30.8.06

CONGO : Gorilas en el videoclub




Anoche vi Congo de nuevo. Lo hice cuando salió, allá en 1995. Hoy me sigue pareciendo igual de pobre. Explico por qué los años no han cambiado mi forma de entenderla y su lugar en estos tiempos de cine comercial destinado al consumo de palomitas y medio litro de Coca-Cola light.
La banalización del cine contemporáneo proviene de cierto regusto frívolo que gusta de insultar la sensibilidad del espectador con productos de consumo inmediato, fast food en forma de fotogramas, cine coyuntural y muy light, fomentado por una estrategia de marketing masiva que, en algunos casos, supera con muchas creces, en el sentido meramente estético, en el plano meramente profesional, al propio producto que publicita.
El trailer, como enganche al producto, posee la virtud del impacto porque extrae lo más granado, el espectáculo generoso, filtrado para mayor gloria del asombro del respetable. El trailer abusa de la inocencia del espectador, que creerá a pie juntillas que todo el monte es orégano, que todos los fuegos son de artificio. El engaño, bien tramado, se hace cimiento de futuros abordajes para películas de la misma índole, esto es, bucaneros desmelanados ( Jack Sparrows a go-gó ), héroes varios de acción, que hay muchos.
Como no todo está diseñado para convertirse en obra de arte, tendremos que ser bondadosos y conceder a este cine ( cine para las masas anónimas, decía Canetti, masas sin crítica ) un punto, aunque pequeño, de simpatía. Lo único reprobable es que el público infantil o juvenil, que devora filmes como Congo, no paladea, subrepticia y lentamente, como veneno culto, buen cine. Ese público va entendiendo, puertas adentro, que el cine es una industria. Que el arte será otra cosa, siempre.
La educación cinematográfica pasa por adecuar cierto tipo de films con determinada edad y acompasar El acorazado Potémkin a los veinte años o a los treinta y no querer ser, por mor de lo bonito que queda ser culto, verla a los dieciséis, comido de acné y de fiebres varias. Conviene ver, por tanto, Congo, de Frank Marshall, un tipo sencillo que ha crecido con el rótulo enorme de las colinas de Hollywood frente a la terraza de su dúplex.
La película parte del best-seller del mismo título del jurásico Michael Crichton. Congo tiene un gorila que no se cree nadie, pero tampoco imaginamos al King Kong de los treinta como paradigma de la verosimilitud. Cierto que los tiempos son otros, pero la inocencia es tan bonita que hay que darle a la producción un diploma por dar al bicho un toque vintage, casi de prehistoria del cine, pero tierno. Una infografía mal aconsejada, me comentó un amigo, al verla.
La historia promete. Luego la promesa se diluye en un entramado tosco y torpe. El entramado se adorna de tópicas de ciento veinte películas anteriores y bebe, gloriosamente, todo hay que decirlo, de la gloriosa serie B que animó las siestas de la adolescencia y los cines de verano de las terrazas de zinc caliente.
Marshall, padre de Viven y Aracnofobia también, obra con brío y construye un mundo creíble cuando los protagonistas, planos como estepas en Kenia, buscan las Minas del Rey Salomón en la selva de Angola, la ciudad perdida, el Eldorado negro.
Cuando la encuentre, la ciudad defrauda. Uno echa en falta el Shangri-La de Horizontes perdidos. Aquel blanco y negro sí que era esplendoroso. Frank Capra es un maestro.


