31.5.07

El infierno: Vacío







Krzysztof Kieslowski dejó tres guiones de títulos de reminiscencias bíblicas. El bosnio Tanovic recupera la visión humanista del autor de la Trilogía / Tres colores. La historia de tres hermanas que vivien el padecimiento de un devastador episodio infantil (el padre recién venido de la cárcel, rechazado por la madre y suicidado) permite la construcción de un sólido drama que haría disfrutar a Freud. La inocencia rota, el desencanto vital y el dolor como telón de fondo de una vida conducida por un secreto que poco a poco va retorciendo la existencia de esas hermanas.
La visión de Tanovic es triste: no hay esperanza en el mundo que dibuja. La familia subsiste a trompicones o no lo hace y las circunstancias, la rutina o el azar conducen a que pensemos que hay vida dentro de esas mujeres y que los sentimientos que explicitan las van a unir al fin y al cabo.
Las fórmulas cromáticas de Kieslowski las usa Tanovic para reflejar la intimidad de cada hermana ( azul, rojo y blanco/verde) y también recurre a la simbología sobre el paso del tiempo. Algún exceso de palabrería lastra la fluidez de unas imágenes que ya cuentan por sí solas. La anuencia de la incomunicación no se refleja en un discurso teatral cargante, en ocasiones. Quizá por eso la cinta me resultó fría, alejada de cualquier apasionamiento. Una de esas películas incómodas que te atrapan, pero quieres soltar porque no aceptas lo que dice.
La vida es hermosa y se atraganta a veces con malos tragos, dicho burdamente, pero el infierno no debe ser la familia. Y eso, al cabo, es lo que Tanovic nos viene a contar. Su mirada hacia los temas fundamentales de la existencia humana ( paternidad, incomunicación, familia, amor, deseo, suicidio, fraternidad incluso.... ) está barnizada de un pesimismo académico. No estamos ante una obra sincera, escrita desde el corazón: se atisban ecos de la cinematografía de Bergman y del propio Kieslowski, claro, pero para quien no haya visto nada de esos dos cineastas prodigiosos, El infierno es una obra presuntuosa, que proviene de un hombre curtido en la guerra ( En tierra de nadie ) y en otro tipo de infierno más evidente, más carnal... Éste es, en el fondo, el orígen del otro. Tal vez los males de este mundo provengan del silencio de la familia. A Tanovic le debió atraer este universo de mujeres tan grato a nuestro Almodóvar tras haber triunfado con un cine de hombres, bélico y nada intimista por el que recibió incluso el Óscar a mejor película de habla no inglesa.
El elenco femenino es magistral: Emmanuel Beart y una avejentada Carole Bouquet están espléndidas.
Como dijo el propio Tanovic en alguna rueda de prensa: que el infierno estaba en casa, que no había que irse a Afganistán ni a las calles de Bagdad para verlo de cerca.
Toda la razón.

George Vader



Darth Vader cumple 3o años.

Genesis






La época dorada de Genesis con Steve Hackett y Peter Gabriel no va a regresar a un escenario jamás. Tampoco en un estudio. Los tres supervivientes ( Rutherford, Banks y Collins ) continuaron la leyenda desde que el amigo Gabriel dejara la banda tras el doble The lamb lies down on Broadway, digo doble porque todavía guardo la edición en vinilo. La eterna discusión sobre qué época fue mejor jalona cualquier conversación sobre la banda. Hay quien prefiere los delirios medievales de rock progresivo, poético, denso de Foxtrot o Nursery rhyme antes que el pop elegante y comercial de Invisible touch o Duke. Yo me quedo con Selling England by the pound y ahí está está todo dicho. En lo que casi todo el mundo está de acuerdo es en la metedura de pata al sustituir a Phil Collins por Ray Wilson en el peor disco editado bajo el sello genérico Genesis, Calling all stations. Ahora vuelve la magia a los escenarios. Hay fechas abundantes. Ninguna recala en España, pero editarán jugosos dvd's y quizá algún disco en directo con una selección del reencuentro. Falta que busquen inspiración y se metan en un estudio. Hace ya mucho tiempo de We can't dance y va haciendo falta nuevo material. Me quedaré con el recuerdo del concierto al que asistí en La Rosaleda, en Málaga, con el tour Invisible Touch.






Fechas del Tour 2007


11 June Helsinki, Finland Olympic Stadium
14 June Herning, Denmark Messecenter
15 June Hamburg, Germany AOL Arena
17 June Berne, Switzerland Stade de Suisse
18 June Linz, Austria Gugglestadium
20 June Budapest, Hungary Puskas Ferenc Stadium
21 June Katowice, Poland Slaski Stadium
23 June Hannover, Germany AWD Arena
26 June Dusseldorf, Germany LTU Arena
29 June Stuttgart, Germany Gottlieb-Daimler Stadium
30 June Paris, France Parc Des Princes
1 July Amsterdam, Holland Arena
3 July Berlin, Germany Olympiastadion
4 July Leipzig, Germany Zentralstadion
5 July Frankfurt, Germany Commerzbankarena
7 July London, UK Twickenham Stadium
8 July Manchester, UK Old Trafford Football Stadium
10 July Munich, Germany Olympiastadion
12 July Monaco Louis II Stadium1
4 July Rome, Italy Telecomcerto at Colosseo

30.5.07

Todos los grillos creen en Dios

En el año de gracia de 1.688 y en la muy noble y venerable ciudad de Toledo nace Vicente Jesús Sotomayor y Villamediana. Educado en la fe, procuraba no pisar el abundante número de grillos derramados como plaga en el patio de su casa. Los grillos eran criaturas del Señor y no existía motivo para contradecir el prodigio de sus actos. A fuerza de esquivarlos, el niño Vicente Jesús tomó como hábito involuntario andar con una muy ligera inclinación del torso, en particular, que le permitía dar saltitos alrededor de los insectos y desplazarse a conveniencia sin que el trayecto contrajese la muerte de ninguno de ellos. El párroco, Don Ramiro Céspedes, le conminó a que andase sin esos torcimientos que le hacían parecer lo que no era y despertaban entre las malas lenguas del pueblo argumentos para rumores y razones para insultos. Trajo entonces Vicente Jesús la causa de su proceder y la creencia de que Dios le observaba sin reprobar ninguno de sus actos.
El párroco, campechano en sus consejos, viejo y conocedor de los vericuetos del alma humana, vino a decirle que Dios no reparaba en minucias y que pisar un grillo o una manta de grillos no ofendía a su Obra ni escandalizaba a su Divinidad. Que todos somos hijos de Dios, pero que su amor no ha sido repartido proporcionadamente y hay hombres y hay conejos y grillos y hasta moscas que no tienen el mismo escalafón en la mirada atenta del Padre. Añadió que podía, en adelante, matar cuantos grillos le viniesen en gana sin que ese proceder homicida no era pecado ni parecida cosa y que insistir en tan piadosa conducta hacia la caterva de grillos de su patio devastaría quizá ya para siempre su espalda y terminaría jorobado o arrumbado en una silla sin moverse por mor de ese inquietante vicio.
Al día siguiente el patio de la casa del niño Vicente Jesús Sotomayor y Villamediana era un batiburrillo informe de alas y caparazones negros, de cabezas perversamente machacadas y de ojos negros escorados hacia el imposible limbo de los grillos muertos.
Como no todas las acciones que hacemos convencen por igual a todo el mundo, Vicente Jesús descubrió que aquella matanza novicia no era del agrado de su madre. No por la caridad cristiana, que no faltaba, sino porque a la postre, cometida la fechoría, desarmado el ejército infame de bichos, el patio quedaba hecho un desastre, espectáculo baboso de cuerpecillos crujiendo en el silencio blanco de la noche. Así que Vicente Jesús, hijo obediente y recto, regresó a su excéntrico paso y volvió a ser el Mesías de aquella algarabía de criaturas.
El párroco, al tanto de la renovación de tan fea costumbre, le reprendió severamente. Durante un tiempo, anduvo en el frágil e incómodo lugar de no tener opinión propia así que su ingenio obró el milagro de dar con una solución que contentase a ambos. Quizá también al Señor, que todo lo ve y todo termina expuesto a su criterio. Grillo que matase, grillo que recogiese del suelo y guardase en un vasija ancha de barro que haría las veces de túmulo cóncavo de grillos inevitablemente sacrificados. Una vez que la vasija estuviese llena la arrojaría a la ancha tierra de Castilla. Como si de un enterramiento protocolario se tratase.
Este episodio juvenil, baladí y tal vez frívolo en el fondo, marcó indeleblemente el alma sensible de Vicente Jesús y treinta y poco años después, en las selvas del traidor Amazonas, siendo Capitán de un regimiento de Artilleros de su Majestad el Rey, acabaría recordando los grillos del patio mientras se entregaba, varonil y heroico, a esquivar, con desigual fortuna, con saltitos torpes, los cuerpos ensangrentados, devastados por la pólvora, de la población indígena que alfombraba, como grillos, la tierra glauca de la selva.
Y el Señor, nuestro dios, en su Gracia Infinita, le habló al capitán Sotomayor en sueños, pues así en ocasiones se manifiesta según tenía entendido. Indio que matase, indio que arrumbara en un carro y arrojase después a la ancha Amazonia, luego de bendecir su alma impía, en algún remanso del río, a la sombra, a salvo ( mayormente ) de las inclemencias y los rigores de los dioses astros.

