30.9.07

Mala noche: El genio amateur





Los caminos de la cinematografía de un autor son inescrutables. Gus Van Sant, ese director entre lo indie y las majors, esa especie de poeta de lo suburbano, capaz de emocionar con My Idaho privado o Elephant y dejarnos aturdidos por la sorpresa con pestiños del tipo Psicosis (2.0), ha removido el baúl de los recuerdos y ha encontrado Mala noche, su ópera prima, un visceral viaje al fondo oscuro de las relaciones humanas, la historia de un homosexual blanco enamorado de un inmigrante ilegal mexicano y heterosexual, puro amor fou, pero lírico y firmemente asido a los vaivenes canallas de la realidad. La travesía moral de los amantes permite al autor indagar sobre las raíces del odio y escarbar sin prejuicios, y sin emitir valoraciones, en la belleza gris y fragmentada de los seres marginales. Passolini, a su modo, también hacía un cine parecido. De hecho la forma en que Van Sant escudriña el erotismo masculino no incomodaría al maestro italiano.






Mala noche ha llegado aquí 22 años más tarde, pero ni siquiera en los Estados Unidos fue estrenada al poco de hacerse: tuvo que esperar a que Drugstore cowboy se llevase los aplausos y el unánime sello de calidad de los críticos. Gus Van Sant es un director irregular, un tipo acostumbrado a hocicar su talento en la marginalidad y a componer un cautivador retrato del desencanto y de la aspereza de la felicidad humana, pero sus películas no hablan del amor engolado, ajustado a la melodía de una canción pop. La música que conviene a este cineasta no es dulce: su pulso es adusto, su aliento es poético, es decir, carente de significados, abonado a formular preguntas y a hacerlo con belleza. ¿Qué es la poesía, si no ? Van Sant no vaticina mundos mejores, aunque el final de esta cinta se afilia a la bondad de los sentimientos puros.
El etiquedado New Queer Cinema puede que incluso no le convenga: son ataduras, encorsetados artefactos de fabricación doméstica que domeñan el instinto y convierte el arte en un maniatado objeto de consumo. En este sentido, Van Sant no es un director de lo gay, así acotado el término, sino un autor concienciado por los problemas del gremio homosexual (él lo es), pero sin entrar en militancias artísticas como las exhibidas por Gregg Akari, Fassbinder, Pedro Almodóvar - en buena parte de su siempre abierta filmografía - y Passolini, ya antes citado.
Lo que le falta a Mala noche para ser una obra recomendable, que no lo es de un modo absoluto, es un guión más hilvanado, un montaje menos experimental. Se nota el pulso novato, se advierten las costuras de un traje excesivamente nuevo y facturado con la prisa de los principiantes. Su toma de posesión en el mundo del cine adulto, comercial, fácilmente explotable, confiere a Mala noche un valor añadido. No tiene el minimalismo impostado de Elephant. No tiene la carga de cinismo y de mala leche de Drugstore Cowboy. Tampoco es apoteósico, mayúscula y dura como Last days, la película sobre Kurt Cobain. Mala noche es cine incorrecto, pero por eso agrada, en cierta forma. Por su impagable tufo a inteligencia recién bautizada.

29.9.07

Las escaleras


La escuela está arriba. Abajo está el mundo. A veces la escuela vive ajena al mundo y en otras el mundo está en la escuela de modo que afuera no hay nada. Escaleras. La lluvia hecha una rutina.
Estamos embruteciendo la idea de escuela, su poso de dignidad en la escala de valores de la sociedad. Tal vez hagan faltas escaleras como éstas para llegar a las aulas. Nada fácil perdura, aunque no haga falta sangre para que entre la letra. Eso ya no. Ahora se requiere el concurso de la tecnología y los manejos profesionales de quienes siempre han sido eficientes sin que ninguna conexión a la Red oficie la liturgia de la enseñanza. Bendita liturgia. A ver si los progresos en materia tecnológica no desbaratan los logros ya ganados. Todo puede pasar. Hoy voy a terminar el día así, ligeramente pesimista. Mañana es Domingo. A primera hora corre Alonso en Japón. A última juega el Madrid en Getafe. En mitad de ese delirio deportivo tengo que sanear el ordenador, que está lento y me pide una mano de cariño. Al final no he podido evitarlo. No ha sido posible apartar las máquinas y escribir sencillamente sobre la noche en Lucena. Ningún lector me recriminará el abandono.

Naima...


Blow, man, blow

Big bands de antes


Pronto esta fotografía cumplirá 60 años. Ya no hay big bands como la Metronome All Stars: Dizzy Gillespie, Miles Davis, Fats Navarro, J.J. Johnson, Kai Winding, Buddy de Franco, Charlie Parker, Charlie Ventura, Ernie Caceres, Lennie Tristano, Billy Bauer, Eddie Safranski, Shelly Manne y Pete Rugolo.
Ésta es antológica. Es la historia viva del jazz, ese biombo tras el que uno puede esconder el alma, como decía Cortázar.

28.9.07

Alianza de civilizaciones


Mahmud Ahmadineyad ha bajado al pobre cono sur desde el opulento cono norte americano. Arriba le han dicho que no es grata su visita, pero le han abierto las puertas de la Universidad y la certeza de que la ciudadanía no comulga con su teoría sobre el Holocausto, su política de represión contra los homosexuales o su negativa a colaborar con la comunidad internacional en la gestión de su política nuclear. Sólo en Nueva York debe de haber tantos judíos como en medio Israel. Abajo, en cambio, en Venezuela, en Bolivia, el acogimiento ha sido otro. El líder iraní ha sentido oleadas de apoyo. La fotografía que falta es la de Chávez. A Evo Morales le van a jalear ahora mucho más los suyos a la vista de su activa presencia en el foro de la política mundial. Parece que los dos se han entendido en hidrocarburos y que Irán va a financiar el reflote de la economía del país andino. También en su antiamericanismo. Ahí estos tres tenores de la política actual sólo tienen cosas en común y las conversaciones privadas deben ser jugosas, no lo dudo. En esta visita, informa ABC, cien millones de dólares van a caer a las arcas bolivianas. Mil más en unos años. Parece que es el líder japonés el que ha puesto el pie en el altiplano y no este hombre de barba cerrada y gesto autosuficiente, cuyo pueblo no es precisamente un edén de progreso, un oasis de riqueza en Oriente Próximo. Además van a abrir embajada en Ecuador: por el petróleo. Esto debe ser esa alianza de civilizaciones cacareada a bombo y sonrisa por Zapatero. Yo, la verdad, no alcanzo la letra pequeña. Letra pequeña escrita menudamente en cientos de renglones.

Bang



Hasta ayer Birmania era un país asiático de escasa relevancia geopolítica o tal vez esa aparente normalidad sea fruto de la violenta Junta Militar que no quiere el concurso de potencias extranjeras en el gobierno de su pueblo, pero la economía ha arrojado al pueblo a las calles, encabezados por monjes budistas. Más parecen sindicalistas que reflexivos hombres de fe. El hombre tumbado en el suelo, cámara en mano, murió mientras se tomaba la foto. Lo han difundido con morbosa elocuencia todas las televisiones del mundo. No creo que la televisión birmana se haya hecho eco. Lo que va a perdurar es la foto robada. Porque al reportero japonés
Kenji Nagai, le han birlado la foto que él hubiese deseado hacer. Así es paradójico es el mundo. A partir de hoy Birmania es un país asiático con un ejército represor atrincherado detrás de sus armas. El pueblo, el sacrificado, se escuda tras el activismo noble de sus próceres espirituales. Todo lo ha desastrado el alza en los precios del combustible, pero es lo mismo. La espoleta de la revuelta pudo provenir de cualquier otro asunto: la sanidad, la educación, la censura. Aung San Suu Kyi, premio Nobel de la Paz en arresto domiciliario desde 2.003, es el símbolo del progreso amordazado. El fotógrafo japonés es la imágen que va a dar munición a la prensa para que la ONU tome cartas. China, en voz del lider opositor democrático y ganador de las últimas y silenciadas elecciones generales, abastece de armas a los militares, concede préstamos al Estado y vigila que el vecino no se subleve y le haga incómodo la primacía política en la zona. Además hay gasoductos. Será por eso el alza en los precios del combustible. Por más que uno lea y por más que se apreste a escuchar no se sacan conclusiones válidas. Nos quedamos con la fotografía. Con su brutalidad. Con el incendio en la retina cuando recordamos el asesinato en sangre fría, grabado y normalizado, convertido en mercancía de youtube y en portada de la prensa prestigiosa de Occidente. Parece el primer capítulo. EE.UU avisa de una más que real escalada de la violencia en Birmania. Habrá más fotos.

