18.11.07

El buscavidas: La vida es un juego



Tal vez haber sido boxeador hizo que Robert Rossen fuese un director de cine con madera de pugilista fracasado o movía la cámara como si alojase un derechazo en el aire o tratase de noquear al rival con un buen directo a la tripa. También fue comunista. Así que tenemos un ex-boxeador y un comunista que desentonaba en el Hollywood del glamour, de Cole Porter y de los trajes de fiesta en salones alfombrados de swing y de champán. Luego fue llamado por la HUAC, el Comité de Actividades Antiamericanas. Un director conjurado a retratar mundos subterráneos, júbilos marginales y vidas embocadas al desastre tenía que ser un tipo peligroso. Además En cuerpo y alma y El político no eran especialmente dulces: las dos vienen a contar que el mundo es, por naturaleza, trágico y que conforme uno escalafona en la toma de responsabilidades en él más va abandonando la ética y más se escora a la corrupción y al desasimiento de los nobles ideales que marcaron su idilio con el futuro y con todo lo bueno y bonito que tiene la vida. Rossen bajaba al ring o a los despachos comidos de nicotina y de mobiliario deprimente de los partidos políticos para escriturar su decepción. Los palos que nos llevamos en la vida no se escriben: se escrituran. Se llama a un notario que dé fe de nuestra desolación y se guarda el testimonio en una caja de caudales para que alguien, treinta años después, compruebe lo encabronados que estuvimos o lo poco felices que fueron nuestros días en la tierra. Rossen filmaba con mala leche para que las generaciones venideras asistieran, impávidas, entre la tristeza y la admiración, a su guignol gris, a su estampa costumbrista de la América profunda ésa de la que hablan todos los directores americanos en algún momento de su filmografía. La de Rossen es una América de boxeadores y jugadores de billar, de políticos con grandes bolsillos y ética desmontable.
El compromiso político le hizo dejar los Estados Unidos, una vez que se negara a dar los nombres de los compañeros de juergas ideológicas. No habló de John Garfield, con el que le unía el calzón corto y los guantes y también la arena de las palabras, ese farragoso terreno en el que los que detentan el poder no quieren entrar por temor de perderlo. El político pierde la inocencia en su recorrido laboral: Starks, un estupendo Broderick Crawford, termina corrompido, desencantado, hospedado en el mismo cuartel de vicios y de pecados que él mismo criticaba a pie de un carromato, carente de la oratoria con la que engañará en el futuro pero investido de sinceridad y de poder de convocatoria. McCarthy le hizo las maletas. Grabó en Italia, España, México y hasta las islas Barbados. El regreso a su país (1.961) fue apoteósico. Volvió a hurgar en las mismas heridas. El buscavidas es una obra maestra absoluta. Una de las mejores películas de la Historia del Cine. Sin paliativos. ¿Qué hay dentro de esta película? Honor quizá. Vida a secas. El campo de batalla de antaño metamorfoseado en un simulacro moderno.

Los bajos fondos huelen a cerveza caliente, a humo rancio de tabaco negro y a sudor. Añada el curioso lector un mesa de billar y una potente luz que la ilumine, un nutrido grupo de hombres vocacionalmente ociosos y tal vez una música de jazz de atrezzo y ya tenemos el marco perfecto para una película de cine negro. Si ponemos un vaso de cristal fino de boca ancha bien relleno de Jack Daniel's o de algún buen whisky de malta pues entonces la escena es sencillamente perfecta. La dama que hace tiempo que dejó de serlo, escote generoso, falda estrecha, uñas pintadas y muy largas, merodea la partida y espera que su galán le dedique una mirada, una bocanada de humo o un guiño cómplice. La vida, en ocasiones, precisa miradas, bocanadas de humo, guiños cómplices si uno ha perdido en el camino la estima y la esperanza de que algo bueno pueda sucederle. La mesa de billar, como la arena del circo, como el ring, como las barras de los bares, es la quintaesencia de esos bajos fondos.
Hay que ver a Jackie Gleason, el gordo de Minnessota, moverse alrededor de la mesa con su cuerpo asombroso, mover el palo y parecer, en todo momento, que va a derrumbarse o que el corazón va a reventarle es asistir a una clase magistral de cómo mover una cámara y cómo hacer cine. Punto. Minnessota Fats no es sólo el nombre de un personaje: es también la marca de un famoso y reputado palo de billar. También hay en Madrid, me contó un amigo, un club de billar con el nombre rimbombante y mitológico de Eddie Felson.
El buscavidas no es únicamente el personaje mítico de Eddie Felson, El rápido, El Relámpago, un perdedor, un antihéroe antológico. Es la historia de la búsqueda de la pureza, de la perfección. Da igual que Rossen ponga el énfasis en el ring o en la mesa de billar: el instinto es el mismo, la voz es la misma. Se trata de hombres amorales o de una moralidad de contención, pintada del color del dinero o de la épica de la supervivencia. Pícaros, tahúres, enfermos de amor, desencantados, villanos domésticos, pardillos y buscavidas sin alma: la abigarrada fauna que Rossen emplea en ese teatro gris que es la mesa del billar, territorio mítico y metáfora soberbia de la vida.
Personajes secundarios absolutamente imprescindibles: el "toro salvaje" Jack LaMotta, que hace de barman; George C. Scott, como esa especie de proxeneta del taco; Piper Laurie como la autodestructiva dama enamorada del perdedor Felson...Jackie Gleason nunca estuvo mejor. Piper Laurie lo borda. Paul Newman (qué riesgo escribir esto) hace el mejor papel de su vida.