Bailar en la oscuridad: Epopeya de la inocencia




Atmósferas turbulentas desde donde nace el milagro de la imágen: Bailar en la oscuridad es un arrebatador poema visual, una delirante cacofonía iconográfica donde importa menos el trayecto de los personajes que las sensaciones que sienten y cómo las explicitan, de qué forma capturan la atención del espectador y lo embaucan ( eso debe ser el cine puro o la literatura pura: embaucamiento, prestidigitación, fantasía ensamblada con la cordura ) hasta que, al final, extasiado por el caudal de emociones, lo dejan arrumbado en la butaca, noqueado.
Lars Von Trier cierra la Trilogía del Corazón de Oro ( Rompiendo las olas, Los idiotas y ahora esta Bailar en la oscuridad ) con este melodrama con ribetes de musical o este musical melodramático, vehículo fascinante para una actriz novata, aunque sobrada en un papel pensado para su histriónico y desvergonzado divismo. Björk es Selma, la inmigrante checoslovaca ciega que se rompe en dolor para que su hijo no padezca su misma minusvalía. El vecino goloso le roba el dinero que tenía ahorrado. Selma lo asesina. Y es juzgada en un tribunal americano. Que no parezca que estoy contando la película: nada se ha dicho. Nada que no venga más extensamente desarrollada en la solapa del DVD o en las crónicas habituales en las revistas o en la red.
Lo que fascina de esta cinta es su premeditado despojamiento de todo artificio escénico. No al estilo de Dogville o su lógica continuación, Manderlay, pero obedeciendo al mismo patrón visual.
Las heroínas trágicas de Von Trier ( Rompiendo las olas es un ingenioso híbrido entre cine religioso, erótico y feminista entre Bergman y Dreyer ) son ángeles que aspiran al cielo y deben recorrer un cierto recorrido en la tierra para merecer ese galardón. Selma seduce por su carácter épico: Björk recurre a lo que mejor sabe hacer ( componer, cantar ) para condimentar la dramaturgia del film con aderezos de poesía. El propio rostro de la cantante islandesa es el mejor reclamo de la inocencia, de la bondad y de la ingenuidad de Selma. No entenderíamos la cinta sin la presencia alada, fluida, mística casi de esta actriz no explotada, que no ha vuelto al cine y que quizá estaba únicamente destinada a representar a su Selma, al alter-ego que vive su felicidad a su modo, de ojos para adentro, en la fantasía y en su amor puro de madre-coraje que pugna por vencer los convecionalismos, la severidad de la sociedad y la injusticia del sistema. A pesar de todo, no hay ningún ribete político. Esto es un musical: uno original hasta el cansancio.
El candor de lo humano, la belleza del alma y la fragilidad de las emocines humanas enfrentadas al tenebrismo del miedo, a la oscuridad escrita por el hombre para sufrimiento del hombre.
O la vida es muy triste, en el fondo, y requiere la vistosidad de los números de baile y la lírica de las melodías para devolverla la alegría fugada. Sólo hay que ver con detalle, alborozados en el detalle, la escena del tren con los bailarines circenses en la vía, para dejarnos ya convencer de que el género musical puede ser reescrito las veces que haga falta y no se murió en West Side Story o en plomizos diseños para adolescentes como Grease.
Hay películas que no se olvidan nunca, te gusten poco o te fascinen. Ésta merece entrar en el capítulo de las películas inmortales en la memoria. Por el dolor que causa. Por el padecimiento reverberado de la piel de Selma a la pantalla artificial de un cine y de ahí, en mágica pirueta acrobática, a la neurona más sensible que tengas. O igual te las funde todas.

Malos tiempos para la lírica

Todos los tiempos son de tránsito: todos acomodan su novicia ubicación en el presente de indicativo con la certeza de que el futuro compondrá un perfil ya más definitivo. La Historia siempre se escribe con más sobria eficacia cuando los acontecimientos narrados han sido sido sustituidos por otros. Algo de todo esto perturba la visión y no es posible elaborar un juicio crítico razonadamente objetivo: al juicio lo contamina la emoción o tal vez su ausencia. Ésta es una de las pandemias del crítico y no hace falta ahora hacer historiografía. LLevado esto al extremo, quizá lo que estaríamos firmando sea el acta de defunción de esta misma página. Si el escribiente no tiene validez como creador, apagamos el cacharro y nos dedicamos a cosas que hacíamos antes y que siempre estamos, en el fondo, haciendo: leer libros de Milan Kundera, escuchar blues, ver cine negro de los años 40. Y ninguna de esas actividades precisan de una semántica. Leemos, escuchamos, vemos: ahí se para la actividad mental, caso de que esos entretenimentos suscite alguna. Luego damos una cabecadita y repensamos lo que hemos escrito: la emoción, o su ausencia, brinda también un excelente instrumento de disección del hecho artístico. Quizá la subjetividad sea más conveniente que el análisis razonado. En este verano haré un año de blog. Ignoro si algo de lo que he hecho ha valido verdaderamente para algo. Confiadamente, creo que al menos ha tenido una cierta utilidad: mi propio equilibrio, mi razón de escribir. La razón de vivir la dejo caer sobre personas. En ocasiones, abro la página y considero que todo es una lamentable pérdida de tiempo. Otras, constato que hay gente que le dedica un poco de su tiempo a lo que uno escribe. Que hay lectores. Hace poco mi chivato cibernético me informó de la existencia, en el mismo minuto, de un lector del Sahara, otro de China y un tercero de Polonia. Ignoro si son emigrantes de mi tierra que buscan trabajo allá donde lo haya, si son turistas accidentales o si simplemente se nutren de las pocas imágenes que cuelgo para acompañar el texto. Hay días en los que razono que no merece la página el tiempo que le estoy entregando. Como el adagio de Rilke: "Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre". Lo encontré hace muchos años y lo usé como cita en un librito de poesía que me publicó el Ayuntamiento de Córdoba en el lejano pasado, que es la fecha más propicia para la nostalgia, como decía Borges. El librito se llama como esta página, " El espejo de los sueños" ( Antorcha de Paja, Diputación de Córdoba, 1.985 ). Y todavía hoy hay versos salvables. Dos, tal vez tres. El resto, incontinencia mental traducida en poemas y una edad extraña en la que todo huele a psicodelia y a espasmos, a noches en vela estudiando Pedagogía y a tardes enormes jugando un billar con Pink Floyd de fondo. Escribir es una bendición. Lo era antes cuando lo hacía ametralladamente y llevaba poemas en la chaqueta, en servilletas de bar. Malos tiempos para la lírica.

Homenaje a The Beatles / Javier Salvago

Aquel viejo colegio,
los primeros guateques,
el primer cigarrillo
y los castos amores.
Todavía la inocencia
soñando disparates
—rebeldías con regusto
a pan y chocolate—.
Señor, cómo nos mata
el tiempo. Cómo vamos
quedándonos desnudos
y solos, como fríos
esqueletos de otoño.
Pero no te preocupes,
corazón,no me llores.
Si anochece y no hay nadie,
let it be.

link

Réquiem por un sueño: La soledad era esto




Esto va de envejecer solo en un cuarto asqueroso cuando los hijos se han marchado y únicamente te queda un televisión y un frigorífico. Va también de los sueños: porque nadie quiere morirse en un edificio antiguo de Coney Island y hay métodos para engañar la realidad y que nuestra fantasía adquiera vuelo y nos ciegue. Réquiem por un sueño es el retrato de la soledad más duro que el cine pueda dar salvo el encierro de Edmundo Dantés en la isla de If.

En esta historia Daronofsky no busca patrones en los giros ridículos de la bolsa y pasa de hacer mística con la fonética de los nombres de Dios para encontrar la felicidad en la sinfonía arcana de la matemática del mundo. Eso hizo en Pi, aquella perla en blanco y negro que nos dejó a caballo entre la incredulidad y la fascinación. En este caso, el autor regresa al santo grial del alma humana, a la búsqueda incensante de la felicidad. Da lo mismo que venga de un chute de heroína o de un programa de televisión. Los personajes de la cinta fatigan las sombras en busca de la luz, pero no la alcanzan. Ninguno es feliz y sabemos que no va a encontrar esa felicidad en la película. Todos son adictos a algo: los fármacos o la programación de la televisión, pero ambos elementos son la evidencia de su soledad, de su desamparo.

Aronofsky concibe el film como un compendio fragmentado de imágenes que matrimonian a la perfección con el torturado y también compartimentado cerebro de todos los protagonistas. Unos pierden la cordura por exceso de droga. La madre ( una absolutamente perfecta Ellen Burstyn ) se coloca con concursos de televisión y con la peregrina idea de recuperar la figura que tuvo de joven para poder embutirse en un vestido rojo que representa la vida malgastada, el tiempo sacrificado.

La música del genio de la electrónica Clint Mansell, adherida a las asfixiantes cuerdas del Kronos Quartet, es un componente más del film. Hacía mucho tiempo ( Oldboy, muy recientemente ) que no notaba la presencia física de la banda sonora en una película. El clímax final no puede concebirse sin la perturbada melodía que pincela el abrupto desenlace.

No es cine fácil: no lo desea. Se digiere con dificultad y deja en la memoria unas cuantas imágenes apabullantes. El frenético movimiento de cámara, las aceleraciones bruscas del tempo de las imágenes y, sobre todo, vertiginosos tics visuales a los que Arofonofsky acude con excesiva e imprudente frecuencia.

Fascinante bajada a los infiernos de la droga. Un vehículo fantástico para poner en funcionamiento todos los recursos visuales de un director formidable.

La única nota de felicidad del film está en su cartel. Y no es precisamente el grandilocuente ojo.



29.5.07

El inevitable cuestionario de cine

Hace unos meses yo no tenía ni idea de lo que es un MEME. Ahora algo sé. Más por haber visto algunos que porque verdaderamente sepa para lo que sirven, si bien da luz el vínculo de antes que recomiendo su lectura después de leer mi entrada, y no antes. Éste está pillado de una blog sobre cine, claro está. Su autor contesta e incita a que hagamos lo mismo. Me basta esa leve invitación para tirarme de lleno. Invito, a su vez, al amable lector a que haga el suyo. En fin.... Cosas más interesantes y de mayor trascendencia nos ocuparán y alegrarán nuestro ocio. Mientras....

