28.7.08

Carta a Luis Buñuel en sus 25 años de muerto ilustrísimo o Crónica (gris) del marrón global


A mayor batacazo en lo económico, cuando la crispación se aliña de encabronamidento civil, baja credulidad y casi nula confianza en la recuperación del sistema financiero, mayor bonanza en lo deportivo, en la gloriosa gesta de darle oro y confeti celestial a la imagen de España en el mundo. Al menos, la España enfundada en un pantalón corto y que empuña una raqueta, da patadas a un balón o se monta en una bicicleta bajo los cielos galos. La Infantería Española únicamente precisaba un Alonso escondido bajo un casco multipropiedad a trescientos kilómetros por hora. Este mes de julio exultante, incendiado de épica, pudiera hasta parecer la antesala lujuriosa de los Juegos de Pekín, en donde habrá también (entre otros nubarrones ajenos a lo meramente deportivo) cumbres que escalar, pódiums que hollar. A cambio, a ras de calle, en las conversaciones en las plazas del pueblo, en las colas de la charcutería, el ciudadano famélico de bienestar puro, democratizado, escrito en la declaración de intenciones de un siglo, el XXI, hipotéticamente trenzado con los mejores hilos posibles, el ciudadano al que las neocoms y las burbujas inmobiliaras le han restado poder adquisitivo, al que se le esquilmó la confianza en el porvenir, pide (a gritos) la simbólica cabeza de los autores de la hecatombe, pero las certidumbres en materia delictiva a estas alturas de la burocracia internacional no existe, salvo que al criminal se le olvido una huella en el picaporte o un resto de ADN en la epidermis del muerto. El muerto, a este paso, ocupará el planeta en pocos decenios: lo envolverá y lo apestará. Sólo quedarán oasis de hedores soportables, búnkers sofisticados para que los hijos de los poderosos rumien las migajas de la felicidad recién reventada.
Economistas apocalípticos vaticinan que es el dragón chino el que ha terminando a apuntillar la jubilosa idea de que todo era progreso y alza. Economistas integrados resuelven que el problema es global, inabordable desde una óptica nacional. Así que la sociedad civil, la machacada, se come el marrón global, que es una precisión semántica formidable, a golpe de Eurosport, pagando cable para ver en inédita alta definición las pedaladas de Sastre, los goles de Torres y los golpes a la red de Nadal, ese nuevo dios tórrido y doméstico. Marrón, pues, comido a pleno confort, como si de un suicidio planificado y juguetón se tratara. Y entonces me acuerdo de Luis Buñuel, del que ayer hizo 25 años que murió. A Don Luis, el ateo lírico, el vividor absoluto, el hombre afincado en su condición de provocador profesional, amigo de curas y de putas, renegador vocacional de Dios y de su cohorte fantástica de sicarios, le abría encantado esta línea de trabajo de los políticos del planeta. Buñuel era también un ácrata de matrícula de honor, pero se dejaba engatusar de las bondades de la pasta y no perdonaba un buen banquete, un buen vino o unas vistas al mar desde una terraza burguesa a más no poder. Leí (prosigo) que a Buñuel le dio por decir, antes de que la muerte le hiciera abandonar ya para siempre sus vicios públicos y los privados, que el azar o los dioses (ninguno creíble, localizable, ninguno con domicilio fijo) le manumitieran del reporso eterno una vez cada diez años, por ejemplo y así acudir al kiosko más cercano, abastecerse de la prensa del día y pasar un buen rato viendo qué mundo había dejado. Éste de ahora le daría arcadas, le produciría espanto, le regalaría la perplejidad que tanto amó, pero amplificado hasta el hartazgo. No se trata, Don Luis, de que algunos cafres prosigan en su macabro oficio de dinamitar mercados y estaciones de tren o de que algunos mercenarios (zombies, burda maquinaria de otros mercenarios de escalafón superior y así hasta las terrazas de la conspiración planetaria) gestionen la vida ajena por el sencillo gusto de alegrar la muy desquiciada suya. Se trata de todo eso (nada menos) y de algunos episodios de más lustrosa perversión. Piense usted en la hambruna, en las epidemias de la raza humana sin atajar todavía, en las pandemias que asolan las fronteras de medio mundo, en África, el continente asaetado por la desdicha desde que se separó de la idílica Pangea primigenia, en la herencia que unos jefes de Estado le dan a otros, en la metástasis del mundo, en su nula capacidad de regeneración, por más que saludables indicios de reseteo del sistema (Obama vs. Bush: qué combate más desigual) provean de placebos mediáticos convincentes. Piense usted en el calamitoso estado del Arte, ése que siempre estuvo enfermo, pero que ahora se arrastra (humillado por el discurso ferreo de las multinacionales que lo patrocinan, sobre todo) camino de su cementerio particular, a la espera de que algún chamán de lo público lo rescate del caos al que lo han arrumbado las marcas y las prisas, los cantos de sirena de la caja registradora y la mediocridad insultante de quienes han sido nombrados gestores de su infinito tesoro, pero usted puede volver a la tumba sin miedo. Es más que posible que dentro de diez años, cuando regrese al mundo de los vivos para ver la prensa y hartarse de reir y de llorar (no sé, por sus películas se le conoce a usted, pero nunca disfrutamos del trato personal) algún actorcillo de cabaret esté a los mandos de la nave y estemos todos ya confortablemente insensibles (como decía Roger Waters), en trance, divididos en apocalípticos y en integrados, en grupos de combate, en la línea de cualquier fantasía a lo Terminator. Mientras nos agarramos a cualquier clavo, nos subimos a cualquier tren, nos comemos el marrón con la sonrisa puesta. Eso lo dijo Ariel Rot hace muchos años.

3 comentarios:

Fran Fernández dijo...

Aplaudir, aplaudir, aplaudir, aplaudir, aplaudir, aplaudir.

tomas dijo...

Querido Emilio. No sé de qué planeta vienes, pero me encantaría que la diosa Fortuna me diera una décima parte de tus formas exquisitas, tu verborrea precisa, tu talento. Eres increible redactor, gran amante de la vida.

Disfruta del estío como no dudo de que harás.

Un saludo de tu correligionario Tomás.

Anónimo dijo...

Estás que te sales....que desesperación más esperanzada...