En esta línea destructiva, alarma la hilarante velocidad con la que se resuelve todo el misterio y la falta de recursos legítimos para profundizar en lo que, convenientemente narrada, hubiera podido ser un digno ejercicio de cine selvático en los 90, en la línea de un John Boorman remozado.
En el lado benigno, que lo hay, se impone bajar un peldaño la hostilidad y convenir que Congo, ya lo he advertido, se dirige, y lo hace con suma autocomplacencia, a un público infantil.
Suprimidas algunos escenas, como la del reyezuelo de la civilización con gorra y chaqueta militar, el film se conduce solo y entretiene, en gran parte, por la audacia con la que se aborda un género normalmente denostado, que huele a Tarzán en demasía y que nunca ha dado frutos épicos de nombradía.
Frank Marshall no tira de casting de relumbrón y se abastece en actores semi-desconocidos: uno entiende que el director no se excedió en los registros. Como tampoco se esmeró en que el equipo de maquillaje diese con el mono vistoso que todos hubiésemos deseado....
Algo de todo esto sucedía en Parque Jurásico, igual novela de Crichton, aunque en ese caso era el mago Spielberg el que movía, con oficio, con genio, los hilos. Allí los protagonistas "famosos" no precisaban entregarse en demasía. Ni Goldblum, ni Neill, ni Attenborough.... Primaba el Rex y asustaba su dentadura.
Cuando mi hijo me pida verla ( lo hará en cuanto tenga información de su existencia o vea en el videoclub su vistoso (!!!!) afiche ), le diré que busque en la dvdcoteca y se deje fascinar por Las Aventuras del Barón de Munchaüsen. Cine propedeútico, cine con miras de llegar a otro cine, pero cine digno.
Yo, anoche, quede ahíto de monos, pero paso en treinta la edad adecuada para visionarla con limpieza de miras. Yo ya estoy muy contaminado. Otra vez me cuelgo de Alfred Hitchcock, que no defrauda nunca.

27.8.06

UNITED 93 : La película digna de un suceso infame


La maquinaria de Hollywood no tiene piedad con la sangre de sus hijos. Cuando asistimos, perturbados, conmocionados, al ataque terrorista al World Trade Center, sabíamos que no tardaría en aparecer una película que narrase, entre el comedimiento que merece el respeto a las víctimas y cierta osadía para hacerle los debidos guiños a la taquilla, los avatares de los gravísimos acontecimientos a bordo de los aviones.
Han tardado, pero aquí está, junto al proyecto 11-s, Word Trade Center, parido por Oliver Stone, tan excesivo siempre con la Historia de su país, Platoon, JFK, Nixon, aunque en este caso, ya lo hemos dicho, comido por una mansedumbre inusual, limpio en las aristas y sincero, objetivo casi, en el discurso narrativo.
La difícil golosina de abordar esta película se entrega a Paul Greengrass, director del blockbuster El mito de Bourne, pero también artífice de films de más calado social como Omagh o Bloody Sunday, films que narraban también hechos reales acaecidos en la Irlanda más violenta.
Lo que sí obvia Greengrass es el panfleto: no cae en ningún dogmatismo, no busca la lágrima fácil, no insiste en la brutalidad de los terroristas. Lo que hace y, en mi opinión, muy certeramente, es un bodegón vivísimo de las víctimas, cuyo trágico final sabemos nada más apagarse las luces de la sala de proyección.





El vuelo 93 de la United Airlines se convertía en el cuarto avión siniestrado en el 11-s. Nada sabemos con seguridad sobre la vivencia de sus ocupantes. Hay conversaciones telefónicas salidas ahora a la luz, pero nada que pueda considerarse verídico.
Greengrass, guionista del asunto, rueda un documental digno. El suculento filón catastrofista levantado por el cine americano en las últimas tres décadas tiene, sin quererlo, un triste hito en este United 93, aunque bien estaría que no fuese así y el espectáculo al que asistimos no sea sino ficción pura, narración figurada. De guión conciso, Greengrass tira de un elenco de actores prácticamente desconocidos. Esa descontaminación cultural conviene a su mensaje: que lo que vemos es un crudo brochazo de la reciente Historia, quizá de la menos asumible por el pueblo americano.
Quienes busquen emociones fuertes, tienen en este film su película. Una de ellas: una sustentada en argumentos que nos son muy directamente propios, aunque el vuelo sea americano y todos sepamos que Hollywood, cuando le tocan su fibra sensible, es una escuela de cine mayúscula.
Cine meticuloso, preciso, desalambicado de guiños a su eficacia comercial, pero necesario.