1. Última película vista ---> Candy, un docudrama sobre amores tóxicos y vidas imposibles.
2. Primera película vista ---> Según mis padres, una de romanos. Luego el género me ha dado buenos ratos, pero sin exagerar.
3. Película que más veces has visto ---> El silencio de los corderos: tuvo su época. O Pulp fiction: una obra maestra absoluta del ingenio y del talento humano.
4. Película que nunca verás aunque te maten ---> Quizá cuando viese el arma asesina en mis narices, vería lo que me echasen, pero en plan valiente, Ishtar, un bodrio eminente, una cosa infumable en donde salen incluso buenos actores. ( Beatty y Hoffman )
5. Película preferida ---> Hoy, Ser o no ser, de Lubitsch. Mañana, tal vez, Pulp Fiction o M, el vampiro de Düsseldorf o Las uvas de la ira o Los 39 escalones...
6. Película más odiada ---> Ninguna en especial. Me desagrada, sobremanera, el cine de artes marciales...
7. Película que más te sorprendió ---> Oldboy : todavía no me he recuperado. O, Brother de los hermanos Coen
8. Película que más te decepcionó ---> Kill Bill 1 o 2: No he logrado entrar en sintonía.
9. Película que te traiga buenos recuerdos ---> La vida de Brian: Cada vez que la he visto, he vuelto a sentirme igual de feliz.
10. Película que te traiga malos recuerdos ---> Traffic. La vi mal, en circunstancias muy extrañas e igual precisa un revisionado. Añado Las vírgenes suicidas. El hombre que susurraba a los caballos me hizo desear que el reloj volase y no tuve esa suerte.
11. Película que todo el mundo ha visto menos tú ---> No sé si la ha visto todo el mundo, pero aparece siempre como una obra maestra indiscutible del séptimo arte, Tiempos modernos de Charles Chaplin
12. Película que marcó tu infancia ---> The wall, de Alan Parker. Era algo más que una película. Era una forma de ver la vida. El disco de Pink Floyd también era mi disco de cabecera. Todavía lo oigo. Además, casualmente, coincido con quien dejó esto en su blog para que yo lo copiara y pegase.
13. Director favorito ---> Alfred Hitchcock. Sin discusión. Inapelablemente.
14. Director más odiado ---> ¿ Mariano Ozores ? No es cosa de odiar.
15. Género favorito ---> Cine negro de los años 40. O 50. O 60. O contemporáneo si es bueno.
16. Género más odiado ---> La comedia bailable o el musical salvo contadísimas excepciones.
17. Actriz favorita ---> Katherine Hepburn, aunque podría nombrar 50.
18. Actriz más odiada ---> Sandra Bullock, salvo en Crash, Laura Dern
19. Actor favorito ---> Me voy muy atrás, Charles Laughton, aunque podría nombrar 50.
20. Actor más odiado ---> Actores tipo The Rock, Steven Seagal,Chuck Norris, Schwarzennegger es decir, no-actores.
21. Estilo de director que más se acerca a ti ---> Esto no lo acabo de entender bien del todo, pero creo que Alfred Hitchcock o John Carpenter.

Y tras haber respondido, corazón en mano, a todas las cuestiones, tengo la sensación de que la haría de nuevo.... Mejor me estoy quieto.

Candy: El fango de la felicidad



El amor es una adicción y hay quien se destruye por conseguirlo, por mantenerlo o por negarlo. Candy retrata la decadencia física y moral de dos jóvenes pasionalmente enamorados y ametralladamente enganchados a la heroína.
Siendo todo previsible, Candy se deja ver. No precisamos que el guión de una vuelta sorprendente. Sabemos en todo momento en qué momento de la destrucción estamos. No nos extraña verlos prostituirse o robar. Tampoco que rompan todos los lazos familiares o que sacrifiquen el amor que parecía sincero y profundo por el viaje sin retorno de las drogas. Este tipo de películas son casi siempre parecidas: el listón de la cinta de Blake Edwards, Días de vino y rosas, es muy alto. Leaving Las Vegas plantea un discuro distinto: la vocación destructiva.







Candy y Dan, la pareja de la película, no dejan de ser chiquillos que han descubierto un juguete mortal demasiado pronto. Incluso hay una visión naïf de la pareja en ciertos momentos. Cuando Dan da una especie de atraco, hay un inevitable tufo a comedia que despista. Cuando Candy se prostituye, la cámara oculta la evidencia carnal: sólo lo intuímos. Igual pasa con Dan cuando lo hace. Pareciera como si el director no quisiese ser excesivamente tosco: bordea los extremos y precisamente esa decisión lastra la película hacia la asepsia, impiendo que nos involucremos algo más. Días de vino y rosas no tenía escenas fuertes, pero lo suplía con un clímax dramático inconmensurable que aquí, desgraciadamente, no está.
Las tres partes en que se divide el film ( Cielo, Tierra e Infierno ) podrían ser independientes. El director ( Neil Armfield ) no se divierte a costa del espectador y le ofrece un espectáculo digno, honrado, escrito con profundo respeto, cuidando la luz y el diálogo, que no abunda. Los recitados en off del poeta Dan son melocotón en almíbar: se podría haber prescindido de ese tono poético. En cambio, la pintora Candy escribe en todas las paredes de la casa en la que malviven y esos textos, futuros palimpsestos de unos inquilinos ajenos a la trama, son hermosos y están muy decentemente escritos. Heath Ledger y Abbie Cornish no son Robert Downey Jr. y Courtney Love, pero logran estremecer con su voluntariosa entrega. Geoffrey Rush, como amigo talludito, gay y también toxicómano, hace un papel fabuloso, pero sale poco y se nos quedan ganas de verlo más. Casi merecería un film él solito.
No es una obra maestra, en absoluto. Tampoco una película notable. Se deja querer por la mediocridad quizá porque el tema está muy machacado y precisa otra forma de ser contado. Ésta nos la sabemos. Las andazas de la pareja tóxica está ya lo suficientemente vista. Vicente Aleixandre lo decía mucho mejor: "Todo lo que está lo suficientemente visto no asombra". Pues eso.

Lady sings the blues



Cuando nació Eleanor Holiday o Eleanor Fagan, su padre, Clarence, un guitarrista de jazz y trompetista frustado, tenía quince años. Su madre, Sadie, tenía trece y tuvo que aceptar un trabajo de camarera para cuidar de su hija. Nunca conoció a su padre: conoció a muchos hombres que hicieron de padre y ocuparon su lugar en el hogar familiar, que solía ser un cuartucho en la trasera de los bares o una habitación en una pensión barata. Cuando Billie tenía diez años, fue violada por un vecino. “Nunca tuve la oportunidad de jugar con muñecas” dijo una vez. “Comencé a trabajar cuando apenas tenía 6 años”.Fue internada en un reformatorio católico de la que sacó un lejano familiar que pagó las costas de los abogados. Pocos años después, pedía trabajo por locales de segunda categoría como bailarina. Esbelta, guapa, bien formada, no tuvo problemas para engolosinar a los dueños, que veían en Billie el reclamo perfecto para los blancos ricos y para los pobres negros. No duró mucho porque Billie Holiday quería cantar. En Pod's and Jerry, en la calle 133, consiguió su primer contrato. Unos veinte dólares a la semana. Más propinas. Cuando cantaba "Trav'llin' alone" la concurrencia dejaba de parlotear y escuchaba. Sólo se oía ese tímido y característico ruido de cubitos de hielo tintineando en el fondo del whisky. En 1.933 Benny Goodman la vio cantar y la llevó a un estudio de grabación. Empezaba la leyenda. Este primero contacto con el micrófono no evitó que cantase por locales de Nueva York. Tras Benny Goodman, fue la Orquesta de Teddy Wilson la que la adoptó como cantante. Hizo más de 70 grabaciones, formó una orquesta que llevaba su propio nombre e hizo giras por la Costa Oeste con Count Basie y Artie Shaw. Palabras mayores para una chica negra sin otro padrino que su espléndida voz. Sus ídolos eran Bessie Smith y Louis Armstrong. Es la época en que se codea con las eminencia del jazz de la época: Ben Webster, Johnny Hodges, Bunny Berigan, Roy Eldridge y sobre todo, Lester Young, con quien tuvo una relación por encima de las convenciones del jazz, pieza maestra dentro de la historia del género. Probó el cine en una película, "Symphony in black", delante de la orquesta del Duke Ellington.
No muy a gusto como cantante de big bands, decidió probar fortuna sola. Tenía ya avales suficientes como para hacer lo que quisiera. Había desbancado a Ella Fitzgerald como "mejor cantante de jazz" según las revistas del ramo y se la disputaban todos los locales de los EEUU.








Firma con Commodore, un sello selecto, y graba lo que probablemente sean sus mejores canciones. Los nombres que vendrían después serían Norman Granz, el mejor productor de jazz del mundo, Miles Davis, el propio Louis Armstrong, con quien actuaría en una película ( New Orleáns", interpretando el papel de una sirvienta) o la sublime serie JATP ( Jazz at The Philarmonic ), reservada únicamente para genios absolutos e indiscutibles. Esta es la biografía estrictamente musical. La accesible en cualquier enciclopedia. Hace no mucho leí una reseña no excesivamente extensa, pero estupenda, sobre Billie Holiday en un suplemento dominical de un conocido periódico nacional.
Detrás está la historia canalla, los episodios que marcaron su personalidad y modularon su voz en esa tesitura triste, en ese abandono dramático que ninguna otra voz ha sabido recrear nunca. En cualquier género. Su premeditaba sofisticación vocal adquiría suspiros, atenuaciones, impulsos, gritos callados, inflexiones roncas calcadas de su adorada Bessie Smith y hasta un matiz casi infantil en el timbre que le daba texturas a veces dramáticas, otras amargas como la muerte y, en muy contadas ocasiones, joviales y festivas.
Mucha culpa de este cambio en los registros vocales la tuvo Prez, su amigo Lester Young, con el compartió jam sessions históricas en Harlem y a quien se entregó para que tutelara su ingreso en el olimpo de las dioses del jazz. Lester la llamaba Lady Day. Billie lo bautizó President, luego, Prez. Ambos, curiosa y trágicamente, murieron el mismo año y víctimas de los mismos vicios. Estupefacientes. Heroína. Alcohol. Cocaína. Todo compuesto farmacológico que pudiera transportarlos fuera de un mundo que no deseaban, pero en el que estaban obligados a subsistir. Hay una canción ( I'll never be the same ) en donde ambos ejecutan las mismas notas. Uno al saxo. Otro con la voz. Gloomy Sunday, Strange fruit y Long gone blues fueron piezas maestras de esta química pura en todos los sentidos, el humano y el anfetamínico. La adicción a las drogas rebajó el caché de Lady Day. Su voz perdía la brillantez, pero el genio tiraba por otro lado y buscaba, en los rebajes, en la creatividad, el nuevo tono, una voz distinta que se adaptara a estos nuevos tiempos. Más míseros, menos glamourosos, adictivos y extraños.
Casada y separada tres veces, sufrió maltratos por parte de al menos dos de sus maridos. Uno ( Joe Guy, trompetista ) era cocainómano.
Solía lucir gardenias en su cabello mientras cantaba en los clubs, que era donde verdaderamente ganaba dinero. Las compañías de discos la engañaban. Nunca se lucró por los abundates materiales grabados que hiciera bajo distintas compañías.
Con el final de la guerra, llegó su declive absoluto. Curas desintoxicantes en buenas clínicas y cuando el dinero escaseaba o nadie se lo prestaba la soledad de su habitación. Incluso vagó por pensiones como cuando vivía con su madre. Detenida por la policía muchas veces, Billie Holiday nunca volvió a subirse a un escenario como la Reina del Jazz, pero lastrada por una historia personal que muchas veces superaba el atractivo de su ya marcesible voz . La revista Metronome, la bíblia del género, la recordó nombrándola nuevamente Mejor cantante de Jazz en 1.945 y 1.946. En esa época, renacida, curada de nuevo, grabó con Columbia los mejores temas de su carrera. Body and soul. Sophisticated lady. I've got you under my skin. En 1.958, con su salud ya irremediablemente pertrecha, regresa a Europa en una gira. Fue un sonoro fracaso. Murió en la habitación 6A1 del Metropolitan Hospital de Nueva York custodiada por un par de policías que debían vigilar que no consumiese heroína. Estaba atada a la cama.




