27.11.07

Time keeps flowing... (y III)

AL GRAN CERO

Cuando el Ser que se es hizo la nada
y reposó, que bien lo merecía,
ya tuvo el día noche, y compañía
tuvo el hombre en la ausencia de la amada.
¡Fiat umbra! Brotó el pensar humano.
Y el huevo universal alzó, vacío,
ya sin color, desustanciado y frío,
lleno de niebla ingrávida, en su mano.
Toma el cero integral, la hueca esfera
que has de mirar, si lo has de ver, erguido.
Hoy que es espalda el lomo de tu fiera,
y es el milagro del no ser cumplido,
brinda, poeta, un canto de frontera
a la muerte, al silencio y al olvido.


(Los complementarios, Antonio Machado)

Time keeps flowing... (II)


-Buenos días- dijo el principito.
-Buenos días-dijo el mercader.
Era un mercader de píldoras perfeccionadas que aplacan la sed.
Se toma una por semana y no se siente más la necesidad de beber.
-¿Por qué vendes eso?-dijo el principito.
-Es una gran economía de tiempo-dijo el mercader-. Los expertos han hecho cálculos.
Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
-Y, ¿qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
-Se hace lo que se quiere...
-Yo -se dijo el principito-, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar caminaría muy lentamente hacia una fuente.
(El principito, Antoine de Saint-Exupéry)

25.11.07

Derechos de autor

Leído en la red: grabar un disco de psicofonías no devenga derechos de autor.

Noir



Es probablemente el cine que mejor le sienta a mi infinita capacidad de asombro. El que destila más enjundia. El que se ajusta mejor a la pantalla y mejores ratos me ha dado en una butaca. El cine negro debe ser en blanco y negro, aunque hay excepciones de vistosos cromatismos (L.A. Confidential, hace pocos años). A ese cine regreso cuando me aturden otros. En él, cual feligrés que redime su descarrío a la vera de sus santos, me limpio y sobre él construyo mi particular santuario de iconos y de afectos. Esta fotografía (Crimewave, André de Toth, 1.954) habla lo que mis palabras no dicen. Sólo falta mirarla. Descubrir qué hay detrás. Cómo la historia, aunque no nos demos cuenta, está creciendo en la lluvia, en los autobuses que esperan pasajeros. ¿Serán Greyhound?

