30.10.06

LA PRUEBA DEL CRIMEN : Los hermanastros de Tarantino


Hay películas, ya lo hemos escrito muchas veces, que conocen con antelación su destino. La de ésta es engrosar las ubérrimas estanterías de los blockbusters de turno y alimentar el ocio adolescente un sábado noche en donde apetezca quedarse en casa y amodorrarse en el sofá con el home cinema a un volumen apropiado y ver colorines en las nuevas teles de plasma. Estrictamente sujeta a este contexto, La prueba del crimen es eficiente. Entretiene, sin más. Entrega dos horas de cine sin dobleces, que va al grano y, en ocasiones, lo revienta a base de pisotones torpes.
Trata de un hombre que corre asustado, tal es el título original del inglés: una steadycam briosa lo persigue y en la persecución, en el vértigo que nos ofrecen, el guión se cae, las hojas se derrumban en alguna acera de la ciudad que retrata y el viento las esparce. Luego no hay voluntad de agacharse, ordenarlas y darles otra vez una oportunidad. Porque el argumento no es malo. Lo incorrecto, lo que no funciona, es la forma en que este realizador novicio ( participó de guionista en Cazadores de mentes, otro producto de videoclub cien por cien amortizable ) concibe el espectáculo de la agonía de su protagonista, que lucha desesperadamente por solucionar un problema que se le ha ido de las manos. Da igual que en los papeles librados para paginación de revistas de cine y webs en la red, se insista en que se ha mimado muchísimo el trabajo del storyboard. Yo no lo aprecio así. Ha sido una oportunidad perdida, pero tampoco hubiéramos perdido mucho si todo se hubiese avenido a un mínimo sentido del orden, de la lógica narrativa. A mí me pareció que la confusión malograba un guión digno, si bien ya visto en trozos de otras cien películas que corren parejas a ésta y que tocan los mismos rigores de la sociedad moderna.
Esta gente al margen de la ley vive tan al día que sus sufrimientos no nos calan, nos tocan de rondón, nos rozan y después nos abandonan. Caso de que Scorsese, pongo por caso, hubiese dirigido el film, otra opinión tendríamos.




La burrada de cosas que suceden en una noche no se creen: no hay veracidad en el trajín de Joey Gazelle ( Paul Walker, guaperas de postín ) en busca de la pistola que puede devolverle la vida, pero no hay que destripar el único interés que posee la cinta, esto es, su primer tramo, la historia en su arranque. Ahí uno se las promete felices. Luego el júbilo deviene paroxismo, aburrimiento. Todo es muy largo. Hasta el final es un torpe engaño, que gustará ( no lo dudo ) a muchos. Podría haber durado treinta minutos menos y no tendríamos que pensar en Scorsese o en Scott o en el inefable Peckinpah, que sabía como nadie retratar la violencia, el caos, el linde finísimo entre los bueno y los malos sin que el espectador tuviese en ningún momento claro de qué lado decantarse.
Si lo que quería Kramer era retratar cómo una familia americana desestructurada se reestructura otra vez, ha marrado, se ha ido por los cerros de Úbeda, provincia de Jaén, pero allí los tales cerros son los valles de Minnesota, pongo por caso. Pues eso: a Minnesota.
Tampoco cuela ese carrusel de colores que van del azul magenta al gris mesopotamia, todo bien digitalizado para que (insisto) su merchandising videoclubero dé el cromatismo deseado y el comprador/alquilador de la cinta se jacte con los amigotes de lo estupendamente que se ve su lcd de 32 pulgadas made in Corea.
Para colores bonitos, La sirenita, que ahora sale en dvd con mayor profusión de lindezas y hasta canciones nuevas.
Posdata: mi abuela decía que en las películas modernas había mucho disparo, mucha gente canalla, mucho embrollo, con lo bonito que es no meterse en líos. No vio, la pobre, La prueba del crimen.
Así que no diré, después de este ejercicio de disección anatómica, que es mala. No diría yo eso. Home cinema, lcd, braserito ( ya mismo ). Y a disfrutar de la casa. Para cine con sala grande, no da. La sala de cine merece otros respetos.

27.10.06

EL LABERINTO DEL FAUNO : Un cuento de hadas perverso











Ofelia tiene una tiza que abre puertas en las paredes de un casa rural que sirve de cuartel a un destacamento nacional.
Afuera, en el bosque, están los maquis y un laberinto con un fauno y hadas.
Hay un capitán de falangistas que, en realidad, es un demonio, aunque se afeita con delectación y

mimo, se limpia con exquisita pulcritud sus botas de mando y escucha en un desvencijado tocadiscos copla.
La mamá de Ofelia está embarazada de su segundo esposo, el capitán. El hijo que viene la tiene enferma. Una planta de mandrágora bañada en leche que Ofelia coloca debajo de su cama puede curarla. Ese remedio se lo confiesa el fauno a la niña a cambio de que se centre en su verdadero cometido: superar tres pruebas.
En la prueba uno, hay un sapo. En la dos, un hombre pálido con ojos en las manos. En la tres, un laberinto.
El laberinto del fauno, la película de Guillermo del Toro es un prodigio absoluto, un encantamiento de ciento doce minutos, una subida al cielo de los cuentos de las hadas y una bajada al infierno del alma humana, contaminada por la barbarie de la guerra, pero la fantasía de Ofelia, su mundo de insectos encantados y de portales que obsequian la felicidad de otro mundo, se imbrica con el real y lo solapa de forma que lo que sucede en uno acaba modificando los acontecimientos del otro. Del Toro lleva con maestría estos dos tonos, el adulto y el infantil, y no se aprecia fractura en la fluidez narrativa de ambos.
Los actores están en estado de gracia. No hemos visto trabajar así a Maribel Verdú. Tampoco a Sergi López. Ariadna Gil, en su más breve papel, borda su madre atormentada por el bienestar y el sacrificio.Alex Angulo, el médico. Y la niñ, Ivana Baquero, que iba para princesa y queda en hijastra de capitán fascita hace una interpretación portentosa.