“Yo no pienso que estoy cantando. Siento que estoy tocando un saxo, una
trompeta, trato de improvisar como Lester Young, como Louis Armstrong o como
cualquier otro que admire. El resultado es lo que siento"









“Un día teníamos tanta hambre, que apenas podíamos respirar. Salimos a la
calle. Hacía un frío de mil demonios. Caminé desde la calle 145 hasta la 133, de
local en local, tratando de encontrar un trabajo que me permitiera calmar el
hambre, y sin un dólar en el bolsillo.
Me paré en el Club “Log Cabin”,
busqué a Jerry Preston, que era su dueño en ese entonces y
quien se encargaba de contratar al personal, y le dije: “Soy bailarina”, a lo
cual me respondió, con cierto desdén: “Baila”. Lo intenté. Al instante me dijo:
“Apestas”. Insistí, le dije que podía cantar. Me respondió: “canta”. Un poco mas
allá de donde estabamos, había un viejo que tocaba en ese momento el piano. La
melodía era “Trav´lin” (en realidad se llama “Trav´ling light”, de Johnny
Mercer, Jimmy Mundy y Trummy Young). Me la sabía, y canté. Los clientes pararon de beber, e incrédulos se acercaron a verme cantar. Se ubicaron a mi alrededor.
El viejo en el piano cambió la melodía, comenzó a tocar “Body and Soul”. La
canté con el alma ¡Dios!, ¡tenías que haber visto a esa gente!, de repente todos
rompieron a llorar.
El dueño, Preston, que se había alejado un poco, se
acercó abismado, no podía creer lo que estaba viendo, sacudió su cabeza como
para ver que no estaba soñando, y me dijo: “Muchachita, tú ganas”.
Extraido de “Big Star Fallin´ Mama. Five women in black music”. ( Hettie Jones, 1974 )

Mi canción favorita de Lady Day

SOPHISTICATED LADY (Duke Ellington / Mitchell Parish / Irving Mills)



They say into your early life romance came
And this heart of yours burned a flame
A flame that flickered one day and died away
Then, with disilution deep in your eyes
You learned that fools in love soon grow wise
The years have changed you, somehow
I see you now
Smoking, drinking, never thinking of tomorrow, nonchalant
Diamonds shining, dancing, dining with some man in a restaurant
Is that all you really want?
No, sophisticated lady,
I know, you miss the love you lost long ago
And when nobody is nigh you cry


Mientras he escrito estas líneas, he oído, en parte, The lady in satin. Así ha escrito mi corazón, no mi cabeza.

28.5.07

El tahúr enamorado de su manga

El tahúr enamorado de su manga :
Sólo así evitar el miedo,
El tiempo perdido
En el sórdido trucaje de la baraja.


( Del libro por publicar "Las actas de la ebriedad")

El tamaño sí que importa / Rafael Reig








Desde que se puso de moda eso de que el tamaño no importa, es políticamente
incorrecto decir que uno prefiere las novelas a los cuentos. Suena más bien
chabacano. Te miran por encima del hombro: tú tienes un paladar muy
rudimentario, chavalote, como el que no sabe comer en un restaurante sin pedir
de inmediato langostinos bien gordos y luego la fatal, la irremediable tarta al
whisky. No estás a la altura de esos sitios selectos donde te ofrecen "su"
pastel de cabracho y "su" sorbete templado de muselina confitada con arándanos
silvestres, mira que eres zafio. Tu gusto literario debe de tener como cimiento
las lecturas realizadas en trayectos de metro, se nota, igual que quien tiene
por paradigma de refinamiento gastronómico aquel banquete de Primera Comunión de
unos parientes ricos.
Por si fuera poco, los cuentos tienen a su favor que
apenas se venden y gozan de la malevolencia de los editores: ¡miel sobre
hojuelas! He aquí, señores, un artefacto literario realmente distinguido, a años
luz de esas adocenadas novelas que gustan a cualquiera; un producto refractario
al mercado, el auténtico favorito de los verdaderos gourmets.
Vaya por
delante que a mí no me gusta escribir cuentos sin duda por falta de capacidad.
"Están verdes", digo, como la zorra ante las uvas inaccesibles.
Pero es que
tampoco me gusta demasiado leerlos y, como lector, me siento más libre para
opinar.
Veamos, exagerando para favorecer la contundencia, intentaré
responder a dos preguntas. Una: por qué no me gustan demasiado los cuentos. Dos:
por qué prefiero las novelas.
Detesto con todas mis fuerzas los cuentos cuya
gracia está toda en el final. Esa clase de cuentos que llevan incorporada una
tecla de "auto-reverse", que te obliga a rebobinar: ¡Oh, ah, pero si todo está
contado desde el punto de vista de un calcetín guardado en el cajón! ¡Cáspita,
si resulta que ya estaba muerta desde el principio! ¡Carambolas, pero si la
víctima del crimen es el propio narrador! Todo esto me parece francamente
pueril, habilidades manuales, prestidigitación, un truco que no deja de serlo
por muy bien hecho que esté.
No menor repelencia me inspiran esos cuentos
tan emocionantes en los que, a través de una escena de apariencia banal, se hace
visible la sustancia interior de una existencia o algo así de profundo, supongo.
Esos cuentos en los que el personaje sufre una especie de "epifanía" mientras
está hirviendo el agua para los macarrones y oye el chorro del pis de su mujer a
través de la puerta del baño que ella se ha dejado abierta. La realidad abisal
de su vida sale a la superficie y patatín patatán. Me aburre tanta intensidad
emocional sólo porque un tipo vaya a un perchero y se ponga confundida la
chaqueta de otro, la verdad, y suele recordarme los monólogos de algún bebedor a
altas horas de madrugada: ¡Parecerá una tontería, pero, ojo, compañeros, que
esto tiene mucha, pero que mucha miga, eh! En fin, esa clase de cosas que igual
te conmueven con diez whiskies, aunque al recordarlas a la mañana siguiente te
obligan a preguntarte: ¿de verdad estaba tan borracho?
Peor todavía son los
cuentos que se basan en un juego de palabras, un malentendido, un malabarismo
conceptual y otros recursos tan fáciles como vistosos. El tipo de cuento en el
que se relata una historia de amor contada a través de un atestado policial o un
caso policiaco a través de un intercambio de e-mails. ¡Qué ocurrencia tan
pistonuda, oiga, de verdad que sí!
Me provocan una gran incomodidad aquellos
cuentos que adoptan un aire muy misterioso, sugerente o de gran intensidad
dramática, todo ello por el sencillo expediente de escamotearnos algún elemento.
El autor nos cuenta la consecuencia de una causa que el muy cuco se guarda en el
último cajón de su escritorio. Hay una conversación telefónica, por ejemplo,
pero como en realidad no sabemos a qué narices se refiere ni qué rayos ha podido
pasar, todo suena rimbombante, lírico, ominoso, lo que le dé la gana al
trapacero escritor o al lector papanatas.
¿Y qué decir de las visitas a los
clásicos, vueltas de tuerca y otras lindezas? Esos cuentos que le dan la vuelta
a una historia de Kafka como si fuera un calcetín o en los que aparece el mito
clásico contado desde otro punto de vista o en otro tiempo, pongamos por caso,
el viaje de Ulises narrado por Penélope, sólo que Ulises es representante de
productos farmacéuticos. Muy hábil, sí; de hecho es la clase de ejercicio que
les solía poner a mis estudiantes de bachillerato. Al leerlo, uno siente el
codazo del autor en las costillas, con el inevitable: ¿Qué, lo has pescado, eh,
lo has pescado? Como con los chistosos, hay que reírse sólo para evitar que te
lo cuente otra vez con más entusiasmo.
¿Para qué seguir? Mi reacción ante la
mayoría de los cuentos suele ser del tipo: Qué ocurrente, hijo mío, anda, pídete
lo que quieras en la barra.
Vistos estos ejemplos, creo que el problema
viene de que los cuentos se proponen ser brillantes o ingeniosos. Brillo
literario o ingeniosidad conceptual.
Sin embargo, tengo para mí que la
brillantez y la ingeniosidad son precisamente las dos pinzas del canceroso
cangrejo que devora a los escritores. Como lector, admiro tanto lo que el autor
ha sabido renunciar a escribir como lo que ha escrito. Que no me cuente chistes,
hombre, le suplico, que no se haga el listo, que no quiera emocionarme. Es más:
¡que desaparezca!, ¡que se esfume!, ¡que ponga pies en polvorosa! El problema
con los cuentos, me parece, es que son casi siempre una expresión de la
personalidad de su autor. Los cuentos los protagoniza siempre su autor, que nos
impone su ingenio y su brillantez. Por eso, en mi opinión, nada más parecido a
un cuento de Chejov que cualquier otro cuento de Chejov. O Borges y otro cuento
de Borges. O Quiroga o Carver o Cortázar o Monterroso o el sursuncorda. La
primera obligación de un novelista, en cambio, es desaparecer. Como suelo
repetir: toda obra es póstuma. La hace posible la muerte del autor, su
transparencia; para que hable a través de él la escritura. Creo que la poética
del cuento es exactamente la contraria y, en ese sentido, lo considero un género
expresivo (que expresa a su autor), y por tanto, para mí, menos interesante.
Digámoslo así: me importa un rábano Dostoyevsky o lo bien que escriba o su
ingenio: lo que yo quiero es el punto de vista de los hermanos Karamazov.
El
cuento, me parece, funciona en general por alusiones. Alude a algo (que está
fuera del relato) y cuenta con la complicidad del lector, que debe encontrarle
la gracia por su cuenta. Parodia, apostilla, subraya, vuelve del revés, ilumina,
etc. una realidad que el lector comparte con el autor y que no forma parte del
cuento. La ambición de la novela es distinta, totalizadora: no quiere aludir a
la realidad, qué va, sino directamente suplantarla por completo, construir una
realidad autónoma que ocupe su lugar. La novela no tiene exterior, como decía
Althusser de la ideología. Por eso la tarea del novelista depende, como la
fisión nuclear, de la "masa crítica": sí es una cuestión de tamaño, ya que una
novela no es más que una acumulación de detalles insignificantes por sí mismos,
pero en tal cantidad y unidos entre sí de tal suerte que el conjunto adquiere un
significado nuevo y autónomo, que no alude a la realidad, sino que se propone
remplazarla con ambición totalizadora.