Soñadores: El burgués en las barricadas





Por edad y por preparación intelectual, carezco del acervo sentimental que me hubiese permitido ver Soñadores con otros ojos. Los míos no vieron el Mayo francés del 68. Mis manos no levantaron barricadas. Mi pluma no escribió panfletos y pasquines, prosa incendiaria para quemar la rutina y cambiar el mundo. Tampoco nací en Chicago en los violentos años 20 (the roaring twenties) y, en cambio, aprecio y me involucro en el cine negro y en los patrones que explicita. En todo caso el mayo francés, por contaminación cultural o precisamente por falta de ella, queda más lejos. La culpa la debe tener nuestra política de posguerra y la que condujo a España al aislacionismo por la obra y gracia del Caudillo y su régimen. Era más tolerable que un mafioso atracara un banco o que una pareja de delincuentes de poca monta sembraran de cadáveres cinco estados en el decurso de sus fechorías que un ideólogo revolucionario tranquilamente proclamara a los cuatro vientos su insumisión a la ley y su desprecio por las tradiciones, incluyendo Dios, la Iglesia y el Poder Establecido, normalmente a la fuerza.
Pero Bertolucci, que es un perro viejo, no ha retratado con nitidez ese mundo de política de universidad y compromiso con la libertad y con el progreso. O, al menos, no ha retratado únicamente ese aspecto de la trama, por demás, minúscula, casi insignificante.
La historia de los dos incestuosos hermanos que hospedan a un atractivo universitario americano a pasar unos días en el apartamento de París sitiado por el caos (es eso, al fin y al cabo, lo que supuso en esos turbulentos entonces la Revolución: un caos, una liberación, una combustión, un desorden muy planificado) deviene en un ejercicio de sexo enfermizo, nostalgia, descubrimiento de la propia experiencia como motor del mundo y, sobre todo, un fresco imponente sobre la construcción de los ideales que alumbraron la sociedad en la que estamos.
Tanta ambición naufraga: acaba siendo demolida por una visión frívola de las cosas, escasamente apegada a tan altos ideales. Soñadores no es El último tango en París, aunque algunos así lo contaran a beneficio de cinefilia de escaparate. Soñadores es poca cosa, en el fondo: tres niñatos con la vida resuelta que entretienen el tiempo entre eyaculación y progresismo, entre la Rayuela de Cortázar y los discos de Charlie Parker en el pick up. Correcta en exceso, aunque carnal en la demostración de las aventuras galantes de estos tres revolucionarios de diván, la cinta entretiene, suscita una interesante discusión acerca de lo que cuenta y de lo que, no contándolo, insinúa.
Aquel París que creó la Nouvelle Vague, el París del jazz y de la poesía de Baudelaire, del malditismo intelectual y de hippies ataviados con versos telúricos a lo Whitman y una absoluta falta de prejuicios en el terreno sexual (del que Bertolucci da buena cuenta con un trío protagonista entregado a escenificar esa promiscuidad sin pecado, ese activismo venereo que no sólo buscaba el temblor, la mera consecución del placer sino también la osadía de su ejecución, la temeridad de su propaganda).
Encomiable el Bertolucci obstinado en abrir una puerta que no está abierta casi nunca: la del cine como etiqueta cultural, como referente ideológico, como tesoro sentimental de generaciones que aprendieron a vivir y a amar con las películas. Eso lo hace aquí, y lo hace con apreciable naturalidad. Luego está el aspecto político, aquella Revolución que luego resultó - a pie de urna- un fracaso y que quedó como exabrupto a beneficio de inventario nostálgico o, a lo sumo, como asunto de conferencias y manuales sobre el Pensamiento Político y Social en el siglo XX, dicho así pomposamente. Así la película es un desfile de cuerpos que se aman, de cuerpos que aman y hablan, de personajes imposibles que ejemplifican (arquetípicamente) el tantas veces contado y homenajeado sentimiento de la juventud del 68: sexo, drogas y cultura...a falta del rock n' roll, menos bien visto que el bebop, el blues o la canción protesta, géneros más fácilmente canjeables por adhesiones. Lo que pasa es que estos héroes únicamente abanderan su burgués sentido del ocio, su instinto domesticado entre cuatro paredes que rezuman cualquier cosa excepto ganas de querer cambiar el mundo.
Isabelle, Theo y Matthew son, a posta, piezas sacrificables de la ópera magna que Bertolucci quiere mostrar: su utopía está en los libros, está en el cine y en los corrillos de pasillo después de una clase de Filosofía en la Universidad, pero estas utopías no impregnan la sociedad. La verdadera revolución requiere sacrificios, exvotos, piezas que se inmolan para magnificar el ideal, y éstas operan en un nivel inferior (distinto, frívolo en ocasiones), de relevancia menor. Isabelle, una vírgen díscola, una vestal con explosivos vértigos uterinos, ocupa mucha pantalla. Sobre ella se centra gira el texto completo de la cinta. Eva Green no es Jean Seberg anunciando el New York Herald Tribune en las calles. La joven entregada al ideal de la revolución es también una niña perversa que derriba tabúes y forja, a base de guiños cinéfilos y alambicados parlamentos sobre la libertad, la ética y la responsabilidad política, su propio desvirgue, que es realizado por el mejor candidato, un americano fascinado por el palique pseudo-revolucionario y muy versado en Mao, en John Coltrane o en Chaplin o Keaton.





El cine es voyeurismo puro. La cultura, también.

Con todo, una película agradable, bien hilvanada, carente de fundamentalismos y ocasionalmente cursi, aunque digna y atractiva.