26.10.06

LA DALIA NEGRA : Una empanada




Las convenciones del género criminalista no son muchas, pero están sólidamente asentadas en el imaginario cinematográfico colectivo. Policias corruptos. Despachos de detectives con inmensas cortinas de humo de cigarrillo negro. Cadáveres en la orilla de un río, a ser posible cerca de una fábrica. Mujeres fatales, rubias, en muchas de las veces. El cine negro se ha nutrido de estos tópicos para afirmar su nombradía en la Historia del séptimo Arte, pero Brian de Palma las ha dado enteramente de lado. Se ha ido por la tangente, se ha dejado embaucar por un guionista ramplón que confunde el género negro con la serie Aterriza como puedas, y nos ofrece una patética nuestra de cine negro hecho a la moderna, esto es, con medios, con actores con gancho, con una fotografía admirable, aunque desasistido en su evidencia más explícita: el guión.
Parte Brian de Palma de una historia real que todavía cursa sus vericuetos en criminalistas de postín y aficionados varios a los misterios del Hollywood clásico: el asesinato de la aspirante a actriz Elizabeth Short, La Dalia negra, encontrada en un solar,el cuerpo partido en dos, con señales de quemaduras y la boca obscenamente pintada a cuchillo de una oreja a otra. El material es convincente, pero marra de Palma en el tratamiento de la historia. Se ocupa en exceso de los dos policías protagonistas ( el comienzo pugilístico es largo, tedioso y despista en demasía ) y se desocupa sobremanera de personajes que parece que van a tener un peso, pero que más tarde se abandonan, se dejan por completo y únicamente dan colorín a la trama ( el papel de la exuberante Johannson ).
Brian de Palma ha querido componer una épica noir y ha garabateado un collage aburrido cuyo decorado nos hace recordar la gloriosa serie negra de antaño ( o de ahora: L.A. confidential, magistral ).
La película decepciona por dos causas: por la película en sí ( mala, sin ambages ) y por el cúmulo de buenas sensaciones y golosas expectativas que ha ido creando entre el público, ávido de retomar un tipo de películas que ( desgraciadamente ) ya no abundan. Ha estado uno esperando este caramelo varios meses y luego resulta que está manido, añejo y la fresa que prometía no es tal sino un sabor amargo, pegajoso, insulso tras varias lamidas.
Tintineaban en nuestra memoria películas admirables de este mismo director como Los intocables de Eliot Ness o Atrapado por su pasado, que tocan también este tema, pero aquí Brian de Palma ha estropeado el material de primer orden de James Ellroy ( que parió L.A. confidential, sin ir más lejos ) y se ha ahogado, sabiendo nadar en aguas más peligrosas.
No vale en su excusa que el guión es denso y muy poblado de personajes. No se admite que el discurso estilístico de De Palma se refocile en unas imágenes poderosas, en un alambique argumental ya conocido en su obra. No vale todo esto porque ya hemos visto en otras ocasiones que Brian de Palma tiene talento sobrado para airear estos inconvenientes con una eficacia creativa indiscutible. Incluso productos de un orden menor en su dilatada obra rezumaban, por tramos, toda su calidad. Recuerdo su Misión imposible, o Femme fatale, aquel pastelazo de Banderas en plan calentón total. Entonces saca uno conclusiones que no admiten réplicas: al hombre le han faltado ganas, o (como suele suceder ) han metido mano en el proyecto muchas manos y al final ha salido rana cuando principiaba príncipe, valga este facilón sonsonete. Venía a decir Woody Allen en una entrevista reciente que en Europa su trabajo era infinitamente más autónomo porque los productores le daban el dinero y un cheque en blanco de ideas para ir donde quisiera, de la forma que deseara. A lo mejor De Palma tiene que dejarse caer por Londres o por París y firmar por estos lares su cine más personal. Puede ser.





Tenemos lo que tenemos: una ocasión perdida, un film decepcionante. Este cine requiere más turbiedad, por decirlo de alguna manera: pide menos contención en las formas, un aire más extrovertido. No basta con que los decorados sean portentosos. Tampoco con que haya una rubia muerta y una mujer fatal que lo emborrona y enfanga todo.
Lo mejor ( para terminar este descuartizamiento ) es la parte de ficción dentro de la ficción: las escenas en blanco y negro de la aspirante a actriz Elizabeth Short, luego macabramente asesinada, en sus pruebas de casting. Ese personaje, en su brevedad, convence más que los otros ciento y pico minutos de tedio.
Todo muy lamentable. Todo muy triste. Con lo que a mí me gusta Sam Spade.