Rafael Reig. Cangas de Onís (Asturias) 1963. Ha realizado estudios de Filosofía y Letras en Madrid y Nueva York. Su trayectoria docente, comenzó como profesor de universidad, continuó en diversos colegios y academias y se consolidó más adelante en el prestigioso circuito de las clases particulares. Entre otros trabajos de investigación, ha editado y prologado la novela colectiva decimonónica Las Vírgenes locas (Lengua de trapo, 1999). Ha publicado las novelas Esa oscura gente (Lengua de trapo, 1990), Marilyn Monroe: autobiografía apócrifa (Lengua de trapo, 1992), y La fórmula Omega (Lengua de trapo,1998). También colabora asiduamente en publicaciones de papel y de Internet, donde editó a lo largo de 1999, la novela por entregas Razón de más. Su novela Sangre a Borbotones (Lengua de trapo) fue nominada por los editores como mejor novela del 2003. Manual de literatura para caníbales (Debate, 2006)es su última novela. Reig enseña Literatura en Madrid, en la escuela de creación literaria de Hotel Kafka y en la Universidad de Saint-Louis, y ha editado obras de Mariano José de Larra o Benito Pérez Galdós (El crimen de la calle de Fuencarral, Lengua de trapo, 2001).Actualmente pueden leerse sus colaboraciones en el suplemento El Cultural, del periódico español El Mundo.



Más lectura en este vínculo.
Entretenimiento asegurado.



Palabras de la tribu




Un poeta debe ser más útil
Que ningún otro ciudadano de su tribu.
( José Ángel Valente )

26.5.07

Jazz con caracolas y pequeños peces muertos


Echo de menos esa hora inglesa en la que los paseos marítimos son un vértigo de adolescentes y el olor a coppertone descansa en la luz como un pájaro en el alambre.
Días de malta, lúpulo y la pereza justa para no soportar el peso dulce de las toallas al hombro.
Días felices de rojo astillado. Libros al borde de la tumbona.
Frederick Forsyth, que es una deuda con mi fondo bibliográfico. Augusto Monterroso. Julio Cortázar. Edgar Allan Poe, cuyo gótico de fantasmas, acantilados reventones de leyendas y cuervos que hablan no matrimonian con la arena entre los dedos de los pies, pero yo me apaño bien con estas fracturas de la lógica. Hacer de la vida un secreto sencillo y puro y dejarse tal vez caer al sueño y no pedir hondura ni misterios. Sólo la belleza clausurando las palabras. El himno ampuloso de la tarde en Fuengirola, mientras turistas normandos y mozas de Teruel naufragan en un litro de cerveza tibia, y en las playas, a lo hondo, nubes tocadas de alegría principian coreografías de luz, volutas de chipirones, caligrafías de espetos, alegre comadres de Los Boliches haciendo rumores a pie de ola. Me abrasa la tos de esta alergía cabrona ya tan amiga de mis primaveras. Ahora toca revisar la ortografía de la rutina por si se nos has fugado una tilde de sal. Dejarme llevar por el rumor complaciente de los días y consentir que el verano acuertele sus vicios en mi hamaca. Nada más. Abastecerme de música, claro. Mi Ipod catedralicio, esa construcción de los dioses que tutela todos mis vicios acústicos. Rock sinfónico de Yes, la voz tormentosa de Patricia Barber, ska de los primeros Madness, el piano de Gonzalo Rubalcaba, el último disco de Paul McCartney ( Memory almost full ) que acabo de adquirir, el violín vertiginoso, dulce y frágil de Stephane Grappelli. Medeski, Martin & Wood, todavía no me he agenciado el último proyecto con el fantástico guitarrista John Scofield. Jazz con caracolas y pequeños peces muertos. Jazz de paseo marítimo con los cascos puestos y familias de Southampton fatigando el último sol de la tarde, buscando un burger en el que poner en jaque mate el ciclo de Krebs.

El último escalón : Una jaula de voces




Que El último escalón se base en un cuento de Richard Matheson es una garantía absoluta: El increíble hombre menguante o Soy leyenda son libros de cabecera para cualquier aficionado al fantástico del siglo XX. Comparable al sobrevalorado Ray Bradbury, aunque más contaminado por la industria de la cultura de masas. David Koepp, guionista de Parque Jurásico, Detrás de la noticia, La habitación del pánico o Spiderman, y director de El efecto Dominó o La ventana secreta adapta Stir of echoes, un cuento sobre fantasmas, aunque aquí no interesan los abruptos golpes de efectos manejados a base de holgado talonario. Koepp prefiere preguntarse qué límites existen entre lo sobrenatural y lo cotidiano, qué puertas conectas ambos mundo y qué personas poseen la suficiente sensibilidad como para ver esas puertas y percibir la injerencia de un mundo en otro. Me vienen a la cabeza Los otros o El sexto sentido, estupendas cintas que concitan reflexiones parecidas. A diferencia de éstas, El último escalón prefiere un tono más minimalista, exento de la parafernalia habitual del género.

Está el terror tan gastado, ha habido tanta demencia en la explotación de unos patrones sobradamente contrastados, máquinas absolutas de hacer dinero, que le escaman a uno ciertos arguementos. Le escuecen tantos espectros vagando por ahí. Niños mutilados que claman venganza. Mujeres a medio pudrir que fatigan pasillos de caserones góticos a las afueras de alguna ciudad industrial. Empieza uno y no para. La lista de films que obedecen a este reclamo llena una enciclopedia.

El último escalón ( abominable traducción de Stir of echoes, Revuelo de ecos ) acude a material bien conocido por el aficionado al género, pero respetuosamente, sin estrujar los tópicos hasta la misma parodia. La fotografía de Fred Murphy da un tono ocre, oxidado, muy coherente para articular la locura a la que Tom ( espléndido Kevin Bacon ) cree despeñarse tras dejarse hacer en una sesión de hipnosis, a la sazón causante de sus terroríficas visiones.

Hay susto: miedo bien filmado, sin caer en músicas acuchillantes que rasgan el velo silencioso del aire. El propio espectro de la adolescente que reclama, desde el limbo, justicia, aunque ahora la Iglesia ande redefiniendo toda esa morralla de vocablos con la que ha sometido la voluntad de su fascinada feligresía durante dos milenios, fue elegido en un riguroso casting ya que buscaban una chica que andara muy lentamente o supiera andar muy lentamente con armonía sin que nunca pareciese que estuviese quieta. Eso o grabarla a seis fotogramas por segundo pareciendo, en palabras del propio director, " que la actriz daba saltitos igual que una rana".

El suspense es gradual: el asesinato que subyace en las visiones de Tom va asentándose en la trama con morosa lentitud.

Una película más que interesante, muy por encima de la media de cintas con argumentos cosidos a éste.

Todo está escrito, todo está publicado: el espectador ha dejado ya de buscar novedades en el cine que ve. Prefiere que le vendan historias que ya conoce, pero que se las ingenien para que parezcan, qué locura, nuevas. Sólo por eso, esta revuelo de voces, este eco de muertos, es una película estupenda.

John Rambo ya se siente las piernas


Lo de Rocky Balboa suscitó lecturas de muy diverso calado. Algunas buscaban tres pies al gato y le daban a Stallone el dudoso privilegio de haber sabido sepultar a tiempo un personaje y no dejarlo al albur de las malas ediciones en videoclubs de barrio y la memoria de los aficionados, excesivamente acostumbrados a secuelas patateras. Pero era mentira: ahora ataca de nuevo el amigo Sylvester Stallone y ya hay por la red, busque el amable lector, trailers de la última entrega de Rambo. Sí, ha regresado. Con las piernas, aunque hubiera un momento en que no se las sintiera. Sonado, americano hasta el último gramo de músculo. En el trailer de marras se ve lo de siempre: explosiones, barcazas en el Mekong o río tailandés que se le parezca y el célebre pañuelo a la cabeza de este sonado héroe atufado de napalm y rescatado al orbe de la fama a mayor beneficio de la caja y de la resurrección del mito. La población civil está en peligro, pero ahí está John Rambo , definitivo título, amables lectores. Si es cosa de ir cerrando círculos y enterrando iconos populares del siglo XX, pues qué le vamos a hacer. Hasta escribe y dirige. No sé si considerar que estamos ante cine de autor. Habrá que verla, digo yo. En peores hemos estado

