21.4.08

Cerca del día del Libro




Hay gente que va de extra por la vida. Sabemos que hay un rodaje y que están dentro de cámara, pero sus gestos son irrelevantes y no tienen parlamento alguno. Gente que patrulla los días como el que ve pasar nubes. Gente a la que un napalm misterioso les ha borrado toda capacidad de asombro. Les da igual que gobierne la derecha o la izquierda, que las imágenes que ametrallan los informativos conviertan la barbarie en cultura popular. Consienten, además, que el apocalipsis, en forma de calentamiento global o en forma de analfabetismo social, les vaya comiendo terreno. De pronto se ven en mitad de la batalla: la que no era suya y ahora súbitamente les tiene de protagonistas, de héroes forzados (todos de alguna forma lo son) que acaban por involucrarse tanto que pierden la vida en el noble empeño. Viene esto, aunque no lo parezca, a propósito del Día del Libro. No es exactamente el día del Libro: tal vez sea el día de la Soberanía de la Inteligencia o el día del Imperio de la Imaginación o el día del Reinado de la Cordura.
Como el libro es un objeto y puede ser confundido con una piedra o con un bufanda o con un cuchillo de cortar jamón es conveniente situar la realidad del libro, su trabajo lento en la forja de una sociedad justa y de pensamiento sano y constructivo. K. sostiene que tampoco los libros garantizan nada: Hitler leía y ya se ve a qué punto de dislate mental llegó y cómo esa voracidad lectora (mal asimilada) le hizo un matarife con estudios. Decía mi suegra que el desalmado instruído es más desalmado que el que no tiene argumentos ni razones para sus actos. Duele que vivamos tan a prisa, tan mal.
En un país donde se escribe más que se lee es muy difícil que la lectura sea algo más que un accidente. Sólo leen los que escriben, si es que les queda rato. Incluso algunos escriben para quienes les leen, y no es una perogrullada: el lector de Jorge Bucay se administra la prosa del salvavidas argentino en la certeza absoluta de que tras la ingesta va a sentirse más feliz y más en sintonía con los astros y con el secreto equilibrio de la naturaleza; el lector de Jiménez Losantos (los habrá, no hay duda) se inocula vía óptica el veneno bulímico del agitador de fonética arrastrada.
En política pasa algo parecido: toda la gente que va a un mítin de Rajoy no oye lo que dice Rajoy. Ni el que a uno de Zapatero se presta a pensar lo que le cuenta Zapatero. Se va en tropel a esas reuniones, se acude en masa para ser signados por la oblea formidable de la mediocridad. Yo estuvé allí, se puede decir.
Tenía yo un amigo que coleccionaba libros como el que busca caracolas en la orilla del mar y luego las guarda en una caja muy bonita que esconde en un baúl tapado por una manta en un sótano o en un ático. El amigo de marras no sólo compraba libros por la sonancia del título o por la pompa del escritor: también compraba discos. No le falta un ejemplar de cada género. Miraba la prensa especializada y no perdía ocasión de adquirir lo último en jazz o en clásica, el más reciente ensayo de Marina o la novela recién salida de imprenta de algún Nobel indio cuyo nombre jamás se atrevía a pronunciar. Lo mejor del caso es que mi amigo tenía (hace tiempo que no le trato) la rarísima y más que admirable habilidad de hacer ver a los demás que sus libros o sus discos eran los que moldeaban su carácter. Hacía rentable cada peseta (no había euros entonces) gastada en cultura, pero mi amigo no era capaz de estar sentado frente a un libro más de veinte minutos.
Me confesó que ese tiempo le bastaba para tener una idea sustanciosa del asunto leído y doy fe de que le vi en más de una ocasión disertar sobre lo que, en verdad, a la luz de sus confesiones y a la pericia de mi sana capacidad de observación, no tenía ni puñetera idea. Él era, a su modo, el extra y el protagonista de la historia de su vida. Así que el Día del Libro, fiesta de los sentidos y de la cultura como máxima expresión del acervo sentimental de un pueblo, no garantiza casi nada. Da lo mismo que las Bibliotecas Municipales (en mi pueblo hay una que está funcionando muy bien) saquen historias a la calle y pongan en los semáforos poemas de Juan Gelman (ahora que le dan el Cervantes).
En Córdoba vi el sábado pasado un autobús con un poema de un poeta polaco (no recuerdo el nombre) en una ventana: un folio blanquísimo con unas líneas ocupando su centro y el timbre de Cosmopoética en un extremo. También le han puesto boyas de luz al Guadalquivir. Esas intenciones son tan estupendas que a veces pasan desapercibidas y tan sólo consiguen una atención leve de quien nunca lee o de quien nunca se ha preocupado de saber algo más o de sentir, piel adentro, algo más. Belleza, al fin y al cabo, belleza pura e inconmovible.
El libro, el magnífico libro, el ladrillo sobre el que se edifica la voluntad de permanencia y de vigencia de la Palabra, continuará su batalla íntima, doméstica, sorda y cruda contra los enemigos de siempre y contra los que acaban de llegar a la plaza. Estos tiempos de banda ancha y de fast food cultural no permiten que alberguemos muchas ilusiones. Ver a un niño leer todavía sorprende cuando debería sorprender justo lo contrario. Así nos va. Así mi amigo, hijo de su tiempo e hijo de sus vicios y de su pereza, puede pavonerase de lecturas que han leído otros, pero que él, ufano, victorioso, hace suyas sin que nadie se percate del timo.

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