24.10.06

THE GUARDIAN : Pirotecnia submarina





Escasemente meritoria, no redundará en la muy alicaída carrera cinematográfica de Kevin Costner, lastrada desde Bailando con lobos, aquel tour de force de historia de los Estados Unidos, que reventó taquillas y puso al actor y director en primera plana del cine del último tramo del siglo XX. Como nadie vive de las rentas, Kevin Costner ha ido procesionando, con mucha pena y algún contado émulo de gloria, por cintas cuyo hospedaje final era la estantería del videoclub de turno. Nunca la memoria del cinéfilo. Aquí todo discurre por territorios trillados, aunque hay que reconocer un factura espléndida y un argumento bastante entero, que falla en la complicidad del espectador cuando éste vive fuera de los USA y no se ve reconocido en estas aventuras de salvamentos en alta mar, que aquí nos suenan ( verdaderamente ) a propaganda del espíritu americano. Y de ese género estamos bastante abastecidos, desgraciadamente.
El héroe retratado es admirable. No entramos en esta crítica en valorar el aspecto estrictamente épico de la trama, que lo tiene. No es de recibo cuestionar a este Cuerpo de Nadadores de Rescate de la Guardia Costera: merecen, a lo visto en el film, nuestro respeto. Da igual que vengan de Suecia o de las costas de Florida.
El papel de Costner es goloso: es el experto rescatador ( y no hay Cangurolandias ) que vive una experiencia tremebunda ( la pérdida de compañeros, graves heridas en sí mismo ) y que es destinado a tutelar a jóvenes cadetes que principian maneras y ansían emular a su héroe. Hasta este punto, nada nuevo. La cosa mejora un poquito en el tratamiento de los sentimientos personales, de cómo las personas se involucran para llevar a cabo sus proyectos y de cómo el espíritu didáctico de la filantropía eleva el alma del ser humano y la convierte en un cimero ejemplo de valor y entrega a los demás. Sé que este marasmo de buenas intenciones es un pastelazo para el espectador que busque en el cine sensaciones de más intenso calado, pero The guardian contiene escenas de acción muy logradas y por eso ( en esa mezcla de cine a lo Frank Capra y cine a lo Renny Harlin ) la película no es mala por principios.
Los tópicos que maneja el argumento son los tópicos de toda la vida, amplificados ahora: convertidos en catecismo del aspirante a héroe. Que Andrew Davis tome los mandos de esta película garantiza, por lo menos, un rato ameno, limpio, carente de dobleces, entregado al disfrute de una imágenes convincentes y un tratamiento honesto de lo que está narrando. Davis brinda un perfil psicológico muy básico de los actores: no sabe llegar a más. Sí que se esfuerza en reproducir con imaginamos que fidedigna visión el mundo de este Cuerpo de Militares. La cinta, en eso no hay margen posible de duda, logra implicarnos en la gesta de sus integrantes.
En otro orden de cosas, o es el mismo, podemos colegir que la vida de Ben Randall, el papel de Costner, es la vida de Kevin Costner. Esto es, héroe venido a menos que se presta con empeño a conducir a otros allá en donde él estuvo y en donde triunfó. El cine. La vida. Qué importa.
Me pareció muy significativo el rol de hombre ya curtido en mil batallas que Kevin Costner abandonó al albur de sus seguidores en su visita a España, de promoción. Vi un hombre entero, consciente de su languidez, de su decaimiento, de su falta de perspectiva. También de su declive honroso. Sus comentarios, recuerdo que algunos muy jocosos, enfatizan esto que digo.
Tenemos pues una película de leyendas vivas, eso que tanto entusiasma al público yankee.
En Lorca, en Logroño, en Córdoba, en Santa Cruz de Tenerife, The guardian no va a despertar pasiones de esas que llamamos universales. Hay sentimientos muy idiosincráticos. Éste lo es en un modo casi extremo, pero ahí tenemos a nuestro Almodóvar, un genio, un visionario, que hace lo suyo, lo castizo, lo íntimo ( lo manchego ), universal.
En onda a otros películas recientes, The guardian se deja envenenar por cierta querencia hacia lo religioso. Pareciera, en tramos del film, que estamos asistiendo a una homilía, a una liturgia de la salvación, a una redención del alma a través de los golpetazos tridimensionalizados de las olas salvajes. Y ahí a mí me sobrecogió e impresionó mucho más La tormenta perfecta.
Ah, se me olvidaba, hay también ( cómo no, cómo no ) romance entre grumete graciosito y chica provinciana.

Toma ya.