25.5.07

El hombre / Juan José Millás

25/05/2007 El País
JUAN JOSÉ MILLÁS
El hombre

El hombre en cuyos mítines se gritaba Pujol,
enano, habla castellano. El hombre que enseguida comenzó a hablar catalán en la
intimidad. El hombre que casó a su hija en El Escorial. El hombre que se
fotografiaba con puro, copa y pies encima de la mesa al lado del emperador del
universo. El hombre cuya mirada competía en penetración, agudeza e ingenio con
la de Bush. El hombre que al dar una rueda de prensa en tejano inspiró la mejor
campaña antidrogas de la historia (así te ves tú, así te ven los demás). El
hombre que al alba, con viento favorable, conquistó heroicamente la isla de
Perejil. El hombre que se apuntó a una ocupación ilegal. El hombre que mirando a
los españoles a los ojos aseguró: créanme, hay armas de destrucción masiva. El
hombre que profetizó que aquella invasión criminal pacificaría la zona. El
hombre que el 11-M, tras deducir lógicamente que el atentado era una respuesta a
su apoyo a la guerra de Irak, mintió y mintió a los españoles, intoxicó a los
directores de los periódicos y engañó a las cancillerías. El hombre que frente
al mayor atentado de la historia de España no convocó el pacto antiterrorista.
El hombre que montó una manifestación sin negociar el lema ni el lugar ni la
hora. El hombre que tras la derrota del 14-M corrió a la tele para decir que él
no había perdido las elecciones, porque el candidato era Rajoy. El hombre que se
apuntó a la teoría de la conspiración. El hombre que en sede parlamentaria habló
de desiertos y montañas (nevadas). El hombre del Movimiento de Liberación
Nacional Vasco. El hombre del sabremos ser generosos. El hombre del terrorismo
no se usa en la lucha partidista. El hombre del responsable de un atentado es el
autor del atentado. El hombre del responsable de un atentado es Zapatero. El
hombre que tras dejar el Gobierno se paseó por el mundo hablando mal de su país,
como un embajador inverso. El hombre que de joven no se atrevió a llevar melena.
El hombre que estuvo en contra de la Constitución y del divorcio y del aborto.
El hombre de fuertes principios religiosos. El hombre al que nadie dice a qué
velocidad se conduce ni cuántas copas se toman. El hombre que asegura que no
votar al PP equivale a votar a ETA. El bodeguero mayor de Castilla. El marido de
Ana Botella. El inspector de Hacienda. El hombre. Vuelve el hombre.

Taxi

El traje era de una tela costosa, comprado en una de esas boutiques enfermas de espejos, una en donde importa menos comprar que facultar el asombro para una sesión intensa de los últimos avances en arte figurativo. Él era alto sin caer en el abuso. Apuesto, interesante, pelo lacio y partido en dos por una raya perfecta que evidenciaba un rigor en el aseo, una especie de técnica bien ensayada. Impecablemente afeitado, una cicatriz levísima distraía un rostro atractivo, sacado de uno de esos anuncios con modelos jóvenes e intrigantes que exhiben golosamente ropa cara, pectorales machacados a conciencia y una completa ignorancia en materia de buen gusto. La mirada era franca, abierta, profunda, pero se podía advertir un poso menudo de tristeza, algo duro o irreparable que deshacía toda posibilidad de júbilo.
Estaba en una cola para coger un taxi. Un periódico deportivo, metódicamente doblado en cuatro partes, le ilustraba un brazo. No parecía nervioso por la espera. De pronto, empezó a llover. Primero una lluvia mansa, asustadiza, sustituida más tarde por una tromba de agua que descompuso la cola en la parada. Todo el mundo corría hacia los soportales más cercanos. Él no se inmutó. Abrió con parsimonia un paraguas menudo que tenía en un maletín de asa y continuó a lo suyo.
La lluvia incendió la tarde. El chaparrón bíblico no alteró un ápice su perfil estatuario, esa apariencia rotunda de hombre con un propósito: coger un taxi. Unos minutos después, el automóvil aparcó a su vera. El revuelo bajo el portal no fue el previsto. Nadie corrió hacia el taxi: daban por hecho que el hombre iba a cogerlo. Se equivocaron.
Ese taxi no era el suyo. Quizá en veinte minutos, en treinta, a lo sumo, llegase el que esperaba.
Ella vestía informalmente. Quiero decir con esto que la ropa, sin rozar lo chabacano, informaba de un descuido ya rutinario. La mujer consentía ese abandono. El pantalón amplísimo, abombado, impedía apreciar si sus piernas eran largas o formadas o si tenía la cintura estrecha o redonda. La camisa era a cuadros y un bolsillo pequeñísimo en un pecho delataba un incómodo paquete de cigarrillos y probablemente lo que parecía un mechero de dimensiones imprudentes. Todo muy varonil.
La rebeca negra y la caspa en los hombres delataban también una desidia en el encanto personal. Frisaba los treinta, como el hombre del paraguas, pero bien podía tener diez o quince años más. El pelo cortísimo, masculino, invitaba a pensar que en algunos momentos de pereza se preocupaba por su aspecto. Como si antes de haberlo tenido corto, hubiese sido rizado o largo o con una coleta y, al final, harta de esos compromisos femeninos que requieren tanto tiempo, hubiera optado por la sobriedad del pelo escaso, pelo que, a fuerza casi de no estar, frenaba casi en seco las miradas de los hombres.
Él la miró. Le habló algo.
La lluvia estruendosa almohadillaba las palabras que dijo. Ella le miró. Llevaba ya un rato observándolo. No había quizá otra cosa en los últimos treinta minutos. Era un tipo curioso. Tan trajeado. Tan en su sitio. Le fascinaba ese porte autoritario de hombre ajeno a las frivolidades del mundo, empeñado en una empresa: coger un taxi. Le intrigaba su masculinidad elegante, su ternura disimulada . Cuando comprendió, varada en el pudor, que le hablaba a ella, se ruborizó. Antes había conocido hombres. Alguno llegó a visitarla con cierta frecuencia y no era pieza extraña que durmieran con ella.
Las noches de una mujer joven que busca un hombre que la ame de verdad son terribles. O las de un hombre, pensó. El día se ocupa en mil asuntos, pero las noches están huecas y su eco retumba en la cabeza como un martillo pilón sobre un juego de porcelana. Las noches son difíciles, carecen de compasión, hurgan allá donde la piel abre un boquete.
Ahí es donde debe estar el alma, piensa ella. Todo esto lo piensa muy deprisa sin dejar de mirar el afeitado perfecto y la leve cicatriz que le adorna tan coquetamente la cara. Está, ya por fin, decidida a decirle algo.
En ese momento un segundo taxi estaciona cerca.
Él parece decidido a subirse. La vuelve a mirar. Todo está como ralentizado. Reducido a imágenes fragmentadas, pero que en su cabeza se ametrallan como una ráfaga de luz por un agujero. ¿ Subes al taxi ¿, le dice el hombre. Es una invitación. Ella acepta. No suelo hacer esto, agregó él. Yo tampoco, ella.
El taxista enfila la avenida y sin dejar de mirar de soslayo a la pareja pregunta descuidadamente el lugar al que dirigirse. Donde diga la señorita, primero, a casan después, dijo él.
Luego se estrecharon las manos. Se besaron con un cariño infinito, como de reproche curado. Prometo no enfadarme nunca más contigo, sentenció el hombre del paraguas. Prometo no enfadarme nunca más contigo, responde el hombre del taxi.
Y volvieron a darse un beso que dejó a la mujer hundida en el asombro.

Moscow Zero : Cero




Debe de haber un programa tipo Cripta 2.5 que genere argumentos tipo Moscú Zero. No me cabe duda después de haber naufragado mi ocio en esta insoportable demostración de que el cine también puede una fábrica de timos.
El lamentable y risible guignol de catacumbas, sombras que se desplazan, versículos de la Biblia y fantasmas prepúberes no consigue rescatarnos de la impresión de estar asistiendo a algo penoso, absolutamente patético. Una de esas raras veces en las que uno desea tener el valor como para darle al stop del reproductor ( en este caso el amado Windows media 10 ). Como no lo he tenido, he aguantado como un valiente este desatino de túneles infinitos y seres marginales que viven, es un decir, ajenos a la rutina diaria de los mortales, esto es, hacer la compra, tender la ropa, ir con los niños al colegio, pasear por los parques, tomar café con los amigos o emocionarse con una melodía de Joni Mitchell, pongo por caso. Quizá lo que suceda es que estamos hartos de esta ya agotada moda de recurrir al abastecido almacén de la religión, del infierno y de la salvación por la oración. Ni siquiera Val Kilmer, que debería estar echando tripa en su mansión californiana en lugar de pasar fría en estos apaños europeos, consigue aupar el conjunto a un nivel digno. O Vincent Gallo, otro actor de campanillas que se estrella en una trama simplona, reducida a un soporífero salvamento subterráneo entre niños de principios de siglo y bochornosas teorías sobre el infierno y el azufre de los malvados.
Ya la voz en off del ortodoxo arranque, una vista de la monumentalidad de las iglesias rusas, un aviso de que todo va a girar alrededor de sus misterios y de su embrujo, pone en jaque al espectador escéptico: quien habla, relata cómo el inframundo se ha abierto a causa de los pecados del ser humano. Que Dios y el Diablo se tocan: que bla bla bla a lo Dan Brown, que debería pedir derechos de autor por el extramadamente rico filón que han abierto sus sombras y arcángeles, su buceo interesado en los mitos de la Cristiandad. Antropólogos, sacerdotes, mercenarios conforman la fauna absurda de este cuento tonto que únicamente contentará al público insulso que no se para, ni falta que le hace, en el fondo, a pensar qué bazofia le está inoculando via óptica.
No sé si esta Luna va a continuar en el negocio del cine por muchos años o si nos hará cambiar de opinión cuando acometa un proyecto de mayor fortuna. Tal vez. Mientras, cero. Esto no es cine: sólo imágenes en movimiento.