Los burdeles de Paprika: Carne para la máquina



Tinto Brass, en cierto modo, es un viejo verde con una cámara: uno del tipo que cambia los Anales de Tácito o las Obras Completas de Giacomo Leopardi por un ejemplar pringoso del Playboy, aunque tal vez la revista reina del gremio no sea su ideal erótico. El patrón que rige su indisimulado vicio es la mujer ampulosa de carnes, mórbida, razonablemente femeninas, pero sin caer en excesos, en estereotipos diseñados por la moda. A este voyeur le apasiona la luz del sol filtrándose por las persianas, los bidés, los culos grandes bajo una cintura estrecha y la pereza depilatoria entre una ingle y otra. Todo su cine - y Los burdeles de Paprika son un ejemplo perfecto - bascula entre el realismo kitsch y cutre que aquí borda Bigas Luna al realismo cafre e hiperbólico de Russ Meyer.
Las inquietudes estéticas de este gourmet de lo lúbrico van de una señorita sin ropa interior que pasea en bicicleta frente a un grupo de candorosas monjitas al más genuino retrato de los burdeles, templos absolutos del pecado al que propende su encabritado espíritu. El Tinto Brass voyeur y cineasta fue primero licenciado en Derecho y hasta fue ayudante de dirección de un peso pesadísimo (no busquen doble sentido) de la cinematografía mundial: Robert Rossellini. Ninguna de esas líneas en su currículum delataban el director que estaba por venir, el hombre que mira, como también se llama una de sus muchísimas cintas, el ojo apasionado que capta la luz, su tamaño, sus volutas más encendidas para iluminar el cuerpo femenino, al que rinde siempre devoción absoluta.
Salvo Calígula, tórrido ejercicio de aspiraciones pornográficas y, en mi opinión, falsamente histórica y anormalmente excesiva, el cine de Tinto Brass es generoso con el espectador. Parece como si tan sólo quisiese la chiquillada de hacer la película que a él mismo le encantaría ver. O sea, un tipo encantado de sí mismo. Y de alguna forma, cumple su palabra íntima.
El abandono premeditado del glamour, el cántico provinciano de los revolcones en las siestas, el pintoresco desfile de personajes estrambóticos, tarados, cínicos, espabilados son recurrentes en toda su golosa obra, abonada a la polémica, al escándalo. Nada que le disguste en exceso.
Los burdeles de Paprika no es una buena película al modo en que lo es Caballero sin espada, La ley del deseo o Cría cuervos, por traer la lupa al campo propio, pero en esas joyas del séptimo arte no hay elogio alguno de la carne y eso, guste o no, sea parte del discurso del cine serio o tramoya frívola de pajilleros, es lo que Brass lleva a término.
La ascensión de la putilla accidental Paprika al trono de los lupanares italianos (justo cuando éstos están más seriamente amenazados por el Gobierno) y los avatares de esa cruzada libidinosa es el asunto fundamental de la cinta. El mismo aliento que arrima la cinta al olimpo del cine erótico (erótico chabacano o erótico casposo, si lo prefiere el amable lector) es el que la aparta de aspirar a una calidad mayor, pero Brass narra con sobriedad y avanza sin prejuicios por la trama, desplegando sus excentricidades reconocibles (esos bidés, esos primeros planos del siempre hirsuto sexo de sus féminas, esa abundancia mamaria de la sobreexplotada protagonista) y ofreciendo, como colorida banda sonora, gemidos de placer escoltados por canciones alegres de trompetillas felices.
Es imposible no sentirse aturdido por el elenco de mujeres de desnudez precipitada y lengua viperina. El cinéfilo también se empalma, podría decir Berlanga para dignificar el género. Lo que pasa es que el abuso, en definita, aturde: eso pasa. El desparpajo carnal puede considerarse, en su extremo absoluto, incluso contraproducente para una película erótica que sepa en todo momento al que público al que va dirigida. Si vemos una cinta porno, entendemos que el cine no existe, que lo que hay son unos mecanismos de producción industrial que en lugar de hacer tortas de Alcázar o cuchillos de Albacete se dedica a filmar los sudores de algunos esforzados atletas del fornicio. Sabemos a lo que venimos y Tinto Brass, en ese exclusivo aspecto mercantilista, no defrauda. Ni tampoco engaña. No tengo yo al director italiano como pieza capital de mis filias cinéfilas y tampoco soy Berlanga en mis consideraciones, pero distingo rasgos personales que privilegian su cine frente a la infame caterva de niñatos con presupuesto y cámaras de alta definición que se lanzan a grabar episodios de erotismo light, insufrible y mojigato para cadenas como Playboy o para el siempre hambriento rincón del DVD clasificado.



En Los burdeles de Paprika no hay pornografía: todo está sobrealimentado de hormonas, todo es magra y celulítica demostración del peso formidable de un par de estupendas tetas. Más allá, nada, los campos de fresas para siempre de John Lennon, paseos a la orilla de un río en otoño, versos de Neruda y bocadillos de jamón de york con queso semicurado. Desvarío. No tengo ninguna duda de la causa.

27.9.07

Vladimir Bond

(Reuters)
El Ministerio de Educación rusa ha igualado a Putin y Stalin en el libro de la Historia. Los ideólogos del Kremlin coinciden en la importancia de un presidente moderno que ha sabido conducir al país al orden después del desmantelamiento de la Unión Soviética. Han obviado esta foto, tomada en la galería de tiro de una de las muchas oficinas de Inteligencia del Estado. No han tenido ningún rubor en sacralizar la figura del Jefe. O han visto la foto, la han considerado con la seriedad y el rigor que merece y han dispuesto que éste es el líder que precisa el país para acometer los problemas que lo cuartean. Parece un perfecto espía al que le acaban de felicitar por alguna misión: James Putin.

Norma & Samuel


Parece ya un leivmotiv en este blog de cine y de varietés mentales. Son la pareja del día. Ninguna que haya visto en prensa escrita o en el bochorno de los programas de intimidades de la televisión les iguala en morbo. Pura delicia visual: el icono definitivo.

Gunman

Hizo como que nadie le oía y abrió fuego con la munición de los verbos esdrújulos. Rebotaban en las paredes pintadas. Los cultismos, en cambio, estallaban limpiamente en el aire como voluta barroca, pero no pudo advertir qué destino aguardaba a los poemas de amor y cómo conquistaban el mar, el cielo, las sombras. Luego calló y alguien, severo, adusto, le conminó al exilio, a considerar el despropósito de la empresa, la autoría infame de su oficio.

El asesinato de Richard Nixon: Las razones del lobo


A juicio del apesasumbrado anti-héroe de esta crónica sobre el desencanto americano, la Historia se escribe en los márgenes, en las afueras, ajena a los libros de texto y a la bibliografía política. Ésta es la historia de un americano medio, insípido y aburrido, triste y cordial, pero violento y desajustado. Samuel J. Bicke (un sobreactuado pero atractivo Sean Penn) adquiere la desesperación suficiente como para encontrar en el secuestro de un avión y su posterior aterrizaje en la Casa Blanca su única vía para vencer el anonimato, el miedo, el dolor y adquirir el respeto que su personalidad no procura por más que, tozudamente, lo empeñe.
Payne, Di Caprio y Cuarón financian este producto casi indie no perdurable, añejo, de frío documentalismo impostado. El asesinato de Richard Nixon habla del sueño americano, de la tierra prometida. El paisaje está enfermo. Lo relevante, lo que constituye el acierto más notable de este ocre film de buenas intenciones y aceptables consecuencias es la descripción de una sociedad mortecina, comprable, vendible, reducida a objeto de consumo. Bicke no es el tipo sin integrar que De Niro bordó con su inmortal Travis Bickle, pero comparte con él un desajuste parecido: ambos son perfectos amateurs, de una sentimentalidad adolescente, necesitada de afecto y constantemente bordeando el patetismo.
La cansina voz en off del omnisciente protagonista estorba en exceso: desarma la capacidad informativa de unas imágenes sobrias, filmadas con asepsia e inspiradas en cintas como la citada Taxi driver o todo el material realista de aquellos setenta tan contraculturales. Tampoco se explota el material secundario: algunos personajes muy sucintamente perfilados, Elmer Bernstein como destinatario de los diarios hablados del psicópata confeso y en las que Bicke repasa, con sorprendente profundidad los avatares de un país herido en Vietnam y desencantado en casa, épicamente instalado en una tierra de promisión pero carente de referentes heroicos. Bicke, en este sentido, a su pesar, no es un pionero, uno de esos vaqueros arrojados del western fundacional, cuando a la vera de un río, un pasto o una veta de oro se hacían crecer ciudades. América, en el tardío siglo XX, cela tarados como Bicke: parece que los mima, que los adiestra en reventar el sistema con actos infames o con imposibles terrorismos domésticos. Sólo hay que revisar el doctrinario sentimental de las armas de fuego y su geografía canalla de francotiradores con carnet universitario. Las reflexiones dichas en voz alta se empeñan en obstaculizar una trama sencilla, aburrida en demasía, pero efectiva en su diestra manifestación del cáncer que cruza, como amarga patina, todo el metraje, todo lo que se cuenta.
La cantada veracidad de los hechos descompone la frialdad con la que los contemplamos, pero fija con mayor rigor su perdurabilidad, no así la película, que es plana, poco ambiciosa y lamentablemente desaprovechada. No sabremos qué habría sido de este proyecto en un mundo sin el 11-S. Porque, en el fondo, lo que se cuentan son las razones del lobo, los argumentos del lobo asesino que ha querido estropear el estado del bienestar del rebaño.