18.10.06

LAS PARTÍCULAS ELEMENTALES : Europa sin glamour



Lo que en la novela de Michel Houellebecq era inteligencia, descaro y pesimismo, todo bien engrasado para que la maquinaria narrativa fluya y la mala leche y la escatología del autor rezume por cada sintagma,en la película de Oskar Roehler, novato con ínfulas de autor ya cotizado, se rebaja a frívola reflexión sobre la decepción del hombre burgués en la Europa del Estado del Bienestar, aunque no le falta su aditamento de cinismo, su particular evidencia de la inconsistencia de la sociedad europea actual.
Trata de dos hermanastros diametralmente opuestos. Uno, culto y refinado, triunfador nato, volcado en su trabajo ( Es un biólogo molecular ). El otro es un patán comido por diversas fiebres venéreas. Ambos, en una edad ya talludita, descubren el amor y la película va desgranando cómo el amor les va cambiando. O en realidad no les cambia nada. El azar, el destino, que en la magnífica novela de Houellebecq ejercía un papel notable, viene aquí a destrozar esta aparente vida de galanteos cuando las amantes de ambos caen enfermas y deben recapacitar sobre si regresar a la vida anterior o ( definitivamente ) asumir cierta responsabilidad y afrontar la enfermedad con entereza y aplomo.
Hay un ajuste de cuentas que el director explicita muy sutilmente. La novela ( vuelvo a ella insistentemente porque esta es una película literaria basada en un boom literario ) hacía más sangre. No había dulzura. Aquí los personaje son entregados con mucho tacto: se les adivina carnales, cercano. Los sentimientos que les mueven son los que nos mueven a todos y el abandono que sufren en la infancia es el abandono que, en alguna ocasión, sentimos todos cuando se produce el destete total y entramos, hocicados, impelidos por una fiebre absoluta, en la sociedad para trabajar, buscar un piso, arreglar una hipóteca, tener hijos, en fin, ese vértigo que únicamente tiene ya finiquito en la jubilación o en la tumba. Y algunos dirán que tampoco allí.
Las partículas elementales es una película del desencanto, de la tristeza, pero este lastre se deja seducir por cierta esperanza. El autor se desmarca de la crueldad de Houellebecq: reviste su trama de locura, de humor también, de verismo. La espesura del libro se aligera porque esto es cine y es una labor dificilísima hacer imágenes la avalancha de ideas y conceptos ( políticamente incorrectos casi todos ) que el novelista alemán plasma en sus novelas.
Es quizá la película de amor del año, pero no hay abrazos sudados, ni miradas perdidas en el follaje de la compenetración pasional: hay emociones, renuncias, riesgos, entregas, vicios y concesiones.
Quienes hayan disfrutado el libro ( como yo ), verán siempre una película falsa, que se escora en exceso de los planteamientos de su argumento, pero entretenida, nítida, muy bien trabada y, por supuesto, rocosa y ácida.
Además Moritz Bleibtreu hace un trabajo excepcional, hipnótico. Sólo verle merece entrar en el juego de su trama.

16.10.06

LOS BORGIA : Telefilm de lujo para las privadas



Tienen algunos empeño en santificar el cine español: en coronarlo por encima del francés, que siempre fue el referente con aquello de los diálogos espesitos, el blanco y negro de fábula en el París tomado por los amantes y la nouvelle vague, que fue un invento de una revista de cine muy en racha. Otros tienen la malsana costumbre de ponerlo a caldo y argumentan que su precaria salud viene por las renqueantes iniciativas del Estado, que no da un euro para esto del cine patrio. Dicho todo lo cual procedo a colocar Los Borgia en ese limbo de imprecisa definición de películas que, sin ser redondas, tampoco son mancas. El que se empeña en destrozarla encontrará argumentos. Quienes pontifiquen sus virtudes, argumentos hay.
Los míos son todos tibios. Tibia ha sido la experiencia. Ni fu ni fa, decía mi abuela. El trailer es lo mejor del metraje. No hay que tragarse más minutos. Su esplendor se oxida pronto. Falla, digamos, en lo obvio: en lo cercano. No es creíble. No toma los riesgos que debería, y entonces, todo se queda en un umbral de intenciones que no cuajan, si bien no se escatimaron ( quién lo duda ) infraestructuras, logística, plantel, gente de talento, pero luego la brillantez, el talento y toda esa morralla del genio hispano se pierde enseguida.
Película que empacha sobremanera, se salva por unos actores estupendos. Qué vamos a decir. Son gente con unas tablas y sabían que Alatriste estaba detrás y que el público quiere guerra e Historia, y Papas con un pasado oscuro y conjuras vaticanas varias. Eso entra por el ojo. Y la música es estupenda.
Al ocio le concedemos un tiempo exquisito del que yo, al menos, carezco cada vez más. Llego yo a ver que iba a salir el tiro por esta culata, hubiese salido a pasear las calles de mi localidad, que tienen su encanto. Hubiese enchufado mi equipo de alta fidelidad y habría perdido golosamente el tiempo en los discos de los primeros Genesis, antes de Phil Collins. O hubiese visto otra vez Sed de mal. Qué película más buena. Qué bonito es el cine.

