4.7.07

Chet & Louis







Louis Armstrong no era un niño bonito al modo en que lo era Chet Baker, pero los dos vivieron peligrosamente y algo de ese vértigo late en el jazz que hicieron. Louis fue chico de los recados en los burdeles de New Orleans y se casó con una prostituta. Luego fue proxeneta y vio al Papa en Roma y se ganó la categoría de mito de la música popular del siglo XX con su voz estropajosa y su trompeta bendecida por todos los dioses del olimpo o del delta del Mississippi. Chet nació en una granja y recibió de su padre la afición por tocar un instrumento. La guitarra primitiva derivó al trombón y luego ya definitivamente a los pistones de la trompeta. En 1.955, en Italia, es acusado de traficar con droga. Luego, en New York, pierde los dientes en una brutal paliza. Si a un pianista le machacas los dedos se puede dedicar a dar conferencias o a vender enciclopedias puerta a puerta, pero a un trompetista no le puedes reventar la boca porque entonces no emboca bien la boquilla y el sonido no fluye, aunque el cerebro de Chet tuviera perfecta noción de cómo debía tocar para procurar el asombro, la fascinación y, en último término, la belleza. Como Louis Armstrong y tal vez por parecidas razones, Chet Baker estuvo en la cárcel. Ahora los teletipos abonan el morbo del respetable público con candorosas historias de muñequitas siliconadas a lo Paris Hilton, pero duele infinitamente más ver a Baker entre rejas, comprobar que el genio y el talento, la indivisible ración de maestría que le fue generosamente entregada por el numen y el trabajo incansable estaba a la sombra, ninguneada, convertida en un parodia de lo que fue.
A Louis lo que de verdad le gustaba era fumarse sus canutitos antes de pisar el escenario y tocar What did I do to be so black and blue. Chet prefería recorrer la Riviera francesa en un Alfa Romeo descapotable con alguna rubia de curvas generosas que le metiera mano en el hotel mientras él buscaba en la maleta su dosis diaria de gloria tóxica. Más tarde ( todo lo importante sucede siempre más tarde ) en otro lugar alguien lo tiraba desde una ventana. O muy probablemente acabase tirándose él mismo presa de alguno de sus ataques de talento. Su autobiografía se llama Como si tuviera alas ( Barcelona, Mondadori, 1999 ). Louis no murió en circunstancias tan trágicas. Quizá vivió mejor que Chet la última parte de su vida. Su música era menos patética, menos inclinada al fatalismo. De hecho mucha gente que no ha hurgado en su legado musical tan sólo lo conoce por su cara bonachona, su cuerpo redondo, la voz ronca y What a wonderful world, esa pieza inmortal de Sam Cooke que el cine ( cómo no ) trajo de nuevo a las listas de éxitos con aquella película de Harrison Ford con graneros y niños amish.
Antes de que Louis nos dejase, vio al Papa. La anécdota es lo suficientemente conocida.
Justo antes de que el Papa, en cacareada audiencia, recibiese a Armstrong, el músico tuvo un serio problema intestinal. Quienes lo conocían sabían que eso contrariaba sobremanera al trompetista. No habiendo podido evacuar como solía, Louis confesó que no estaba en condiciones de ver al Papa y portarse como debía. Pensó que una buena pipa de marihuana, a la que era muy adicto, podía liberar el stress del momento, relajar las paredes intestinales y que la naturaleza obrara, nunca mejor dicho, como debía. Louis Armstrong se encargó de contar en numerosas entrevistas que el Papa Pío XII le preguntó si él y su amada Lil tenían hijos a lo que Louis, con esa sonrisa infinita y esos tics universales, contestó que no, pero que "lo pasaban muy bien intentándolo". El atracón de hierba hizo sus efectos y nada más terminar la conversación con su Santidad, Armstrong sintió un dolor imposible de soportar que le anunciaba, traumáticamente, que debía buscar un excusado en donde liberarse de la opresión que le martirizaba. Al salir le dijo a su mujer:

- Ven, Li, ¿ sabes cómo son los w.c. del Papa? Tienen columnas....


Esta mañana, camino de la playa, he oído una pieza de Louis y otra de Chet. La primera salía a trompicones de un coche que enfilaba una avenida después de esperar unos minutos en un semáforo. No he sabido cuál era. Chet sonaba en una heladería. Había dos matrimonios nórdicos o cuasinórdicos que apuraban un gigantesco helado de vejez y tuttifrutti. Una camarera vestida de rojo pedía que bajaran la música. No le gustaba. Era Everything happens to me. Como el disco duro de estos ordenadores modernos son inabarcables, he encontrado un disco en directo en Berlin, triple, que tuve la paciencia de pasar de vinilo a cd. Ahora me alegro infinitamente. Me ha alegrado la tarde.




3 comentarios:

Amadeo Silicopte dijo...

Chet Baker era un músico involucrado con la vida.
Su paso por ella fue un solo de su trompeta, sensible, emocionante. Se le puede excusar su chaladura, porque hizo del jazz algo más cercano. Yo, no entendiendo mucho de jazz ni conociendo demasiado,me siento a gusto con él. Me gusta
más
su voz, su timbre desangelado y roto que la trompeta. Un músico total.
Gracias por el blog. Muy bueno.

El ascensorista dijo...

No se puede decir mejor.

Saludos

Pd: Por aquí lo de ir a la playa se está poniendo este año dificil, lo de escuchar a Chet y Louis no tanto.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Lo de la playa es verídico, pero secundario. Lo curioso ha sido que un hecho fortuito ha hilado un texto y eso hace tiempo que no sucedía. Y me ha gustado escribir forzado por esa circunstancia. Buen verano, ascensorista.