2.4.08

Billy Bragg: Mr. Love and Justice: La barricada sentimental



Hay músicos que hurgan en la melancolía y encuentran en esa bruma el alimento místico. Billy Bragg es un trovador a la usanza clásica, uno de esos bardos que se desplazan entre pueblos con un cancionero tarareable y una sonrisa ampulosa, como de bufón ya de vuelta de las tropelías de muchos reinos. El reino de Bragg es de este mundo, siempre lo fue. El músico, que nunca dejó las pasiones primerizas y un cierto apego a la intimidad más lírica, regresa con su último disco a la militancia, que nunca abandonó del todo. Apasionadas proclamas untadas de izquierdismo y de himnos folkies de precisa influencia setentera. El romanticismo idealista de la época de Joan Baez o de Bob Dylan (ha confesado que se crió alrededor del genio de Minnessota y que caso de que Dylan no hubiese existido, él no sería cantante ni poeta) se mantiene intacto en la obra de Bragg, que mantiene la fe en la bondad del género humano y en las causas nobles que pueden ser elevadas al cielo de la opinión pública con una guitarra y una voz. En este sentido, el poeta que encontró un púlpito desde donde pontificar las excelencias de su catecismo político existe todavía, aunque los años revelan un progresivo amaneramiento, un abandono tal vez consciente de toda la filosofía con la que se labró un nombre en el olimpo de los cantautores ingleses, que no fueron nunca muchos ni tampoco llegaron a un público excesivamente amplio.
Bragg, el viejo zorro de las cintas de cassette que entretuvo mi vida universitaria con torrenciales soflamas entre lo cándido y lo político, se ha adaptado espléndidamente a los tiempos. Alejado del fantasma bautismal de Woody Guthrie, de sus venerados The Clash o de la apostólica sombra de Dylan, Billy sigue apostando por la idea de que el rojo triunfará y el tiempo en el que no está de gira o firmando libros en grandes almacenes (hay que llegar la masa anónima y a la masa que ignora su ideario) está visitando cárceles o acudiendo a la radio o a la prensa especializada para vender su programa electoral, que consiste en denunciar toda clase de fascismos (odia el BNP, el Partido Nacional Británico, indisimuladamente escorado a postulados radicales ). Por eso en Inglaterra Bragg es una especie de héroe de la revolución, aunque nunca sabemos bien, a esta altura de la película, qué revolución es la que sustenta y a qué feligresía entrega sus oraciones embadurnadas de activismo y de pancartas. Por de pronto yo me escucho los discos y me doy el gustazo de recrearme en sus letras.
Mr. Love and Justice, la entrega 2.008, su octavo o novena disco, no estoy seguro, es una nueva declaración de intenciones. Se le ve menos angustiado por el mensaje, se advierte un más entusiasta oficio en las melodías y deducimos que el bardo narigudo, como le dicen allí, en la pérfida Albion, tiene todavía cuerda para rato. Mientras tanto, al tiempo que escribo este pequeño tributo, escucho Keep the faith, la pieza soberbia con la que se abre el disco. Salud, camaradas. Las barricadas están ahora en la banda ancha.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Viví unos años en Londres. Bragg allí es una celebridad en ciertos sectores. La gente joven lo desconoce por completo. Como si en España hablas de Aute o de Pablo Ibáñez, ¡que eran de mi época!, a un quinceañero acostumbrado al tuntún de las discotecas. Los tiempos han cambiado. Entender a Bragg es difícil porque es importantísimo entender sus letras. El inglés, como suele pasar, entonces se hace fundamental. Volvemos siempre a lo mismo. Inglés. Inglés. Inglés. Yo lo aprendí por fuerza y ahora lamento no haberlo aprendido aunque sea por fuerza mucho antes. Estupenda su reseña, muy buena. Nos dejamos caer en otra coasión.