13.10.06

PRET A PORTER : Apología del esnobismo



Ahora que El diablo viste de prada se anuncia en las paradas de los autobuses , con su tacón homicida, con su belleza limpia de reclamo perfecto, he vuelvo a ver Pret a porter, la cinta de Robert Altman que lejanamente se asoma por el mundo de la moda retratado en la peliculita de Meryl Streep tan ( valga la redundancia ) de moda.
No me encandiló en su día y la revisión de anoche remachó la poca querencia que despacha mi memoria hacia este film. Muy cierto que Robert Altman es un director de altura que ha dado films muy notables,Mash, Tres mujeres, El juego de Hollywood, Cookie's fortune y, sobre todo, Vidas cruzadas, pero aquí ha patinado en exceso, aunque se haya rodeado de la crema del mundo de la pasarela y haya retratado con vigor y con cierta excelencia de estilo sus trapicheos y sus mezquindades, su poder y su gloria. Lo que no tiene Pret a porter es guión. No se ve por ningún lado, y eso es un pecado enorme para una película. Es un pecado enorme que una simple conversación de vecinos en una escalera carezca de guión. El guión es la carne que hace que el esqueleto no se caiga al suelo. El guión, en la narrativa fílmica, es el referente absoluto. Uno puede encontrar encuadres portentosos, una fotografía sublime, unas interpretaciones que rozen la perfección, pero si no se cuenta nada la atención se va perdiendo, y entonces no asistimos a una película redonda sino a unas imágenes más o menos bien trabadas que consienten que puedan, en ciertas circunstancias, ser nombradas con el genérico nombre de Cine.
Robert Altman, en Pret a porter, no hace (pues) Cine: hace una película donde salen Sofía Loren, Julia Roberts, Kim Basinger, Marcello Mastroianni, Tim Robbins o Stephen Rea y donde un cohorte celestial de maniquíes de peso lucen palmito y se codean con actores de relumbrón.
Debajo de este traje tan costeado, hay huecos enormes: son tan grandes que unos se solapan a otros y forman un huecos mayores de modo que durante mucho metraje lo que vemos es un páramo, un erial, un paisaje lunar en el que un director con competencia absoluta y prestigio bien merecido salda con brío cuentas que desconocemos con el mundo de la moda. A fin de cuentas, lo frivoliza, lo ningunea, lo escora hacia los límites de la estulticia.
Pret a porter es amoral y es ácida porque algo tiene que ser o porque el talento que hay detrás debe evidenciarse en algún rasgo distintivamente intelectual.
La poesía coral de Vidas cruzadas ( Short cuts en su original inglés ) se desmembra en Pret a porter en unas rimas de borrachera que cuatro amigos con cierto bagaje literario componen para entretener el camino de regreso a casa. Todo cuanto en Vidas cruzadas supo a aire fresco, a novedad interesantísima, Pret a porter es aburrimiento. No puede entretener una cinta en donde no sucede nada o en donde sucede muy poco: además lo que pasa interesa relativamente.
HUbiese querido Altman que la película fluyera por el derrotero policiaco que principia la escena en la que muere el representante sindical de la moda en París y a la que el personaje de Mastroianni, atónito, asiste, pero obvia todo el material del cine policiaco y se adentra, con violencia casi, en el terreno de la comedia abrasiva y burbujeante, dando paso a un vértigo de banalidades que no llenan el apetito del amable espectador, salvo que haya visto últimamente poco cine o salvo que sea un voraz devorador de artefactos sofisticados, huecos y olvidables.
El norteamericano Syd Field, autoridad reconocida entre los autores de manuales de escritura de guiones, establece unas normas para su escritura: cada página de un guión equivale a un minuto de proyección en pantalla. No imagino que Pret a porter tuviera 130 páginas en su guión. Ni mucho menos. Alguna hay deslumbrante, eso sí: ese inicio en el que Altman nos enseña un escaparate reventón de marcas increíbles y de moda de altura, pero no estamos en París, ni en Niza. Es Moscú.
Robert Altman, anciano, quejoso, con esa mirada de viejo mala leche que todavía cela tesoros, talento e ingenio como para enamorar a nuevas generaciones y merecer al aplauso de quienes ya le tenían en estima no dio en la tecla, se resbaló: retrató un mundo difiícilmente retratable, a pesar de los fogonazos, los flashes sean su abono diario.
Imagino a un Blake Edwards de su buena época a bordo de este encargo. Bastarían 80 páginas de guión, esto es, ni hora y media de cine, pero a mí es que Blake Edwards me gusta mucho y lo veo más incisivo, mucho menos heterodoxo que Altman, preocupado en demasía de no contentar a muchos para contentar muchísimo a unos pocos. Los leales. Los que le doran la píldora. Yo se le doré en Vidas cruzadas. Y ese argumento tenía tres horas de páginas.

10.10.06

EL DIABLO SE VISTE DE PRADA : Fotogramas en papel couché





Igual que, como decía el poeta, la luna es la imperfección de la oscuridad, la comedia es el reverso frívolo del drama. Tengo un amigo que advierte drama en todas las películas que ve: en todas atisba su poso triste, su decaimiento, su migaja de tragedia.
El diablo viste de Prada será para mi amigo un drama enorme. Se excederá en argumentarlo y no le restaré una porción de razón, aunque diminuta.
El diablo viste de Prada es la comedieta tradicional, grácil, liviana, embutida en un traje colorido y de marca que gustará al amable público que desee, entre tanta rimbombancia y sórdida escatología, un rato de evasión, un paseo por el parque con los pies descalzos.
A esta dulce sensación de bienestar contribuye una Meryl Streep en estado de gracia, y eso que no es santa de mi devocionario. Una Meryl Streep, insisto, que borda un papel muy apetitoso y que podría haber hecho con suma eficiencia Glenn Close o Sigourney Weaver.
Brilla en igual medida Stanley Tucci, un actor que todavía no ha encontrado el papel de su vida, pero tiempo tiene.
La historieta que encontramos es de almíbar y chocolate fundido, cómo no, pero debajo late el corazón de las tinieblas, la mala leche que el ser humano atesora para cuando la necesidad la llama. Y vive Dios que acude. Mi amigo se siente, al fin, comprendido.
La vida representada aquí es la vida cruda y dura, la trinchera del escalafonato social: con sus cuchilladas y sus miradas arteras, con su infamia y su mandoble. Lo que pasa es que todo se tamiza con el colador de la moda, que es lindo y que estalla en colores, y los guionistas se esmeran en brindarnos unos diálogos ciertamente trabajados, que provocan que el espectador no se sienta, como suelen estas comedias, engañado.
Huele todo en demasía a Pret-a-porter, pero le restamos el halo de falsa intelectualidad que tenía la obra de Altman. Ésta la supera en agilidad, en desvergüenza. Se emparenta más con Armas de mujer, la película de los ochenta de Mike Nichols, pero El diablo se viste de Prada hurga menos en la psicología de los personajes. Bueno, la verdad es que hurga en verdad bien poco.
Echa uno en falta artefactos lúdicos de esta guisa. Hay comedias de este corte que se arroban el aburrimiento o se visten de grosería. Aquí todo se conduce con un estilo desenfadado, limpio, exento de dramatismos innecesarios.
Tampoco confunde al amable espectador prestándose a la mezcla de géneros. Que luego se tocan muchos y no se afina en ninguno.
Demos un trato generoso a la película de David FRankel, pero tampoco arrojemos al Duero las campanas de Notre Dame, que no pasará todo esto a ninguna lista de éxitos en la Historia del Cine. Taquilla, al menos, hará. Y los colores son muy bonitos.
¿ Sátira del mundo de la moda ? Escasa. Ya he dicho que se pueden pedir peras a este olmo gracioso, pero en su mitad hueco.
Pastelitos para todos.



