soprano, muy al contrario, reflexiona sobre la intrahistoria del criminal y nos regala (con lujo y artificio de procedimientos) la trastienda visible, la información relevante en la que Tony Soprano puede ser un hijo de la grandísima puta y, al tiempo, un alma candorosa, una criatura sensible y digna de aprecio. Sabemos, en definitiva, que hay una jauría de bestias retorcidas, pero que cada una lleva un ciudadano bueno y honrado con un corazón limpio como un amanecer sin cláxons.
Volviendo a Camba: llevar un matón que negocia o un negociante que mata. La épica del cine negro retira siempre la posibilidad de que indaguemos en exceso en la naturaleza meamente afectiva de sus personajes. Michael Sullivan, el pistolero funcionarial que interpreta Tom Hanks en Camino a la perdición fascina porque se aleja del arquetipo y contradice el academicismo. De hecho, hasta la ciudad está retratada con el cariño que hasta ahora no percibíamos.
La ciudad, en el noir tradicional, es una armonía bastarda de policías psicóticos con nula o irrelevante vida doméstica, de patéticos asesinos que respetan códigos de honor y otra suerte de códigos deontológicos para granjearse el favor del jefe, que suele ser un burdo y zafio don nadie que escalafonó por alguna osadía de importancia...
La ciudad es un muestrario caótico de mujeres de una obscenidad trágica que mueven una trama sexual que espolea subliminalmente (en esto Ramón Gubern sabe una barbaridad) la otra, la aparentemente capital; la ciudad es el lugar perfecto para que los políticos asqueados de otros políticos se dejen corromper por miedo o por avaricia...
La ciudad es el folio en blanco en el que detectives misántropos o detectives venereos (en esto muy raramente hay un término equidistante) prescinden de la razón para razonar a base de hostias, exaltando la fuerza bruta y estableciendo con el inefable cliente una relación de confianza mutua que, al fallar, acelera siempre el desenlance de la trama...
El cine negro es (compositivamente) una apoteosis de lo sórdido: una implacable radiografía de la sociedad inmoral que pontifica el crimen, el latrocinio y la corrupción como modelos de conducta y que se pavonea de esos modelos ante el opaco, entristecido y burocrático desempño de la rutina de un ciudadano normal que cumple la ley y se escandaliza cuando otros no lo hacen...
El cine negro dilata la sensación de precariedad y de desencanto como casi ningún otro género. Y esta noche de jueves este cronista de sus vicios acaba de pasar un rato formidable, uno exento de cualquier hilo de infelicidad, por pequeño o tangencial que sea, viendo una de gángsters, de tipos duros y de polis buenos... Anoche tocó Crime wave y hoy ha sido El demono de las armas, una obra maestra absoluta, un excepcional documento sobre el talento cinematográfico. Y estoy feliz, oh my friends, estoy feliz como hacía tiempo que no lo estaba...

Buenas noches.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Las dos son obras maestras, Emilio, y me gusta mucho tu manera de ver el cine negro. Lo comparto del todo. Es el género por antonomasia del cine, aunque algunos digan que el western. Me gusta especialmente Crime wave. Dura además poquísimo y se paladea mejor. Adiós, señor. Rafa

José Riqueni dijo...

Meencanta tu blog, ¿nos enlazamos?

Alex dijo...

Vi "Gun Crazy" hace muchos años, una mañana de sábado. No hace tanto se rodó un remake muy alejado del original. Y me encanta Drew Barrymore pero le falta la sensualidad de Peggy Cummings. El original es cine negro puro, una delicia. Como dices, una obra maestra.