23.11.07

Piratas del Caribe: En el fin del mundo: El modelo reventado





Hay franquicias, más que pelícuasl, que confinamos a la desidia: desidia al verlas, desidia al recordarlas, pero a las que acudimos envueltos en júbilo, reconocibles en el disfraz de consumidores golosos de cine de aventuras, con palomitas y griterío tres filas más arriba. Hollywood tiene en este capítulo de venta su ingreso más apreciable, pero no el más enjundioso. Piratas del Caribe: En el fin del mundo obedece a esa ya cansina fórmula de explotar ad nauseam las bondades bautismales del producto, esto es, la apetecible y fresca primera entrega. Porque esto de Jack Sparrow, Héctor Barbosa, Davy Jones o el aquí revitalizado Will Turner y la cohorte de espectros agusanados, bivalvos con derecho a parlamento y ojos de nácar que abren portales hacia dimensiones desconocidas no es otra cosa que un producto, uno de factura prodigiosa y medios técnicos apabullantes. Hasta aquí todo correcto: palomitas, piratas, tesoros, tentáculos y colores a tutiplén. La música no desentona y la figura del entrañable capitán Sparrow ya bien acomodada en el frikismo de ciertas nuevas generaciones, ávidas de héroes del cartoon moderno, personajes sometidos al vértigo del márketing y del merchandising ad hoc. Además de todo esto, la cinta entretiene, faltaría más, pero no tanto como (a simple vista) debiera.
Ese plus de entretenimiento lo tiene antes de que sus abnegados operarios desplieguen el magnífico atrezzo y se metan en algún laboratorio high-tech para que millones de cangrejos blancos muevan un barco por la arena del desierto, en la que es (con diferencia) la mejor escena de la cinta y casi de la completa serie, al menos para este cronista ya talludito, claro.
No puede uno acudir al cine con la certeza de que va a pasar un rato malo. En todo caso, salvo que tengamos la edad de mi hijo (diez años) vamos a perder - dicho con la boca pequeña - dos horas de nuestro siempre precioso tiempo, que bien podríamos haber consagrado a admirar la pureza granítica del Bogart de su mejor serie negra de los cuarenta o el magisterio de Siodmak a la hora de convertir un vulgar melodrama de fotonovela (Sólo el cielo lo sabe, Imitación a la vida) en un prodigio dramático digno de la mejor cultura clásica. Pero no desabarremos y regresemos al cangrejo nervioso y al engaño filibustero, al guión resbaladizo y al excesivo (cargante) acúmulo de historias ramificadas que, a la postre, enturbian una más sencilla comprensión del material narrativo primario. Al fin y al cabo, estamos ante una película hecha para adolescentes. ¿ O no es verdaderamente así?
La meritoria fascinación de las imágenes anulan toda minúscula reticencia. Hay escenas de una plasticidad sobrecogedora, dignas de perdurar en la memoria de cinéfilos sin prejuicios y público menos exigente, en general. Quisiera yo ( y a veces cuesta, lo sé) ser espectadora de más fácil contento. El barco en la arena, el sampán volando entre las estrellas o las ánimas condenadas que navegan en chalupas por un oscuro mar lleno de ululantes presagios y misterios maravillosos, dialogando con los vivos, son pastillitas con mucho saber en esta larguísima colección de retales que acaban, por obra de un montador iluminado y un directo ciertamente responsable, en una película pasable, discretamente pasable, cuando (a la vista de lo aquí expuesto y sentido) podría ser un rollo monumental, una afrenta al cine de aventuras y un desprestigio a la inteligencia de esos adolescentes que pagan religiosamente un buen puñado de euros para que la Industria (ese ente cuasifantasmagórico) le moldee la imaginación y les construya, a falta de Julio Verne, Robert Louis Stevenson o Emilio Salgari, un inventario accesible de héroes.
Toda la gran maquinaria de efectos especiales y el alambicado humor que trompicaba genuino y juguetón los argumentos de las anteriores entregas mengua aquí escandalosamente. No existe continuidad, pero sí cierta complicidad. Quienes no hayan visto esas cintas muy mal lo llevan para meterse en la piel (costras y pústulas, si se prefiere) de ésta. Fue tal vez mi caso. Me perdí en la historia y tuve que ser rescatado en varios ocasiones para reencontrarme con la trama y llegar airoso al final, tan grato siempre.
La identificación con los personajes (cimiento de toda literatura infantil o juvenil de calidad) pierde el fuelle de antaño. Sparrow, el jocoso y bufonesco capitán, ha sido desdibujado y carece ya de ese perfil gamberro, histriónico y locuaz y hasta la damisela de alcurnia que deviene pirata que interpreta sosamente Keira Knightley está perdida, a pesar de su buen fajo de líneas, en una trama farragosa, en deuda excesiva con la historia que la fragua y reducida a un fracturado compendio de sketches solventes, pero inevitablemente aburridos.
Hay una voluntad de sofisticación que anula los mecanismos primarios del cine de piratas, impregnando el conjunto de una tal vez poco prudente tendencia al espectáculo grandioso sin atender al espíritu elemental de las cosas, a cierta sencillez muy conveniente para entusiasmar, sin agobiar, para entretener, sin quebrar la paciencia del espectador.
La trilogía finiquita aquí su periplo por taquilla y por escaparates de juguetería. La explotación comercial no finaliza: el pirata prosigue su andadura por los mares de la ganancia y la forja de un mito. Las épicas funcionan ahora de otra manera: se adscriben a lenguajes menos líricos, aunque de una contundencia plástica brutal, carente de referentes sólidos y basados en modelos literarios de altura, sustentados en enmarañadas intrigas que estrangulan la fluidez de la trama y obstruyen toda posibilidad de verdadera disfrute.
Mención última y mención aparte es la presencia inquietante del mítico guitarrista de los Rolling Stones, Keith Richards, que acudió al set de rodaje ebrio y poco dúctil a dejarse llevar por las órdenes del director. ¿Qué querían?