6.10.06

NUEVE VIDAS / Voyeurs bien apostados



Nueve cuentos breves, nueve entretenimientos de voyeur sofisticado, nueve artefactos dramáticos que, en lo estrictamente cinematográfico, son de una concisión conmovedora. Rodrigo García, hijo del Nobel García Márquez, explora el mundo femenino por segunda vez después de Cosas que diría con sólo mirarla, y lo hace con el mismo apero narrativo: no sofistica el discurso, le basta un casting solvente (estremecedor, en algunos casos ) y unas historias de un minimalismo absoluto, pero que tocan la fibra sensible de un espectador que nunca, en ningún caso, es ajeno a las emociones que le van llegando, episodio a episodio, demoledoramente.
Nueve vidas es cine sencillo porque no precisa del alambique monstruoso del cine marca Hollywood al que estamos tan acostumbrados. Cine de autor, dirían algunos, aunque eso de la autoría es marchamo muy ampuloso que requiere precisar muy detenidamente su ámbito de actuación.
Lo que sí es Nueve vidas es cine de calidad, cine intimista, culpable en algún capítulo de un artificiosidad que nos choca, pero que perdonamos.
Las tomas son directas, planos-secuencia brutales, cámara en brazo, huyendo del montaje, que alteraría el espíritu de la película. Rodrigo García sabe con exactitud qué conviene para que lo que cuenta no se vea lastrado por una presentación hueca, efectista, alejada de la letra pequeña de las vidas que se van contando.
Me entusiasmó el episodio del supermercado, donde una pletórica Robin Wright Penn, nunca mejor aprovechada, nos deja pegados a la butaca, conmovidos, alterados en un substrato profundo de nuestra sensibilidad, tan demolida por astracanadas diversas y lacerada por toda suerte de películas-blockbusters, entendiendo éstas por aquellas que piden a gritos su colocación preferencial en videoclubs para continuar su gloriosa cartera de ingresos. Sin olvidar a Glenn Close en el cementerio o a una Kathy Bates con ribetes de comedia en su prisión hospitalaria.
Encorsetado García en este cine de brevedades, cuenta en una entrevista cogida al vuelo en la red que le encantaría abordar una historia larga. Esperemos pues que la aborde. Veremos si la impregna de la veracidad de las dos primeras.
La vida tiene sus instrucciones de uso: el cine tiene entre sus muchas funciones una fundamental que es explicar estas instrucciones, hacerlas cercanas, ayudarnos a vivir con ellas. Arte, añadirían los puristas.

WORLD TRADE CENTER : El 11-S hecho blockbuster






Lo mejor de World Trade Center, la última película del polémico Oliver Stone es que no parece una película de Oliver Stone y que se aleja de toda posibilidad de que podamos relacionarla con la polémica. No está el horno americano para bollos y la herida del 11-s está abierta todavía, y gangrenando, a su modo, la geopolítica, ese concepto nebuloso de partida de ajedrez entre gobernantes donde una pieza mal movida puede ocasionar un cataclismo en mi pueblo, pongo por caso.
World Trade Center evita entrar en la barbarie del terrorismo. Pudiendo haber sido una película explícita y dura, es una visión amable y minimalista de un hecho que se ha posicionado, por tristes méritos propios, en el referente patriótico de la reciente Historia norteamericana ( mundial, añadiría yo ). No vemos a los aviones impactar sobre las torres gemelas: percibimos el rumor del impacto, el sordo y tenebroso sonido que producen. Todo se deja acunar por un sentido documentalista escorado en exceso al panfleto dulce de un Discovery Channel con mucho presupuesto.