26.9.07

Apóstatas y funcionarios

(Forges)

Consiste la apostásía, muy cortamente escrito, en negar la fe católica y luego conducir esa negación al amparo administrativo de modo que la sacrosanta institución eclesiástica pierda al numerario recién cesado y, en su fuga, los ingresos derivados de su membresía. El Estado, con cifras en la mesa, ahora que los presupuestos están calientes, reconsidera entonces los beneplácitos y cuadra las cuentas. Ahí duele, imagino: en esa reducción en la plata y en la estadística. Tanto duele que los responsables de la Iglesia no dan las facilidades previsibles y se obcecan en no agilizar los trámites o en sencillamente negar al individuo que reclama su reclamación. La Agencia de Protección de Datos, sita en la zapatera León, ha opinado ya: al ciudadano le asiste el derecho a cancelar su vinculación a una institución y el Estado provee los instrumentos administrativos para ejercer ese sentimiento dimisionario.
Acuerdos firmados entre la Santa Sede y el Estado español en los años 70 son los argumentos esgrimidos por la Diócesis de Valencia para negar el 100% de las alegaciones recientes. La Agencia de Protección de Datos ya ha pedido a la Iglesia que haga anotaciones al margen del individuo solicitante en las que sea visible su actitud, no así las razones aducidas. La Agencia no se inmiscuye en el argumentario personal, pero tampoco ahí cede la Iglesia, que desoye el mandato gubernamental. Los registros de bautismo son datos exclusivos de cada ciudadano, arguyen, de forma que sin son borrados desaparece información fundamental sobre el censo. No es así. En todo caso, lo fue. Ahora el Registro Civil hace su exigente inventario con total independencia de la filiación religiosa de sus miembros: lo proclama la Constitución, que maneja el sentido común y cierta idea de progreso que no existía en el siglo XIX, pongo por caso, o en algunos tramos del XX. Entre enero de 2006 y junio de 2007, hay 132 reclamaciones. Su contribución a las arcas eclesiales debe ser exigua, pero de lo que aquí se trata es del simbolo. La Iglesia sabe de símbolos más que nadie: lleva dos siglos codificando y decodificando sus símbolos. Perdemos la fe y ganamos en banda ancha.
El apóstata, azote de ortodoxos, procede de la izquierda agreste, republicana o no, de las lecturas de Nietzsche o de un BUP contracultural, enredado en la madeja de las tertulias políticas en los bares de barrio y las pandillas resacosas de libertad y de misas mal digeridas. No todos los obispados, no obstante, optan por la hostilidad: la mayoría abre sus archivos y elimina al disidente sin mayor historia, aunque tal vez les empuje la mirada atenta de la Agencia y la certeza de que la Audiencia Nacional dictará sentencia, en último momento, caso de que no haya acuerdo entre las partes. Y ahí no hay desobediencia posible so pena de multa.


"Aunque no existe un perfil de apóstata, el responsable de Estadística y
Sociología del Arzobispado de Santiago, Juanjo Cebrián, sostiene que muchos de
los que conforman «este fenómeno minoritario y escasísimo» son
homosexuales."

20 minutos



25.9.07

Guardianes del día: Desde Rusia con aburrimiento



Con una traca apocalíptica de vampiros y gente de mal vivir y unos cuantos productores con fajos gordos de billetes en los maletines y ganas de emular la pericia tecnológica y el éxito comercial de los hijos de Hollywood se fragua Guardianes del día, segunda - parece - parte de otra historia entre lo mágico y lo bochornoso que hace un par de años retumbó el dolby surround de los cines del mundo y luego se alojó en las estanterías de los videoclubs a mayor gloria del público adolescente ametrallado de emociones fuertes y escenas de muy alto y caro voltaje. Hay (amenazan) un tercero: algo así como Guardianes del crepúsculo. No vi el primer ataque y me he perdido en el segundo, que viene a contarnos el asunto de la luz y de las tinieblas. Nada que Bram Stoker no supiera, por no ir más atrás. Se tiene la certeza casi inmediata que el costoso y demoledor aparato visual va a cortar - cercenar es un verbo más útil - todo interés narrativo. De hecho, la película se deja de ver con interés cuando estamos ya lo suficientemente cegados por la maquinaria devastadora de los efectos especiales: ese Ferrari - ¿ era un Ferrari ? - escalando a todo gas un edificio que, más que asombrarnos, nos produce un efecto hilarante porque (sencillamente) no viene a cuento. A mí me hizo pensar en aquellos desnudos innecesarios que encabritaban al personal en la muy kitsch nómina de cintas casposas de nuestra gloriosa transición, pero no nos alejemos del tema, que da para más.
Las batallas antológicas entre buenos y malos han dado al cine páginas gloriosas. Si el aliento que las inflama de épica proviene de la literatura el resultado suele ser, salvo impericia de director o pobreza de presupuesto, digno, cuanto menos. Aquí nada perturba: todo se deja ver con un interés neutro. El Moscú habitado por criaturas sobrenaturales, ese Moscú contemporáneo que podría haber constituido un aliciente para el espectador occidental, provoca tedio: todo es superficial, carente de ningún rasgo memorable. Los malos son tan planos como los buenos, y en ese maniqueísmo impostado de cine ruso con ínfulas yankis la exhibición portentosa de software (estamos hablando de eso desde que empecé esta reseña) no aporta nada nuevo. El amigo americano sigue siendo el amigo listo: el ruso es un tipo adulador, que ha crecido a la vera de un cine que programaba demasiada violencia y demasiada frivolidad alrededor de la violencia. Ni su nombre he podido recordar para escribir esta reseña.
Guardianes del día satura, eso es, satura como pocas películas de este género tan grato para las grandes majors y para el público de exigencias escasas y dinero para quemar en experiencias fuertes. Más o menos fuertes. Con el tiempo, este cronista de sus vicios está haciendo mayor. Lo nota con mayor evidencia en estas fantasmadas vampíricas, en estos arrebatos videocliperos de formidable factura pero inexistente interés. Es ahora cuando piensa uno en los inescrutables caminos del azar: tal vez -digo tal vez - el destino haya querido que yo pierda (es un decir) dos hora y algo de mi tiempo en este medio-bodrio para que pueda resarcirme esta noche con alguna joya del cine. No sé: estoy pensando en Nosferatu, de Murnau, que hace tiempo que no paso miedo (de verdad) viendo una película. Informaré sobre el resultado.

El libro rojo de la moda, la fe, la educación ciudadana y la banda ancha


Mao Zedong no confiaba en los intelectuales. Para prevenir quebrantos en el futuro, disidencias y desajustes del estricto programa ideológico comunista que él diseñó, confinaba a sus hijos en campos de trabajo. Allí eran reeducados y devueltos, en la mayoría de los casos, ya que en otros no regresaban, años después, uniformados a conveniencia, "lejos del peligro intelectual" al que podían inducirles los revolucionarios padres. Esos años de abusos tienen, en grandes letras infames, la plaza de Tianamenn como icono de la barbarie.
La naturaleza de la política contiene siempre un germen de cambio. China labra ahora a golpe de visa y MTV su ingreso en el mercado internacional. Su candidatura está avalada por la mayor población del planeta, un estajanovista sistema de producción y un hambre de productos comerciales occidentales sin igual en el cada día más ufano y globalizado mundo. Ha habido tanta noticia de China afiliada a la vulenración de los elementales derechos humanos que toda novedad que fomente su respeto y arraigo suena a gloria. Más vale que el muchas veces llamado gigante dormido despierte al soniquete del pop de Michael Jackson o Britney Spears que al agitado por la letanía aburrida de las botas militares. Por eso todo el mundo mira a China. Hasta el Papa santo de Roma ha razonado la conveniencia de colocar un peón en el tablero de la temible República, no vaya a ser que el gigante bostece y el mundo sienta, como dice el chascarrillo, la sacudida. El Vaticano, como Estado, propicia así un movimiento de alcance mundial que puede beneficiar o perjudicar al resto de los contendientes en esta incierta partida. Así son las cosas. La fe y la administración del Estado van aquí de la mano, hermanadas bajo el interés común de la salvación de las almas y el bienestar de la carne.
A vueltas con Educación para la Ciudadanía y las reticencias de la Conferencia Episcopal, leo en prensa que el papa Benedicto XVI abraza sin ambages a la comunidad católica china y accede al nombramiento de Joseph Li Shan como nuevo obispo de la Iglesia Patriótica de Pekín. Los prelados adscritos al nuevo obispo han jurado la Constitución china. Las tambaleantes relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y el gobierno chino se ven parcialmente suavizadas tras esta concesión del Papa. Los diez millones de chinos que profesan el cristianismo ven así cumplidas sus sinceras aspiraciones y celebran la anuencia papal.
La pregunta:
¿No tendrá la Constitución china obstáculos más insalvables y de más dura digestión que el entramado teórico de la nueva asignatura regalada por nuestro progresista Zapatero?
Tenga el amable lector en cuenta que la Constitución de la República Popular China, que privilegia al Partido y escalafona, a un nivel inmediatamente inferior, al Gobierno y, bajo su tutela, el brazo armado y amenazante del numeroso Ejército, no crea la figura democrática de un Poder Judicial independiente. Tampoco hay una alternativa de partidos al Partido Comunista. Los existentes, que los hay, son meramente consultivos y jamás poseen cartas de actuación electoral o ejecutiva en materia política. La autoridad - digamos alguna autoridad - no permite la libertad de expresión de modo que toda opinión es tamizada o sencillamente censurada si no se aviene al discurso de la ortodoxia comunista. Esta censura llega a Internet, por supuesto. Los motores de búsqueda están rigurosamente vigilados de modo que los términos incrustados en sus algoritmos son casi siempre frívolos o baladíes, cuando no insulsos o irrelevantes. No hay política. No hay conato de disidencia. No hay libertad, eso que se busca tanto y que luego no sabemos en qué emplear.
La fascinación por el modo de vida occidental está modernizando el país. Proliferan ambientes y modas propias del capitalismo más agreste. Los Juegos Olímpicos de 2.008 marcan un hito en esta historia de apasionamiento por el mercantilismo puro y duro. En ellos - o a su cese - veremos si China, el imperio emergente, se abastece de una más eficaz aplicación de los avances democráticos en los países occidentales. Mientras, aquí, lejos de Pekín, nos batimos en duelo por una asignatura. Uno de los duelistas, no es nada nuevo, parece no escandalizarse por las atrocidades ajenas. Hasta jura la Constitución irregular que los acoge. Tal vez se precise un poso de cordura y sea bueno templar los ánimos, reconducir los discursos y aceptar que el relativismo, a pesar de la traca papal, no deja de ser un signo de los tiempos, una evidencia del peso del progreso. O es que a estas alturas de películas me he perdido y no llevo como debiera el argumento. Será eso. Mientras, sin excepción, Harry Potter arrasa en los cines.