"... caminito que el tiempo ha borrado" (En la muerte de Fernando Fernán-Gómez)


Tal vez, en este caso, no exista la condolencia, ese trámite lingüístico en el que uno mide y pesa las palabras como si el exceso o el defecto condenaran a quienes las pronuncian. No existe porque Fernando Fernán-Gómez, aun cercano, al que incineraron hoy, no deja de ser - incluso en el pesar de su marcha - un representación icónica, una persona y también un personaje, con su ademán de máscara y su camuflaje en los cientos de personajes que ha interpretado a lo largo de su vida. Fernando Fernán-Gómez, como Bette Davis, como Fernando Rey, como James Cagney, como Henry Fonda, ha sido siempre un hombre eternamente vinculado a una pantalla. Da igual que fuese de televisión o de cine. O un hombre de letras, que también solía yo leer su columna en los suplementos dominicales de El País. Hace mucho tiempo, demasiado quizá. Nunca lo vi en teatro. Luego está esa dramaturgia formidable que han construído para festejar (es un decir) su deceso. El tango. Enrique Morente. Las mesas de bar antiguo con las copitas de anís y el café humeando. Falta Umbral, falta Cela, que tampoco están y eran amigos de café y cháchara en un bar.
La tristeza, en estos casos, es siempre asunto menor. Nos queda la fortuna de la memoria. Escenas sueltas de películas. La voz genuina que parece estar aquí ahora mismo. Eso tenía este hombre. No tuvimos otra opción que ésta: el cine, los libros, la ahora lejana tertulia que TVE le dio para que trajese a los amigos y departieran sobre paganismo y héroes románticos, sobre vida y obra de santos o sobre la vigencia del bufón como moderno animador socio-cultural. Él fue un bufón prodigioso, un cómico comprometido con los clásicos y un continuo investigador de las nuevas corrientes estéticas y cinematográficas. Sólo hay que ver sus últimas cintas y el regalo que Garci - que no es santo de mis muchas devociones - le brindó con el papel de El abuelo o Cuerda en La lengua de las mariposas.
Se ha ido para no volver, claro. Tampoco tenía excesivas certidumbres acerca del negro porvenir que le esperaba en el turbio más allá que tantas veces escenificó y al que entregó su talento. Venía a decir (ahora han repuesto el sketch en una especie de documento biográfico, La silla de Fernando, firmado por Trueba y Alegre y ahora convenientemente recuperado) que ninguno de sus muchos amigos ya difuntos iban a recibirlo en las alturas celestiales, en el limbo de la fe, en la Derecha del Padre o en el éter metafísico de la vida eterna. Descreído, pagano y escasamente apegado a creencia religiosa que lo distrajera de menesteres de más enjundia. Y lo contaba Fernando con un convencimiento y una naturalidad pasmosa, carente del histrionismo que bordaba en las tablas. Así que hemos despedido casi del todo su persona quejosa y humana, ese aire chulesco de hombre infinitamente cabreado contra el rigor de todos los absurdos y las gilipolleces que le rodeaban. Explicaba que valía más granjearse la antipatía ajena que un exceso de mimos y cariños que, a la larga, molestaban y le robaban la intimidad y el esparcimiento que requería una vida tan rodada y vivida. Ya no está. La farándula (una palabra preciosa) ha perdido a su emperador.

20.11.07

...Atticus



En estos tiempos cainitas de reyertas ideológicas y pendencias con banderas, de políticos deslenguados y votantes crédulos, de espiritualidad levantisca y obispos sindicados, de memoria histórica y amnesia cívica, de pateras en banda ancha y mujeres desnucadas, de mileuristas con tres hijos y bombas lapa a pie de urna , ¿ alguien se acuerda de este hombre ?.

19.11.07

Ella plays Summertime



Summertime, And the livin' is easy Fish are jumpin' And the cotton is high Your daddy's rich And your mamma's good lookin' So hush little baby Don't you cry One of these mornings You're going to rise up singing Then you'll spread your wings And you'll take to the sky But till that morning There's a'nothing can harm you With daddy and mamma standing by Summertime, And the livin' is easy Fish are jumpin' And the cotton is high Your daddy's rich And your mamma's good lookin' So hush little baby Don't you cry