Todo nos suena a blando: quizá querríamos una visión más dura, mejor narrada, más apegada a la vida. Y World Trade Center es una película de factura plana que no engancha con la realidad de la emoción, a pesar de que filme Oliver Stone, ese azote de la tradición yankee, ese traidor al stablishment que igual se deja caer por Cuba para echarse un purito con Fidel Castro y hacer otro panfleto laudatorio que cuestiona el magnicidio en Elm Street dando un puñetazo en la mesa de los ortodoxos.
Uno podría abstraerse de la iconografía ya aprendida ( impacto de los aviones, cuerpos cayendo desde las plantas superiores ) y ver World Trade Center como una película de catastrofes más. Los dos policias ( McLoughlin y Jimeno ) son personajes de un dramatismo contenido. Son parcialmente creíbles. Nos creemos, no obstante, el derrumbe de un modo de vida, la evidencia de que de esos escombros va a nacer un siglo nuevo y de que nosotros vamos a ver el parto. Lo vimos en la CNN, en directo, o en la cadena favorita del amable lector, pero Oliver Stone nos da ahora un giro más de tuerca y monta un espectáculo entre lo intrascendente y lo sublime de la vida de una serie de personas que luchan, sobre todo, por salvar la vida. Por eso podemos abstraernos y considerar que la película es una ficción y que no hay detrás un correlato fidedigno de unos hechos que todos conocemos y que a todos, de una u otra forma, nos calaron.
El excesivo metraje podría haber sido reducido si hubiesen eliminado la morralla de la vida sentimental de los policias, que no interesan y hacen que perdamos el sentido primario del film. Da todo esto la impresión de que a Oliver Stone le han metido en una habitación para advertirle. Le han dicho: " Mira, Oliver, tú eres un tío estupendo y ya está bien de hacer películas que ponga al personal de mala leche. Date un respiro. Cuéntale al país que Dios existe y que estuvo allí, entre los escombros. Que el mundo sepa que los americanos somos gente noble y gente buena. Que no hay una verdad oculta. Que no hay una teoría de la conspiración. Oliver, tío, descansa un poco. A lo mejor hasta nos da beneficios, que va siendo hora ". Y Oliver, el hombre, recapacita, acata la petición y nos suelta este cuento blandengue, correcto, sobrio, pero sin esa pizca de mala uva que todos pedimos.
En muy reducidas cuentas, quienes queremos el cine de Oliver Stone, no gustaremos de esta película. Fans del cineasta apartados, la película es buena, limpia como el amanecer que la cierra.
World Trade Center, en manos de Stone, con Nicolas Cage de héroe diminuto y doméstico, huele a redención, a liturgia. Si Michael Mann hubiese estado en las riendas, tendríamos una versión acelerada, hiperrealista, extrema sin caer en el gore y, por supuesto, exenta de cualquier apunte religioso.
Me pregunto qué haría Tarantino. Sería muy curioso ver en qué convertiría nuestro amigo Quentin estas torres de la fe, dónde pegaría la patada.

Película indigna, en cierto modo, para un suceso infame.

5.10.06

CLICK / Epifanía del zapping



Click no es una comedia al uso, aunque sus trazas así lo prefiguren: carece de la grosería de la comedia al uso, esto es, la historia que se desarrolla alrededor de inevitables gags que, buenos o malos, lastran su unidad, despistan al espectador y lo conducen, premedita y sibilinamente, a la anuencia, a considerar lo que ha visto del modo más inocente, naïf y frívolo posible. Maestros de la comedia moderna ( los hermanos Farrelly, pongo por caso ) apuran estos preceptos y no defraudan en lo suyo, en su marca de la casa. Quizá por todo esto Click no sea una película mediocre: testimonia el mundo en el que vivimos y nos cuenta la vida de quien para ver cumplidos sus sueños usa un objeto mágico ( un mando a distancia ) que le hace ser un dios pequeñito de su cosmos de fantasía.
Adam Sandler cumple con creces en un papel que ha hecho ya demasiadas veces. Su comicidad es ya conocida, no huye de ella: lo succiona, lo hace previsible y, por tanto, nos hace reir menos. No siendo un mal actor, tampoco actúa.
Otro caso a destacar es Christopher Walken, un actor absolutamente brillante, una de esas caras que están esculpidas en carne para que la pantalla la amplifique y nos mire y nos taladre con sus gestos, con su mirada, pero aquí el amigo Walken patina, se escora al aburrimiento y no convence. Hace tiempo que ya ha dejado de emocionarnos. Recuerdo ahora ( y me estoy yendo por las ramas, como a mi me gusta ) un papel menudo, pero imponente, en la desaprovechada Atrápame si puedes, del maestro Spielberg. En fin...
Click es una película de verano que ha caído en este novicio otoño. Además sale el icono de lo hortera, el rey del pecho peludo, David Hasselhoof.
No se han cortado en producción a la hora de tirar de este mito de la televisión cutre, que probablemente haya disfrutado como un cosaco en las ruedas de prensa en Europa. Se aburría, supongo, sin su tabla de salvación playera y sin su coche fantástico.
El amable lector estará dándose cuenta que Click tiene poca chicha ya que estas líneas la merodean, la esquivan, evitan entrar en el fango de su tibia eficiencia. Es del todo cierto. Tiene, no obstante, su poso de tristeza, la evidencia cuasimetafísica de que la vida no puede reducirse a un zapping y que el tiempo, su escudero inapelable, no admite frivolidades. Por eso, en algunas partes del metraje, a mí me pareció, en su mínima trascendencia, una película curiosa, aceptable, entretenida, extensión de Como Dios o Atrapado en el Tiempo, mejores películas con los mismos mimbres.

SERPIENTES EN EL AVIÓN : Serie B de estantería trasera de videoclub de barrio....pero entretiene