Calvario: Enfermos perros de barro




Bordeando tópicos, indisimuladamente fagocitando patrones explotados hasta el tedio, se han hecho películas estupendas. Algunas, incluso aceptando ese dudoso origen, conviniendo en que son producto de un tiempo escasamente creativo y que de continuo va a fuentes rigurosamente clásicas de donde extraer su aliento artístico, logran más que aceptables niveles de calidad y el espectador, ajeno quizá a estas reflexiones de cinéfilo ocioso, disfruta con nuevas lecturas de antiguos libros. Tenemos el ejemplo reciente y fabuloso de Las colinas tienen ojos en la versión de Aja, que supera con creces el modelo ajado y ya superado del polifacético Craven. Directores de culto como Tobe Hopper vuelven por sus pasos, retoman sus obras y las reescriben en el tono musculuso y moderno que marcan estos tiempos de altas tecnologías. También habrá quien vea ecos de Misery, la estupenda novela de Stephen King y la notable versión filmada por Rob Reiner en 1.990. Calvario es un film menor, un nueva puesta de largo del cine de Boorman ( inevitable el recuerdo de la fantástica Deliverance ) o el mejor Peckinpah y sus Perros de paja. De cualquier forma, Fabrice du Welz domina el lenguaje cinematográfico y lo hace de un modo tan original y autosuficiente que obviamos que todo el film esté literalmente calcado de cuatro o cinco obras maestras del cine de terror. Ya hemos citado dos. Podríamos añadir La presa y tal vez hasta Psicosis, apurando mucho la mirada cinéfila. A diferencia de éstas, Calvario no hurga en el efectismo visual. No hay, salvo dos contadas excepciones, imágenes realmente impactantes, de ésas que crean una tensión de la que ya luego no es posible desprenderse. Du Welz adopta unas maneras lánguidas, introspectivas. Hay escasos diálogos y la trama va adquiriendo el tono gótico, terrorífico y de estimable suspense ya muy al final del metraje.
En su tramo inicial no tenemos constancia precisa del género al que se adscribe el film. He leído que había influencias de Haneke. Pues muy bien. Si uno quiere ver influencias de alguien, basta querer verlas. No lo dudo. El universo de criaturas taradas que pueblan la geografía de Calvario no tiene nada que envidiar al inventario atroz de seres amorales y mentalmente tullidos que conforman la visión que Haneke tiene del mundo.
Estamos en la Francia profunda: no es Ohio ni Minnessota. Para el caso es lo mismo. El miedo y la angustia son universales. Un cantante cutre ( Marc Stevens ) sale de un hogar del pensionista tras haber entretenido al personal femenino con su canción francesa y sus guiños de gigoló para abuelitas yeyés. La furgoneta le deja tirado en mitad de la nada. Árboles, niebla, lluvia, un hombre que busca tozudamente su perrita perdida, un albergue en el bosque regentado por un cómico retirado. A partir de aquí se abren las puertas del infierno, que en este caso llevan olor a vaca y a barro. Ni Dante podría haberlo escrito mejor.
Este infierno enfermizo, convencionalmente rural y folclórico, está magistralmente filmado.Pudoroso en el manejo del miedo, Du Welz abandona el recurso de la música ad hoc, de las cabriolas de cámara siguiendo a la víctima por esos caminos de Dios. Prefiere un discurso más reposado: se basta con ir dejando caer pinceladas de terror. Me parece sobresaliente la entrada en el bar de Bartel, el dueño del albergue y el baile de zombies al ritmo sincopado de un piano digno del más ebrio Tom Waits. O la escena en donde cuatro mozos del lugar se benefician a una ternera en rigurosos turnos. O la toma cenital de la habitación en donde los intrusos ( no desvelemos nada relevante ) intentan montarse la fiesta a su manera.
Calvario no entusiasma como debiera porque tal vez su tono es excesivamente gris. Se limita a dibujar una atmósfera, a poner sobre la mesa el vacío existencial de unos seres absolutamente grillados, ajenos al mundo. No hay ni una sola escena en la que un personaje, salvo el protagonista, el lastimado Marc, exhiba cordura. Ni siquiera en el horroroso, por kitsch, rincón en donde canta en las escenas iniciales.
Quizá lo mejor de esta película es su grandioso dibujo de la soledad. O cómo una experiencia como la que se relata puede modificar completamente la personalidad de quien la padece. Así lo confirme el abrupto final, esa escena formidable en la que un par de palabras resuelven hora y media de atrocidades.
Incomprensible que no fuese estrenado en salas en su año de exhibición, el 2.003. Que haya tenido que ser la edición en dvd la que permita conocerla.


24.5.07

Oldboy: La redención de la bestia




He visto Oldboy nada más levantarme. Hacía tiempo que no empezaba un día así. La he terminado hace diez minutos y tengo la impresión de que no es el mejor momento para escribir algo, pero no sé manejarme a voluntad en estos asuntos y he acabado aquí, frente a mi ordenador, conjurado a manifestar mi absoluta fascinación por una de las mejores películas que he visto en toda mi vida. No estoy sugestionado por nada que haya leído ni tampoco me mueve las circunstancias tan especiales que han contribuído a que pueda verla ( estoy en casa, de baja, estoy solo, no hay ningún ruido, el mundo parece que ha dejado de existir durante dos horas ). Puede ser que algo que no acabo de razonar me haya movido a sobrevalorar este rato de CINE perfecto que acabo de tener. Oldboy es una de las razones por las que el cine hace que nuestras vidas sean más felices, incluso mejores Viéndola, me he desprendido de toda contaminación cinéfila que haya podido traer tras haber visto las suficientes películas. Por momentos, pareciera que fuese la primera . El cine asiático está tomando las riendas que el cine occidental ( europeo o americano ) hace tiempo que fueron abandonando, entregándose a cierta ley que supedita la calidad con la caja. A mayor calidad, menores ingresos. Entiendo que Oldboy no es plato consumible con facilidad. Contiene escenas que pueden herir la cacareaa sensibilidad del espectador. Lo cual no deja de ser una solemne gilipollez: te puede herir la sensibilidad las andanzas de Pajares y Esteso por los bingos de Franco y no por eso van a ponerle ninguna etiqueta a sus fantasmadas. Oldboy me ha recordado a Almodóvar y a Tarantino. Por unas u otras causas. También me ha hecho pensar en la manida tragedia griega que nos acompaña por toda la bizarra historia de la literatura porque en Grecia se diseñaron los argumentos y luego lo único que hemos hecho ha sido adaptarlos a los tiempos y modificarlos para que parezcan inéditos. La historia que nos cuenta es la de Oh Dae Su: un tipo al que encierran quince años para soltarlo con algunos leves pistas que van a conducirle a la razón de su cautiverio. No precisa el lector que no haya visto el film más datos. El embrutecido héroe de la historia, como un Conde de Montecristo moderno, somete su venganza a la revelación de la verdad de su confinamiento. Esa trama, muy hábilmente hilada, adquiere, al final, en la escena del ático, tintes líricos, shakesperianos.... Aunque únicamente fuese por llegar a ese final y entenderlo, vale la pena asistir a todo lo que se nos cuenta antes. Y Park Chan-Wook cuenta mucho y lo hace con un oficio apabullante: travellings laterales, el gran angular para remarcar los estados de ánimo del perturbado protagonista.... Y ahora voy a desayunar, aunque no pulpo vivo. Algunos ya saben.

23.5.07

Que la vida iba en serio...

Que la vida iba en serio se descubre siempre tarde. Jaime Gil de Biedman acude a la conversación. Recordamos entonces su cara de vividor de balneario, su vida pródiga en milagros. Ya se sabe de qué hablo: los versos, el temblor diario ante el asombro de la belleza. Todo eso tan escaso y, sin embargo, tan imprescindible.

Elogio/ Elegía de la caja tonta

(Carlos Sampayo y José Muñoz)


"Sabía que me estaba descolgando de la drogas cuando no tenía ganas de ver la
televisión"

Billie Holiday


Sobre el origen de la idiotez y el deber del escritor, por Daniel Salas

Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor.

Daniel Salas

Keane: Peripecias de un alucinado





Angustia: ésa es la palabra. Podemos, en todo caso, encontrar sustantivos que digan lo mismo, pero de otra forma. Desesperación. Impotencia. Keane es también esquizofrenia. Podemos, en todo caso, encontrar sustantivos que digan lo mismo, pero de otra forma. Paranoia. Locura. La vida puede ser maravillosa, como vocingla el repetitivo y cansino comentarista del fútbol en La Sexta, pero la vida puede ser un caos, un sufrimiento imposible de soportar. Esto es lo que Lodge H. Kerrigan ha hecho: filmar el sufrimiento, darle contenido visual a una idea que ha preocupado a cualquier creador en la ancha y longeva historia de las emociones y de los sentimientos humanos.
Se prescinde de todo lo accesorio para imprimir al relato la fluidez necesaria y que el espectador no se distraiga en razonamientos sobre cómo sucedió o en disquisiciones sobre la pertinencia de acudir a este o a otro método que ilumine las pesquisa: ¿ qué es lo que sucede ? Que Keane, el atribulado protagonista, ha perdido a su hija en la estación de metro. Todo lo demás es el titánico esfuerzo por encontrarla, pero el pesimismo lastra cualquier opción de éxito. Parece, durante gran parte del metraje, que la tarea es imposible. Que la niña no va a ser encontrada. Además Keane es un enfermo mental, un ser al que no siempre podemos pedir que actúe con ejemplaridad; un ser del que ni siquiera estamos seguros de que tenga claro lo que realmente está sucediendo. En este sentido, Kerrigan eleva la condición de lo subjetivo a obra de arte porque hay momentos en el film en los que nos sentimos Keane y perdemos el norte de la realidad al querer ( aunque sea mental, ficticiamente ) convencernos de que no es cierto.
La desolación, el desencanto, la tristeza de Keane le hacen fatigar la ciudad, contaminarse de su oferta sucia de drogas, sexo y confusión. Es el precio a pagar por el error que ha cometido. Porque nada de lo que Keane encuentra es divertido ni tiene asomo de que pueda conducirle al difícilmente imaginable final feliz que, en el fondo, todos deseamos.
No todo es locura y vértigo. El infierno de la búsqueda consiente recesos mansos: lugares para el abandono, remansos en donde Keane se encuentra a sí mismo como nunca jamás creyó poder encontrarse. Luego la realidad raspa estruendosamente esta superficie blanda de sentimientos puros. El ruido lo devuelve al territorio infame de la culpa.
La gloria es para Damian Lewis, un actor en estado de gracia, que hace verosímil su arriesgado papel, en el que no hay ningún momento de respiro y en donde la cámara hurga en su intimidad emocional como un fino bisturí que diseccionase con premiosa pulcritud las estrías de la mente, su alambicado mapa de sentimientos.
A mencionar también la meritoria actuación de Abigail Breslin, la niña de Pequeña Miss Sunshine, que da un contrapunto de verosimilitud a una historia que, de tan sencilla, produce la sensación de ser falsa. Nada de eso: en Keane hay una formidable prospección del alma perturbada, pero también hay trazas ( y de muy elevada calidad ) de cine del más genuino suspense, que no obvia el habitual aparato de enigmas susceptibles de modificar el decurso de la historia y hacerlo discurrir por varios lugares.

