29.10.07

Charlie Parker, la festividad del vuelo


No sabemos cuál es el legado de Charlie Parker: si la música o si la efímera excelencia de un artista absoluto. No sabemos si los discos o el mito forjado por los aficionados. Que según quién escriba la biografía resulta una hagiografía al hilo de la leyenda o un sórdido viaje al fondo oscuro del alma de un hombre contradictorio, embocado a su saxofón, invariablemente tocado por el ala infame de la desgracia, sitiado por el numen y ahogado por la revelación de su don, que lo sacó del anónimato que suponía ser negro en Kansas City en los años cuarenta. Se fue a los treinta y cuatro años, la edad perfecta para construir un mito. No tuvo la suerte de ser un personaje normal como su amigo Dizzy Gillespie, que agotó la vida en Cuba, en Suecia, en los círculos del jazz exquisito, pero desaureolado, desprovisto de los ingredientes que se requieren para escribir la biografía del artista maldito. Tal vez hubiese querido Parker desaparecer en el mainstream, tocar en Estocolmo delante de una colonia indecente de pijos con ínfulas de eruditos del bebop.
Como Coltrane, como Evans, entregó su alma al diablo en un cuartucho de motel barato. Si los músicos de blues la entregan en un cruce de caminos, los músicos de jazz prefieren los clubs de luces mortecinas y ruido de cubitos de hielo en el fondo del vaso.
Vivió de saxos prestado y locales cutres, pero el pájaro siempre elevaba el vuelo. El genio manumitido de toda las esclavitudes de la rutina, libre, ocupando el aire con su swing, elástico y sublime, retorciendo las notas hasta conseguir una pasta sobrenatural, un loco suicida -lo intentó varias veces - con el don de la ebriedad y de la belleza, ambas cosidas al mismo traje.
Un cocktail brutal de toxinas provocó la demolición absoluta de un cuerpo estragado, torpe alojamiento de un espíritu excepcional. Neumonía, ulcera de estomago, cirrosis e infarto posterior: ése fue el dictamen médico, que creía estar viendo un hombre de sesenta años en un adulto de menos de cuarenta. El parte médico no registró su amor por el blues, su insobornable pasión por la música del voudeville en Broadway, su incontestable capacidad de improvisar y perderse en la bruma de su talento sin salirse un ápice de la emoción, del absoluto conocimiento de los patrones clásicos que le permitían escaramuzas geniales a los márgenes del tiempo, a la filosofía de la música. "Esto lo estoy tocando mañana", escribía Cortázar en sus labios.

1 comentario:

Alex dijo...

Los partes médicos son incapaces de medir la emoción, Emilio.

Siempre consideré a Parker mi nexo de unión con el jazz. Primero conocí a Louis Armstrong y Ella Fitzgerald. Después fueron él y Billie Holiday que me llegaron más. Como dices, el malditismo atrae como el pan a las moscas. Aunque el suyo fuese un estigma difícil de sobrellevar. Seguro que él hubiese preferido morir de viejo, aburguesado y adulado como un mito viviente, pero entonces su leyenda pesaría menos. Tal vez ese regusto por el sufrimiento ajeno denote que los malditos seamos los que estamos frente al escenario.