24.9.07

En España se lee poco...

Se desprende de variados barómetros y de sólidas evidencias recogidas a título personal que ya no leemos poesía en este país de escasa devoción lectora, pero no hay que preocuparse: hay un ejército infatigable de poetas al acecho. Los hay que publican y sienten que su obra adquiere cierto renombre, los hay que publican y cuya obra se muere en los anaqueles y los que no publican y tozudamente se presentan a concursos o regalan su poemario a amigos o parientes cercanos. Podemos contar por miles la nómina de estos tres grupos. La poesía, en cualquier caso, no vende. Puede entusiasmar, pero no vende. Puede convertirse en precioso objeto de culto, en raro capricho adquirido por un lector cómplice y entregado. O se vende muy poco, poquísimo, y el adepto a su causa se convierte en un gourmet literario que, en lúbrica delectación, dejadme el exceso, celebra cada nuevo título con fanfarrias íntimas y sinfónicos cláxons del alma.
En España siempre se ha escrito mucho y se siempre se ha leído poco. Estos tiempos de alta tecnología hogareña (wifi, redes domésticas, lápices de memoria y páginas virtuales para cada hijo de vecino) no colaboran: nos engatusa la imagen, su brillo, el cromatismo irremediablemente atractivo y el escaso esfuerzo que demanda. Leer, sin embargo, es otra cosa. Al libro acudimos de otra manera. El libro atrae con distintos y más fundamentados reclamos. Permite una quietud especial que la imágen en movimiento no produce casi nunca. Si los mecanismos de creación audiovisual fuese de factura sencilla y no precisasen de una infraestructura industrial compleja y sometida a unas muy estrictas y exigentes compensaciones económicas, todo el mundo sería Spielberg o Brian de Palma. Igual que todos, en el fondo, al garabatear unas letras en un folio mágicamente en blanco, al manuscribir en una servilleta de bar unos versos de fugaz belleza sospechamos que un Lorca o un Lord Byron nos late dentro, pero leer es una actividad mucho más noble que escribir. Borges así lo entendía: él se jactaba de lo que leía, nunca de lo que escribía.
En España, volvemos al campo emocional y laboral que nos asiste, lo publican a diario: leemos poco, aunque compramos muchos libros. Libros como ornamento. Libros como gruesos floreros ilustrados. Se insiste en distintos medios (escritos, sobre todo) de la necesidad de leer porque es ahora cuando más extendidas y enraizadas están otras adictivas actividades de ocio y de conocimiento. Esas nuevas tecnologías fomentan un espejismo, apunta José Antonio Marina en su recomendable La magia de leer. "El espejismo de pensar que estar conectado a grandes fuentes de información accesible resuelve todos nuestros problemas".
La parafernalia de los media ciega toda leve inclinación a dejarse embaucar por la magia de los libros en quienes, vagos, jóvenes, poco educados en lo contrario, no superan el precipicio aterrador (no lo dudo) del texto escrito.
El manido argumento de la bondad del libro sobre la película se sostiene cada día mejor y justifica esa primacía por su indesmayable capacidad de divertirnos, entretenernos, formarnos, enternecernos, aterrarnos, enamorarnos o confundirnos, que todo es posible e incluso recomendable. Todo está en el libro, cualquier sensación, cualquier rara combinatoria emocional. Rara y hermosa. El cine también nos enternece, nos aterra, nos enamora, pero mientras que el lector va hacia el libro, es el cine el que acude al espectador. Y en esa alquimia el esfuerzo es menor. Al pensamiento le agrada la sorpresa: el efecto sorpresa nos conmociona. En el aturdimiento la atención, la retentiva y la fascinación son mayores.
El libro es un objeto mítico, un tesoro preñado de placeres, un manantial infinito de asombro continuo. La elocuencia de lo plástico no permite la sugerencia libresca: lo visual está cerrado o, al menos, no cuenta entre sus atributos el de la posibilidad de fatigar muchos significados y darles a todos entidad y vigencia. El cine, mi amado cine, todo lo desmenuza, todo lo conduce a un ejercicio más blando. Hay cine que se rebela contra estas reflexiones: cine adulto, cine inteligente, que privilegia la poesía sobre la prosa. Hay un muy interesante libro cuyo autor no recuerdo ahora sobre la prosa de Rohmer y la poesía de Passolini como formas de entender y de hacer cine.
Quizá venga por este hilo argumental la pobreza de nuestro panorama poético. Se lee menos poesía porque la poesía, la buena, precisa de un lector de complicidades. A mí Antonio Gamoneda me sigue costando mucho, pero insisto. Igual me pasa con José Ángel Valente. Con Pere Gimferrer. Con el Eliot más hermético. Sus libros, no obstante, me llenan y lo hacen como ninguno de prosa es capaz.

23.9.07

Público, un nuevo diario

No se sabe si un país está lo suficientemente dotado en materia periodística. Dependerá del grado de parcialidad o de la suma de intereses que suelen mover los hilos más escondidos de la prensa. Estamos abastecidos de editorialistas incendiarios, columnistas incendiarios y consejos de redacción de vocación incendiaria. El amarillismo de antaño ha bajado el listón del morbo y no se advierten sensacionalismos extremos en casi ningún periódico. Lo que ahora se privilegia es el libreto conspiratorio, la teoría del caos y la hostilidad lingüística. El próximo Miércoles día 26 sale a la calle Público, un diario que va a costar cincuenta céntimos (un euro los domingos) que va a carecer de editoriales y donde no va a haber secciones dedicadas a los toros o a la religión, salvo que la tauromaquia y los altos asuntos de la fe requieran lo contrario. Público acude a los kioskos antes de la refriega electoral y la financie Jaume Roures, el empresario de Mediapro, sí, ese conglomerado de mercaderes que han plantado cara al monopolio de Prisa por mor de los derechos del fútbol televisado y está levantando La Sexta a golpe de goles por la escuadra. Escorado al centro-izquierda, con gente fugada de El Mundo y del capítulo más exitoso de los blogs de la Red, Público nace en un contexto mediático concreto, auspiciado por un accionariado indisimuladamente afín a un tipo de ideario político, pero promete lo habitual: la neutralidad, la responsabilidad y la creación de un espacio de información separado de los ya sólidamente anclados en la sociedad. Por eso digo yo que no sabemos si es necesario este extra informativo, esta apuesta comercial. Ignacio Escolar, el director del nuevo rotativo, viene de muchos frentes laborales. En prensa escrita, La voz de Almería. En la red, Escolar.net, un página "sobre actualidad política y tecnología" con el respaldo de miles de visitas diarias y jugosos posts que prefiguran el norte informativo del diario recién alumbrado. Labordeta, Espido Freire, Rafael Reig, Javier Ortiz, El Gran Wyoming, Isaac Rosa, Martín Casariego o Juan Luis Cano son los fichajes estrella. Yo todavía busco en un diario la firma invitada, el columnista comprometido, que opina a despecho incluso de los jerifaltes que le pagan, y será ése el reclamo más relevante para que acoquine los escasos céntimos de su lanzamiento editorial, habida cuenta de que todo lector de prensa tiene ya un diario de cabecera y no es fácil la mudanza cuando el panorama informativo flaquea tan ostentosamente. También es posible que todo quede en una extensión de El País porque ambos comparten un similar doctrinario progresista, pero la evidencia es tan manifiesta que se habrán cuidado de exhibir hermanamiento alguno.
Hay prensa comida por la bilis homicida de las revanchas políticas: prensa estajanovista si de lo que se trata es de medrar en difusión, valoración y venta y prensa sectaria, abalconada al despacho del director, que suele ser vocero de alguna peculiar forma de gobierno y uno de sus cometidos es jalear el discurso de su facción y deslegitimar, hiriendo a ser posible, el discurso ajeno. He leído que Publico viene al mundo con las bendiciones de Moncloa. Viendo estos tiros, habrá que ver con detenimiento el alcance de su munición.
Dice Escolar en su propio blog que el diario no se parapeta bajo la figura del editorialista porque eso es un vestigio de la prensa decimonónica, alojada en el anonimato y visiblemente dañina bajo el refugio de ese púlpito invisible. Es posible. Yo lo que creo es que también se puede ver el plumero si la dirección de los columnistas tercia a un puerto o a otro y evita navegar entre varias aguas, que es la verdadera dificultad de un grupo editorial en mundo como el nuestro y, sobre todo, en un país como éste, sometido todavía a montaraces ataques personales, periodistas juzgados por los propios compañeros y un lector que parroquianamente compra y engulle la prensa que va a fortalecer la opinión ya aprendida. No es así en todos los casos, evidentemente. No se puede generalizar, pero sé que es escaso el personal que compra varios periódicos al día. O que escucha varias emisoras de radio. Tal vez por eso hay una prensa digital formidable, no matrimoniada con el cuchillo permanente de las ventas y el damocles del empresario arruinado. La Red está bien abastecida de páginas de acceso libre. En todo caso, no es jamás una mala noticia el nacimiento de un diario. El Miércoles se lo pido a Juan, que es mi kioskero favorito. A ver si la cosa sale bien y todos terminamos más informados. O mejor informados.

