15.6.07

Don Clorato de Potasa, vividor como su autor


Edgar Neville (en cuclillas) durante el rodaje de “La señorita de Trévelez” (1934). J.M. Torrijos.



Cuando estaba la Guerra Civil española recién cerrada, al menos los tanques y los fusilamientos, porque la Guerra no se acabaría de cerrarse en muchas décadas y todavía hoy hay quien la saca de su sótano oscuro para reverdecer banderas, himnos y soflamas, el cine nacional cobró una relativa pujanza. Las miserias y la hambruna precisaban distraimiento, pequeños sainetes entre lo folclórico y lo propagandístico: cine, en todo caso, muy frágil, inevitablemente sostenido por una infraestructura gubernamental de escasos medios y atrincherado, sin ambages, en el doctrinario fascista, autárquico, firme en sus símbolos y empecinado en valerse del medio cinematográfico para anestesiar la sensibilidad de la ciudadanía puesto que no era precisamente conveniente azuzarle películas de mucho pensar. En mitad de este panorama coyuntural, tenido en ocasiones por rancio sin que yo encuentre muchos argumentos para desmentirlo, Edgar Neville se constituye como el primer referente del cine español, su primer icono, la primera figura intelectual fuera de los escenarios o de los nombres populares ( actores y actrices ) que eran la verdadera cara del cine para la población.
Edgar Neville nació ya señorito cuando finiquitaba el siglo XIX, en Madrid. De cuna aristocrática, conoce la cultura más refinada y pronto comienza a escribir, relacionándose con Ortega y Gasset, Gómez de la Serna, Alberti, Dalí o Federico García Lorca. Se alista por un mal de amores a la guerra en Marruecos y regresa asqueados de miserias y de sangre. Junto a Falla y Lorca, gestiona el luego inmensamente famoso Concurso de Cante Jondo en Granada. Aficionado a los toros y amigos de Juan Belmonte, recorre España entera en coche, acompañando al diestro por todas las plazas. Licenciado en Derecho y Filosofía, se decanta por la Diplomacia y ejerce en Washington como agregado cultural ( 1929 ). El mundo del cine le fascina al punto que abandona la carrera política y busca empleo en la Metro Goldwyn Mayer, donde conoce a Douglas Fairbanks y Charles Chaplin, que le permite filmar algunos fragmentos de la grabación de Luces de la ciudad, en la que sale como extra. Gracias al propio Edgar, gente de la cultura patria como Jardiel Poncela, José López Rubio o Vicente Blasco Ibáñez entraron en Hollywood a principios de los años 30. Miguel Mihura, por estar enfermo en esa época, no pudo viajar. Esta diáspora no fue especialmente relevante, pero fue la primera y ese carácter pionero es lo que hay que remarcar.
Regresa a España y decide ser director. Aunque republicano de corazón y carácter, Neville se alía a los nacionales y se pone al frente del Departamento de Cinematografía. De ahí saltó a la Dirección Nacional de Propaganda en 1.940 y se rodeó de la crema de la intelectualidad para abordar un panorama cultural de altura, en sus palabras, " que retirara lo ridículo, lo cursi, lo provinciano y lo vulgar". Ahí es nada.
Muy preocupado por amalgamar el sainete de costumbres, que amaba, y el retrato pintoresco del Madrid de la época, que también amaba, Neville hizo una serie de películas ajenas a la habitual ramplonería argumental. No en vano era escritor y no consideraba que la literatura fuese a la zaga del cine o viceversa.
La contradicción de hombre de la república convertido en obrero franquista le trajo más de un disgusto. Nunca estuvo cómodo en España, aunque no se fue. Su cine chocó muchas veces con la Censura, a la que nunca se plegó o, al menos, no lo hizo enteramente. Su ironía es temida por el régimen, aunque probablemente no supieron entenderla. Esto suele pasar a los funcionarios de todas las tiranías. Mi calle, su último película, en 1.966, constituye un sobrio ejercicio testimonial, una puesta en escena de todos sus quebrantos morales y sentimentales.
Edgar Neville fue maestro en muchas facetas del cine. Abrió una brecha enorme en el discurso fílmico, antes hasta entonces sometido a muy pobres soluciones técnicas. Su fama de hombre teatral, dramaturgo de éxito y amante de todo el teatro clásico español, le permitió dominar los diálogos, creando una estructura coral siempre al servicio de la comicidad inteligente, nada chabacana, y a la preeminencia del actor como eje fundamental de todo el complejo sistema de referencias y componentes que articulaban una película. Era la primera vez que el actor era considerado como el verdadero eje de modo que, tras Neville, empezaron a desfilar por las revistas en blanco y negro de glamour de la época los primeros nombres de actores o actrices "famosos".
