30.7.07

El cielo de Ingmar Bergman


Ingmar Bergman ha muerto a los 89 años en la isla de Faro. Así lo difunde hoy -esta tarde- la prensa en la red. Parece que el tránsito ha sido dulce y tranquilo y ha estado rodeado en todo momento por sus familiares. Quien tanta fascinación tuvo por la muerte acaba de ingresar en su secreto, en su vasta heredad sin raíces ni bruma ni tal vez camas grandes en las que una pareja entable una conversación sobre el padecimiento humano o sobre la raíz misma de la pasión. El cielo de Bergman debe incluir espacios precisos para la alienación, vasos comunicantes que hermanen la soledad y el fracaso para que su talento narrativo se jalee y al momento tenga el suficiente grado de atormentada confianza como para escribir el libreto de una película. Como Bergman no era, por natural, escéptico en materia religiosa, no tengo duda alguna de que acabará encontrado en algún paseo celestial a Strindberg y a Ibsen, sus mentores espirituales. O quizá, acudiendo a la imaginería portentosa de sus films, se haya decidido a ser ese caballero sueco del siglo XIV que, comido por las fiebres místicas de las Cruzadas, decide retar a Dios en una partida de ajedrez.
Este poeta de lo metafísico, este filósofo de lo inconfortable, de la vida como un episodio necesariamente áspero cuya urdimbre más secreta se rige por designios fuera del alcance de la razón y apelan siempre a lo divino, ha muerto para conocer si sus pesquisas espirituales se acercaban a un modelo fiable o, desajustadas, eran creaciones de su acendrada espiritualidad, de su certeza de que no es posible conocer al ser humano. Asunto que llevó a la práctica con sus siete tentativas matrimoniales, sus amores extraconyugales y su casi decena de hijos. Un tipo de un dinamismo pasional a prueba de frivolidades. Un hombre anclado en la infancia, que se describía a sí mismo como un niño haciendo cosas para los mayores. Un genio con una línea de flotación mental más sólida que todos los ismos de las nuevas generaciones de cineastas matrimoniados con la industria y con sus golosos flecos.
El enigma Bergman es su condición de escritor de imágenes ( algunas de una sobriedad tan elocuente que duelen ), su negativa a condicionar su pensamiento a las altas y bajas en el mercado de los valores culturales del siglo XX que él contribuyó ( cinematográficamente hablando ) a prestigiar en el terreno artístico.
Hace pocos días volvía a ver Gritos y susurros y escribía sobre la gramática del dolor: parecía un aviso de lo porvenir, una especie de tributo a pie de muerte para quien estuvo toda la vida en la incredulidad y en la incertidumbre, en la confianza de un mundo mejor fuera de éste y en la certeza de que vivimos, a menudo, intensamente la vida sin mirar cómo la vida nos va modelando, tejiendo en nuestro interior un complejo sistema de hilos que hablan por nuestra voz y elaboran nuestros gestos...

7 comentarios:

Mycroft dijo...

Creo que ha dado en el clavo: Bergman trata de escribir la película no de filmarla, y la asesina porque desprecia la base misma del cine: Su tempo. Para Bergman el cine es más parecido a la literatura, cuando en realidad al estar constreñido por un marco temporal, es más parecido a la música: Debe tener un ritmo.
Y Bergman, en la concreción, se perdía totalmente: Jugaba a sutilezas que era incapaz de manejar, y desde luego resultaba mortalmente arrítmico.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Ahi probablemente radica su primacía en el libro interno del cine y de los cineastas y, a veces, la escasa aceptación de su obra en un público acomodaticio, exigente a trompicones, tibiamente adscrito a ese sector alcista de espectadores con ganas de ver otro cine, pero remiso, inapetente, en el fondo. Yo mismo he vivido esa lucha interna entre querer y no poder. Y venció, afortunadamente, el espectador activo. Y he disfrutado mucho con algunas películas de Bergman. Otras, en cambio, me han dejado fuera de onda.

Samuel dijo...

Tiene bergman la virtud de cargarme y descargarme. Según el día o según el momento del día o según quizá el estado de mi digestión o el dolor de cabeza que tengo o que estoy a punto de tener. De todas formas, descanse en paz.

José Alberto Múgica Palacios dijo...

A mí me ha parecido una pérdida enorme.
Amé el cine con Bergman y todavía tengo momentos en los que necesito ahogarme en sus texturas sofocantes, en sus personajes siempre al bordo del desastre, pero que emergen, limpios, y continuan viviendo.
Enhorabuena por la éntrada necrofilica.

Alex dijo...

Se podría decir que tienes el don de la precognición, Emilio. No pudo ser más oportuno tu posteo sobre "Gritos y Susurros".

Se tiende a pensar, creo que erroneamente, en que el perfíl literato de Bergman era más fuerte que el cinéfilo. Yo creo que mide adecuadamente los tempos sin abusar de ellos como haría Tarkovski, per example. Los maneja a modo de expresión de la angustia generada por determinados sucesos: ya sea la vigilia de la muerte o ese silencio divino que viene a demostrar que estamos solos. Insisto en que sus propuestas fallidas están ahí, pedantes víctimas de lo pretencioso más que de la incomprensión.

Su pérdida es circunstancial. Hace años que se fue en realidad. Se lamenta su marcha física. Quedo su pensamiento enlatado en discos y papeles.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

No te diré que pensé en escribir sobre Antonioni. De él sólo he visto Blow up y sí es cierto que me traje en el equipaje ese dvd, grabado de tcm. Voy a estar unos días sin ver cine no vaya a ser que me cargue a alguien. Que va, desbarro.
Lo que he visto en prensa, sobre todo, es un abuso de amor por el director sueco. He leído mucho y hay comentarios fiables, que se notan escritos desde la pasión y la causa, pero otros auscultan el coco del muerto y sacan la prosa laudatorio de las exequias comunes. Da igual que muera un barítono o un repartidor de pizzas famoso por ser héroe del porno de los setenta. Ahora el porno no tiene repartidores ni tampoco guiones en donde sea posible el ingreso en pantalla de un repartidor de pizzas, digamos. Se va al grano. Pero ahora soy yo el que se va por las ramas. Al grano, Emilio. Saludos, Alex.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

José alberto, no ha perdido nada. Sigue estando ahí, a nuestra disposición. Se trata de querer encontrarlo. Hay veces que la muerte y la vida no difieren. Este caso es uno. Saludos.

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