21.9.07

El ultimátum de Bourne: Biografías borradas



Lo valioso de este blockbuster es que no engaña al espectador y plantea una intriga directa, refugiada en una serie de códigos que facilitan la comprensión de la serie completa. Bourne no es el héroe del western tradicional emboscado en una realidad que le supera: no es Shane ni William Munny, los vulnerables y sensibles pistoleros adultos que todavía guardan los recursos de matón que les hicieron temibles. El argumento de la trilogía conduce la historia al revés. Bourne no huye del pasado: lo que quiere es entenderlo. La trama es más compleja de lo habitual en estos casos, pero tampoco hace falta un curso acelerado de semiótica ni un armario lleno de Cahiers du Cinema en idioma nativo. Bourne, un correcto Matt Damon, es el James Bond de este siglo XXI, el héroe de acción que oo7 podría haber sido caso de que sus guionistas hubiesen cubierto las historias de una más cuidada factura. Aquí hay malos y hay buenos: la diferencia con respecto al cine de hechuras similares consiste en que éste se garantiza la fidelidad del espectador (al estilo de 24, la excepcional serie televisiva o incluso Collateral, el último gran thriller) gracias a una urdimbre finísima de causas y de azares, de piezas bien organizadas cuyo único propósito es dilatar el desenlace y entretener, y cómo, durante el trayecto propuesto.
La pormenorizada reconstrucción biográfica del asesino Bourne ofrece un itinerario goloso: el viaje casi por medio mundo para completar el puzzle. Nada nuevo, pero lo que fascina en esta entrega (y en menor medida en las dos anteriores) es la tozuda búsqueda de la verdad, el aliento
épico que insufla el argumento de connotaciones heroicas y nos amista con un personaje ambiguo, de pasado reprobable, pero sinceramente impelido a encontrar su nombre, su historia, las razones por las cuales mata y es buscado para que le maten.
Sin respiro, el tropel de escenas de acción cumple con creces la ración acostumbrada de imágenes vistosas, técnicamente perfectas a las que nos acostumbra el nuevo cine americano, necesitado de una clientela fiel que pague la entrada y compre, de camino, el aluvión ingente de merchandising al uso.
En estos tiempos de alertas terroristas y de alambicadas historias cibernéticas de virus y de troyanos imperiales (La jungla 4.0) conmueve la cercanía doméstica de la serie, su indisimulada vocación melodramática.
El ultimátum de Bourne es un film recomendable que ve lastrada su primacía en esos ránkings de mejores películas del año por estar inscrito en un género a menudo ninguneado, al que se recurre confiadamente para hacer taquilla y hacer sonar la caja. Yo he contribuído con gusto.

Happy birthday




Hoy Stephen King y Antonio Sánchez Huertas cumplen años. Aunque aquí todos flotamos, estos dos flotan mejor que la mayoría. Tengo que llamarles.

Posdata: Añado a esta lista de insignes cuya efemérides celebramos hoy a Carlos Tapia Agredano. Ya está el trío completado.






Guerra, paradojas




Las guerras sobreabundan en paradojas. La más visible es la evidencia de que quien surte de armas a los contendientes luego termina acudiendo al campo de batalla para abastecer a los heridos de tiritas y antibióticos y a los muertos de compasión y biblias. Tampoco falta el miembro del gremio seglar para pronunciar unas sentidas palabras de duelo. El antropófago deviene filántropo. La muerte, en un extraño giro, da luego vida. Ignoramos dónde comienza esta suerte de enigma. Mientras damos con las respuestas vamos cayendo como moscas en un tarro de miel abonado de minas personales sin ninguna Lady Di que las deshaga con un soplido de papel couché. Algún precio ha de pagarse, aunque sea por vivir tan en precario

20.9.07

Verbo hecho carne

Ha pasado siempre: eso de que los ricos hagan turismo teológico. Van a Roma y, entre capilla y palecete, entre arquitrabe y capitel, buscan moza concupiscible, mística a ser posible, para echar un casquete histórico, aupado al ránking de casquetes monumentales. Oí anoche en la radio que las prostitutas de las calles romanas buscan ahora un perfil determinado: el señor con cara de no haber roto nunca un plato y que compra postales de estatuas de césares y estampas marianas. Abundan. La noticia alarmaba al periodista radiofónico, aunque no se rasgó ninguna vestidura y los hertzios no evidencian los rictus en el rostro ni la sangre yendo y viniendo por el cuello, fatigado por el stress emocional. Entiende uno que hay emisoras de radio para todos los sacrosantos gustos y que alguna tiene que haber que se duela cuando se frivoliza sobre teologías. No he visto yo, por otra parte, materia de más reacia disposición al análisis racional que la fe: hay una delicadísima negación de todo lo que suponga acudir al sentido común, que niega la fantasía interesada, el desvarío del cielo y del infierno y de un dios que se apunta a todos los festínes del alma. La culpa de esta zozobra mía debe venir por los libros. O por algunas compañías. Amigos que te influyen, amigos a los que influyes. Hay un momento en la vida en que te emocionan los versos de Pablo Neruda en Isla Negra o las Sagradas Escrituras: todo viene a depender del entusiasmo que nuestro anfitrión cultural disponga para reclutarnos. Yo fui afortunadamente reclutado por el blues del Delta y por los cuentos de Borges, por la filosofía de Nietzsche (eso tiene su época) o por las conversaciones políticas acodadas en la barra de un bar bien templados de bourbon. Sin caer en excesos, este catecismo sentimental ha instruido mi ingreso en la sociedad del conocimiento, del placer y de la opinión personal libre. Hoy ha dicho Savater en la radio, a propósito de una reedición de su Política para Amador y un Diccionario de términos cívicos o algo así, que el hombre es, por naturaleza, cómodo en materia de opinión. No la tiene propia en muchos casos, sino pillada de alguna otra a la que concede el beneplácito de la certeza. También el propio Savater, al que admiro sinceramente, tuvo que mirarse en alguien cuando moldeaba su pensamiento crítico: gente de dialéctica acerada y prosa finísima. Ahora él es el mirado. Los turistas sexuales que fatigan Roma no escapan de esta reflexión, pero ellos matan varios pájaros en una sola pernocta. El verbo se hace siempre carne.

19.9.07

100

Hay escasas razones para confeccionar una lista de nuestras aficiones: los vicios no se estabulan, no se avienen a jerarquías, no consienten la frivolidad de imponerles un orden. Lo que engolosina el ocio a unos puede ser irrelevante en otros. En todo caso, ese inventario íntimo ejerce una función primordial en quien lo formula: la mitificación, esa fascinación por convertir al prójimo en el héroe formidable de nuestra fantasía. Tenemos inclinación por inventar categorías, hacer listas, como si el caótico banco de datos de nuestro cerebro precisara un programa que lo haga doméstico y fácil de usar, íntimo y globalizado, pero hay quien hace una lista con las mejores poesías de la lengua castellana, los mejores haikus o los mejores riffs del rock. Yo he venido a hablar de cine, que escribiría el lamentablemente finado Umbral. No va a ser una relación razonada de películas clásicas, formidables, a prueba de críticos retorcidos. Podemos meter a Casablanca con Grease porque de alguna forma ambas contribuyeron a la formación de una cultura. Y si "cultura" parece un concepto excesivamente lejano, podemos acudir al gozo sencillo del disfrute. Todavía no he llegado al criterio que pueda permitirme privilegiar Taxi driver sobre Toro salvaje, las dos mejores películas de Scorsese. Tampoco sabría decir que Hitchcock es mejor director que Sturges: no manejo el suficiente acervo de conocimientos como para defender mi opción. En otro orden de cosas, o es el mismo, me sería imposible ser estricto y no podría perdonarme olvidar alguna joya incuestionable: incuestionable para quien lo decida, claro. ¿ Cómo olvidar Ciudadano Kane ? Pues a mí la obra maestra de Orson Welles jamás me llenó. Perdonadme, ortodoxos, como decía Fernando Savater.
Más: si hoy me levanto apesadumbrado, tiro de melodramas de Douglas Sirk. Si estoy festivo y el mundo gira al ritmo de mi corazón, acudo a esos clásicos de Disney que me hicieron disfrutar cuando Kafka no existía en mis desvelos intelectuales. Si los pies se mueven sin que yo les autorice al menor de los ritmos callejeros, me pongo en casa Cantando bajo la lluvia, que tanto le gusta a mi amigo Víctor Trujillo.
Se podrían hacer listas infinitas que ocuparían un solo blog, en su totalidad: cine de espías, cine galante, cine sobre políticos, cine guarro, cine religioso, cine de psicópatas. Nada de eso me parece abordable. O dicho de otra forma: nada de eso me resultaría agradable. Me dejo llevar por emociones de menos calado. Insisto: películas que en algún momento me asombraron, me desbordaron, me condujeron a un estado mental que no poseía antes de verlas. Cintas que antaño fueron formidables son ahora pestiños infumables, bodrios tremendos.
Pues van cien, que es un número que puede representar mi deseo de "postear" mucho. Quizá mañana, si entro en releer lo que escribo, no suele ocurrir nunca, me espante haber elegido alguna. Hoy son éstas:

