26.10.08

El poeta se ha dejado crecer la barba


I
Llevo un par de semanas dejándome crecer la barba. No dejaré que pasten insectos en la crecida montaraz del pelo y me parezca al confiado Walt Whitman, ángel de la guarda del espíritu vírgen del american way of life, pero disfruto muchísimo cada año cuando (por octubre) escondo la crema y las cuchillas y me dedico (mañana tras mañana) a contemplar en el espejo el nervio agreste de la madre natura, que ya nivea en tramos y ofrece el verdadero desgaste del cuerpo. Hay algo sobrenatural en el pelo creciendo desde dentro. En las uñas. Son símbolo de algo que ahora no alcanza a entender. Por eso (tal vez) poseen esa dimensión simbólica. He caído finalmente en la certeza de que el cuerpo no nos pertenece por más que le demos mimos o afectos. El mío hace tiempo que va por libre y sestea cuando le pido vértigos y se multiplica cuando necesito paz. En las muy raras ocasiones en las que ambos vamos a una le miro con arrobo y casi nos entendemos, pero luego me sobreviene un dolor en el costado o me escalan cien lagartijas la espalda y empiezo a sentir un quebranto a mitad del pecho. El cuerpo es un laberinto y sus paredes se agrietan y permiten la metástasis de todos los dolores. Los pequeños y los grandes. Va a ser cierto eso de que uno es pobre hasta que se muere, y no estoy con la vista fija en el colapso financiero ni en los apuntes domésticos de mi cuenta de ahorros. Estamos en una pobreza inlevantable, una que jamás flaquea y te constriñe el alma hasta cuando, en apariencia, todo es júbilo y la alegría esplendorea en el aire.

II
K., que anda asustadizo estos días de vacas flacas porque teme que le trinquen los escasos ahorros que guarda en un banco, me confiesa que va a releerse la obra completa de Kafka. Me he apuntado a la idea. No sé si completa o una buena parte, pero volver a Kafka siempre es una fiesta. Tal vez convenga para sobrellevar esta moribundia parcial del capitalismo que nos venden por televisión y que comprobamos, a pie de calle, en la cola del charcutero, en la sala de espera del neumólogo y en los apuntes sueltos que la realidad abandona en los parques de pueblo y en los congresos de semiótica. Hace tiempo, por cierto, que no acudo a ninguno. En Navidad (concluyo) me afeito la barba. La rutina es agradable a veces.


11 comentarios:

Anónimo dijo...

Ingenuidad. Ingenuidad y horas echadas al reloj. Y al final mi querido bloggero uno acaba muriéndose sin que se pueda hacer nada al respecto. Leer a Kafka o a Whitman, que citas, vale, pero al final, es una tristísima noticia, te mueres. Sin que nadie pueda hacer nada. Lo digo en primera persona, aquejado por una muerte reciente. Lo de la barba y las uñas, ya que citas tanto a Borges, mi querido amigo, no es ninguna novedad. Y lo sabe. Saludos afectuosos desde otro lado. Lima.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Vivir es un acto de ingenuidad. El más grande. Hay que ser crédulo. Hay que leer a Kafka. Porque todo es, a la fuerza, kafkiano.Lo de Borges, a estas alturas, sale solo. Es inevitable. Saludos.

Anónimo dijo...

Yo también me dejo la barba de vez en tanto y engordo y adelgazo y hasta me pelo a rape en verano. Se trata de cambiar aunque el fondo siga el mismo. Es jodido, jodido como vivir. Está el día hoy plomizo y no me sale nada alegre, pero hay que admitir que el cuerpo tiene sus leyes por encima
de nosotros siempre. Rafa

Anónimo dijo...

Llevo unos días colgado a tu página. Sólo escribirte para decirte que me encanta. No sólo el cine sino todo lo demás también. El Diario es lo que más gusta. Gracias por escribir tanto. Sí, muchas gracias, amigo.

b

Anónimo dijo...

Yo también me dejo la barba de vez en tanto y engordo y adelgazo y hasta me pelo a rape en verano. Se trata de cambiar aunque el fondo siga el mismo. Es jodido, jodido como vivir. Está el día hoy plomizo y no me sale nada alegre, pero hay que admitir que el cuerpo tiene sus leyes por encima
de nosotros siempre. Rafa

lukas dijo...

Yo también me dejo crecer la barba y las uñas, de vez en cuando. Kafka, sólo algunas cosas; Borges, no (se me pasó el tiempo). Me gustaría estar "En el café de la juventud perdida", y no sólo por los 40 años de aquel Mayo que nos cambió a todos. Guy Debord, al comienzo de todo.

Alex dijo...

Me apunto a vuesta iniciativa. Leeré "América", ya que la tengo a mi costado desde hace tiempo y parece pedirme que vuelva a ella.

Hay un poema de Walt Whitman (ese iletrado maravilloso) que me pone los pelos de punta. Y no, no se trata del manido "Oh, capitán, mi capitán". Buscaré, con la barba de dos o tres días asida a mi barbilla. Me afeito cuando lo recuerdo, o mejor, cuando me lo recuerdan. A veces he tardado quince o veinte días en hacerlo, nunca más, pero dejar de afeitarme de modo prolongado es algo que haré. Hay barbas que transmiten respeto, me temo que la mía transmitirá indiferencia. Los achaques son otra historia. No los he sufrido aún (salvo dolores de cabeza y espasmos musculares debidos a malas posturas) pero llegarán. Seas rico o pobre, llegan, pero, por alguna razón, a los pobres nos duele más.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Kafka me cansa lo justo. Admiro su sencillez y cómo en esa simplicidad sintáctica, en ese forzado desnudamiento de la prosa, esconde lo atroz de la vida, el absurdo (cuántos tópicos para un lunes por la tarde) de estar vivo y de interrogarse sobre esa rutina. Leer a Borges no tieneeeedad, Lukas.

La forma más perfecta de pasar desapercibido es no prestar atención a los demás. Da igual que lleves mcferlán, el torso desnudo o un traje de bombero. Lo de la barba, Álex, lleva ya muchos años en mi (abundante) listado de vicios. Es un vicio agradable. Contemplar cómo crece, cómo te invade el rostro, recortarla (sí) cuando te amenaza el ojo. En fin...
Mi barba (como yo) no transmite respeto alguno. Los alumnos (los más pequeños, sobre todo) me preguntan cada año lo mismo: ¿Y no te pica?

Isabel Huete dijo...

Yo no puedo dejarme crecer la barba así que no sé lo que se siente ni el impacto que produce sobre la mente y el cuerpo, ese matrimonio casi siempre imperfecto y lleno de trifulcas.
Quizá mañana me pensaré si me dejo crecer las uñas, con las cuales mantengo una lucha encarnizada entre su voluntad autónoma de crecer y la mía de impedírselo. No nos queremos.
Kafka me pone y Whitman me mata. Los quiero a ambos.
Besazos.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

La barba es secundaria, aunque la de Whitman sea antológica, Isabel. El asunto es comprobar cómo el cuerpo se rebela contra uno y nunca se pliega a nuestros deseos. Ni tan siquiera cuando creemos que sí nos hace caso y que nosotros somos, ingenuos, candorosos, los que gobernamos. No es así. Van a su aire. La barba. Las uñas. Las ojeras. La tripa. ¿Seguimos?

Anónimo dijo...

No he podido nunca con kafka. Me aburre hasta no poder seguir leyendo. America, La metamorfosis son los dos libros que he intentado. Me gustó muchísimo un cuento, Ante la ley, que siempre he recordado con agrado, y con pavor también. Uso Kafka para explicar lo kafkiano. Kafkiano todo. Irene