Juegos florales, coches, el tiempo

Aquí están vistas ya ciertas cosas, y otras están a punto de verse, pero en el tramo que va de lo visible a lo invisible sucede la vida, suceden los colores, sucede el gasto interior bruto y la línea de flotación de los cruceros que fatigan el Egeo rumbo a la Atlántida. En el tramo que va de una llamada de teléfono a otra, de compartir un café a otro, mi amigo Julián y mi amiga Rosalía han comprado un coche nuevo. Si tardamos tres semanas más en vernos, en vez de coche, es una parcela en Villarrubia o una multipropiedad en Marina D'Or, ciudad de hipotecas. El tiempo eso es lo que tiene: que en sus latidos o en sus saltos, uno puede hacer muchas cosas o no hacer absolutamente ada. Entre un polvo y otro, decía el chiste, yo me fumo un cigarrito. Un cartón, añadió uno que pasaba, me fumo yo. Vi anoche a Julián, ya lo he dicho. Le han publicado un libro de poesía en el Ayuntamiento de la Villa. Una evidencia de que el talento no comprende de democracia y cae donde le apetece. Todo eso Julián lo sabe. Leyó unos versos en la barra del bar, refugiado en su gintonic. Nerviosamente, entre el sollozo por la emoión y al hipido por la vergüenza, acaudilló la antigua poesía floral de la posguerra. Todo estaba en esos versos: estaba la Historia. Entre la última vez que lo vi y anoche han pasado los meses suficientes como para que se compre un coche nuevo y haya publicado un poemario de pétalos y enamoramientos con acné y paseos por las acacias del bosques. Si nos frecuentamos de esta manera, la próxima vez ha viajado a Bolivia y trae una foto con Evo Morales, autografiada. Que tienes ya muchos años, Julián. Que como sigas cumpliendo años te vas a morir, le soltó Pedro, que escucha los poemas como quien oye el lánguido caer de las hojas en el parque. Ha empezado a llover.

Shoot 'em up: Pirotecnia gamberra


Descerebrada, adrenalítica, intoxicada de acción tremebunda, Shoot 'em up es (con diferencia) la mejor propuesta de cine de evasión posible. Escasa o nula de trama, se despoja de toda vocación de seriedad y arrambla, lujuriosamente, con todos los tópicos imaginables, los satiriza, los envuelve en una dinamitada coreografía de salvajadas, que no obstruyen la sensación de cómic irreverente, orquestado por una mente muy inteligente (Michael Davis) que ha logrado hermanar clichés del cine de acción- de asesinos a sueldo con alma, de malos que no mueren nunca, de situaciones rocambolescas que siempre terminan airosamente para el héroe - con un humor grueso, escandalosamente zafio en ocasiones.
Shoot 'em up es cartoon puro, aunque el modelo no sea gráfico. La construcción de los personajes es arquetípica, el guión es simbólico: lo único que garantiza el entretenimiento es un portentoso montaje y un excelente sentido del ritmo. Cada escena es consecuencia de la anterior y posibilita la siguiente. Los tiros son las líneas de texto, pero los actores son creíbles y gesticulan y se mueven como si se tomaran toda la broma en serio.
La crítica oficialista, la matrimoniada con la pureza y con un sentido clásico de las formas y de las intenciones, la ha hecho trizas. Tal vez no estemos ante ninguna película que marque un antes o un después en la frívola o sublime o palomitera historia del Cine, pero al menos hay una observancia rígida de un criterio a veces olvidado en quienes se dedican a hacer películas: el entretenimiento. Afuera de este rigor historicista, el espectador desprejuiciado tiene ante sus atónitos ojos un espectáculo grandioso, una opereta de pólvora y piruetas imposibles que ya quisiera para sí John McClane o algún inspirado Steven Seagal. Clive Owen no es ningún héroe de acción ni la película promete franquiciado que exprima su buen resultado en taquilla. Ahí quizá se deshaga el encanto de esta sorpresa y todo se regule por otros parámetros. Éstos aquí presentados reducen su campo de acción, nunca mejor dicho, al puro escapismo, al movimiento como esencia del arte de hila una imagen con otro en un montaje fílmico. Vapulear su altísima dosis de violencia es legítimo, incluso necesario, pero Davis no hace apología de la destrucción ni elogia el cainita motor del alma humana. Si Tarantino ha vindicado la plasticidad de la violencia, Davis - en esta asombrosa cinta - reivindica el componente lúdico, naïf. La diferencia entre ambos (esta idea me la ofreció mi mujer a pie de butaca) es que el primero no es irónico, y el segundo, al menos en este refrito soberbio, sí.
Carente de pausas, ametrellada a un final poético - dentro de la prosa rústica de su trama - Shoot 'em up puede ser considerada como una antología de escenas de acción, una especie de grandes éxitos. No hay material de relleno: todo se alumbra con el mismo ingenio, con idéntica vocación de chiste. Hasta el héroe vaciando el cargador de su pistola mientras copula - dicho sin brusquedades - con la moza Bellucci, que está cada día más carnal y hermosa - produce hilaridad, pero no hay ridículo alguno. Parece que hemos visto esa imagen toda la vida, en montones de películas.
Su dinamismo la excluye de análisis sesudos, quien quiera que haga esas cosas. Esta frívola bagatela consume poca neuronas del arriesgado espectador que se sienta en la butaca sabiendo que va a asistir a una imponente sesión de disparos sin apenas descanso. Su inverosímil desmesura precisa complicidad. Sólo eso. El resto es literatura. Como dijo un compañero de reseñas, "una película honesta consigo misma y con el público, cine de acción ejemplar, encuentra su equilibrio entre la vulgaridad y el ingenio para resultar entretenida sin caer en innecesarias espesuras" (J.A.P.)