Blade runner, Ridley Scott
Tiburón, Steven Spielberg
Pulp Fiction, Quentin Tarantino
M, el vampiro de Düsseldorf, Fritz Lang

The wall, Alan Parker
La maldición de la flor dorada, Zhang Yimou

La buena estrella, Ricardo FrancoN
Nueve reinas, Fabián Kavalinski
Spartacus, Stanley Kubrick
Old boy, Park Chan-Wook
El cabo del miedo, Martin Scorsese
Volver, Pedro Almodóvar

Apocalypse now, Francis Ford Coppola
El laberinto del fauno, Guillermo del Toro
La noche de la iguana, John Huston
Las uvas de la ira, John Ford
El último tango en París, Bernardo Bertolucci
Sin perdón, Clint Eastwood
Con la muerte en los talones, Alfred Hitchcock
La vida de Brian, Terry Gillian
Terciopelo azul, David Lynch
Laura, Otto Preminger
El apartamento, Billy Wilder
El silencio de los corderos, Jonathan Demme
Un hombre para la eternidad, Fred Zinnemann
La guerra de las galaxias, George Lucas
Los otros, Alejandro Amenábar
El día de la bestia, Alex de la Iglesia
El señor de los anillos ( Las tres juntas ), Peter Jackson
El séptimo sello, Ingmar Bergman
Alien, el octavo pasajero, Ridley Scott
La soga, Alfred Hitchcock
La reina de África, John Huston
El quinteto de la muerte, Alexander McKendrick
La lista de Schindler, Steven Spielberg
Rompiendo las olas, Lars Von Trier
Funny games, Michael Haneke
Corre, Lola, corre, Tom Tykwer
El sexto sentido, M. Night Shyamalan
Memento, Christopher Nolan
El ángel exterminador, Luis Buñuel
Lolita, Stanley Kubrick
Extraños en un tren, Alfred Hitchcock
Dioses y monstruos, Bill Condon
Chacal, Fred Zinnemann
Centauros del desierto, John Ford
Fargo, Joel Coen
Ser o no ser, Ersnt Lubitsch
Charlie y la fábrica de chocolate, Tim Burton
The Matrix, The Wachowsky Brothers
Camino a la perdición, Sam Mendes
Cronos, Guillermo del Toro
Jurasic Park, Steven Spielberg
Arsénico por compasión, Frank Capra
Drácula de Francis Ford Coppola, Francis Ford Coppola
La cosa, John Carpenter
Sospechosos habituales, Bryan Singer
Depredador, John McTiernan
Seven, David Fincher
Sed de mal, Orson Welles
Toy Story, John Lassater
Atraco perfecto, Stanley Kubrick
L.A. Confidential, Curtis Hanson
Días sin huella, Billy Wilder
El extraño, Orson Welles
Reservoir dogs, Quentin Tarantino
American beauty, Sam Mendes
Al rojo vivo, Raoul Walsh
Qué bello es vivir, Frank Capra
Los 39 escalones, Alfred Hitchcock
Match ball, Woody Allen
El exorcista, William Friedkin
El pisito, Marco Ferreri
La noche de los muertos vivientes, George A. Romero
Pasión de los fuertes, John Ford
Forajidos, Robert Siodmak
O brother, Joel Coen
La regla del juego, Jean Renoir
Un día de furia, Joel Schumacher
Perros de paja, Sam Peckinpah
Belle epoque, Fernando Trueba
Megavixens Up, Russ Meyer
Los jueves, milagro, Luis García Berlanga
Marty, Delbert Mann
El crepúsculo de los dioses, Billy Wilder
Los 400 golpes, Francois Truffaut
El planeta de los simios, Franklin J. Schaffner
La naranja mecánica, Stanley Kubrick
El padrino ( Las tres juntas ), Francis Ford Coppola
Alguien voló sobre el nido del cuco, Milos Forman
Manhattan, Woody Allen
Perdición, Billy Wilder
Alma en suplicio, Michael Curtiz
Encadenados, Alfred Hitchcock
El gran Lebowski, Joel Coen
Mejor, imposible, James L. Brooks
September, Woody Allen
Lo que queda del día, James Ivory
Los sobornados, Fritz Lang

p.d.: Nonasushi, hecho.

18.9.07

Sesiones dobles de cine: Bergman


Sesiones dobles organiza un atracón inteligente de cine:
"El funcionamiento será basicamente el mismo que propusimos en su día, esto es:
- Proponer a los lectores de nuestro blog ver dos películas de un mismo director.
- Elaborar un comentario de cada una y publicarlo en las fechas recomendadas.
- Enlazar los demás blogs participantes."


Y he aquí el personal agregado:

Books & Films
El diario de Mr. MacGuffin
Sesión doble
Cineahora
Fabrica de ilusiones
El espejo de los sueños
Arte y literatura
El trono de Hatti
La mujer justa
Ojo de buey
Himnem
El lamento de Portnoy
Otros clásicos
La linterna mágica
Mitte
El dia del cazador


Fechas de visionado: 17 de Septiembre al 31 de Octubre de 2.007Fechas de publicación posts: 1 al 15 de Noviembre de 2.007.

Dios, orden, azar

Dios no juega a los dados, no me cabe duda. Puesto a ser extremos a lo mejor no juega porque no está. El azar es la democracia del tiempo, su catón secreto, su severo hierro. El concurso de la lógica en acontecimientos fortuitos carece de relevancia, pero el caos es aparente. Debajo del caos, a ras del puro desorden, hay una geometría precisa, un orden significativo, una pauta prevista. Borges refiere la historia de dos que se soñaron. La extrae de Las mil y una noches y viene a relatarnos cómo alguien tiene un sueño donde se le informa que en casa de un vecino hay un tesoro. Acude a su puerta y le proponen que lo compartan. No hay nada que compartir, añade el improvisado anfitrión, yo soñé que el tesoro estaba en la suya. Borges remata con la paradoja de que el soñador ilusionado con la idea de encontrar el tesoro tuvo que ir al sueño de otro para descubrir que el tesoro fantaseado, el increíble, estaba en su propia casa. En ocasiones, el mundo es así de extraño. Precisamos el concurso de un actor ajeno para descubrir la bondad de lo que poseíamos en casa, sin saberlo, sin valorarlo tal vez. El azar no existe. Todo tiene una milimétrica arquitectura de causas que la fortuna troca en casualidades aparentes. No lo son. Todo está escrito. La trama detrás de Dios se empieza. Y aquí se abre el poema del ajedrez, su crudeza metafísica, aunque eso es otra historia y ahora es tarde y este escribiente accidental lo que precisa es volver a la rutina, al trasiego, que decía mi abuela. Los libros están ahí para encontrar apoyos.
Ayúdame, señor, a elevar la cumbre de este día. Es de Borges también.

Mundo

La historia se resuelve ya en el tramo inicial: el resto del metraje es el consabido inventario de condolencias y pesares, el vértigo de la pérdida y toda esa literatura luctuosa que acaba por imponerse siempre cuando alguien nos abandona. Nace el niño y, en lugar de las albricias y los júbilos, los amigos y hasta la familia dan el pésame a los progenitores. Lo sentimos en el alma, le dicen a la madre, que en ese momento, ubre salvaje, nutricia, lo amamanta con alicaído gesto ( el parto fue azaroso ). Exceptuando el tramo de la Primaria escolar, aceptadamente erigido como el periodo de vida más feliz, la zona menos problemática, la más festiva, la más inocente, la vida es un fracaso. La asolan tempestades varias, la despiezan tempranamente y, en el trajín de la sangre, en el fragor de la inevitable refriega, uno van conformando, con triste evidencia de que todo va a ser en adelante decadente y gris, el argumento de la vida. Se encuentran en este calvario goces inesperados: canciones de aquí y de allí, una puesta de sol bellísima o un polvo en el camino. Luego está el amor al hijo y el amor de padre, el amor a la rutina y el amor a ciertos vicios que nos van aderezando, frívola, heróicamente, el tráfago hasta el hocicamiento final. Y no olvidemos el trabajo y cómo saber llevar esa cruz cuando la espalda está devastada por otros pesos también inevitables. Inventario improvisado: hipotecas, colesterol, ETA, cayucos y hambre, afganos en prime time, niños de la calle y putas en el rellano. La espalda es que también tiene una voz, que se queja, claro, y hay que darle oídos. La fe tampoco ayuda: o ayuda lo justo. La fe es la golosina, el tesoro del pirata en la isla del Caribe, pero es mentira. Es todo un decorado. La fe es la inteligencia chantajeada, la razón fracasada. Si tú haces esto y haces aquello vas al cielo, que es un sitio con derecha del Padre y ángeles sin sexo que huelen a algodón de feria. Y el cielo, ahí queda eso, sigue con borrascas, con chubascos, con sol terrible en Agosto y lluvias romanticonas en camas de matrimonio. La fe es el invento máximo, el crack de los inventos. Habiendo fe, todo mal es menor: o no existe. Todo así escrito con muchísima letra pequeña. El hombre se hace y se deshace a diario: se monta y se desmonta cual mecano. Es mentira la noticia de que todo va a terminar por encajar y que por fin miraremos el puzzle del mundo. Hay piezas defectuosas siempre. La fábrica coreana está desde hace tiempo con amenaza de despidos masivos y el entusiasmo de los obreros es nulo. De ahí vendrá el material inútil. Aunque bien mirado, la vida es maravillosa y toda la morralla pesimista de los días grises queda en nada o en muy poco cuando una melodía nos llena, cuando un verso nos conmueve, cuando abres la ventana y observas dos pajarillos haciendo galanteos en un cable de la luz. No tiene uno palabra ni para mantener unos sentimientos. A pesar de que hoy me he levantado con la sonrisa puesta y nada en el cielo presagia pesares ni achaques tengo la certeza de que algún telediario reventara este primitivo estado de ánimo. Y tampoco es cosa de no encender la televisión. Vaya a ser que pase algo gordo y no me entere.