12.8.06

UNA HISTORIA DE VIOLENCIA : El origen del mal








David Cronenberg es un director enfermo que se regodea con los avatares y las peripecias de su enfermedad. Ninguna de sus películas podría haberlas hecho Steven Spielberg, pongo por caso, pero él sí habría realizado, con éxito, no me cabe duda, La Terminal o El imperio del sol. Las habría facturado con ese humor corrosivo suyo, escondido en los flecos menos perceptibles de la historia, solventes siempres.







Con Una historia de violencia, Cronenberg hace una película que, en principio, no era suya. Parecía más un proyecto de Brian de Palma o de Tony Scott. Este material ajeno carece del habitual aparato formal con el que Cronenberg hurga en sus obsesiones y explicita visualmente sus perversiones. No tiene Una historia de violencia absolutamente nada que ver con La mosca o Crash o Vinieron de dentro de...o Spider.... O ya no hablar de Inseparables, joya del cine insano, cult movie y probablemente la mejor interpretación que yo haya visto de la muy notable filmografía de Jeremy Irons, pero bueno, no desbarremos. Una historia de violencia trata de la supervivencia de un estilo de vida y la mutilación, cuando no la eliminación absoluta de la memoria. Tom Stall ( Viggo Mortensen, formidable, comedido y sobrio como siempre ) borra su pasado y comienza una nueva vida. El azar rescata ese pasado y se inicia una cruzada por recuperar su identidad, cosa que, al final, en una imagen portentosa, contenida, se evidencia. Luego está Ed Harris, un actor magnífico al que todavía le falta un bombón absoluto para que la gente lo reconozca por la calle y los estudios le confíen papelones de relumbrón y no, como ahora, como casi siempre, segundones sobresalientes. Lo que merece capítulo aparte es el tratamiento de la violencia en la película.

Al margen del regusto del director por los instintos más bajos del ser humano, la película obvia la violencia de una forma casi cartesiana, pero la extrae del subsuelo del alma de sus personajes cuando las famosas necesidades del guión así lo exigen. Como cuando el destape hispano. " Lo manda el guión ". Y allá iban y venían muslos y pubis hirsutos para encabritar al personal, novato en estas lides icónicas. Aquí se manifiesta la violencia en dosis muy medidas, pero contundentes.

Leí que Cronenberg quería una violencia natural, brutal, del tipo que se ve en la calle, sin elaboración, descontaminada de piruetas, coreografías y toda esa morralla simbólica de gestos innecesarios y patadas falsas a lo Bruce Lee que pueblan las cintas de acción de estos días. Esa visión pura de la violencia, desmaquillada, da al film una inocencia. Quién iba a decirlo tratándose Cronenberg y con un guión de asesinos natos y de venganzas y rencillas hiperbólicas.El metraje, hora y media muy escasa, no enfanga el propósito del director.

Colar media hora más de material irrelevante podría haber distraido al espectador de la función primordial del espectáculo principal, esto es, el destino como una magnum del 32 encañonándonos la sien, aunque pasen los años y no nos demos cuenta de la presión del cañón en la piel.

Eso le pasa a Tom Stall, básicamente. Que ha vivido años prestados y ahora viene la memoria a cobrarse su cuota de pantalla.Al final, no voy a destripar el desenlace, no se preocupen, ganan los buenos, como siempre, pero no sabemos quiénes son. Hoy no voy a recomendarles que abran el armarito de los dvd's y tiren de archivo. Si después de este atracón de violencia, estaría bien colocar en la bandeja del reproductor El hombre tranquilo de John Ford. Y si se fijan, notarán, que en el fondo, en el mismo abrupto y descarnado fondo de siempre, se trata de la misma película. John Ford omite la pornografía inherente a toda violencia y dulcifica el tópico del hombre que no puede abandonar su pasado ( Sin perdón de Clint Eastwood ) con relajadas praderas irlandesas y generosas tabernas que huelen a whisky de malta y lluvia de octubre. En fin.

Somos unos románticos.