18.11.07

"Bastardos pagados de sí mismos"




En las cajas de caudales de algunos productores de Hollywood tiene que haber joyas del séptimo arte, películas inconclusas, proyectos no acabados. Una es La otra cara del viento (The other side of the wind, 1.970). La dirigió Orson Welles y la protagonizó su amigo John Huston, ambos ya bien talluditos y con un pie más en el edén - o en el infierno - que en sus amadas barras de bar y timbas de perdición. Peter Bogdanovich, íntimo amigo de Welles, Claude Chabrol, Dennis Hopper y la entonces mujer de Orson, Oja Kodar, una croata hermosa y joven - a los ojos del director -que entretuvo los últimos años y se coló de rondón en la grabación. Incluso (cuenta el propio Bogdanovich, que fue productor del asunto) pidió subir un poco el tono erótico del asunto y hasta incluyó en el guión escenas tórridas de sexo explícito. No sabemos a esa altura de una vida qué le parecería a Welles la petición de su ardorosa esposa. De todas formas no se negó.







La historia trata de un cineasta en declive, Jack Hannaford, interpretado por John Huston, un poco cabroncete y desabrido, que vive sus últimos días alejado mundanal ruido y retonzando en los recuerdos de su gloria ya fugada. Si fuese mujer y hablásemos del ocaso del cine mudo tendríamos una continuación de Sunset Boulevard, pero me parece a mí que Welles y Huston pretendían, más que hacer una obra de arte, una película seria y disciplinada, era facturar un exabrupto, una salida de tono acorde a la vida que habían llevado y, sobre todo, a sus últimos esfuerzos. Hablamos de mediados de los setenta. Cuando Huston le preguntó a Welles de qué iba el asunto, éste le espetó:


"Trata de un director, un bastardo pagado de sí mismo, que utiliza a la gente, la crea y la destruye. Trata de nosotros, John. Es un filme sobre nosotros mismos".


El hijo de John, Danny Huston, dice no saber quién posee realmente los derechos de las imágenes de la cinta, que no acabó por desavenencias entre el equipo. Guardada desde 1.976, todo queda en ese turbio territorio de la propiedad intelectual o de explotación de la película. The Times publicó el año pasado que Welles sólo rodó cincuenta minutos, dejando a Bogdanovich, entonces un excelente realizador, que concluyese el trabajo. Las vías para que la cinta vea la luz se abrieron ese mismo año, pero todavía seguimos a oscuras.
Las obras maestras inéditas escasean. No existen certezas de que esta especie de autobiografía ficcionada de Welles sea tal, pero treinta años después, estando quién estaba tras las manivelas y quién delante, no podemos hacer otra cosa que desear echarle el ojo. Aunque únicamente sea por el morbo de ver a dos genios e imaginar, como en la foto, qué hacían entre toma y toma, de qué hablaban, a quién le levantaban las faldas.
El curioso lector puede indagar en la Red en busca de información adicional. La hay, a espuertas. Esto no es sino una breve reseña, una sentimental. Lo que no hay es fecha. De eso es de lo que carecemos.






Como extra en este post, incluyo un más que curioso documento pillado en el omnipresente y demiúrgico Youtube que hace posible, según créditos, la tal Oja, la mujer del genio. Orson Welles: The One Man Band, se llama.