16.9.07

Festín de aburridos

Lo dice Marina y antes lo dijo Baudrillard y probablemente antes algún otro avispado que dio con el atajo semántico: los medios de comunicación suplantan la realidad y suscitan un simulacro, una suplantación cartesiana, un espejo. Madeleine McCann se ha convertido en objeto de consumo al igual que lo es David Beckham o Tom Cruise o The Rolling Stones. La diferencia es que se ha desalojado de la trama mediática el componente emocional y ahora asistimos a un penoso carrusel de pistas volátiles y de acusaciones sin completo fundamento. El espectáculo está servido desde que los padres vocearan al mundo la pérdida de la hija y activaran el circo mediático que nos ocupa. El espectáculo no obedece a emociones: se basa en la eficacia del asombro. Los estímulos del caso semejan el abono predecible de los CSI de turno. La ficción y la realidad se matrimonian a gusto de intelectuales de la semiótica y usuarios de sillón con orejeras, que se acerca el otoño y apetece esta novela cuyo argumento nos ha sido puesto en bandeja, en prime time, con enorme lujo de detalles. Gozo de tertulianos, comidilla de vecindonas, la muerte sigue siendo el invitado estrella. Allá donde aparece, el público se engolosina. Lo hemos visto hace poco con el fallecimiento del joven delantero sevillista Puerta y esa ciudad abalconada al féretro como si cien mil madres llorasen la pérdida del fragmentado hijo. La literatura no es ajena a estas digresiones: ya hay una película cuyo guión obedece a patrones parecidos. Hollywood es una formidable máquina de rapiña. Bilis, morbo, olor a carroña: el habitual menú del aburrimiento burgués. Y mientras la niña crece en el bestiario popular como icono reseñable de este siglo XXI recién alumbrado, que respira fatigosamente la carnaza imposible de su aliento mercantil.

Mark Knopfler: Kill to get crimson


El quinto álbum de Mark Knopfler tras el cierre de Dire Straits regresa a la cadencia íntima del folk labrado a golpe de inspiración celta. No hay huellas del rock. Tampoco el pop inteligente de Golden heart. Knopfler persiste en la narrativa tradicional de riesgo escaso, que adorna con su voz arrastrada y el contenido apoyo de una guitarra eléctrica, desafectada de los prodigiosos desarrollos de antaño, pero convencida de la eficacia de las melodías. Si Shangri-La o The Ragpicker's dream, el mejor hasta el momento, contenían piezas de fácil tarareo, Knopfler ofrece aquí un muestrario más puro, desabastecido de guiños a la radio comercial o a adolescentes despistados que oigan, de refilón, el disco en casa, comprdo por papá para no perderla la pista a quien contribuyó tan magistralmente a su educación musical. Tal es mi caso y ahí siempre existe un agradecimiento.

14.9.07

Led Zeppelin



Stairway to heaven, Black dog, Rock and roll, Communication breakdown, Whole lotta love, Inmigrant song, Since I've been loving you, Dazed and confused, Moby Dick, The song remains the same, No quarter, The battle of evermore, Celebration day, I can't quit you baby...


Será en el O2 Arena de Londres el próximo 26 de Noviembre, veinte años después de la disolución de la banda tras el fallecimiento del batería, JOhn Bonham. Para poder adquirir las entradas es necesario registrarse en la web http://www.ahmettribute.com/, una fundación humanitaria que gestionará los ingresos de las 20.ooo entradas que se van a poner a la venta al precio de 125 libras esterlinas. Robert Plant ya ha dicho que no es una gira, sino un evento único. Tampoco habrá material nuevo. No hace falta.

El romance de Astrea y Celadón: Rohmer bucólico




El magisterio de Eric Rohmer también puede caer en lo cursi, en la postal bucólica, en pajaritos que gorjean en sus ramas mientras las ninfas del bosque peroran sobre el amor y la altura poética de sus contendientes. Rondar los noventa años y seguir en plenas facultades consiente estos exabruptos pastoriles que no mancillan una cinematografía gloriosamente intocable, pero no seré yo quien ponga en solfa esta historia obsoleta de plasticidad dulzona como una lengua rebañando un tarro de mermelada. Yo me atendré a los hechos, que son contundentes: lo que Rohmer cuenta no es, en sí, desechable. Lo que se me hizo muy cuesta arriba fue la teatralidad del asunto, su lenguaje impostado, el efectismo forzado de unos personajes que hablan contaminados de fórmulas tan arcaicas que pesan en exceso en el decurso de la trama. Esta rara forma de hacer cine no escasea del todo de interés: Rohmer aspira a entretener, a ejercer de narrador como siempre hizo. Falta, por Tutalis, Obelix en alguna escena suelta, transportando un menhir o a la caza de algún jugoso jabalí. A falta de esa golosina visual, disfrutemos en lo que se nos da: un vigoroso espectáculo ajeno a los dictados de la comercialidad, facturado por un hombre también ajeno a los discursos de la industria, que ilustra - película a película - las emociones humanas, su vértigo indiscutible. En ese aspecto, Rohmer es audaz. Su libertad es la más notable de las evidencias de este film a contracorriente, que no gustará en absoluto a quien no comulgue con el artificio lingüístico. Yo lo hice a medias. No disfruté como sé hacerlo, pero tampoco me aburrí. Igual merece un segundo visionado.


Joe Zawinul




"Joe Zawinul nació el 7 de julio de 1932 para el tiempo terrestre y el 11 de septiembre de 2007 para la eternidad", dijo su hijo cuando comunicó su muerte a los medios de comunicación. Considerado el mejor teclista del mundo, revolucionó el jazz con In a silent way, un disco fundacional, meditativo, espiritual, firmado por la trompeta trascendente de Miles Davis, pero escrito por Zawinul. Pero donde se labró su nombradía fue en Weather Report, la banda imprescindible en el panorama del jazz-rock de los setenta. Enamorado del flamenco, Zawinul no dejó jamás de hurgar en todas las texturas musicales. . No sé si estará en el cielo en alguna jam session con Jaco Pastorius, otro ilustre desaparecido. No tengo esa querencia por fantasear con las posibilidades creativas de la muerte. Joe Zawinul está en Heavy weather, en su sindicato de músicos, en un disco pequeñito de jazz con Ben Webster que compré en vinilo en una tienda de segunda mano en Córdoba. Está también en el Ipod de mi amigo Diego Gómez, padre e hijo, que no lloran su pérdida, pero que echarán en falta novedades discográficas y lo escucharán, como yo, en adelante, con reverencia y admiración.

13.9.07

Wolf creek: Terror adulto




Hay comportamientos perturbados que matrimonian bien con cierto cine de temperamento comercial, cine que privilegia el efectismo al planteamiento austero o sensato. Wolf creek es la inversión arquetípica de esta norma y conduce su trama entre la postal a lo National Geographic, el Dogma de Lars Von Trier y, por supuesto, en su sincopado final, el slasher puro, ese body count de resonancias adolescentes que aquí se deja contaminar por un renovado punto de vista. La ópera prima del australiano Greg McLean desmonta el patrón esquemático de la tromba de películas de similar presupuesto y plantea un más que decente estudio de personajes y una verosimilitud que sorprende, por inesperada, cuando lo que espera uno, a la vista del desasosegante cartel, es una masacre, uno de esos entretenimientos modernos que explotan el morbo y erigen la truculencia como reclamo más llamativo.El guión del propio McLean no ofrece nada nuevo: todo está ya más que visto. Esto es lo hemos escrito muchas veces, pero lo sorprendente y lo que timbra esta cinta de especial es la capacidad de su autor para mantener cierto tipo de equilibrio que únicamente se ve alterado con la previsible, necesaria y atractiva parte final, rigurosa y heredera de todo el patrimonio estético alumbrado por Boorman, Hopper o Craven, maestros fundacionales del género.
El paisaje australiano incorpora un atrezzo progresivamente hostil, que influye en muchas de las sensaciones provocadas por el desarrollo de la trama, pero no al modo en que Aja lo usa en Las colinas tiene ojos. Aquí el naturalismo tiene una morosidad interesada, cómplice del pausado recorrido del guión. McLean obvia la casquería y monta un producto digno, nuevo dentro de que es imposible que lo sea enteramente, pero por encima de la riada infame de películas de terror juvenil, reventonas de carne, fundamentadas en un número siempre satisfactorio de escenas "calientes" donde el psicópata de turno desmembra al personal y guarda en un sótano las vísceras como trofeos de caza.