Insisto en recomendar esta película en este tsunami de cine de secuelas que deja al espectador completamente varado en el tedio. Una pequeña obra maestra.

Batman forever


Queda lejos Gotham City: se lo dije ayer a Emilio chico, que me pide las letras y la música, la épica de la emboscada en la trasera oscura de un chino apestoso en donde unos maleantes casi arrugan el traje fabuloso de nuestro héroe.

4 roses: letra de un blues

Night club de comarcal: se oye fango, turbia precisión de hombres oscuros que fatigan el desencanto frente a bourbon aguado.
Hay días que caben en el fondo de un vaso.

Coda:
( O será la resaca de los años, tan propensos a mermarme )

Loca

Habiendo alumbrado ya prodigios suficientes, conocido por su talante serio y su estimable firmeza en las buenas formas, se reivindicó frívolo, entró en un drugstore y llenó un carro de dimensiones imprudentes con rimmel, con lencerías, con moda parisina cara. Luego llegó a casa. Voló, ufano, feliz, exultante, al dormitorio. Se miró en el novicio espejo e improvisó un mohín, uno almibarado y juguetón en el que nunca le reconocería absolutamente nadie. Un gesto como de niña traviesa y enamorada. Más tarde se sonrió satisfecho y entregó la tarde a refinar posturas antes de que viniera su esposa y le pillara en un desliz con el colorete.

El día Kane




El fondo de catálogo fotográfico de la Red es inconmensurable. La complicidad de los amigos, también. Rafael Carlos Roldán Sánchez ha tenido a bien enviarme por correo estas imágenes. Será en ese uno de mayo de 1.941 en el New York Palace Theatre en la Premiere de Ciudadano Kane . Un lector me lanzó la búsqueda de una fecha y de un lugar y otro, Clint, en su comentario, me arrebataba amablemente esa ardua empresa. Ahora el círculo se cierra. O tal vez lo que haya hecho sea abrirse y mi correo electrónico se ponga reventón de fotos del amigo Welles en su día grande.
Miradle salir del ya familiar Yellow Cab. Se le ve confiado en su proeza, advierte que no ha filmado una película sino que ha contribuido a la Historia del Arte del siglo XX, que es el siglo del Cine y del Jazz, nobles materias artísticas que tuvieron su nacimiento casi de forma pareja y que han ido creciendo también casi de la mano.




Aquí está el New York Palace Theatre sin el oropel de los famosos, sin los flashes de las premieres. No hay anuncios en neón que nos recuerden qué buenos son las cuchillas de afeitar Gillette. Un solitario transeunte parece leer los carteles en la puerta. Cine en estado puro. Nunca más puro que entonces.

22.5.07

Flores rotas: El sentido de la vida





Flores rotas es un road-movie existencial, un catálogo intimista de aventuras emocionales de un anti-héroe lánguido, profundo, consciente de su marginalidad ( como el propio Jim Jarmursch ) y embarcado en la muy noble y digna tarea de buscar un hijo al que no conoce y del que tiene noticias por una carta rosa que le hace recordar las mujeres que amó y a las que regresará para encontrarlo. Este leve mcguffin lo alienta un vecino estrambótico aficionado a las pesquisas detectivescas, que acaba convenciéndolo para que salga del ostracismo de su idílica vida encapullada y perfecta, salvo porque la última novia lo ha dejado, que únicamente se ve alterada por la misiva espoleta de la trama.
Los muy escasos registros actorales de Murray, para quien el director escribió el guión, favorecen la morosidad del viaje: su introspectiva decadencia, su habilidad para exasperar nuestros deseos de que la acción se acelere, pero a Jarmusch no le interesan los patrones clásicos y se siente más a gusto ( Night on earth, qué película más espléndida ) en pequeños episodios que se van ensamblando de modo que, al final, completan una unidad que resulta ser la película que estamos viendo. Murray hace una extensión mimética de su trabajo en Lost in translation . Su soledad se refleja en lo kitsch de su casa, en su retiro, en una peculiar forma de entender su relación con el mundo. Don Johnston, el amante ya alejado de los romances, viviendo la plácida jubilación donjuanesca, hace el viaje de regreso a su pasado con la perspectiva de que nada de lo que encuentre debe modificar en exceso su hábitat natural, su hi-fi sofisticado, su casa grande para usufructo solitario. Salvo el vecino con ínfulas de Sam Spade, todos los personajes de estas flores rotas son individuos vencidos por la rutina, adocenados, sentimentalmente inmaduros, como el propio Johnston, cuya novia ( Julie Delphy ) le ha dejado precisamente por eso. Las otras novias, las antiguas, son evidencias de que el mundo gira y de que ningún tiempo pasado fue especialmente mejor porque el galán ya otoñal que ha regresado jamás halla rastros de lo que fue un amor de juventud sino tristes, cuando no patéticas, mujeres al borde mismo del desencanto vital. Da igual que sea la viuda sexy con su Lolita Haze al regazo ( estupenda y poco explotada Sharon Stone ), la ex-hippy ahora felizmente insertada en la cadena laboral, la malhumorada repelente o, por último, la lesbiana preocupada por los derechos de los animales ( mi siempre amada Jessica Lange ) . Ah, olvidaba la novia difunda...
Flores rotas es cine independiente, aunque todavía no tengo claro qué viene esto a decir. Lo de la independencia lo digo porque se aleja visceralmente de otro cine más trabajado en su representación comercial, en su necesidad de agradar por encima de otras consideraciones artísticas. Es también cine literario, y eso sí que tengo muy claro lo que es: cine forjado desde la palabra, escrito con el mimo de un orfebre que reinventara la novelística decimonónica después de que un pavoroso incendio la hubiese borrado de todas las librerías, fondos privados y bibliotecas del ancho y siempre ajeno mundo. El orfebre es Jarmusch: su material no es enteramente lingüístico. Como buen cineasta, sabe sugerir con un travelling ( el del inicio ) lo que se avecina así como usar miradas, registros minimalistas de sus actores y actrices para conseguir lo que, en ocasiones, la palabra no alcanza. Esa es la magia del cine. Ése es un encanto. Por ese milagro la vida es siempre hermosa, aunque todos tengamos de vez en cuando que navegar aguas turbias y los días se dejen herrumbrar por el aire viciado de la rutina y del tedio. No hablo en primera persona. Necesariamente.

La rosa de los vientos, la radio encendida

Cebrián, Canales, Callejo y Cardeñosa: las 4C, la Zona Cero, La Rosa de Los Vientos, el programa de radio más adictivo de la Radio Española.
Vicios nocturnos, al fin y al cabo. A base de podcasts no me pierdo ninguno: horarios intempestivos, que se dice. Déjense fascinar. El dial cela fantasmas, cátaros, tesoros escondidos, bastardías del Mesías, códigos bíblicos, Atlántidas, Historia contada para escépticos, como decía Juan Eslava Galán, locuras de reyes y héroes cibernéticos, psicofonías, tramas ocultas, cerebros en la sombra, dioses y monstruos, ciencia-ficción... Esta es la radio que a mí me gusta.

La maldición de la flor dorada : Oro puro








Zhang Yimou ya no es el poeta de lo íntimo, el director chino que firmó / filmó La linterna roja, allá en los primeros noventa: ahora es el deslumbrante artífice de una pirotecnica visual rara, deslumbrante y hermosa. Yimou es un maestro cuyo talento consiste en procurarnos belleza, entregarnos un ejercicio de amaneramiento plástico bajo el que, fascinante, fluye una forma de entender el cine a la que no estábamos acostumbrados. La quebradiza, endeble y melodramática hisatoria de esta dinastia china enfangada en traiciones, engaños y pasiones al más puro estilo culebrón Televisa precisa un envoltorio tan apabullante, embutido en un traje tan rico y costoso, tan hipnótico, que llega un momento en el que la historia no la cuentan los personajes ni son sus diálogos los que explicitan las evoluciones de la trama sino los trajes, los movimientos apoteósicos de masas en batallas, coreografiadas con un sentido del detallismo cuasipornográfico que ya hubiese querido para sí Zack Snyder en su estupenda 300. La ampulosa puesta en escena no abotarga la atención del espectador: la adrenaliza, la somete a una sobrecarga icónica de la que sale indemne, aunque paralizado, fascinado. ¿ Que la historia es plúmbea, plomiza y plañidera ? Encantado de dar la razón a quien así pretenda rebajar la magnificencia pictórica, cinematográfica y estética - que son tres asuntos distintos aunque vectorizados hacia un misma esencia, el placer, el conocimiento, el Arte - de esta película ? Hasta el reducido conjunto de escenas de artes marciales me ha parecido competente, no siendo yo - en absoluto - fervoroso fan de tales excesos. Hay personajes a medio montar, historias que vienen de antiguo y que se imponen a la historia que ocupa la película y que no están convincentemente contadas, hay actores que no están a la altura ( los hijos, en general ), hay aspectos que no pasan desapercibidos por muy enaltecidos que nos tenga la experiencia a nivel cromático, en sus texturas, en su admirable y más que fluido montaje: todo se excusa, todo lo que excuso. La maldición de la flor dorada es una película relevante, un espectáculo visual de primerísimo orden que me hizo recordar, por momentos, la tonalidad entre lo circense y lo trascendente del Circo de Sol, que pude ver y disfrutar este verano en Málaga. Y que no parezca por el entusiasmo dedicado al plan icónico que la cosa narrativa ha sido descuidada: el guión, con unos mimbres muy frágiles, con una historia sencilla digna de principiar una siesta con la tele zumbando un culebrón arquetípico, está llevada con mimo, trayendo la esencia que conviene a cada plano ( cuando por costumbre debieramos pensar que es el plano el que acude a fijarse en cada pestaña del script del film ).