El buscavidas: La vida es un juego



Tal vez haber sido boxeador hizo que Robert Rossen fuese un director de cine con madera de pugilista fracasado o movía la cámara como si alojase un derechazo en el aire o tratase de noquear al rival con un buen directo a la tripa. También fue comunista. Así que tenemos un ex-boxeador y un comunista que desentonaba en el Hollywood del glamour, de Cole Porter y de los trajes de fiesta en salones alfombrados de swing y de champán. Luego fue llamado por la HUAC, el Comité de Actividades Antiamericanas. Un director conjurado a retratar mundos subterráneos, júbilos marginales y vidas embocadas al desastre tenía que ser un tipo peligroso. Además En cuerpo y alma y El político no eran especialmente dulces: las dos vienen a contar que el mundo es, por naturaleza, trágico y que conforme uno escalafona en la toma de responsabilidades en él más va abandonando la ética y más se escora a la corrupción y al desasimiento de los nobles ideales que marcaron su idilio con el futuro y con todo lo bueno y bonito que tiene la vida. Rossen bajaba al ring o a los despachos comidos de nicotina y de mobiliario deprimente de los partidos políticos para escriturar su decepción. Los palos que nos llevamos en la vida no se escriben: se escrituran. Se llama a un notario que dé fe de nuestra desolación y se guarda el testimonio en una caja de caudales para que alguien, treinta años después, compruebe lo encabronados que estuvimos o lo poco felices que fueron nuestros días en la tierra. Rossen filmaba con mala leche para que las generaciones venideras asistieran, impávidas, entre la tristeza y la admiración, a su guignol gris, a su estampa costumbrista de la América profunda ésa de la que hablan todos los directores americanos en algún momento de su filmografía. La de Rossen es una América de boxeadores y jugadores de billar, de políticos con grandes bolsillos y ética desmontable.
El compromiso político le hizo dejar los Estados Unidos, una vez que se negara a dar los nombres de los compañeros de juergas ideológicas. No habló de John Garfield, con el que le unía el calzón corto y los guantes y también la arena de las palabras, ese farragoso terreno en el que los que detentan el poder no quieren entrar por temor de perderlo. El político pierde la inocencia en su recorrido laboral: Starks, un estupendo Broderick Crawford, termina corrompido, desencantado, hospedado en el mismo cuartel de vicios y de pecados que él mismo criticaba a pie de un carromato, carente de la oratoria con la que engañará en el futuro pero investido de sinceridad y de poder de convocatoria. McCarthy le hizo las maletas. Grabó en Italia, España, México y hasta las islas Barbados. El regreso a su país (1.961) fue apoteósico. Volvió a hurgar en las mismas heridas. El buscavidas es una obra maestra absoluta. Una de las mejores películas de la Historia del Cine. Sin paliativos. ¿Qué hay dentro de esta película? Honor quizá. Vida a secas. El campo de batalla de antaño metamorfoseado en un simulacro moderno.

Los bajos fondos huelen a cerveza caliente, a humo rancio de tabaco negro y a sudor. Añada el curioso lector un mesa de billar y una potente luz que la ilumine, un nutrido grupo de hombres vocacionalmente ociosos y tal vez una música de jazz de atrezzo y ya tenemos el marco perfecto para una película de cine negro. Si ponemos un vaso de cristal fino de boca ancha bien relleno de Jack Daniel's o de algún buen whisky de malta pues entonces la escena es sencillamente perfecta. La dama que hace tiempo que dejó de serlo, escote generoso, falda estrecha, uñas pintadas y muy largas, merodea la partida y espera que su galán le dedique una mirada, una bocanada de humo o un guiño cómplice. La vida, en ocasiones, precisa miradas, bocanadas de humo, guiños cómplices si uno ha perdido en el camino la estima y la esperanza de que algo bueno pueda sucederle. La mesa de billar, como la arena del circo, como el ring, como las barras de los bares, es la quintaesencia de esos bajos fondos.
Hay que ver a Jackie Gleason, el gordo de Minnessota, moverse alrededor de la mesa con su cuerpo asombroso, mover el palo y parecer, en todo momento, que va a derrumbarse o que el corazón va a reventarle es asistir a una clase magistral de cómo mover una cámara y cómo hacer cine. Punto. Minnessota Fats no es sólo el nombre de un personaje: es también la marca de un famoso y reputado palo de billar. También hay en Madrid, me contó un amigo, un club de billar con el nombre rimbombante y mitológico de Eddie Felson.
El buscavidas no es únicamente el personaje mítico de Eddie Felson, El rápido, El Relámpago, un perdedor, un antihéroe antológico. Es la historia de la búsqueda de la pureza, de la perfección. Da igual que Rossen ponga el énfasis en el ring o en la mesa de billar: el instinto es el mismo, la voz es la misma. Se trata de hombres amorales o de una moralidad de contención, pintada del color del dinero o de la épica de la supervivencia. Pícaros, tahúres, enfermos de amor, desencantados, villanos domésticos, pardillos y buscavidas sin alma: la abigarrada fauna que Rossen emplea en ese teatro gris que es la mesa del billar, territorio mítico y metáfora soberbia de la vida.
Personajes secundarios absolutamente imprescindibles: el "toro salvaje" Jack LaMotta, que hace de barman; George C. Scott, como esa especie de proxeneta del taco; Piper Laurie como la autodestructiva dama enamorada del perdedor Felson...Jackie Gleason nunca estuvo mejor. Piper Laurie lo borda. Paul Newman (qué riesgo escribir esto) hace el mejor papel de su vida.