12.9.07

Norma Monroe

(Bert Stern)


La sobredosis de Nembutal, convenientemente agitada, procura el necesario abono para que la teoría de la conspiración ocupe todavía titulares y fomente la vigencia del mito. Hasta Hoover, el ambiguo emperador de los espías, pensaba que la actriz tenía tratos con comunistas mientras se acostaba con los Kennedy. Hollywood no lloró la pérdida de un talento: lamentó el icono sacrificado al tiempo que se frotaba las avaras manos con los pingües beneficios del deceso. Lo que asombra de esta foto es su belleza vulnerada. La cicatriz perpetrada para operarla de vesícula era el verdadero propósito de Bert Stern, el fotógrafo de Vogue. El resto, la mujer rota, el espejo abierto por el que se fugaba la vida - murió días después - importa escasamente. La diva sonríe con la timidez de quien sabe que el costurón da pie a reescribir su biografía, el trayecto invisible por la fama y por el terrible dolor del desamparo. De alguna forma siempre imaginamos a Marilyn Monroe abandonada, ninguneada por los intelectuales de la época. Hasta matrimonió sus curvas con el cerebro de uno, aunque el contrato social no duró. A Marilyn nada le duró en exceso. El ojo privilegiaba su ampulosa anatomía y ella sólo era la rubia atolondrada, la explosiva actriz que reventaba los sets de rodaje con su informalidad y con su procacidad de niña mal crecida en un cuerpo mórbido e irreverente. La sesión de Stern es el epitafio creativo de una personalidad fracturada, lacerada por una infancia atormentada con el concurso de todos los tópicos posibles para narrar con eficacia una infancia atormentada. Todos sus amantes - Di Maggio, Miller, Sinatra, Montand, los Kennedy - esquilmaron su inocencia, su sencilla apariencia de muchacha rural que escalafona al estrellato por cinco portadas de Playboy, una cara juguetona y unas medidas populares, dignas de figurar en la cabina de cualquier camionero. Murió a los 36 años, pero tal vez vivió más vidas que muchos que alcanzan la dorada senectud afiliados a la rutina y al leve espasmo de no consentir asombro alguno. La instantánea revela, como pocas, el alma oculta durante años de sesiones perfectas de fotos para la memoria.

11.9.07

Dead man walking

(Steve Pyke)


Los viajes de ácido y el blues han tenido que hacer mella en su cerebro de dinosaurio, pero todavía tiene tiempo de publicar su autobiografía ( 7 millones largos de euros en pública puja ), hacer algún horroroso pinito en el cine y mantener a su banda en liza. Ni las caídas de cocoteros ni esnifarse a su padre estorban la idea fundamental de este hombre: vivir al puro límite, meterse el desierto de Arizona en vena y luego tocar el riff de Sympathy for the devil con el pitillo a medio caer delante de una feligresía enfervorecida que adora su leyenda combativa, su indiscutible malditismo.

10.9.07

Ollas con amonal


Normalidad política vasca. Golpear las estructuras fascistas del Estado. Independencia. Proceso de diálogo. Tregua. Zulo. Partido Comunista de las Tierras Vascas. Fiscalía General del Estado. Militancia. Panfletos. Ilegalidad. Comunicados. Ikurriñas. Ertzainza. Bombas lapa. Gara. Batasuna. Presos. Izquierda abertzale. La ley bajo arresto. Rendición. País Vasco francés. Escolta. Tiro en la nuca. Autobuses quemados. Euskadi Ta Askatasuna. Pintadas. Asamblea. Artefactos. Jarrai. Interlocutores válidos. Extorsión. Mesa nacional. Gestoras pro-amnistía. Egin. Empresarios fugados. Marco político. Tribunal Supremo. Plataforma por la autodeterminación. Recursos de amparo. Ataúdes. Alto el fuego. Secuestro. Entrega incondicional de armas. Derechos históricos del pueblo vasco. Indulto. Cese de las hostilidades. Basta ya. Foro de Ermua. Asociación de Víctimas del Terrorismo. Democracia. Herriko tabernas. Embargo de bienes. Cócteles Molotov. Piedras. Escupitajos. Ikastolas. Calles vacías. Sueños rotos. Miedo. Asco. Financiación de la cúpula militar. Kale borroka. Resolución judicial. Ley de partidos. Serpientes. Dinamita. Familias destrozadas. Fuego, humo. Guardia civil. Moncloa. Manifestaciones. Manos blancas. Topos. Organigrama. Impuesto revolucionario. Futuro de Euskal Herria. Salida negociada al conflicto. Condiciones mínimas falseadas. Atentados. Desarticulación de comandos. Células itinerantes. Elkarri.
No se ve, pero todo lo nombrado aparece en la foto.
Basta mirar con atención y pensar la escena.

Los ojos del mal: Gore, come to me




Los ojos del mal no es sórdida. Tampoco establece las sólidas referencias al cine clásico del género y se limita a explotar con descaro y ampuloso aparato publicitario la sobada historia del body count, es decir, el grupo casual que está en el sitio equivocado en el momento equivocado y el psicópata extraordinariamente dotado para coleccionar cadáveres. No busque el amable lector personajes de hondura, razones de peso para justificar la mala leche del asesino o alguna historia secundaria que suscite la idea de que el guionista está lo suficientemente al tanto del noble material que moldea. El cine de terror ha dado gloria a la Historia del Cine, pero estos tiempos de zozobra intelectual, de público engolosinado con el morbo, escasamente curtido en apartar la pereza mental y exigir, qué verbo tan bonito, calidad en lo que paga y a lo que voluntariamente - suponemos - asiste, lo que abunda es el fast food cinematográfico, al que ya hemos hecho mención alguna vez. Fast food lastrado por la incómoda sensación de que los organizadores del cotarro toman al espectador como un perfecto gilipollas.
No llega toda al sangre al río de fotogramas de este engendro salvable por momentos, aunque inevitablemente destinado al olvido. El colmo del asunto es que Dan Madigan, guionista del casi-bodrio que nos ocupa, es oficiante y maestro de ceremonias de la WWF americana, la lucha libre, y hasta está producida por una compañía filial de una cadena del ramo. Entonces no podemos pedir mucho. El hombre se ha dejado llevar y ha escrito un libreto reventón de tópicos. Ahí está el grupo coral abocado al exterminio, el gigantón descerebrado cuya madre castradora y de perturbado cristianismo le desconfiguró el disco duro cuando era un infante delicado y prometedoramente cívico y humano. También encontramos el arsenal previsible de escenas gore que encandilan más desde que la franquicia de Saw abriera de nuevo la veda cerrada por Michael Myers o la serie Z italiana de saldo de videoclub.
El regusto teenager se ha embrutecido con el hasta ahora poco socorrido recurso de acudir a unos presos que rehabilitan un hotel abandonado: slasher con abundancia de retorcidas escenas que sonrojarían a un Hannibal Lecter en ayuno y que compendian con eficacia trompetera el decálogo del género. La elección del descomunal Kane, nacido en Madrid, por cierto, garantiza la tensión física, pero el director, Gregory Dark, otrora fajado en el cine porno, la hace decaer en el tramo medio de la cinta, perdiéndose lo que es, en mi opinión, un mayúsculo arranque. Nada: una ilusión quebrada. El resto del metraje es aburrido, salpimentado por ágiles movimientos de cámara y correcta ambientación - faltaría más habida cuenta de los presupuestos manejados - y alguna que otra gracieta que desarma el asco en el estómago y nos pinta una sonrisa levísima en el atirantado rostro.

9.9.07

La jungla 4.0: El héroe analógico



La jungla 4.0 es un festín de adrenalina tan intrascendente como grato que apela a los instintos primarios de un espectador inevitablemente conquistado por la apabullante pirotecnia de saltos, disparos y explosiones. El divertimento garantizado no desaloja la certeza de que el modelo de héroe de acción a lo McClane está ya quemado, aunque la primera versión de la franquicia supusiera un oxigenado ejercicio de cine de acción de calidad. Lo que ha sucedido con las andanzas del policía urbano que salva el mundo a base de rasguños y blasfemias es que ya no nos asombran. Todo lo que sucede ha sido ya visto y todo lo que hemos visto demasiadas veces es posible que no nos engolosine.
La jungla 4.0 no aporta nada nuevo al género: su alambicada progresión de escenarios se intuyen como una torpe argucia para hilvanar el fuego cruzado de un ejército de sicarios insípidamente manejados por un villano que no está a la altura de las circunstancias. John McClane, un Bruce Willis comodísimo en un papel que le pertenece a beneficio de enciclopedias del cine, continúa irritando a los malvados con su lengua homicida y su irreductible capacidad de superar, a pesar de la tunda de palos que recibe, los escollos, las peleas, las caídas y los destrozos que le infringe la imaginación de los guionistas, siempre tan deseosos de agradar al bien apoltronado público.
El Nakatomi original, el escenario claustrofóbico y verdadero protagonista de La jungla de cristal, primera y mejor versión, que pasó a un aeropuerto y luego a una ciudad es ahora una conexión de banda ancha. Así están los tiempos. Un cierto exceso de cables, puertos usb y pantallas que parpadean con crípticas retahílas de códigos y algoritmos que ofician la naturaleza eminentemente apocalíptica de la trama: una especie de Caos Total, la demolición del sistema, el desquiciamiento de la sociedad digital. Pero hete aquí que el rudo poli analógico, el tarado McClane, bien armado de mala leche y pericia para salir indemne de cualquier atropello, desbarata la codicia del enemigo y lo manda al infierno con un yipi ka yei, hijo de puta,
que es lo que hemos querido oir desde que nos instalamos en el butacón de la sala para recibir la dosis de americanada al uso, pero nos gusta.