Además Edgar Neville era amante de la buena mesa, de la vida alegre de su Madrid de sainete y nunca abandonó un fino y natural sentido del humor.
"El humor es el lenguaje que emplean las personas inteligentes para entenderse con sus iguales" decía.
En los años 40 llegó el esplendor de Neville. Su cine castizo y costumbrista reina en España. Y de esa época es lo que a juicio de muchos críticos es la mejor película de cine fantástico de la Historia de nuestro cine patrio, La torre de los siete jorobados , una rareza de fantasmas y ruletas, de mafias que maquinan sus fechorías bajo el suelo de Madrid, en unos laberintos. Ni era la época para hacer cine de esta factura ni tampoco el país. Probablemente ni siquiera tenía un público educado en esas extravagancias. Las licencias, para los extranjeros. La estricta Cinematografía nacional no parecía excesivamente contenta con esos coqueteos con lo sobrenatural. Se le llamó "sainete expresionista". No ha vuelto a ver ningún film adscribible a este marchamo. Algo de Alex de la Iglesia en sus principios quizá.
Después Neville se alejó de los gustos populares: su cine era demasiado vitalista, no afín a sensiblerías. Tampoco era popular en el sentido de facturar películas de humor grueso al gusto de una clientela ávida de carcajadas y no de continuas y leves risas durante hora y media de metraje. Guardo un recuerdo muy agradable de La torre de los siete jorobados. La vi en un ciclo matutino de cine universitario en un programa doble con otra joya de la época, El Clavo, de Rafael Gil.
Era un consumado conversador y practicó, cual genio renacentista, todas las artes y en todas adquirió nombradía.Incluso jugó en la selección nacional de Hockey sobre Hierba.
Yo leí Don Clorato de Potasa, su primera novela, hace un par de veranos, a pie de ola, teniendo leves referencias sobre el Neville cineasta. Hoy la he visto escondida en un anaquel y he vuelto a hojearla. Las gracias verbales, el artificio elocuente, la ingenuidad de los personajes y el humor por encima de todas las cosas, me hicieron disfrutar, entre vaivenes de espuma, juegos de niños con paleta y mozas enamoradas del cobrizo sex-appeal del Coppertone. Novela de vanguardias, las de la época, de un erotismo escondido, pero vislumbrante, está dedicada al torero Belmonte y a Dalí. Una vez conocida su biogrfía, cae uno en la cuenta del tono autobiográfico o, al menos, inevitablemente personal de lo narrado. La historia va de Madrid a Nueva York. Una capital de España zafia y tosca, poblada de aristócratas comidos por las deudas y el hastío, desocupados y tristes y una Nueva York glamourosa, llena de chicas de revista y luces de neón, jovial y sentimental, abierta al mundo. Clorato, el protagonista, asesinan ( de una manera absolutamente delirante, no es cosa de contarlo porque es muy divertido ) a una baronesa, le roban y emprenden una fuga a París en donde el buen hombre se enamora de Odette. Elegante, desprejuiciadamente divertido, arropada por una prosa cuajada de hallazgos poéticos al mismo vivo estilo de Gómez de la Serna, Don Clorato de Potasa, motivo de este largo ya comentario, es literatura de evasión de primer orden, alejada de cualquier signo de trascendencia. Eso contando con que el humor no sea trascendente, cosa que estoy dispuesto a refutar con todas mis ganas.
La pregunta final está muy clara: ¿ Da la vida de este hombre para una película ?


2 comentarios:

Jaime Villagrán Paz dijo...

Da para una pelicula y para una serie de televisión. Neville además fue el primer cineasta de España que imitó y con soltura los principios estéticos y sociológicos del neorrealismo italiano y hasta por ese atrevimiento se granjeó el apercibimiento de sus cuadros de mando, que no veían con buenos ojos la liberal mirada de este genio insobornable, aunque muchos lo tilden de franquista. No lo fue. El hombre se avino a lo que mejor podía explicitar y hacer vender su creatividad enorme. Es verdad que fue el primer director de nuestro cine. El primero al menos que era conocido al tiempo que sus actrices y actores. Mucha gente de ahora ni lo conoce. Ni como escritor ni como director. Buena reseña.

Enrique Gallud Jardiel dijo...

Un interesante artículo. Muchas gracias por la referencia a mi abuelo.

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