17.11.07

Redacted: El formato de la guerra





Brian de Palma ha curioseado en Internet y ha encontrado material para montar una película incendiada de compromiso, que denuncia las guerras en general y la guerra de Irak en particular con la reconstrucción de la violación y asesinato de una niña y de su familia a manos de un grupo de soldados norteamericanos en Mamoudiyah, un poblado cerca de Bagdad. Lejos de la asepsia discursiva de Robert Redford en su reciente Leones por corderos, De Palma no denuncia que las guerras las alumbre un político neocom con banda ancha en la blackberry y altos ideales de biblia de bolsillo. Lo suyo es (ha sido) hacer cine con un mínimo de vida, películas amorosamente instaladas en el entretenimiento, en el respetuoso tributo a los maestros que lo animaron a coger una cámara (Peckinpah, Hitchcock) y a regalarnos euforia visual. Aquí se aleja de lo que podríamos esperar de su marca de la casa y aborda con entusiasmo adolescente las heridas del conflicto, heridas por cauterizar e incluso heridas que todavía no han lacerado la piel de los siempre inocentes exvotos de las batallas. El problema es que adquiere escasos compromisos con la imagen y se carga de tesis políticas, de activismo puro.
Lo que cuenta Redacted no es el expolio de la guerra: su vocación es atiborrar de imágenes incómodas al espectador para que razone la locura del conflicto y entienda que, más allá de la apisonadora mercantil de Hollywood, el cine en ocasiones puede suscitar un diálogo inteligente y remover las ideas, que a veces se anquilosan y no entran al trapo de la toma de posturas y de la manipulación mediática a la que les somete el criterio de quienes no consienten que la información fluya sin la injerencia de sus intereses.
El frío: Redacted es un alegato frío, carente de emociones. El hecho de que la realidad pueda ser configurada a capricho de ideologías y de gabinetes de crisis o de márketing no es materia nueva en el cine. Las imágenes precisan una ética. La otrora osadía estética de De Palma queda aquí reducida a un documentalismo sin alma, excesivamente lastrado por la modernidad de los formatos que procuran el contenido icónico (móviles, youtube, infrarrojos, montajes fotográficos, websites, cámaras de seguridad...) Todo eso está formidablemente montado en la cinta, pero el cine es también un asunto novelesco, que precisa de los primores de la ficción y Redacted es un falseado testimonio levantado sobre un hecho real, pero levísimamente construido sobre las emociones que ese hecho real producen en quienes lo dramatizaron. Casi nada que el director no plasmase, con mayor fortuna, en Corazones de hierro, cinta hermanada a ésta y sorpredentemente actual a raíz de las réplicas que las guerras adoptan para percutir la sonroja y la vergüenza de los pueblos. Antes Vietnam; ahora, Irak.
Brian de Palma, excepcional creador de sueños, es un cineasta más afín a la traca de fuegos de artificio que alentaron el nacimiento del séptimo arte que al instrospectivo travelling de quien, cámara al hombro, pretende capturar la esencia poética del vuelo de un ruiseñor o los trasuntos del alma humana. Sin ser ruda, la mirada de De Palma no matiza. Este simulacro de cine concienciado dialoga a dos bandas: la de la taquilla, que está perdida, y la de la crítica, que contemplará este esfuerzo como un exabrupto más político o social que estrictamente cinematográfico, más escorado a la agitación del votante ( ésa es la historia, casi no es otra) que a cuidar forma y contenido y facturar un producto de más altura.



16.11.07

El kiosko del Espejo

A riesgo de olvidar alguna página, éste es el inventario (necesariamente azaroso) de mis acometidas cibernaúticas. Sírvase el curioso lector visitar estos lugares de esparcimiento digital. No son otra cosa.
(El Sr. Yume y Álex tienen la culpa del esfuerzo enciclopédico; sus desvelos también están en el caprichoso listado)








































































































































































































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