8 comentarios:

Xander dijo...

Hola Emilio,
Gran analisis de la que es probablemente mi película favorita (por razones obvias). Efectivamente, el club Eddie Felson existe en Madrid, en la C/San Sotero, 5. Y tambien existen los tacos Minnesota Fats... Lo que creo que te sorprenderá mas, es que a pesar de que el escritor Walter Tevis lo negó siempre, el propio Minnesota Fats existió, y se ganó la vida tras la película dando exhibiciones con el mejor jugador de la historia Willie Mosconi (asesor técnico de la película). Así como el mismisimo "Fast Eddie" que curiosamente no se llamaba Eddie.... y que fue un reconocido competidor y buscavidas del mundillo del billar.
En resumen, que encontre tu artículo por la blogosfera y me encanto.
Un saludo

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Xander, encantado de que cayeras por este rinconcito. El mundo (inevitablemente) es pequeño. Todo acaba tocándose. Extremos que no lo son. Tiene ud. aquí su casa. Un saludo.

Alex dijo...

Es una obra maestra. Es una de las mejores películas jamás rodadas. Y es el mejor papel de Newman. Son las verdades del barquero, Emilio.

Eddie Felson es uno de esos personajes que se te incrustan dentro. Como lo es el de Piper Laurie. Tal vez lo único que eché en falta en tu estupenda reseña fue una mayor atención al personaje de Laurie.

El perdedor tiene que perder siempre. Es su destino y nada ni nadie lo podrá cambiar. Es por eso que la historia entre la chica coja y el buscavidas tiene ese aire mágico de todo lo terminal. Cada día es el último y ellos lo saben, de ahí la tristeza que acompaña inclusos sus pocos buenos momentos.

Qué gran película. Y qué buena reseña, Emilio. Es una de esas películas que yo no podría analizar a costa de volcarme demasiado sobre ella. Defecto a corregir.

Cuídeseme.

Anónimo dijo...

Buenas.

Nos encantan tus artículos y nos preguntamos si te apetecería colaborar en nuestro magazine. Puedes respondernos al mail adjunto.

¡Un saludo!

pelectricos@terra.es

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Mayor atención a Piper Laurie no, Alex; no le presté casi ninguna. Igual tiene remedio porque es una actriz que me gustó siempre y merece capítulo aparte, mención a El buscavidas incluida.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Mayor atención a Piper Laurie no, Alex; no le presté casi ninguna. Igual tiene remedio porque es una actriz que me gustó siempre y merece capítulo aparte, mención a El buscavidas incluida.

Diego dijo...

Dan ganas de verla, siendo como soy tan aficionado al billar y a esos ambientes cutres de sotano de local alquilado que hablas, y tan estupendamente. No sé si será fácil encontrarla, siempre se puede tirrar de burrita, no ?

Juan Herrezuelo dijo...

Tan inmenso está Newman que siempre he pensado que El color del dinero fue un arreglo para que se llevara el oscar por hacer de Eddie Felson. El Gordo de Minnesota -"estás guapisimo, Gordo"-es un personaje lacónico y con un cierto misterio, en el que te quedas pensando largo tiempo. Scott, Laurie... es que es una película mas allá de toda valoración. Es en sí misma casi el octavo arte.