2.9.08

Confesiones de un lector imperfecto


James Joyce atinó como pocos en convertir un libro en un objeto mítico. Ulises sobrevuela la Historia de la Literatura del siglo XX y concita la animadversión más cerval y las adhesiones de más encendido apresto.
Joyce principia la consideración de que algunas obras no son únicamente libros, literatura, asunto traducible en términos de interes artístico, sino piezas canjeables por criterios pedagógicos o etiquetadas bajo el paraguas de la sociología. Estas obras son referentes culturales más allá de que verdaderamente las entendamos en toda su vasta extensión intelectual. Ulises es un libro-icono, un ejemplo válido de que la literatura, la buena, la llamada a discurrir por los siglos, contribuye de modo ejecutivo al acervo de un pueblo. Stephen Dedalus comparte con Alonso Quijano un status de pequeños dioses en la finca global, en el olimpo moderno. Luego está el lector in fabula, como decía o pedía Eco, el decodificador ideal del mamotreto infumable a juicio de unos o del excelente tocho, según otros. Quien haya asegurado que en su juventud, tan golosa, tan cultivada de esperanzas y de riesgos, tuvo el valor de culminar su lectura, tiene asegurado el cielo de los lectores perfectos, un paraíso comandado por Walter Benjamin o por Jorge Luis Borges, lectores voraces, inteligentes y activos hasta el paroxismo semántico. Yo prometo que he intentado meterle el diente en un par de ocasiones al dichoso Ulises. Una franqueé el obstáculo de su primera dificultad y disfruté durante días con las peripecias dublinesas en tiempo real ( 24 ) del sonámbulo por excelencia, luego devine perezoso, abandoné las páginas el tiempo suficiente como para no tener después ánimo de retomar las aventuras pausadas. Este es el veneno de la novela, su obstáculo moderno. Que el lector no dispone de paciencia o de tiempo para afrontar la tiranía de las páginas, su cárcel indeclinable.
Un amigo que sabe de mi deseo de no morirme sin llegar al final de la obra de Joyce añade que en su débito literario está José Lezama Lima, ese místico cubano, bonachón, gordoncho, barroco y lírico al que yo sí que he acorralado debajo de un flexo y leido con golosa delectación. Ahí estamos los dos, valientes, arrojados, enfermos de letra y, sin embargo, felices todavía en nuestra incultura. La lista de dioses de la literatura a la que este humilde escribiente digital no ha hincado diente alguno es enorme. No debería darme rubor, pero algo de zozobra intelectual me produce no haber leído una página de Balzac o de Malraux, de Mann o de Musil. Uno va subsanando esos pecados, aunque siempre necesita otra vida para abarcar el territorio vírgen. Soy un inculto.


addenda:

Un año más tarde de una buena charla alrededor de Joyce y Lezama Lima, todavía no hemos alcanzado ningún cielo que nos ampare. Estamos en el refugio de algunas lecturas menores. No tenemos prisa. He encontrado la foto de Marilyn. Ahí andamos entonces los tres. Ella, en su limbo, en la empresa de enchufarse al asunto.

2 comentarios:

No lector de Kafka (Aries) dijo...

Yo nunca me preocupe de lo que no leo. La biblioteca de mi casa tiene libros que no he leído. están esperándome... No tenemos, me temo, tiempo para vivir una vida de libros cuando hay otras cosas, otros asuntos, en la calle. Los libros a veces se sobrevaloran. Yo no he leído a Kafka y ni lo cuento ni me preocupa. Se puede vivir sin Kafka ? Pues esa es la pregunta. Saludos.

Isabel Huete dijo...

Pues me alegro de esa confesión porque yo me sentí durante muchos años un ser "incompleto" por no haber podido acabar con el Ulises de Joyce... Sí puedo decir que he leído a Balzac o Zola porque me gustan los clásicos franceses casi tanto como los rusos, en tochos o en tochitos. Pero sé que nunca podré leer todo lo que quisiera y que todo lo que lea no me resultará igual de placentero. Hay que leer lo que el tiempo nos permita, y disfrutarlo.
Y por mucho que digas, tú sabes mucho...
Un besote.