11.8.06

SUPERMAN RETURNS : Traca vistosa de fuego baldío




Este filón Blockbuster puede conducir a la confusión porque contiene la semilla de una franquicia, con todo cuanto el negocio el cine es capaz de producir, y también ciertos rasgos de cine bien hecho con retazos de cine digno tratándose de un producto tan premeditamente pergeñado a la chiquillería golosa de trajes que vuelan y poderes sobrenaturales escondidas bajo una gabardina. Y Bryan Singer, director fetiche del mundo del cómic tra sus dos competentes X-men ( no así el tercero, manoseado por un ramplón Ratner, cuela en las dos horas y media de metraje alguna evidencia de su particular visión del héroe, ignoramos si con la anuencia de la productora, que podría ver peligrar la caja si Superman nos sale un parlanchín dramático o un gurú de la mística posmoderna. Singer hace, ahí es nada, un Superman religioso, adulto y hasta débil, esto es, humano.

Quiere Singer demostrar que se puede perpetrar un film de superhéroes sin bajarse el pantalón en exceso y lo hace con un plantel de actores muy bien buscado ( tampoco el Superman de Donner era manco en este aspecto ) y un guión milimétrico que traba el forma meramente visual ( cebo para devoradores de cómics, pongo por caso ) con el fondo metafísico. Sí. Lo que pasa es que toda esta arquitectura de propósitos se desmembra cuando la película lleva veinte minutos y ya hemos visto prácticamente todo lo que esperábamos ver. Kevin Spacey, que deja su teatro londinense para hinchar su cuenta con un personaje nutritivo, es un Lex Luthor más cercano al Hannibal Lecter más morboso que al malo-malísimo, blando en el fondo, caricaturizado en anteriores entregas, al que estábamos acostumbrados. Satura el merchandising, pero esto es inevitable. Más cuando el estreno es en verano y las colas del cine se amogollonan de familias enteras en busca de dos horas de plácido asueto trufado de un par de kilos de efectos especiales. Mi hijo disfrutó de lo lindo. El padre ejerció de padre responsable y recordó que también, a su edad, fue llevado por un tío a ver la película del primer Christopher Reeves. Si el futurible espectador tiene hijos, dele un ración de héroe. Es un icono de este último siglo fugado. Sí carece de este perfil, vaya a ver Zulo, que va de otra cosa y también es cine. Y bueno. O encienda su dvd doméstico, active el 5.1 y perpétrese de quietud emocional para emocionarse con Apocalypse now, de Coppola. Hace unos días lo hice yo, y todavía lo agradece mi mimada memoria.

9.8.06

1: SILENT HILL : El videojuego se ha hecho adulto





Sin saber todavía si asistimos a una película o a un videojuego dramatizado, Silent Hill no convence ni a espectadores de cine de toda la vida ni a habituales de videoconsolas que quieren ver en pantalla grande los sofocos exisenciales de su heroína, perdida en un pueblo de fantasmas en busca de una hija. Tampoco hunde como querría su discurso narrativo en las tradiciones románticas de cuento a lo Propp. Desaprovecha la textura dramática de los personajes, que salen aquí y allá sin prácticamente nada que aportar al argumento.
Abusa de la estética MTV de videoclip caro en dos horas y poco de apoteosis de la superficialidad. Me quedo con la niebla sublime que cubre Silent Hill. Quien vaya al cine a encontrar gore puro, va a descubrir un híbrido lánguido cuya estructura es dispersa, cuando no, vacía. Que el protagonista sea una mujer, a comentario del director, daba una credibilidad mayor a su misión, esto es, hallar a la hija perdida. Arañar esos flecos sentimentales, apurar esa visión constructivista de melodrama barato, más que dar empaque al producto, lo frivoliza, lo deja a una altura triste. No fuimos tampoco a ver cine, comentó un amigo. Podíamos haber perdido mejor el tiempo en casa, sacando de videoteca, Las uvas de la ira, de John Ford. Esta noche yo me la voy a poner y volveré a disfrutar de otra visión de la América Profunda, tan trillada, pero esta vez con dulzura infinita y Arte, así, en mayúsculas. Bendito es el cine que dispone de joyas para aliviar el alma.





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