Si por algo tendremos que recordar Serpientes en el avión en un futuro será por su trastienda más por que la película en si misma. Es fast food cinematográfico en estado puro: una pizza cuatro estaciones que comemos en un antro infecto, pero que devoramos con glotonería porque, aparte de que tener hambre, nos mueven pasiones más bajas, vicios no comentables. Todos tenemos, en el fondo, un regusto cuasimasoquista por ver cine basura y, en el trayecto, disfrutar de su patetismo, de su aceptada renuncia a la calidad.
Serpientes en el avión es una película mala de solemnidad. Escuece cuando la vemos y escuece horas después cuando nos preguntamos qué oscuras razones nos mueven, en ocasiones, a traicionar nuestra fidelidad al cine bueno, al cine que dice cosas y las dice de forma agradable, con belleza.
La trastienda a la que me refiero es su trampa, el punto de partida de su engañoso guión pues resulta, amable lector de esta página de cine, que nadie ha escrito el guión y ha sido escrito por todos. Esto es, New Line Cinema, padres del engendro, perpetraton la novedosa idea de rebuscar guionista en la Red, de ofrecer pedacitos del film para que el internauta, verdadero depositario de la maquinaria implacable de Hollywood, aporte su miguita de pan o su barra entera, según ganas, según ingenio.
Fueron los blogs, y no la habilidad narrativa de un tipo encerrado en la buhardilla de su casa, los que gestaron el puzzle de la trama, aunque le faltan piezas y las que están se ofrecen manidas, oxidadas, comidas por una herrumbre letal.
Si este es el camino por el que van a ir los tiros en el cine del futuro, yo vuelvo de cabeza al glorioso pasado, que tanto placer ha proporcionado a mis inquietudes. Regreso a los clásicos y a los que, no siéndolo, rezuman honestidad, ganas de facturar un producto decente que pueda entretener ( el cine es muchas cosas, pero sobre todo es ENTRETENIMIENTO ).
Serpientes en el avión será recordada por su trastienda ( insisto ) y porque nuestra Elsa Pataky, rubia bombón que Garci supo aprovechar en Ninette, aparece en tres sueltos del metraje en su primera incursión USA.
La juventud pletórica de adrenalina que quiere verse arrojada a una montaña rusa de ofidios asesinos en un marco insólito ( !un avión ! ) verán satisfechas sus demandas. Los demás, los que acudan, jóvenes o talluditos con más de un dedo de frente y tres cuartos de cabeza pensante para no admitir que les engañen con tanto descaro, no irán a la sala: no dilapidarán los euros de sacrificio.
Si le restamos el bizarro aparato de mercadotecnia que la secunda, Serpientes en el avión hubiese ingresado directamente en las estanterías de los videoclubs de barrio, junto a Jackie Chan, Steven Seagal y esa pléyade musculosa de actores de quinta categoría que engrosan sus cuentas corrientes con atropellados espectadores que no piden mucho a algo tan serio como es el cine. Ignoramos si la deglución consciente de una bazofia de este calado afectará de modo irreparable el paladar del adolescente que se la trague, sin patatas fritas ni medio litro de coca-cola light.
Hasta hay una serpiente que se cuela bajo las faldas de una dama dormida que, entre sueño y sueño, cree ver atendidas sus fantasías clitoridianas. He aquí ( en esta metáfora de lo burdo ) el verdadero símbolo de esta cosa.
No sé si perdonar a Samuel L. Jackson, que me encandiló en Pulp Fiction, que me encantó en Jackie Brown ( ay Tarantino, que estás en todas ), pero la mano se abre sola y los dólares van cayendo como maná del cielo de los ignorantes.
Hasta Anaconda, otra serie B de videoclub de barrio, me entretuvo más. Será por Jennifer López.

2.10.06

PALÍNDROMOS / Cuentos de hadas psicodélico




Posee Solondz un exquisito sentido del riesgo, una responsabilidad autocomplaciente que tiene en el viaje de una niña su fundamento narrativo. No se trata de un viaje físico, aunque la película se desmembra en un abanico fantástico de escenarios: lo que evidencia es una denuncia muy bien trabada y escenificada del mundo de la infancia.
Aviva Víctor, la protagonista, quiere ser madre. La encorsetada vida familiar censura sus deseos por lo que se ve abocada a buscar en la calle la realización de sus sueños. No va a ser fácil. En realidad, no va a ser posible.
Solondoz tira de un personaje al que interpretan muchas actrices. Trata ( imagino ) de que todos podamos sentirnos cómplices de su pericia vital. Intenta ( insisto ) en crear una empatía, un estado natural de las cosas, un ejercicio sofisticado, pero minimalista, en el fondo, reconciliable con todos los vicios que el espectador lleva a la sala de modo que la película no deja indifierente: cala en cualquier tipo de público, incluso en aquel que no conecta con la mente ( retorcida ) de un director estimulante como pocos, que indaga en el alma humana y extrae de ella el material más sensible, el menos contaminado por los condicionantes sociales, políticos o sentimentales.
Usar la figura del palíndromo como título de esta pirueta cuasicircense también tiene su miga. El palíndromo es la frase que se lee igual del derecho que al revés. " Ana lleva al oso la avellana ".
Es la metáfora de que todos somos iguales: de que no existe viaje, de que no hay cambio.
Querrá el espectador cómodo, hecho a que se le de la comida mascadita. Aquí se precisa un avituallamiento de buenas intenciones, cierta complicidad ética y estética.
O sea que esto es una película de campeonato, que no va a triunfar en caja, como tampoco lo hicieron Happiness o Bienvenido a la casa de muñecas, las otras creaciones de este autor inclasificable.
Hay, no obstante, una indolencia en el retrato de las situaciones más dramáticas, cuando no escabrosas, de la trama. Se ve todo, en ocasiones, excesivamente distante, frío, hierático casi. No hay calor: se obvia el componente más a mano de las emociones humanas, que es la naturalidad. Todo muy bien compartimentado, estabulado: todo preparado para que no sepamos si asistimos a cuento de hadas moderno o a un leyenda urbana.
Lo que tengo muy claro es que cuando uno ha terminado de ver la película, el runrún de su historia colea en la memoria, martilleando nuestra plácida vida burguesa de ciudadanos complacidos con la mansedumbre de este (falso) Estado del Bienestar, cacareado por Gobiernos democráticos como Sello de la Casa.
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