23.10.08

Parques


"Con frecuencia me paso los mediodías sentado en un banco, ocioso. Los árboles del parque están totalmente descoloridos. Sus hojas cuelgan artificiosamente, como si fueran de plomo. A ratos todo parece aquí de hierro endeble y hojalata. Luego cae otro aguacero y lo empapa todo. Se abren los paraguas, los coches ruedan sobre el asfalto, la gente se apresura, las muchachas alzan el borde de sus faldas. […] Y luego están los jardines, tan silenciosos y perdidos tras las elegantes verjas, como esos rincones secretos que hay en los parques ingleses. Muy cerca de ellos truena y resuena el tráfago del comercio, como si nunca en la vida hubieran existido los paisajes o los ensueños. Los trenes retumban sobre los puentes, que tiemblan a su paso. Por la noche refulgen los escaparates, ricos y elegantes como en los cuentos de hadas, y ríos y oleadas serpenteantes de seres humanos se agitan ante las tentaciones de la riqueza industrial allí expuesta”.

(Robert Walser, Jakov von Gunten)

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He compartido muy buenos momentos con los parques. No he necesitado la compañía de nadie. Tal vez un libro. Tabaco cuando fumaba. La certeza diminuta de que el tiempo se adelgaza. La sospecha de que incluso puede llegar a detenerse. Todavía me fascina la soledad de los parques. Vendrían a ser una especie de útero perfecto en el que uno puede perderse sin que nadie le aturda con conversaciones mínimas. En cierto modo en el parque todos nos convertimos en seres anónimos y perfectos. Da igual que pase un vecino. No tienes que preocuparte sobre si te va interrumpir tu júbilo botánico. Sabes que no se va a acercar. Un saludo quizá. Una inclinación de la cabeza. Un gesto con las cejas. En parques he leído muchísimo. Me he enterado de cómo va el mundo. He contemplado (entre la fascinación, el estupor y el arrobo plástico) los juegos de los niños, los arrumacos galantes de los adolescentes, los paseos de los viejos y, sobre todo, mi propia paz, ese reducto insobornable de quietud sin desperfecto, de karma civil y público. El texto de Walser, que ya conocía y que de pronto se me ha aparecido en las habituales navegaciones por esos mundos del Google (nótese que he sustituído a Dios por la opción más razonable) es sencillamente perfecto. Uno está en el parque. De hecho me han entrado unas ganas tremendas de irme a uno y sentarme a leer (como solía, ay). Me leería los cuentos de Saki. De eso me han entrado ganas.


p.d.: Mi amigo Álex (y mi amigo Juan, que no tiene blog) saben de qué hablo.

8 comentarios:

tomas dijo...

Grande también mi experiencia con la soledad en los bancos, no tan frecuente ahora como me convendría para frenar el estrés madrileño, pero satisfactoria. Sentarse ante una piara de niños (siento no ser más cariñoso con ellos, pero no me cautivan), una pareja de amantes fogosos (esto sí que me gusta)o los simples empleados municipales que dan orden y limpieza al entorno puede serte muy beneficioso. Se aprende a estar con uno mismo. Que ya es.

Un saludo para el gran amante de la vida que es usted.

Conrado Castilla dijo...

Los parques son a las ciudades como las hojas a los libros, no pueden existir sin ellos.
Para los seres urbanos un parque es un refugio. Es verdad que hace ya mucho tiempo que no me siento en un parque si no es para ver jugar a mi hijo, pero antes, y ¡cómo lo echo de menos!, paseaba, miraba a la gente que iba y venía, leía y hasta escribía algunas cosas por eso cuando he leído tu texto me he acordado de algunos de los poemas que escribí en otro tiempo cuando podía visitar los parques y dejar pasar (que no perder) el tiempo.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Todos tenemos historias que contar. Propias, ajenas. Se ama la vida en los parques, Tomás. Me hice a ellos estando fuera de casa. Al volver a casa, los sentí como una extensión de mi ocio. El tiempo, las circunstancias, me han hecho regresar de maneras distintas. Guardo el tiempo entregado en su disfrute como algo precioso. Saludo para usted también, y alegre estoy porque haya reabierto su (estupendo) Inquilino.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Tú estás ahora en un parque distinto. Jaime obliga. Y eso también tienes que disfrutarlo. Luego volverás a los parques que fueron. Los de los libros y los poemas, Conrado. Un abrazo grande.

tomas dijo...

Mi ausencia del blog se debió en septiembre a mi viaje a berlín, ciudad que adoro y que cada vez que abandono permanece en mi recuerdo con trazos de amargura, puede que admiración por lo que allí tienen y aquí nos falta...Es decir, que ha sido un viaje revelador, y ya van dos veces que la visito. Eso sí que es el primer mundo, amigo Emilio. Puede que caiga un post dedicado al cine en berlín, o sobre berlín, al cine y berlín en amor fraternal...

Eso y una pequeña crisis febril por aquello de la gripe me han hecho abandonar este placer....

Alex dijo...

Los parques tienen su propio código de conducta, Emilio. No importa nada mientras ocupas su cesped o uno de sus bancos, todo quedará allí. Su paz es interrumpida con frecuncia por niños que juegan o por adolescentes en lógico celo. Y a veces son abuelos trotones o parejas de mediana edad que pasean a los niños. Puedes comportarte como te plazca, dará igual. Puedes hurgar en las papeleras, leer, besar... todo forma parte de la lógica de los parques. Son un reducto entre la inmensidad de cemento. Espero que algún día, espero que de unos meses tal vez, puedas sentarte en mi banco, Emilio, y ver desde allí el contraste que preside el ocio de mis días. Ver cómo la casa del dolor se alza sobre los juegos con perros, los arrumacos, los tiempos muertos que son los realmente vivos.

Isabel Huete dijo...

Los mejores momentos de mi vida los he vivido en el Parque del Retiro: cuando mi abuela me llevaba de pequeña a jugar, cuando con algún noviete nos íbamos a pasear (qué tiempos aquellos) o a hacernos arrumacos en el rincón más apartado que podíamos encontrar, cuando llevaba a mi perro a pasear y, sobre todo, cuando sola he ido a buscar paz en momentos difíciles. Lo conozco en todas las estaciones del año y siempre he disfrutado muchísimo tanto contemplando a los demás como rebuscando en mi interior. La pena es que últimamente apenas voy, salvo para visitar la Feria del Libro entre semana y a las 3 de la tarde para evitar a las masas... Me has hecho añorar mis grandes paseos por él.
Un besote.

lukas dijo...

Unas impresiones muy románticas sobre los parques, la verdad. Para mí, que vivo en un sitio pequeño sin parques realmente (hay uno que se ha convertido en parking), leo sobre parques grandes y babeo, porque me encantan, son la única aproximación a la naturaleza cuando se vive entre hombres sucios. Para mí el REtiro y el Rosedal de Buenos Aires (o el REGENT'S PARK londinense) son parques, lo demás que conozco es una mierdecilla. Los parques que he conocido, por lo demás, son sitios sucios y solitarios, o llenos de macarras que todo lo destruyen. En parques se refugian los mendigos, son sitios de reposo para estas pobres gentes. Quien va sólo un rato no se imagina lo que es vivir en un banco todo el día y soportar el ruido, la suciedad, o que estés durmiendo y un fascista de la limpieza te duche de madrugada. Yo ya no puedo leer en los parques porque la gente hace ruido con sus móviles. En Málaga no se aísla uno, los coches pasan muy cerca.